Mujeres en la política: nadar contra la corriente sin ser salmón

Las mujeres que participan en la política nadan contra la corriente, porque ésta las deja mirando el mundo desde la ventana. Al respecto, Lourdes Consuelo Pacheco Ladrón de Guevara plantea su colaboración para Folios con la pregunta: ¿de dónde vienen las i

Por: Lourdes Consuelo Pacheco Ladrón de Guevara
Introducción

Mi nieta de cinco años canta una canción que le enseñó su maestra en el preescolar: “Por una ventanita/ yo veo a mi mamita/ que lava, que plancha/ que hace la comida,/ arrulla a mi hermanito,/ corre y va por mí./ Adiós maestra Carmen,/ me espera mi familia,/ mañana te veré”.

Muy posiblemente las maestras del preescolar han acudido a los cursos de Equidad de Género y Prevención de Violencia en preescolar, obligatorios para ese nivel establecidos por la Secretaría de Educación Pública en México. El libro en que se basa ese curso discute y pone en tensión los estereotipos culturales, otorga suficientes elementos de reflexión a educadores y educadoras en torno a la necesidad de trabajar desde los primeros grados de educación básica para establecer relaciones de género equitativas y libres de sexismo (sep, 2009). Sin embargo, la cultura real que transmite el profesorado recrea el lugar común de las mujeres convertidas en madres tradicionales sin que participen en otra esfera que no sea la crianza.

La idea de las mujeres dependientes

La respuesta a la pregunta de si ¿deben las mujeres quedarse en casa y no gobernar? está íntimamente vinculada a cómo se ha pensado a las mujeres en diversas épocas y lugares. Una de esas ideas proviene de Grecia, es la idea de la mujer dependiente de su cuerpo: los griegos pensaban que si la mujer depende de los ciclos menstruales entonces, su naturaleza es depender pues no puede ser autónoma ni de los ciclos naturales de su cuerpo, está sometida a ellos.

Esto la va a incapacitar para ejercer poder ya que si no puede ejercer poder sobre sí misma, tampoco lo podrá hacer sobre los demás. Aristóteles construye la diferencia sexual a partir de la dependencia de las mujeres: la dependencia de las mujeres de los ciclos menstruales se convierte en incapacidad y se refiere a que  “…la hembra es como un macho mutilado” (Aristóteles, 1990:292).

A partir de ello, Aristóteles justifica la separación de las mujeres respecto de los hombres, ya que es mejor que lo débil esté separado de lo fuerte. Al aplicar estos principios a la política, Aristóteles establece que el hombre y la mujer forman una “comunidad natural macho-hembra” cuyo fin es la reproducción. De ahí que la mujer es considerada como miembro de la casa y, a través de ella, como parte de la ciudad y además, en este relación, la mujer se encuentra en una relación de mando-subordinación.

¿Y la idea de la media naranja? Esta proviene de Platón, quien parte del mito de Androginia: en principio, la androginia era una criatura que tenía genitales tanto masculinos como femeninos, por lo que la autosuficiencia provocó la envidia de los dioses, de ahí que Zeus lo dividió por un rayo. De esa manera quedaron separados y condenados a buscar la otra mitad.

Tanto la idea de la media naranja como la idea de la mujer destinada a la reproducción han generado una serie de ideas como las siguientes:

1. El destino de las mujeres está determinado por su cuerpo. El cuerpo se convierte en la cárcel de las mujeres ya que deben obedecer los mandatos de los ciclos naturales o en términos de la biología contemporánea, la mujer sana, y por lo tanto feliz, es aquella que cumple con el mandato de su naturaleza, no la que se opone a ella.

2. Las mujeres son complementarias al varón. En esta idea el varón es el que porta un destino civilizatorio, en tanto que las mujeres complementan ese destino. Para Platón, los hombres producen ideas inmortales en tanto que las mujeres producen cuerpos mortales.

3. Las mujeres pueden participar en los asuntos de la ciudad a través del hogar. Como es el lugar de las mujeres están destinadas al cuidado de la familia, a mantener la armonía entre sus miembros, etcétera. Si las mujeres participan en los asuntos del Estado, debe ser desde esa postura familista.

