Monsiváis, siempre Monsiváis

Por: Sergio Ortiz Leroux

Hay momentos en los que uno no sabe muy bien quién es ni hacia dónde dirigirse. Momentos en los cuales la duda y la incertidumbre parecen ocupar el lugar que anteriormente ocupaban las certezas y las certidumbres.

En esos momentos de fragilidad y de angustia, siempre existe la posibilidad de refugiarse en los brazos de un Dios bondadoso que seguramente tendrá un lugar reservado para nosotros, de una filosofía trascendente que nos ahorrará la tarea de pensar por obra propia, de un trabajo rutinario que nos hará olvidar por un segundo nuestra fugaz existencia, de un manual de superación personal que superará cualquier ejercicio de introspección analítica, de un consumismo inagotable que se agotará en el momento de consumirse, de un instante placentero que con el paso del tiempo será recordado como eterno, de una noche de chelas churros que al final de la juerga parecerá imborrable.

Sin embargo, no siempre la duda y la incertidumbre nos conducen al mundo del extravío sino también pueden ser fuentes de creación de algo radicalmente nuevo.

Carlos Monsiváis fue para mí –y perdonen la anécdota en primera persona pero el género del testimonio me permite ésta y otras licencias personales– el pretexto que mejor tuve a la mano para traducir mis dudas en formas de creación pública y re-creación personal.

Seguramente Carlos no lo sabía –y quizá ni le interesaba saberlo– pero siempre que las dudas me asaltaban o atormentaban en algún asunto público que fuera, digamos, de obvia resolución para cualquier simple mortal, recurría secretamente a la lectura silenciosa de alguna crónica, ensayo, entrevista, reportaje, columna, declaración u ocurrencia (Paz dixit) del famoso personaje de La Portales a fin de identificar en sus agudas palabras algo que me provocara resonancia y me alejara de la tentación del soliloquio o la parálisis.

En Monsiváis no encontraba, ni mucho menos encuentro, la verdad revelada ni incontrastable. Nada más ajeno al cronista que el púlpito pontificador.

Pero su forma de hacer propia la voz de los más débiles, de reclamar el fundamento ético de la acción política, de pasar de los sucesos más solemnes a los acontecimientos aparentemente más triviales, de descubrir en la declaración de los poderosos el secreto de la impunidad, de reconocer el potencial emancipador y civilizatorio de las minorías culturales, de respetar el sentido del lenguaje mediante la invención de un nuevo género literario, me parecía y me sigue pareciendo francamente seductora.

Sin Monsiváis nuestra vida pública no solamente queda más desprotegida sino resulta al mismo tiempo más triste y aburrida.

El planeta Monsiváis está habitado por los más diversos personajes de la picaresca mexicana: el político de declaraciones memorables, el arzobispo de inclinaciones oscurantistas, el funcionario público de lógica implacable, la artista de mirada arrogante, el luchador de fines de semana.

Pero también aparecen en su lotería de la vida cotidiana los grupos y movimientos cívicos que terminaron por convertir a México en una nación más libre, secular e incluyente: la sociedad civil que nació de los escombros del terremoto en la ciudad de México del 85, las minorías protestante y sexual, los movimientos estudiantiles del 68 y el 86, los defensores de derechos humanos, la insurgencia zapatista del 94, las sociedades protectoras de animales.

El ciudadano Monsiváis convirtió a la palabra en un ejercicio permanente de disidencia cultural y moral que le ofreció visibilidad a quienes permanecieron opacados por varias décadas por la dictadura perfecta del Revolucionario Institucional y la moralina medieval de la Iglesia católica y el Partido Acción Nacional.

Pero no sólo las viejas y nuevas derechas fueron objeto de la crítica mordaz del cronista, también la izquierda, o más bien, las izquierdas fueron el blanco de la ironía –y también, por supuesto, del reconocimiento– del intelectual mexicano. Para Monsiváis, la noción de izquierda adquiere sentido en México si se reconoce su carácter plural y heterogéneo.

Más allá de cualquier intento de reducir y encasillar a la izquierda azteca en un bloque histórico y cultural único y homogéneo, el cronista defendió y, sobre todo, le dio notoriedad pública a una izquierda social –amalgama de movimientos de opinión pública, sectores intelectuales y magisteriales, corrientes sindicales, órganos de prensa, sociedades civiles y enclaves académicos– diferente, y en ocasiones confrontada, a la izquierda partidaria, heredera principalmente del Partido Comunista Mexicano y sus distintos derivados históricos: Partido Socialista Unificado de México, Partido Mexicano Socialista y, finalmente –pero parece que no al último– Partido de la Revolución Democrática.

Gracias a este arte de la distinción y la obsesión analíticas, las aportaciones de las izquierdas mexicanas al proceso de secularización y democratización de la sociedad y el Estado mexicanos se hacen visibles al tiempo que no pueden ocultarse los resortes de sectarismo, dogmatismo y autoritarismo que animan a buena parte de su práctica y pensamiento.

En esos avatares de la izquierda y la democracia, de la derecha y las libertades, del régimen político priista y la transición, la voz de Monsiváis apareció como un faro que nos invita a no dejarnos doblegar por el prejuicio, el sentimiento de derrota, el cinismo estéril, la corrupción cívica y la doble moral. Por eso la palabra del escritor Carlos Monsiváis trascenderá la vida mortal de Monsi. Y por eso, también, vale la pena recordarlo por siempre en estas líneas muy personales.

 


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