Microfísica de la legitimidad

La televisión y la radio se han convertido en los principales articuladores del entramado social, más allá y a pesar del reino de las necesidades al que se enfrenta cotidianamente cada individuo

Por: Arturo Santillana Andraca
 
Entiendo por legitimidad la aceptación que individuos, grupos, clases, etnias o actores sociales tienen de la autoridad, el andamiaje institucional y las normas prevalecientes en tanto instancias válidas para enfrentar, atenuar o superar conflictos cuya intensidad y naturaleza los hacen parte de la vida pública.
 
Si la autoridad, las instituciones o las leyes, normas y reglamentos que pueden intervenir en la solución de un conflicto no son aceptadas por la mayoría de los afectados o por quienes tienen tras de sí un gran poder de decisión y pueden influir a su vez sobre una mayoría, se pueden generar crisis de legitimidad.
 
Los mecanismos mediante los cuáles se constituye la legitimidad son múltiples y variados. En los modernos estados occidentales, la fuente por excelencia de la legitimidad descansa en la legalidad, esto es, en el sistema jurídico que regula coactivamente la conducta pública y privada de los individuos.
 
La misma autoridad de los gobiernos democráticos se origina en la aceptación de las leyes mediante las cuáles son elegidos y se acotan sus derechos y obligaciones. Sin embargo, existen otras tantas fuentes de legitimidad que pueden o no estar relacionadas con el orden legal.
 
La tipología de las formas de legitimidad desarrollada por Weber demuestra que el carisma de un líder o las tradiciones, usos y costumbres colectivas son también fuentes de legitimidad. Particularmente es común que en las sociedades modernas la legitimidad expresada en la racionalidad jurídica se mezcle con el carisma de la autoridad o las costumbres y tradiciones de la nación hegemónica (en el caso de estados plurinacionales). 
 
La obra de Michel Foucault me ha inducido a repensar la legitimidad más allá del modelo weberiano. Y no porque los tipos weberianos hayan perdido vigencia o poder explicativo; sino porque es necesario pensar en su complemento microfísico, ese que se reproduce en la subjetividad y en la intersubjetividad. 
 
Me parece importante no perder de vista que hemos vivido un desplazamiento de los centros tradicionales del poder hacia la esfera del mercado; esa esfera que estuvo tan regulada por el Estado y que ahora parece desbordarlo. 
 
Los discursos oficiales, la presencia del príncipe en el control informativo, el culto a la personalidad de una historia oficial enseñada a través de los canales “culturales” de la televisión, la solemnidad de una retórica cuyos axiomas presumían una fuerte verticalidad en el ejercicio del poder, el culto al carisma y la personalidad de los dirigentes son signos de un poder estatal-patriarcal que están siendo reemplazados por el acercamiento de los gobernantes a la vida privada de los ciudadanos.
 
La televisión y la radio se han convertido en los principales articuladores del entramado social, más allá y a pesar del reino de las necesidades al que se enfrenta cotidianamente cada individuo. 
 
La desigualdad social, la discriminación, la explotación, las jerarquías de la vida real se desvanecen virtualmente frente a estos medios masivos de comunicación a los cuales puede tener acceso la mayoría de la población; pues aunque existan empresas de telecomunicaciones que ofrecen una gran cantidad de canales televisivos frente a los cuales parte importante de la población se mantiene excluida, existen unos cuantos canales “básicos” a los que puede acceder todo aquel que cuenta con un televisor.
 
Por si fuera poco cada día son más los establecimientos (restaurantes, bares, centros comerciales, peluquerías, bancos, etcétera) que cuentan con televisores para “hacer más amena la vida o los tiempos muertos de espera”. 
 
El poder social de la pantalla chica es más grande que el de cualquier gobierno de los países más poderosos del mundo. Y aunque dentro de esta realidad virtual a la que accede la mayor parte de la población cuando llega de trabajar o de estudiar, continúa habiendo una proyección social, política e ideológica del mundo existente, no deja de tener un peligroso carácter homogeneizador. Pues se tata de medios masivos pero también pasivos. 
 
Sin duda, cada una de las personas que atienden al mismo tiempo un programa radiofónico o televisivo, generan distintas interpretaciones de la información transmitida; sin embargo, el hecho de mantener una actitud por antonomasia pasiva ante dichos medios va provocando homogeneización de criterios; de valores morales, estéticos y hasta religiosos; de aspiraciones a determinados modos de vida. 
 
Hablar de sociedad de consumo no significa, de ninguna manera, pensar que existe una sobredeterminación de la esfera económica sobre la política e ideológica, o para decirlo con la jerga de la tradición marxista, no se trata de una determinación de la estructura sobre la superestructura.
 
