Mis villanos favoritos: los políticos en el cine mexicano

El cine no ha dado testimonio de las transformaciones políticas de nuestro país, justo cuando más puntos de vista se necesitan para identifi car problemas, corregir errores y aportar ideas

Por: Francisco Reveles Vázquez

No soy un experto en cine, pero me atrevo a decir que la política no ha sido bien filmada en nuestro país, ni durante el régimen autoritario, ni en el proceso de democratización que vivimos recientemente.

Si esto era explicable antaño por la censura, en la actualidad resulta inexplicable que apenas unas cuantas películas aborden problemas de la relación gobernantes y gobernados.

Proceso central de nuestra vida desde los más recientes treinta años, ninguno de los acontecimientos claves del cambio político aparece en la filmografía nacional.

Son contados los largometrajes (de ficción, no documentales) que se centran en cuestiones políticas, pero ninguno alude directamente a personajes e instituciones de nuestra vida cotidiana. Cuando lo hacen, la percepción de la política y de los políticos es negativa.

Esto era notorio en los años setenta y ochenta, pero en los noventa y principios del siglo XXI incluso ese espíritu crítico decayó. El cine no ha dado testimonio de las transformaciones políticas de nuestro país, justo cuando más puntos de vista se necesitan para identifi car problemas, corregir errores y aportar ideas.

El cine político surgió después del movimiento estudiantil de 1968, con el emblemático documental El grito (Leobardo López Aretche, México, 1968). Posteriormente, en los años setenta hubo una importante cantidad de cintas de ficción que cuestionaban el orden establecido.

Se les conoce como “de protesta”, pues denuncian la actitud represiva del gobierno ante una presunta organización social anti-régimen (primero Bandera Rota [Gabriel Retes, México, 1978] y después Bajo la metralla [Felipe Cazals, México, 1982]), la fragilidad del sistema judicial para castigar la delincuencia (Cadena perpetua [Arturo Ripstein, México, 1978]), la intolerancia hacia la diversidad ideológica (Canoa [Felipe Cazals, México, 1975]) y la pasividad del gobierno ante un problema social (El
año de la peste [Felipe Cazals, México, 1978]).

Hacia el final de la década, El año de la peste denunció la capacidad de manipulación del gobierno, pero al mismo tiempo su inoperancia ante una contingencia social de grandes dimensiones.

Un caso excepcional fue Días difíciles (Alejandro Pelayo Rangel, México, 1987), cinta que narra el intento de un golpe de Estado del ejército contra el presidente de la República, quien resulta el líder más honesto e intachable capaz de resolver (incluso) ese problema.

El político como personaje tuvo pocas apariciones. En un tono severo, Playa Azul (Alfredo Joskowicz, México, 1991) proyecta la caída de un político enriquecido por su cargo, centrándose en sus conflictos familiares.

En El extensionista (Juan Fernando Pérez Gavilán, México, 1991) y Las poquianchis (Felipe Cazals, México, 1976) se plasma la red de corrupción entre políticos locales y municipales para sojuzgar a campesinos o tolerar la prostitución.

En tono de comedia, los políticos también fueron fi lmados en Calzonzin Inspector (Alfonso Arau, México, 1973), Las fuerzas vivas (Luis Alcoriza, México, 1975), y Ante el cadáver de un líder (Alejandro Galindo, México, 1973).

El modelo de estas cintas es básicamente las historietas de Rius. Años después, La ley de Herodes (Luis Estrada, México, 1999) y El infierno (Luis Estrada, México, 2010) recuperaron con eficacia no pocos de estos personajes.

No pocas de las cintas de tema policiaco mostraban la corrupción de la policía y la inoperancia de las leyes: Llámenme Mike (Alfredo Gurrola, México, 1979), El complot mongol (Antonio Eceiza, México, 1978), Los albañiles1 (Jorge Fons, México, 1976) y la saga del detective mexicano Héctor Belascoarán Shayne (el entrañable personaje de Paco Ignacio Taibo II): Días de combate (Alfredo Gurrola, México, 1979), Cosa fácil (Alfredo Gurrola, México, 1979), Algunas nubes (Herencia maldita) (Carlos García Agraz, México, 1988) (las tres con dos versiones cada una, aquí me refiero a las primeras versiones) y Amorosos fantasmas (Carlos García Agraz, México, 1994).