La biología no sólo no ha desmontado las ideas de inferiorización de las mujeres, sino que les ha dado un contenido científico. La comprensión del cuerpo de las mujeres dentro de la ciencia y los distintos campos disciplinares hereda las visiones construidas desde el pensamiento griego y, posteriormente, desde la dimensión religiosa bíblica, la cual negativiza al cuerpo al considerarlo antípoda del alma ya que es el lugar donde radican las pasiones. A mediados del siglo XIX con la teoría ovular de la menstruación, se considera a los ovarios como el órgano fundamental del cuerpo femenino y provocadores de la sexualidad de las mujeres. La biología proporciona argumentos laicos para mantener a las mujeres en los lugares sociales como reproductora puesto que la constitución de las mujeres expresaría su vocación natural hacia la maternidad.

En síntesis, las mujeres no pueden gobernarse a sí mismas o gobernar a los otros porque están sujetadas al cuerpo. No pueden ser sujetos porque su dependencia la traen con ellas mismas: el cuerpo, sus ciclos y ritmos se convierte en un determinante de sus acciones y emociones. Las mujeres encerradas en la biología son excluidas del ámbito de quienes están liberados del cuerpo y por lo tanto, es la mente la que los regula. Esa consideración ideológica ha impedido construir las posibilidades de la construcción autonómica de las mujeres (Pacheco, 2004) y se ha convertido en el principal argumento para excluir a las mujeres de la posibilidad de ejercer poder.

Educadas y educados en el sexismo discriminativo

¿Se han modificado los estereotipos y roles de género relacionados con la participación política de las mujeres? No, ya que tanto los estereotipos como los roles de género siguen estableciendo el lugar de las mujeres vinculado al hogar y la familia. Los discursos religiosos, científicos, jurídicos, artísticos han construido esta jerarquía para postular el sexo como un rasgo normativo y valorativo en el que siguen siendo educados tanto los hombres como las mujeres.

La idea de una participación política de las mujeres introduce un aspecto ambivalente en torno al imaginario social en que se han construido las mujeres: por una parte alude a la realización de la igualdad como un derecho sustantivo pero, por la otra, toca el límite de una feminidad independiente y autónoma, capaz de tomar decisiones por sí misma, lo que alerta la visión conservadora sobre cómo deben ser y comportarse las mujeres. El derecho a la participación de las mujeres en la asamblea pública se funda en los avances del feminismo histórico y sus reivindicaciones que postulan la participación de las mujeres en el ámbito público junto con otra serie de transformaciones como la liberación del cuerpo de las mujeres (y de los varones) de los mandatos patriarcales.

El interés de mantener a las mujeres fuera de los ámbitos decisorios por la amenaza que representa para el status quo de los varones, marcó la experiencia de las primeras mujeres que arribaron a los ámbitos de decisión. Narraciones relacionadas con la masculinización de las mujeres han dado cuenta del tipo de ambiente en que deben trabajar las mujeres cuando incursionan en el poder público.

A pesar de que en el último decenio se eligió a mujeres para liderar el destino de sus países en América Latina: (Argentina, Brasil, Costa Rica, Chile) los estudios de carácter histórico respecto a la participación de las mujeres en la política y, en general, en la toma de decisiones del poder público, refieren la existencia de un clima adverso o clima frío en torno al arribo de las mujeres a puestos de decisión. Por ello es necesario preguntarnos ¿qué aspectos culturales siguen limitando el liderazgo y desarrollo político de las mujeres?

La misoginia

La misoginia consiste en la desvaloración de las mujeres y todo aquello que corresponda a ellas y su esfera, es un pensamiento que muestra la subvaloración de lo femenino dentro del mundo masculino. La misoginia contiene una superioridad pensada para lo masculino; por ende, lo femenino pertenece a lo infravalorado. En la práctica la misoginia impide pensar a hombres y mujeres como pares; es una incapacidad del pensamiento, asentada en siglos de pensamiento masculino sobre la desvalorización de las mujeres.

La inferioridad de las mujeres

La inferioridad de las mujeres las coloca en un lugar semejante al de la naturaleza: lo que hacen las mujeres es natural: gestar, parir, amamantar, crear la vida y, por consiguiente, realizar las actividades necesarias para mantenerla: cocinar, limpiar, curar, etcétera. Ello se contrapone a la superioridad de los varones, quienes no están condicionados por la naturaleza y, por tanto, lo que realizan son actos civilizatorios: trabajar, mandar, realizar obras artísticas, entre otros. La síntesis de este pensamiento establece que las mujeres no se esfuerzan por realizar las actividades que les están asignadas, puesto que están en su naturaleza, en tanto que las acciones de los varones implican esfuerzo, razón e intelecto.

