¿Mujeres juntas? Relaciones conflictivas entre compañeras y los retos para alcanzar acuerdos políticos

Cuando las mujeres trabajan juntas emergen reticencias que plantean el desafío de la concertación y el acuerdo político. En el presente texto Marta Lamas responde al por qué de la complejidad en este tipo de relaciones laborales y analiza situaciones ...

Por: Marta Lamas

Cuando las mujeres trabajan juntas emergen reticencias que plantean el desafío de la concertación y el acuerdo político. En el presente texto Marta Lamas responde al por qué de la complejidad en este tipo de relaciones laborales y analiza situaciones alrededor de esta esfera sociocultural.

Para muchas mujeres, la agresión indirecta es una válvula de escape de los sentimientos reprimidos que ellas piensan que no deben aflorar. Sentir una cosa, decir otra y hacer una tercera es enloquecedor: sentir enojo, decir no me importa y agredir pasivamente es una cadena de acciones muy común. Que las mujeres recurran tan frecuentemente a la agresión indirecta se debe a un aprendizaje de evitación que se vuelve contra ellas. Ser indirectas no las ayuda a ventilar verdaderamente los conflictos, en realidad impide resolverlos. Enmascararse no facilita ni el diálogo, ni el cambio, ni la reconciliación. Y si a eso sumamos los múltiples malentendidos e interpretaciones incorrectas que se suelen dar en la comunicación entre todos los seres humanos, el panorama se perfila como complicado.

“En el partido, las mujeres son quienes me han puesto más piedritas en el camino”; “es una mujer la que frenó mi proyecto”; “bastó que me nombraran candidata para perder el apoyo de mis compañeras”; “cuando gané el cargo de coordinadora, las mujeres de mi sección me hicieron la ley del hielo”. Importa poco de qué partido es la que habla, o si está en una oficina de gobierno o en una empresa pública. La pauta es tan frecuente que por eso hace tiempo la picardía popular formuló este fenómeno con la frase: ¿Mujeres juntas? ¡ni difuntas!

¿Por qué se supone que las mujeres, ni muertas, podemos estar juntas? ¿Qué es lo que hace que para algunas mujeres sea tan difícil trabajar con otras mujeres? ¿Por qué, bajo una capa aparente de cortesía, muchas mujeres ponen zancadillas? ¿A qué se deben el conflicto y la irritación que a veces se produce entre mujeres que trabajan juntas? Estas conductas negativas, además de lastimar profundamente a las involucradas, han llegado a afectar laboral y políticamente a los grupos en los que ellas están insertas. 

Al mismo tiempo que en el espacio público ciertas mujeres aparecen como las peores enemigas, en lo personal, muchísimas hablan de sus amigas cercanas como lo más importante de su ámbito privado. A la vez que expresan la queja –“¿qué puedo hacer ante la envidia, la rivalidad, la agresión de las otras mujeres?”– un gran número señala: “mi mayor apoyo son mis amigas”, “Una amiga me salvó”, “no sé que haría sin mis amigas”. Así, de manera simultánea, las mujeres pueden ser lo peor y lo mejor en la vida de las demás mujeres. Esa contradicción la he vivido yo misma: la relación con mis amigas ha sido la gran riqueza afectiva que me ha acompañado a lo largo de mi vida adulta, y también determinadas mujeres han sido las personas que más problemas me han causado en el ámbito profesional, quienes más me han atacado, mis peores enemigas, capaces de todo con tal de sacarme de la jugada.

Para la mayoría de las mujeres que he conocido, las relaciones con sus compañeras son o verdaderamente maravillosas o absolutamente terribles. No hay medias tintas. ¿Ocurre algo similar con los hombres? No hay una respuesta fácil, pero tal parece que los hombres suelen mantenerse en el terreno de en medio: no tienen amistades tan cercanas y maravillosas con sus compañeros de trabajo; sus relaciones suelen ser de camaradería, sin llegar a la intimidad de las relaciones femeninas.