En El apando (México, 1975), Felipe Cazals, con base en una novela de José Revueltas, plasma la podredumbre espiritual y material de Lecumberri, símbolo del sistema carcelario de la época.

En los años ochenta el cine protesta perdió fuerza. La crisis económica y la reducción del presupuesto estatal afectaron al cine. El número de cintas se redujo y realizadores y productores apostaron a lo seguro: nada de política o temáticas existenciales, mejor comedias, historias de amor o juveniles, con final feliz, y principalmente películas de “ficheras” (prolífico cine porno de lo más ligero, insulso y mal hecho).

Pocos directores prestaron atención a la transformación política desde 1988, año clave de la política nacional. En El bulto (México, 1991), Gabriel Retes expresó el sabor amargo del cambio a partir de la comparación entre los años setenta y noventa.

Rojo amanecer (Jorge Fons, México, 1989) fue una película que puso en evidencia la debilidad del cine político en muchos sentidos. Las dificultades de realización, la falta de presupuesto y las complicaciones para su distribución la afectaron, sin duda, pero no más que a cualquier otra.

Los censores se encargaron de retrasar su exhibición y de impedir la identifi cación del ejército como responsable de la matanza estudiantil de 1968. Ninguna cinta de ficción reivindica la revitalización de la acción social que se gestó a partir del movimiento estudiantil.

En 1990, después de treinta años de ser realizada, La sombra del caudillo (Julio Bracho, México, 1960) apareció en cartelera. Con base en la novela homónima de Martín Luis Guzmán (quien se basó en hechos reales), la cinta fue “enlatada” porque afectaba la imagen de uno de los caudillos de la revolución, el general Álvaro Obregón, aludido como responsable del asesinato de uno de los aspirantes a sucederlo en la presidencia. Incluso el mejor y más ignominioso ejemplo de la censura priísta tuvo difi cultades para llegar a las salas de cine en el sexenio de Carlos Salinas.

Pasaron muchos años para que el celuloide expresara una crítica actualizada de la situación política. La ley de Herodes es una película redonda que versa sobre el más conspicuo político priísta: tradicional, nacionalista, leal, hacedor y seguidor de reglas escritas y “no escritas”, autoritario ante los débiles y sumiso ante sus jefes.

Pero la censura (o autocensura) impidió que el realizador identifi cara al PRI como el partido al que pertenece el presidente municipal de un pueblo igualmente no identificado.

Aunque pudiera parecer increíble, esta película tuvo dificultades para ser proyectada. Fue tal el escándalo que provocó el intento de censura que todo terminó con la renuncia del director del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) y la exhibición de la cinta.

El director Luis Estrada realizó otras dos películas de corte político: Un mundo maravilloso (México, 2006) y El infierno (México, 2010).

En un país con un gobierno conservador y neoliberal, Juan Pérez, protagonista interpretado por Damián Alcázar, es un pordiosero suicida erigido en héroe social gracias al poder de los medios de comunicación, a los cuales no únicamente se les ve como tales, sino como actores políticos de gran relevancia.

Pero ninguna película retrata la imagen de la política y los políticos que muchos ciudadanos tienen como El infierno. Con toda intención, los políticos son vistos aquí como demagogos al servicio de los intereses de los narcotrafi cantes.

Incluso al final es un narco quien ejerce el poder directamente como presidente municipal. La policía, el ejército y la iglesia católica están coludidos para proteger a los poderosos.

Los ciudadanos no tienen más opción que formar parte de la delincuencia, cerrar los ojos o voltear para otro lado, ser cómplices del horror; con temor, sí, pero aceptándolo como parte de la vida diaria, del infierno en la tierra, como dice el Cochiloco en la trama.

El personaje principal de La Ley de Herodes refleja con tino un lugar común: la perversidad de los políticos. Al inicio es un hombre honesto, de limpios ideales y buenas intenciones.

Pero conforme se codea con el resto de los políticos y se inserta en “el sistema”, pierde sus cualidades para ser “igual que todos” so pena de perder su poder.

No hay una película mexicana reciente donde un político (un gobernante, legislador o funcionario, pues algunos policías se salvan) aparezca como honesto, serio, responsable, bondadoso o franco.

