Naturaleza, política y ciencia: Notas sobre ecología política

Cada vez más la planeación política se está viendo afectada por la incertidumbre de irrupciones inesperadas, pero persistentes, de una naturaleza desfasada de sus ciclos regulares

Por: Mario Édgar López Ramírez

El huracán Mitch tocó el territorio de Honduras el 26 de octubre de 1998. En sólo cuatro días, sus vientos destructivos de aproximadamente 250 kilómetros por hora, dañaron el 60 por ciento de la infraestructura vial del país; el 25, de los edificios escolares; y el 70, de los cultivos de café, plátano y piña, claves para la economía de la nación.

Mitch dejó 1 millón 500 mil damnificados; 5 mil 657 muertos; 8 mil 058 desaparecidos y 12 mil 272 heridos, entre otras impresionantes cifras.

La evaluación del desastre, hecha por la organización panamericana de la Salud (oms), concluyó que a consecuencia de Mitch, Honduras había retrocedido sus expectativas de desarrollo alrededor de treinta años.

En otras palabras, cuatro días de huracán representaron tres decenios de atraso económico, político y social, en una de las naciones más pobres de américa Latina. ¿Tiene la ecología algo que ver con la política?  

El caso del huracán Mitch ejemplifica la fuerte relación que se está formando entre los fenómenos naturales fuera de control y los ritmos –el timing– en los cuales se diseña, ejecuta y evalúa la política.

La naturaleza, sumergida en una profunda crisis, irrumpe como factor político decisivo, por una razón fundamental: los desastres naturales se han vuelto cada vez más constantes. Esto impacta la toma de decisiones públicas.

No es lo mismo un evento natural de gran envergadura, pero esporádico (como lo han sido los diversos terremotos, ciclones, tornados, maremotos, en diferentes partes del mundo, a lo largo de la historia y ubicados en fechas fatídicas espaciadas), que un escenario en el que la disfuncionalidad de la naturaleza se vuelve una constante.

El calentamiento global, por ejemplo, señala que el impacto de la actividad humana sobre la naturaleza está generando un desequilibrio sostenido en la forma en que ésta se comporta; es decir, los eventos naturales catastróficos se están volviendo continuos.

Cada vez más la planeación política (todo lo que conocemos como programación, presupuestación, proyección, etcétera) se está viendo afectada por la incertidumbre de irrupciones inesperadas, pero persistentes, de una naturaleza desfasada de sus ciclos regulares.

La agenda ecológica se está transformando en agenda política. De eso trata la nueva ciencia llamada ecología política: de dar cuenta de la forma en que lo ecológico se imbrica cada vez más con lo político.

Y de dar cuenta, a la vez, de la forma en que las ciencias naturales se están combinando con las ciencias sociales, de una manera inédita. Se trata de una trasformación de gran envergadura tanto de la forma de hacer política, como del modo de hacer ciencia.  

Antropocentrismo y separación entre sociedad y naturaleza  

Durante un largo período histórico, unos quinientos años desde el inicio de la época moderna, la clave del progreso humano se basó en dos condicionantes que ahora demuestran su agotamiento: el antropocentrismo y la separación entre la sociedad y la naturaleza. 

El antropocentrismo es la filosofía que propone que el beneficiario final de todo lo que existe en el planeta es el hombre. En otras palabras, el hombre se vuelve la medida última de lo creado, por el hecho de poseer características racionales que lo distinguen del resto de los seres.

Partiendo del antropocentrismo, se justifica que tanto los animales, las plantas y los materiales terrestres permanezcan subordinados al avance de las creaciones humanas y sus fines. El hombre se considera a sí mismo básicamente diferente al mundo natural.

Incluso la idea moderna de la libertad humana y las instituciones que la sostienen (Estados soberanos, sistemas democráticos, mercados libres, etcétera) tienen un fuerte contenido de antropocentrismo que es necesario revisar.  

La separación entre la sociedad y la naturaleza es la consecuencia lógica del antropocentrismo. La época moderna propuso que la mejor manera de definir y entender lo que era propiamente vida social, surgía de dividir la actividad de los hombres de la actividad de la naturaleza.

De hecho, la gran mayoría de los pensadores occidentales, desde los clásicos griegos hasta los ilustrados modernos de los siglos XIX y XX, propusieron que la racionalidad que divide la sociedad de la naturaleza es la premisa que define la civilización. 

Para el pensamiento moderno occidental la civilización avanza en la medida en que subordina su entorno natural, y en ese sentido, la sociedad es tal, en toda su dimensión, si demuestra su capacidad de ser distinta a la naturaleza y de gobernar lo natural.