Entre hombres es común desconocer la vida familiar de los demás; en cambio, es impresionante la facilidad con la que las mujeres se hacen confidencias. Se dice que entre los hombres hay más espíritu de equipo y que cuando tienen un conflicto o deben competir por un puesto, aunque llegan a ser duros y agresivos, lo afrontan de forma más directa y son capaces de establecer acuerdos. De ahí que las rivalidades masculinas sean más abiertas, más sanas, menos mortíferas que las de las mujeres, pues logran pactar e intercambian intereses.

Es imposible generalizar sobre la conducta de las mujeres (o de los hombres), pues las múltiples diferencias, de clase social, de edad, de origen étnico, de escolaridad, de ideología, de carácter, y de experiencia vital introducen variaciones notables. No es posible hablar de las mujeres como un todo, pues hay muchas formas de ser mujer. La vida y las actitudes de quienes se dedican hoy a la política o aspiran a la función pública son ejemplos de la maravillosa diversidad social y psíquica que existe en la condición humana.

Al empezar a explorar este fenómeno de la aparente contradicción de muchas mujeres que recurren a sus amigas y se apoyan mutuamente, al mismo tiempo que se quejan de “esa” mujer que les hace la vida imposible, lo primero que hice fue entrevistar a varias conocidas.[1] La pregunta de si tenían problemas con sus compañeras, jefas y subordinadas desató un mismo sentir: “detesto trabajar con mujeres”, “prefiero trabajar con hombres”. Al indagar por qué, recibí una avalancha de calificativos: las mujeres son rencorosas, hipócritas, malévolas, chismosas, poco profesionales, emocionales, mezquinas y vengativas. Me sorprendió la vehemencia de mis informantes, y vi la reiteración de ciertas quejas: poca solidaridad, extrema susceptibilidad y actitudes hipócritas. ¿Será ese el “sexismo” de las mujeres contra las mujeres?

Sexismo es la discriminación con base en el sexo. Hay sexismo hacia las mujeres y también hacia los hombres

Esas mujeres con las que hablé calificaban a las mujeres con las que trataban en sus espacios de trabajo político o de participación partidaria como mentirosas, complicadas y chismosas. Pero, además, todas se referían a sus amigas como lo máximo. Traté de analizar esa contradicción: las mujeres podemos ser las mejores amigas en el espacio privado, y al mismo tiempo, las peores enemigas en el espacio público.

Esta conducta tiene una curiosa excepción: con las mujeres que están en una situación de desventaja, tienen un puesto de mucha menor categoría, o pertenecen a una clase social más baja, solemos ser generosas. En cambio, cuando se trata de pares, de “iguales” dentro de la organización, arrecian los problemas. También aumentan los conflictos cuando alguna se distingue, o cuando es promovida o elegida para un cargo. Y muchísimas mujeres tienen problemas insuperables con sus jefas, coordinadoras o supervisoras.

Género es el conjunto de ideas, representaciones, prácticas, discursos y prescripciones sociales que una cultura desarrolla, desde la diferencia anatómica entre mujeres y hombres, para simbolizar y construir socialmente lo que es “propio” de los hombres (lo masculino) y lo que es “propio” de las mujeres (lo femenino).

Lo “propio” de las mujeres ha ido transformándose mucho más velozmente que lo “propio” de los hombres. Hoy las mujeres realizan muchas actividades antes consideradas “masculinas” y pocos hombres desempeñan labores consideradas “femeninas”.

Género es un concepto que tiene homónimos,[2] o sea, palabras que aunque suenan igual quieren decir cosas distintas. En las páginas que van a leer a continuación, usaré la acepción de género como el conjunto de ideas culturales sobre “lo propio” de los hombres y “lo propio” de las mujeres. Cada sociedad construye dichas ideas a partir de un dato universal –la biología diferenciada entre mujeres y hombres– pero cobran formas y estilos distintos dependiendo de la cultura. Así, “lo propio” de las mujeres en los países islámicos y en los países escandinavos es muy distinto a “lo propio” de las mujeres en México.

Los mandatos de la cultura sobre lo “femenino” y lo masculino, sobre “lo propio” de las mujeres y de los hombres, los internalizamos en nuestras mentes junto con la adquisición del lenguaje, y a lo largo del proceso de crianza y socialización. Las conductas tan diferenciadas entre mujeres y hombres se deben a esos mandatos de la cultura. Como antropóloga, mi pretensión es hacer evidente una trama cultural que produce ciertas conductas; como feminista, creo que la rivalidad entre mujeres tiene un costo altísimo para todas las involucradas, y que a partir de una reflexión que lleve a una toma de conciencia se podrían instalar formas más productivas y menos dañinas de competencia.