Actúan entre sombras y mueven los hilos de tal forma que siempre salen ganando (por ejemplo en Conejo en la luna [Jorge Ramírez Suárez, México-Reino Unido, 2004] o en Fibra óptica [Francisco Athié, México, 1997]).

El asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial priísta en 1994, fue llevado a la pantalla en una producción de bajo presupuesto, con destacados actores, pero escasa calidad argumentativa y de realización: Maten al candidato (Gilberto Martínez Solares y Adolfo Martínez Solares, 1998).

En 2005 se exhibió Magnicidio, complot en Lomas Taurinas (Miguel Marte, México, 2002), que según sus realizadores fue bloqueada y solo cumplió una semana en cartelera. Pachito Rex, me voy pero no del todo (Fabián Hofman, México, 2001) es una cinta que sí alude al PRI y al asesinato de Colosio.

Cargada de ficción, llegó a ser una visión ácida y mordaz del priísmo, con excelentes actuaciones y buena realización. El problema fue su formato digital, que limitó su exposición ante un público masivo.

La rebelión indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional no había sido motivo de largometraje alguno hasta que en 2009 se proyectó Corazón del tiempo (Alberto Cortés, México, 2009), que retrata la vida de las comunidades indígenas zapatistas.

Antes solamente había referencias colaterales al tema en algunas cintas (¿De qué lado estás? [Eva López Sánchez, España-México-Alemania, 2002], El violín, [Fco. Vargas Quevedo, México, 2006]).

La alternancia en la institución presidencial implicó el debilitamiento del PRI y el fortalecimiento del PAN y del PRD. Estos sucesos no aparecen en el cine nacional.

Salvo como lejanas referencias contextuales, hechos tan importantes no han sido recuperados por nuestro cine, para diversión y (¿por qué no?) reflexión de un público que los ha vivido en carne propia.

Ni siquiera el sabor amargo del lento y tortuoso cambio político ha sido expresado de nuevo como en El bulto. Personajes como Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Diego Fernández, Cuauhtémoc Cárdenas o Andrés Manuel López Obrador han sido intérpretes centrales de películas de no ficción (¿Quién es el señor López? [Luis Mandoki, México, 2005]).

Pero estos trabajos son testimoniales y parciales, por lo que su público generalmente ha sido reducido (la excepción es el documental Fraude 2006 [Luis Mandoki, México, 2007], sobre el conflicto poselectoral de la elección presidencial). Arráncame la vida (Roberto Sneider, México, 2008) es otra excepción.

La trama se centra en la esposa de un cacique militar, aspirante a la presidencia de la república. Hay un esbozo de la historia política del México posrevolucionario, donde se habla del partido y se traslucen las prácticas autoritarias de la “familia revolucionaria”.

En 2010, con motivo del bicentenario de la Independencia, el Imcine produjo seis filmes: El atentado (Jorge Fons, México), Revolución (varios directores), El infierno, Chicogrande (Felipe Cazals, México), el Baile de San Juan (Francisco Athié, México-Francia-Alemania-España) e Hidalgo, la historia jamás contada (Antonio Serrano, México).

Las de corte estrictamente histórico fueron menos maniqueístas que las del cine mexicano clásico. El mejor ejemplo es el del cura Hidalgo, retratado como ser humano y no como héroe de “estampita” escolar.

Las cintas comerciales con orientación militante de los últimos años son: ¿De qué lado estas?, El violín y Voces inocentes2 (Luis Mandoki, México-Estados Unidos-Puerto Rico, 2004), Cementerio de papel (Mario Hernández, México, 2007), El traspatio/the backyard (Carlos Carrera, México, 2009), Corazón del tiempo, y Borrar de la memoria (Alfredo Gurrola, México, 2010).

La “guerra sucia” hacia la disidencia de izquierda en los años setenta fue representada en Cementerio de papel, película de Mario Hernández basada en la novela homónima de Fritz Glockner. La apertura de los expedientes ofi ciales y la creación de una instancia gubernamental para, supuestamente, castigar los crímenes de Estado del pasado dio lugar a estas estupendas obras.