Mientras que las agrupaciones de las plantas y de los animales consumen principalmente espacio y territorio, factores muy elementales de la vida natural; las sociedades humanas consumen tiempo, memoria histórica, acumulación de experiencia y conocimientos, factores complejos de la vida fuera de los ciclos naturales: los hombres viven al ritmo de su propia creación. 

Por eso, la expresión más avanzada de la sociedad humana es la vida en ciudades, ya que es en ellas donde se experimenta, con mayor fuerza, esta separación con la naturaleza.

La ciudad, con sus casas y edificios, con sus calles y puentes, con sus servicios de energía y agua, con sus lugares de reunión pública, con su telaraña de cables aéreos o subterráneos, con sus redes de tuberías y desagües; es reflejo de un concepto último de separación: la ciudad es la posibilidad de vivir rodeado por el imperio de los objetos construidos por las manos humanas y, así, ofrecer seguridad.

La ciudad conserva la memoria del avance social, da la impresión de eternidad: aun cuando los hombres mueren, sus obras permanecen en la ciudad. No es una casualidad que muchas de las utopías del desarrollo, del progreso, de la paz y de la fraternidad mundial, diseñadas principalmente desde el pensamiento occidental, pasen por el sueño de construir una ciudad ideal.

Desde la mitológica Atlántida, descrita por Platón; pasando por la ciudad de Utopía y la Civitas Christiana, de Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam; y llegando a los sueños de Francis Bacon en su obra The New Atlantis, y de Auguste Comte, con su República Occidental Orden y Progreso, la ciudad ha sido vista como el lugar en el que se puede acceder a un mundo propio, para y por los hombres. El problema no es la ciudad en sí misma, sino el espíritu de separación con la naturaleza que la anima.

Una importante porción de la energía intelectual, científica y gubernamental en la actualidad, está concentrada en alcanzar el ideal de hacer de la ciudad un nodo de comunicación y un centro tecnológico.

Y en este esfuerzo, la naturaleza cumple meramente una función cosmética: los jardines y los parques revisten la ciudad, la vuelven hermosa, pero en el imaginario social, este revestimiento natural es solamente superficial y prescindible. Se piensa que debajo del maquillaje que la naturaleza da a la ciudad, lo que existe es una masa de concreto y hierro moldeada por ingenieros.

Los cables y los tubos que salen de los espacios verdes; las tomas de electricidad que se ocultan en los jardines; las señales que advierten de la presencia de un oleoducto enterrado, o de un gaseoducto a menos de diez metros bajo tierra, o de magníficos colectores de drenaje profundo, consolidan la imponente visión de la ciudad.

Las presas que detienen los ríos, los malecones que contienen al mar, los artificios que crean un lago donde era imposible, las carreteras que parten la roca y los montes; y más allá, las estructuras metálicas para los hilos de alta tensión, que compiten con los árboles más gigantes; los puentes colgantes, los teleféricos, en fin, el manejo y codificación de las ondas electromagnéticas, remiten al dominio que la ciudad tiene de la superficie y el cielo sobre la naturaleza. 

A esta separación sociedad-naturaleza, con dimensión material y urbana, se le añade una separación ideológica: ninguna de las ideologías políticas modernas que nos han regido hasta hoy, tales como el conservadurismo y el liberalismo, escaparon de este pecado original de definir lo humano como algo completamente separado de lo natural.

Todas han fomentado la idea de un progreso material –vida en ciudades, desarrollo industrial, explotación de recursos– que se basa en el dominio sobre la naturaleza.

Ni siquiera el marxismo, la más avanzada de las visiones de la sociedad moderna contemporánea, se libró de este fundamento de separación entre sociedad y naturaleza que intentaba definir al hombre como un ser puramente racional, básicamente un homo sapiens, ignorando que el hombre es también un cuerpo animal, atrapado en diversos ciclos metabólicos que hacen de él un animal laborans, tal como lo llama la politóloga Hannah Arendt; es decir, un ser sujeto a la indispensable armonía biológica (ligado a ciclos vitales de hambre- alimentación; trabajo-descanso; desgaste-regeneración; vida-muerte, etcétera) que lo hace miembro de una comunidad de destino natural y no una creación anti, supra o súper natural.

Pero al ignorar su fuerte integración con la naturaleza, el hombre occidental transformó a la tecnología en la más acabada herramienta de poder que entroniza lo humano sobre el resto de la vida en el planeta.