 

¿Qué nos pasa?

Desde hace mucho tiempo la división de la vida en dos ámbitos, el femenino y el masculino, ha correspondido a la división entre lo público y lo privado, y esa frontera, aunque cambia a una velocidad impresionante, todavía persiste.

El ámbito público es el del trabajo fuera de casa, el mundo de los proveedores y los luchadores; el ámbito privado es el del hogar, el mundo familiar.

Todavía hoy en día, a pesar de que millones de mujeres han ingresado al ámbito público, nos llaman la atención –tanto a mujeres como hombres– las mujeres que tienen como prioridad sus carreras laborales o políticas.

El ingreso masivo de las mujeres al mundo público transcurrió a lo largo del siglo XX, con famosas batallas por conquistar el derecho a desempeñarse en determinados espacios y profesiones prohibidas hasta esos momentos. Luchando de distintas maneras, las mujeres lograron cambios impresionantes en el papel femenino tradicional. Lo que hace unos años se veía imposible –que una mujer ocupara el puesto de gobernadora o presidenta– hoy se acepta con naturalidad como una posibilidad. Así, la realidad de mujeres políticas que ocupan cada vez más espacios, aunque todavía corresponde sólo a un pequeño sector de mujeres, ha influido sobre las expectativas de las demás. La imagen de la diputada, con su IPad bajo el brazo, que llega al Congreso, o de la regidora, que asiste a una reunión de Cabildo en la presidencia municipal, son modelos de las nuevas formas de ser mujer en nuestro país.

Los procesos de globalización, en especial el de los medios de comunicación, con el uso de internet, han promovido no sólo la adopción de nuevos modelos de consumo, sino también de nuevos estilos de vida. Además, el mercado globalizado ofrece oportunidades de trabajo con exigencias de movilidad y horarios atípicos que alteran las relaciones tradicionales entre hombres y mujeres, y que han provocado que muchísimas mujeres que trabajan se liberen de algunas de las tradicionales restricciones familiares.

Sin embargo, otras tantas siguen atadas a ellas, y esto significa menos posibilidades de desarrollo laboral y político, sobre todo ahora, cuando la necesidad de viajar o trabajar jornadas muy largas se vuelve un requisito que pone en jaque el “destino natural’’ de las mujeres: el cuidado de la familia y del hogar. Si bien estos cambios pueden causar conflictos conyugales y procesos de desorganización social, también pueden conducir a la creación de distintos arreglos familiares y nuevos sistemas de apoyo. Esta situación ha desembocado en una redefinición de los papeles tradicionales y en una búsqueda de opciones sociales compartidas para compaginar la atención a la familia con la actividad laboral. Valores como la autonomía económica y el desarrollo personal se popularizan entre las mujeres y erosionan poco a poco las pautas tradicionales de sumisión y abnegación.

La conciliación entre el trabajo y la familia es un tema fundamental para las mujeres que trabajan fuera de casa. Entre otras cosas para acercarnos a ella es necesario que el cuidado de la casa, los hijos y los adultos mayores o discapacitados deje de considerarse un asunto sólo de las mujeres; que así como las mujeres han accedido al mundo laboral, público, los hombres se hagan cargo de las tareas de cuidado.

Para ello hay que redefinir la paternidad y la maternidad: los padres asumir responsabilidades familiares y las madres aprender que ser madre no significa sacrificio ni presencia las 24 horas del día (OIT y PNUD).

Estos cambios están en el contexto en que ahora se mueven las mujeres que hacen política, las militantes de los partidos, las funcionarias, las diputadas, las regidoras, y representan un desafío importante. Todavía es pronto para medir el impacto de este proceso en las mentes de una generación de jóvenes. Sin embargo, aunque hoy las reivindicaciones femeninas hablan de igualdad de oportunidades, igualdad de trato e igualdad de resultados (igualdad sustantiva), pocas de estas mujeres reclaman la conciliación de responsabilidades familiares y laborales y casi ninguna está consciente de la problemática de la mala rivalidad femenina, aunque la sufran o la reproduzcan.