En la cinta incluso actúa Rosario Ibarra de Piedra, destacada activista en pro de la reaparición de los desaparecidos y la libertad de los presos políticos. Es, además, la primera vez que la Suprema Corte de Justicia de la Nación es descalificada en pantalla grande (“está controlada por la derecha”, dice uno de los personajes).

El sistema de justicia fue cuestionado al mismo tiempo que el PAN en El traspatio/the backyard, cinta sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. Esta es la única película en la que el panismo es retratado de manera directa y desde una perspectiva crítica.

El sistema de justicia sigue siendo el más cuestionado por los filmes nacionales (y algunos extranjeros como Tráfico [Steven Soderbergh, Alemania-Estados Unidos, 2000], Hombre en llamas [Tony Scott, Estados Unidos-Reino Unido, 2004] y Al límite del terror [Zev Berman, México-Estados Unidos, 2007]).

Pero normalmente lo que aparece en pantalla es el retrato hablado de un sistema ineficaz que sigue vigente (pese al cambio político). Bala mordida (Diego Muñoz, México, 2009) desmenuza los mecanismos de control y la corrupción rampante en la policía mexicana.

Miss bala (Gerardo Naranjo, México, 2011), la colusión entre la policía y el narcotráfico, como en El infierno. En tono de comedia, la hilarante Pastorela (Emilio Portes, México, 2011) expone la ineptitud del sistema judicial para resolver el asesinato de un alto mando.

El mejor ejemplo de una cruda exposición de dicho sistema es Ciudades Oscuras (Fernando Sariñana, México, 2002), que retrata a policías judiciales coludidos con delincuentes capaces de matar y matarse entre sí por una mujer.

Algo similar se ve en Fuera del cielo (Javier Fox Patrón, México, 2006) y, en clave tragicómica, en Nicotina (Hugo Rodríguez, México-Argentina-España, 2003). La misma percepción se expresa en Todo el poder (Fernando Sariñana, México, 1999), en la que se destaca la solución individualista que adopta el personaje central (interpretado con solvencia por Demián Bichir) para enfrentar la impunidad de policías-asaltantes-secuestradores.

Una solución en la que no cuentan ni las nuevas instituciones, ni las nuevas leyes, ni los nuevos actores políticos, pues ninguno puede enfrentar la delincuencia organizada o la violencia policíaca. La misma idea tienen los personajes de En el país de no pasa nada (Maricarmen de Lara, México, 2000).

En La zona (Rodrigo Plá, España-Argentina-México, 2007), los protagonistas, un ladrón adolescente pobre y un policía honesto, deben actuar conforme a su decisión individual. Paradójicamente, ambos terminan liquidados por los prejuicios de un núcleo social pudiente dispuesto a hacerse justicia con su propia mano.3

El infierno, de igual modo, concluye con una salida sumamente riesgosa: el héroe se hace justicia por su cuenta y asesina al presidente municipal (el narco mayor), su esposa, el cura, el jefe de la policía y guaruras que los acompañan, en plena celebración del bicentenario de la Independencia. ¿Esa es la única salida para la sociedad? En una democracia no, por supuesto.

Fuera de estas referencias (la mayoría generales), el cine nacional no ha echado mano de los héroes y los villanos que abundan en la política. Más bien, para ser exactos, los realizadores han usado a los políticos como villanos favoritos y reproducido una visión negativa de la política.

Si esto era explicable en el pasado, hoy por lo menos debería haber nuevos villanos (los narcos comienzan a serlo) y nuevas tramas.

Sucesos por demás interesantes como el proceso de concertación entre las distintas fuerzas políticas para empujar la democratización o la participación ciudadana en sus distintas expresiones, no han sido llevados al cine: ningún movimiento social ha sido reivindicado en las historias más importantes del celuloide nacional, y ni siquiera a los movimientos cívicos electorales se les ha dado el espacio que podrían tener.

Es probable que la falta de atención de los que hacen nuestro cine hacia la realidad política se deba, simplemente, a que los resultados del cambio son tan insatisfactorios que no merecen ser proyectados en pantalla grande.

Pero a veces dan ganas de ver a los próceres, a los defensores de la nación, a los gobernantes y legisladores en pantalla gigante, en formato digital y sonido THX. Tal vez de ese modo, como ficción, sean más creíbles y más fáciles de entender de lo que en verdad son.