No obstante, en la actualidad un efecto bumerán recorre el globo: la naturaleza está reclamando la ceguera moderna de haber ignorado los ciclos y los ritmos ambientales a los que el mismo hombre pertenece. La naturaleza irrumpe, así, en el diseño de los sistemas de producción, las instituciones políticas y de la organización social.

La potencia y la constancia de la crisis ambiental, como lo describe el ejemplo del huracán Mitch, demuestra que ya no es posible pensar que se puede construir un mundo puramente humano, basado en la producción de objetos tecnológicos que sustituyen o subordinan a la naturaleza: es precisamente esa tecnologización sin control, la que desequilibra y amenaza las condiciones de la vida contemporánea.

El pensamiento antropocéntrico es insostenible, como lo señala el teólogo Leonardo Boff: “…el antropocentrismo es un equívoco, pues el ser humano no es un centro exclusivo, como si todos los demás seres solamente adquiriesen sentido en cuanto ordenados a él.

El ser humano es un eslabón, entre otros de la cadena de la vida”. 1 Se hace necesario que el pensamiento y tecnología humana se reconozcan en vínculo –y no en separación– con los ciclos naturales. 

La ecología política: de la ciencia a la política 

En el contexto de esa necesidad de buscar el vínculo entre lo humano y lo social con la naturaleza, nace la ecología política como una alternativa de reforma de la ciencia y del pensamiento político. Tal como lo refiere Jacques Robin: “La ecología política pretende traducir al campo político los múltiples aspectos y realidades que engloba el término ecología.

Como se ha repetido hasta la saciedad, la palabra ecología se remonta a las raíces griegas oikos (casa) y logie (estudios metódicos del ¿para hacer qué?). Generalizado: en los últimos decenios del siglo XIX, el término ecología adopta el sentido de la organización más satisfactoria de nuestra casa Tierra, en sus relaciones con la Naturaleza que la rodea”. 2

La ecología, continua Robin, “…tiene de excepcional el haber sido una ciencia y haber pasado a ser un asunto político y ético de mayor importancia”. La construcción de agendas de política pública ya no puede ignorar el factor de una naturaleza en crisis.

La ecología política reconoce que las catástrofes naturales, capaces de destruir toda la planeación estratégica de una nación, transformar los presupuestos, desfigurar los programas de fomento, modificar las balanzas comerciales, convertir lo inesperado, lo incierto, lo no planeado, de un día para otro, en el problema principal a atender; son el mayor reto al que se enfrenta el pensamiento político. 

La descripción de robin reúne diversas características que describen a la ecología política como una ciencia compleja, desde la que se puede repensar también la política. En principio, está la relación interdisciplinar que se establece entre las dos ciencias que la conforman: la ecología y la política. Reflejo, a su vez, de la necesidad de cerrar la brecha entre las dos culturas académicas en que se ha dividido Occidente: las ciencias naturales y las ciencias sociales.

En segundo lugar, la ecología política es una nueva ciencia dirigida a describir, aprender e incidir en la acción política. Implica un “¿para qué?” inductivo y no sólo un “qué” o “cómo” deductivo, que es la característica particular de la ciencia moderna.

En otras palabras, la ecología política se dirige a la aplicación del conocimiento y a la incorporación de los saberes locales y comunitarios.

En tercer lugar, fuerza a construir un nuevo método de intervención en la realidad (y no sólo experimental); y conduce a pensar en nuevas formas de organización social e institucional: “El paso de la ecología como ciencia a la ecología como pensamiento político introduce entonces la cuestión del sentido de lo que hacemos, lo cual implica una serie de interrogaciones: ¿en qué medida nuestra organización social, la manera en que producimos, en que consumimos modifican nuestro medio ambiente? Dicho de otra manera, ¿cómo pensar la combinación, la interpenetración de estos factores en su acción sobre el medio ambiente? ¿Favorecen o no a los individuos estas modificaciones? La ecología política nos dice cuáles son los efectos de nuestros comportamientos y prácticas, pero no es ella sino los hombres los que deben escoger el modo de desarrollo que  desean, en función de la evolución de los valores en el debate público y democrático”. 3  

La ecología política introduce a la naturaleza como fuente epistemológica: descentralizando el antropocentrismo y situando el pensamiento planetario como el sujeto de estudio. Con ello, la ecología política establece la necesidad de que la acción política, tanto gubernamental como ciudadana, no sólo esté centrada en las ciudades (de donde viene la idea de ciudadanía), sino que tome toda la dimensión rural-urbana que los problemas ambientales implican.