Esta variedad de mujeres que participan en política, y que aspiran a ser candidatas o a llegar a un puesto en la administración pública, que ocupan cargos en sus gobiernos locales o que son responsables de comisiones en sus partidos, padecen la mala rivalidad de sus compañeras, en especial, las conductas pasivo-agresivas con las que muchas ocultan su enojo o expresan su frustración por no tener los puestos y cargos que anhelan.

La rivalidad no se reconoce abiertamente y se sirve de expresiones encubiertas. La competencia se expresa de manera abierta y franca.

 

La resistencia silenciosa

Si bien algunas mujeres aprenden a manifestar de manera clara y directa sus diferencias, un buen número repite conductas culturalmente aprendidas, como el comportamiento pasivo-agresivo. Este ha sido descrito como un patrón de conducta en el cual la intención de agredir, lastimar o expresar enojo se oculta bajo un comportamiento en apariencia inocente: guardar silencio, mentir o llorar. Las conductas pasivo-agresivas son una respuesta cultural que muchas mujeres tienen frente a figuras de autoridad o a sus “iguales”. Enmascarar el enojo o la agresión bajo una capa de resistencia silenciosa sirve para cumplir con las expectativas culturales de la feminidad.

Asumir que sentimos hostilidad hacia otra mujer, aceptar ese sentimiento negativo, nos dificulta preservar la imagen de “femeninas”. Cuando hay un desacuerdo o surge un problema no acostumbramos abordarlo de frente y nuestra conducta puede acabar siendo evitativa y manipuladora. Esta forma de responder y actuar se adquiere vía la socialización familiar y del entorno, de manera inconsciente: mucho de lo que vimos hacer a nuestras madres, tías, hermanas u otras mujeres cercanas, lo reproducimos en nuestras relaciones con otras mujeres.

En general, la publicidad, las películas y las series de televisión refuerzan esos estereotipos femeninos. Desde nuestra infancia internalizamos ideas, creencias, actitudes y comportamientos “propios” de las niñas y “propios” de los niños. Aunque han ido cambiando estas formas de desempeño y relación social, en nuestro país todavía la mayoría de las personas adultas hemos sido socializadas con pautas y valoraciones distintas para hombres y para mujeres, y nuestra cultura sigue enviando el mensaje de que hay tareas, actitudes y sentimientos “femeninos”, por un lado, y “masculinos”, por el otro. Al introyectar las convenciones sociales sobre la feminidad, a las mujeres se nos dificulta, tanto expresar claramente los sentimientos que se supone que las mujeres no “deberían” tener (como ira, pasión, ambición), como apropiarnos de conductas asertivas, entre las que se halla la de competir abiertamente.

“Introyección” es un término del psicoanálisis que alude al proceso por el cual las personas hacen entrar a su Yo parte del mundo exterior (“las mujeres debemos ser de esta u otra manera”).

Su opuesto es el de “proyección”, que implica proyectar hacia fuera parte del mundo interior (“Esta mujer no me saludó bien, seguro piensa que soy menos que ella”).

 

La socialización diferenciada

Con los varones ocurre algo similar, pues desde la infancia introyectan los mandatos de la masculinidad. Pero la diferencia radica en que los atributos distintivos del varón son la fuerza, la valentía, el autocontrol y la autoridad. La masculinidad se construye desde una actitud totalmente distinta y la competencia es una realidad cotidiana que los varones deben enfrentar de forma abierta, incluso peleando a golpes. Los niños, desde pequeños, se “miden” y aprenden a respetar jerarquías entre ellos: el más fuerte, el más hábil, etcétera. Entre las niñas la rivalidad no se aborda ni se maneja abiertamente. El mensaje cultural es “las niñas bonitas no se pelean”.