La naturalización de las actividades de las mujeres conduce a establecer lugares inamovibles para hombres y para mujeres. El argumento de que las mujeres deben estar en el hogar y los hombres en la asamblea deliberativa es una de las consecuencias más visibles del pensamiento de la inferioridad de las mujeres, lo cual se traduce en impedimentos reales para la participación política de las mujeres.

La subordinación

Consecuentemente con lo anterior, las mujeres deben permanecer en un estado de subordinación respecto del varón puesto que él está destinado a realizar actos inmortales civilizatorios, racionales. Si el varón está destinado a ejercer dominio y la mujer a ser dominada por naturaleza, es sumamente transgresor tratar de cambiar los roles.

Política y sexuación

Las mujeres participan en la política en un contexto de sexuación de los espacios sociales. Basta una mirada a los espectaculares urbanos para encontrar el estereotipo con que se muestra a las mujeres ideales: mujeres en posturas sexuales más o menos explícitas, desafiantes a la cámara, mujeres exóticas, disponibles para el eros masculino. De nueva cuenta se trata de las mujeres como cuerpos apropiables desde el imaginario masculino, cuyo fin es la apropiación sexual. Dentro de este contexto ¿cómo se valora a las mujeres que participan en la política?

Las mujeres que participan en la política están lejos de ser consideradas pares por parte de los hombres de la política puesto que ellas son vistas como cuerpos sexuados. La leyenda en contra de la candidatura de Claudia Pavlovich a la gubernatura del estado de Sonora en abril de 2015, mostró el pensamiento misógino sobre las mujeres en política: “la panocha en las coyotas ¡no en palacio!”.  El poder político se ejerce como un dominio basado en el sexo dentro de los parámetros del poder masculino.

Se esperaría que los hombres que participan en la política partan de una postura diferente sobre las mujeres, sin embargo, no es así: el gobernador de Baja California, Francisco Vega de Lamadrid, en un acto político en Tijuana, en marzo de 2015, se expresó de las mujeres de la siguiente forma: “las mujeres son lo mejor que nos ha pasado, ¡están rebuenas todas!… para cuidar niños, para atender las casas, para cuando llega uno, a ver mi hijita, las pantunflitas [sic]. No, no, ustedes de veras que son el pilar de la familia y ustedes perfectamente lo saben, muchas felicidades” (Vega, 2015). Como se observa, los hombres de la política encierran a las mujeres en el estereotipo de la mujer dentro del hogar.

Y sin embargo nadan contra la corriente

A partir de la Ilustración, la idea de igualdad se ha convertido en uno de los imaginarios más poderosos para desmontar las ideas de la inferioridad y subordinación de las mujeres. La lucha por el sufragio, el derecho al trabajo, y a la educación  son algunos de los ejes donde se han centrado la lucha de las mujeres. En México y en América Latina el acceso de las mujeres al poder tuvo que ser parte de una agenda específica que obligara por ley lo que no era posible construir a partir de la dinámica social.

En México, el acceso al poder por parte de las mujeres sólo ha sido posible a partir de mandatos legales: tanto las cuotas de género, como la paridad y las sentencias sobre su cumplimiento se convirtieron en el mecanismo para empezar a desmontar las ideas que sobre las mujeres se han asentado durante siglos. Los partidos políticos acatan las decisiones sobre la paridad pero no celebran el avance político de las mujeres.

Por ello, la participación de las mujeres en la política es nadar contra la corriente: contra el imaginario social, los mandatos tradicionales, los pensamientos filosóficos centrados en la desigualdad, las prácticas cotidianas, el sentido común, los hombres de la política, el profesorado del sistema escolar.

Es una pérdida generacional que las niñas y niños que hoy cursan el preescolar, aprendan que el lugar social de las mujeres es mirar por la ventanita. Esperemos que esas niñas y niños conviertan la ventanita en una puerta muy grande donde quepa la construcción de la igualdad, el ejercicio del poder de las mujeres y la asunción de responsabilidades de crianza de parte de los hombres.

Bibliografía y fuentes de información

Aristóteles (1990). Historia de los animales, Akal/clásica, Madrid.

Pacheco, Lourdes (2004). “El horizonte epistémico del cuerpo”, en Revista Región y Sociedad, núm. 30: 185-195, vol. xvi, mayo-agosto, El Colegio de Sonora, Hermosilo.

SEP (2009). Equidad de género y prevención de la violencia en preescolar, México: SEP/PUEG.

Vega, Francisco de la (2015). “Mujeres están buenas…para cuidar niños” Excélsior, marzo 9 de 2015, disponible en www.excelsior.com.mx/nacional/2015/03/09/1012533, fecha de consulta: 15 febrero de 2016.