En ese sentido, las organizaciones civiles que consiguen ligar su acción en un eje que va de lo urbano a lo rural y viceversa, han conseguido un alto grado de madurez y complejidad, debido a que dicha liga no es aplicable sólo a las realidades locales, sino también globales.

En palabras de Víctor Toledo: que la acción social abarque todo el espectro que va de lo rural a lo urbano “…implica una ampliación del punto focal del movimiento ambientalista mundial de las áreas urbanas e industriales de los países centrales, a las áreas rurales de los países periféricos o del Tercer Mundo. Ampliación en el espacio que supone un enriquecimiento ideológico de los actores sociales a partir de la confluencia de dos vetas: una proveniente de los movimientos contraculturales posmodernistas que surgen de las entrañas mismas de Occidente, la otra que se origina de las aguas premodernas de los enclaves menos occidentalizados del Sur. Este fenómeno, que parece estar ya teniendo lugar, ha sido promovido por dos procesos: el descubrimiento realizado desde la academia de que los fenómenos más agudos de deterioro ecológico están en el Tercer, no en el Primer Mundo, y la lenta pero inexorable apropiación de la perspectiva ambientalista en los movimientos populares y de base de las áreas rurales y semirrurales de los países periféricos” . 4 

El diálogo entre ecología y política tiene, pues, la envergadura de un diálogo civilizatorio, de un cambio de paradigma de larga duración: cambio en la forma de organizar la vida, la producción, el comercio y, sobre todo, la forma de estructurar institucionalmente el poder político, adaptando las decisiones políticas al cuidado de la naturaleza y los ritmos rápidos del mercado (donde se concentra la ambición de los grandes sobreexplotadores de recursos naturales y la irresponsabilidad de los grandes generadores de residuos) a los ritmos más lentos de la vida natural planetaria.

No hay, nos dice Alain Lipietz, ningún referente de organización social en la historia moderna que sea capaz de modelar formas de diseños institucionales para enfrentar esta crisis. De ahí que “…la ecología política avanza sobre problemas que ningún contrato social o pacto fundador entre individuos libres regula”. 5  

Finalmente, la ecología política pretende responder no sólo a la crisis causada por el antropocentrismo y la separación entre sociedad y naturaleza, sino al gran desánimo social causado por una actividad política que es corrupta, simuladora, impositiva y manipuladora (prácticas de poder sin las cuales no se puede explicar el agravamiento de la crisis ambiental).

Estas prácticas desaniman la participación social en la política, generan una fuerte sensación de parálisis, de vacío de desconfianza en lo que la política puede hacer para resolver la crisis en la que se ha sumergido a la naturaleza.

Lipietz señala que actualmente existe un vaciamiento de lo político, debido al desencanto que ha dejado la experiencia democrática frente a una globalización elitista que hace valer sus decisiones de cúpula por sobre los ejercicios electorales de las mayorías. Para la ecología política es importante retomar el sentido profundo de “la política”, es decir, de “lo que se hace”.

Se trata de transformar “lo político” –la polis– que significa “cómo y con quien se hacen las cosas”; evitando que la reunión de hombres libres se reduzca a la reunión de hombres en competencia dentro del mercado. Ésta es la apuesta de la ecología política, nueva ciencia y nueva práctica política. 

A modo de conclusión 

Las tendencias destructivas de la naturaleza se están volviendo constantes, lo que implica que la práctica de la política deberá enfrentar nuevos escenarios de incertidumbre. El ejemplo de Mitch nos dice que la naturaleza, sumergida en una profunda crisis, ha irrumpido como actor político.

Para enfrentar este reto, no se puede mantener la forma actual de hacer ciencia y de hacer política; se vuelve urgente un nuevo tipo de ciencia, abierta a la interdisciplinariedad; capaz de ser aplicada en conjunción con otros saberes; no ubicada en un imaginario de progreso con fundamento en la separación entre sociedad y naturaleza; y centrada en el planeta y no en el hombre como fin último; para desde ahí desarrollar una nueva forma de hacer política.

La ecología política pretende asumir este reto complejo, a través de la reconstitución de los vínculos entre ciencias sociales y naturales: ecologizando la política y politizando la ecología.

En alguna ocasión el escritor Julio Cortázar mencionaba que el hombre se ha cansado de transformar la naturaleza; es hora, decía, de la que naturaleza transforme al hombre. Quizá la ecología política sea una respuesta a esta transformación.