Poco a poco, aprendemos a “llevarnos bien” y, sobre todo, a ocultar nuestras emociones negativas. Cumplimos el ideal de feminidad: buenas, obedientes, colaboradoras. Además, las mujeres suelen ser las encargadas de crear un ambiente relajado y acogedor. Por su papel social, aprenden “naturalmente” a distender la tensión en las situaciones grupales, sean sociales o familiares. Por ello es que con frecuencia en el mundo del trabajo también son las encargadas de resolver los conflictos: son las mediadoras, las “arreglapleitos”, los paños de lágrimas, incluso, las “doctora corazón” de la oficina. También por este papel social, las mujeres contienen sus enojos y molestias.

Lo que pasa cuando se reprimen los sentimientos es que aparecen de otras maneras. Tanto mi experiencia con distintos grupos de mujeres como la de compañeras que me han comentado sus vivencias me han convencido de que un número importante de mujeres tiene muchas dificultades para colaborar con otras mujeres. ¡Mujeres juntas, ni difuntas! Es necesario comprender que lo que ocurre, en muy buena parte, es producto de la matriz cultural dentro de la cual hemos sido socializadas. Al visualizar cómo la lógica cultural de la feminidad impulsa una dinámica de rivalidad destructiva entre mujeres, muy distinta a la competencia abierta que promueve la socialización masculina, se da la posibilidad de modificar esa pauta. La mayoría de los hombres aprende desde la infancia a jugar en equipos deportivos, lo cual los lleva a reconocer diferencias y a competir abiertamente. La definición cultural de masculinidad fomenta la confrontación abierta.

El mandato cultural de la feminidad, que se filtra también a los espacios políticos y laborales de México, pasa desapercibido o sin nombrarse. Ese grupo específico de mujeres a las que me refiero, las que están inmersas en dinámicas grupales negativas, no sabe bien a bien qué está pasando. Muchas creen que así son las cosas, y que nada se puede hacer. Obviamente que hay mujeres cuya agresiva rivalidad se debe a cuestiones no resueltas de su vida emocional, a resentimientos subjetivos a los que dan rienda suelta en los espacios sociales.

¿Qué hacer?

He trazado un panorama en el que muestro la fuerte vinculación que se da entre el mandato cultural de la feminidad y la “lógica de las idénticas” que deriva en “las tretas del débil” (en especial, la agresividad pasiva), y se suma a la envidia mala, a la ausencia de valorización de las otras mujeres y al escaso amor propio. Esta compleja articulación de elementos culturales y psíquicos se inscribe en los ámbitos laborales y políticos, obstaculizando el desarrollo de pactos y alianzas entre las mujeres. Es fundamental que las mujeres aprendamos a trabajar bien juntas, pues requerimos construir acuerdos y alianzas que potencien una transformación social realmente radical, o sea, que modifique de raíz la situación desigual que existe con los hombres. Para ello hay que comenzar por entender los conflictos que se dan entre mujeres como resultado del proceso de socialización en un contexto de desigualdad, y distinguir los entrecruzamientos que ocurren entre “la feminidad” y las exigencias “masculinas” del mundo laboral y político. Pero si bien mejorar nuestras relaciones intragrupales requiere una comprensión distinta de los procesos de interacción humana, una sólo puede intentar modificar sus propias pautas de relación y de conducta, no las de las demás. Por eso es fundamental tener claridad sobre ese límite: la forma de potenciar una transformación social empieza a partir del autoconocimiento y del cambio personal.

Esto implica, antes que nada, distinguir entre las diferentes esferas en que nos movemos. La dinámica, las reglas y las exigencias son distintas en la esfera política que en la laboral (aunque en ocasiones ambas coincidan). A su vez el ámbito social tiene sus usos y costumbres, muchos de los cuales desechamos cuando estamos en el ámbito privado. Cobrar conciencia de la interacción entre esferas y ámbitos, y de nuestro lugar en ellas, es muy útil para lograr un desempeño exitoso. En ocasiones ocurre que tenemos un lugar destacado en una esfera mientras que en la otra nuestro lugar es secundario, pero acostumbradas al lugar destacado de una nos comportamos inadecuadamente en la otra.

Una debe empezar por cambiarse a sí misma si desea transformar las relaciones con sus compañeras o integrantes de un equipo. Aunque no es necesario entrar a terapia para atisbar la importancia de la dinámica psíquica, sí lo suele ser para transformarla a fondo. Mientras tanto, comprender el peso de los factores culturales ayuda a entender algunas de nuestras respuestas emocionales. Desentrañar la compleja relación entre nuestro mundo interior y el desempeño público sirve inmensamente para facilitar dinámicas más sanas de relación. Hay mucho que hacer respecto a cambiar de rumbo, sin embargo, si seguimos repitiendo las mismas pautas, los mismos errores, entonces no nos vendría mal una intervención terapéutica.

Resulta más o menos sencillo reconocer las diferencias que hay con las mujeres que indudablemente están en un nivel superior: las que están más arriba en la estructura de la organización, las que tienen más capital político. Pero es más difícil hacerlo con las que son nuestras “iguales”, las que ocupan posiciones similares, las que compiten con nosotras por un mismo puesto. Entre las “iguales” también hay diferencias: unas son más hábiles para ciertas tareas, otras están más formadas, y algunas tienen más olfato político. Hay diferencias, pero nos cuesta verlas y aceptarlas. No ocurre eso con las compañeras que están más abajo, donde también resulta fácil ver las diferencias. Y como existen esas tres posiciones –las que están arriba, las que están al mismo nivel y las que están por abajo– hay que distinguir distintas estrategias de relación, todas con el mismo objetivo: mejorar el trabajo en equipo y aprender a construir alianzas.

 

A guisa de conclusión

He tratado de argumentar que, no obstante las enormes diferencias que existen entre las mujeres, la cultura nos troquela con ciertos mandatos que la mayoría de nosotras asume como estilos de relación y actitudes de conducta. Es fundamental que las mujeres aprendamos a trabajar bien juntas, pues requerimos construir acuerdos y alianzas que potencien una transformación social realmente radical, o sea, que modifique de raíz la situación desigual que existe con los hombres.

Para ello hay que comenzar por entender algunos de los conflictos de género (o sea, provocados por la cultura) que se suelen dar entre mujeres, así como comprender y distinguir los entrecruzamientos que ocurren entre la feminidad y las exigencias masculinas del mundo laboral y político. Pero si bien mejorar nuestras relaciones intragrupales requiere de una comprensión distinta de los procesos de interacción humana, lo que sí podemos hacer es modificar nuestras propias pautas de relación y conducta, no las de las demás. Por eso es fundamental tener claridad sobre ese límite: la forma de potenciar una transformación social se nutre del autoconocimiento y del cambio personal.

Para Celia Amorós (1995), el patriarcado es un sistema de pactos entre hombres para asegurar su dominio sobre el conjunto de las mujeres. Para desarticular esos arcaicos pactos, y para enfrentar el machismo de nuestras organizaciones y del país, las mujeres necesitamos unirnos. Y ante la política controlada patriarcalmente, las mujeres de todos los partidos, junto con las integrantes de movimientos sociales, debemos instaurar una nueva forma de hacer política.

Maria Luisa Boccia dice que la práctica política de las mujeres supone una ambivalencia: “mantener unidas la participación y la extrañeza respecto de la política”.

Juntar participación y extrañeza implica tanto luchar por tener presencia como seguir cuestionando esa presencia. O sea, ni creérnosla totalmente, ni dejar de actuar. Esta posición de excentricidad de las mujeres en el orden sociopolítico hace indispensable que las mujeres nos unamos, incluso por encima de la pertenencia a nuestra propia organización. La unión hace la fuerza. La posibilidad de mejorar nuestra posición está vinculada a nuestra capacidad para insertarnos en redes más amplias, pues eso, además de redoblar a fuerza, nos permite incorporar nuevas perspectivas y contar con más información para elaborar discursos y prácticas políticas.

 

Mujeres unidas

Llego al final de esta reflexión recordando lo que la feminista italiana Alessandra Bocchetti (1990) subrayó: lo único que todas las mujeres tenemos en común es nuestro cuerpo de mujer. Nada más eso, sin embargo, es de lo más importante, pues ese dato va a marcar la forma en que nos tratan. Bocchetti lo dice espléndidamente:

      Lo que tengo en común con las otras mujeres: si entro en una habitación, antes de comunicar si soy guapa o fea, culta o ignorante, pobre o rica, comunista o democristiana, comunicaré el hecho de ser una mujer. Inmediatamente quien me mira se comportará en consecuencia según usos, costumbres e historia. La experiencia de esa adaptación de los demás es lo que tengo en común con las otras mujeres, tan sólo eso. Experiencia dramática y desesperante y desgraciadamente formativa. Si decido modificar ese teatro, debo reconocer que ese teatro precede a todos los demás.

Bocchetti nos recuerda que nos tratan por nuestra apariencia, nuestra figura de mujer, de acuerdo con “usos, costumbres e historia”.

Sin embargo, eso de que todas las mujeres compartamos un mismo dato biológico (el cuerpo femenino) no hace que todas recibamos igual trato, o que tengamos los mismos derechos o las mismas oportunidades, ni siquiera que tengamos las mismas aspiraciones políticas. La forma en que se nos trata varía, dependiendo de la edad, la clase social, la pertenencia étnica y el lugar geográfico en que nos encontremos: no es lo mismo ser una indígena de Oaxaca, que una estudiante en una universidad privada en el DF; no es lo mismo ser anciana que ser joven; no es lo mismo trabajar como funcionaria que como empleada doméstica. En México se notan a simple vista las brutales diferencias entre mujeres, y al comparar los niveles de salud, educación y esperanza de vida es evidente la profunda brecha que existe entre las mujeres de distintas clases sociales y entre las mestizas y las indígenas.

Esas desigualdades cuentan mucho. Hay más similitudes entre hombres y mujeres de un mismo estrato social, que entre mujeres de distintas extracciones sociales; en otras palabras, una mujer de una zona residencial de Guadalajara tiene mucho más en común con un hombre de ese mismo barrio que con una mujer tzeltal de Chiapas.

Por eso justamente no hay que mistificar el hecho de ser mujeres. Hay que comprender cómo somos troqueladas por los mandatos de la feminidad, pero saber que podemos salirnos de ellos y construir otras formas de relación. Para ello hay que entender que no existe una “esencia” de mujer, aunque sí existe una problemática de las mujeres. Bocchetti lo dice claramente: “un cuerpo de mujer no garantiza un pensamiento de mujer”, e inmediatamente aclara: “un pensamiento de mujer puede nacer solamente de la conciencia de la necesidad de las otras mujeres.

Este pensamiento, esta visión del mundo, es producto de relaciones”. Entonces, “pensamiento de mujer” sería la capacidad de ver a las demás mujeres y comprender sus necesidades. Por eso el objetivo no es “querernos” sino reconocer que nos necesitamos, para de ahí unirnos e intentar avanzar en esa compleja transformación social, que elimine el machismo (de hombres y de mujeres) e instaure relaciones verdaderamente democráticas y con justicia social para todos los seres humanos.

 

Bibliografía y fuentes de información

Amorós, Celia (1995). Feminismo, igualdad y diferencia, México, PUEG/UNAM.

Bocchetti, Alessandra (1990). “Para mí, para sí”, Debate feminista núm. 2, El feminismo en Italia, sept., México.

Lamas, Marta (2015). ¿Mujeres juntas…? Reflexiones sobre las relaciones conflictivas entre compañeras y los retos para alcanzar acuerdos políticos, México, Inmujeres.

 


[1]      Las conclusiones completas de tales entrevistas están vertidas en el cuadernillo citado (Lamas, 2015) (N. de los E.).

 

[2]      Género es un término que tiene tres acepciones: 1. La tradicional: clase, tipo o especie. Por eso se dice el género literario o el género de conducta para aludir al tipo de literatura o a la clase de conducta. Dentro de esta acepción se encuentra la de hablar del género femenino para referirse a las mujeres y del género masculino para los hombres. 2. La traducción del concepto de sexo en inglés: gender. Así, cuando se habla de la brecha de género se está aludiendo a la brecha entre los sexos. 3. Una nueva definición: la manera en que en las culturas se definen características, tareas, creencias, papeles, etcétera, en función de lo que se considera que corresponde a las mujeres y a los hombres. De ahí que yo defina al género como una “lógica de la cultura”. Se producen bastantes confusiones por estos homónimos, pero lo importante es tener presente que hay que tratar a los conceptos como instrumentos históricos y no como esencias atemporales.

 


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