El consumo, como bien decía Marx, es la realización de un proceso de producción que a su vez está determinado por relaciones sociales, relaciones de poder y situaciones de dominación. Hablar de consumo implica, entonces, hablar de una determinada sociedad, de un tipo de Estado, de ciertas relaciones políticas, etc. 
 
Habitamos un mundo donde, aparentemente, la técnica ha desplazado a la ideología. Y digo aparentemente puesto que detrás de la técnica como mera consecuencia de una racionalidad “científica” también subyace una ideología: la del perfeccionamiento funcional, algo sobre lo que la Escuela de Frankfurt, trabajó bastante. 
 
Importa cómo sobrellevamos una vida más funcional, más acorde a nuestras necesidades, a nuestros tiempos definidos a priori por un sistema que nos rebasa. Pareciera que estamos muy lejos de la politicidad soñada por Hegel como la superación del reino de las necesidades y sus conflictos por una idea ética vinculante y libertaria expresada en el Estado. 
 
La política hegemónica contemporánea se ha trastocado en un medio para obtener beneficios provenientes de intereses particulares; no colectivos ni comunitarios. Si en algún momento la política tuvo el propósito de paliar los conflictos provenientes de la lucha de intereses sociales particulares, en estos días se ha convertido en un instrumento eficaz para preservar o conquistar prebendas y privilegios. 
 
Las elites gobernantes han sido convertidas a la moda de la productividad: arriesgan la calidad de lo distinto por el imperativo de pautar el destino de los demás. En estos días las elites se han convertido en consejos gerenciales de aparatos burocráticos al servicio de quienes marcan las pautas para preservar intereses particulares presentados como universales y necesarios.
 
El poder político de facto está a merced de los inversionistas; de los grandes poseedores de capital. Ellos pautan las necesidades conforme a las ofertas con las que juegan en el mercado. 
 
Intuyo, simplemente intuyo, que la política ha sido secuestrada o, mejor dicho, invadida por unas cuantas oligarquías que han logrado desplazar a las viejas elites políticas.
 
El tiempo del político y el tiempo del administrador se empatan angustiosamente. Desde que los Estados-nación surgieron, las burguesías estuvieron ahí: merodeando el poder político, aconsejando o gobernando. Pero quienes llevaban las cuentas les rendían explicación y hasta culto a quienes tomaban las decisiones. Administrar y decidir no eran lo mismo.
 
Digamos que había una mutua dependencia. Pero la profesionalización del saber técnico que regula los flujos de capital, las transacciones financieras y crediticias, el comercio de valores ha sido bien vendida por estas oligarquías que hoy avasallan los espacios políticos y con ello los espacios de decisión. 
 
Están cambiando profundamente las reglas del juego político: la idea del ciudadano y su relación con los gobernantes, la idea de Estado, los vínculos que generan integración social, los factores que determinan la identidad de los individuos. Aunque se están modificando los mecanismos de su legitimidad, la política continúa siendo necesaria. 
 
No me parece que la mentalidad de actores sociales y políticos se haya transformado de la noche a la mañana; pero por supuesto que ha habido cambios lentos y paulatinos. Hoy estamos ante un proceso de adecuación de la identidad individual y colectiva a un mundo fragmentado, frío, estático pero también “encantador” de las mercancías.
 
Por ello, si queremos explicar la convivencia entre la riqueza concentrada en unas cuantas manos y la gobernabilidad en un mundo de desposeídos es menester mirar hacia la microfísica de la legitimidad.
 
Pensar en la legitimidad lleva implícito pensar en el poder pero también en la resistencia. Y el ejercicio de poder si pretende perdurar necesita adaptarse a tales resistencias, esto es, negociar con ellas. Si no se negocia con las resistencias estas crecen y se desvían de los canales diseñados apriorísticamente por los gobernantes.
 
Entonces viene la revuelta o la insurrección; se ataca a los dirigentes políticos y estos caen como víctimas de un sistema más cimentado, más poderoso que requiere sacrificios para mantenerse. Me refiero al sistema del capital, es decir a la civilización de las mercancías y las ganancias bajo la forma social del dinero.
 
Voltear hacia la microfísica de la legitimidad me permitirá entender que hace posible la estabilidad, el orden, la gobernabilidad de los estados y del mundo. ¿Cómo se reproduce el poder de las instituciones en la mente de las personas y cómo estas a su vez fortalecen con su conducta las instituciones? Es algo que debe responder las nuevas expresiones de la legitimidad.
 
¿Por qué sostengo que estamos ante nuevas expresiones de legitimidad? La transición del Estado de bienestar a su configuración actual generó también la modificación de su legitimación. El estado benefactor tenía, entre otras de sus características, cierto culto a la personalidad de sus respectivos gobernantes.
 
El poder del estadista era proporcional al poder del Estado, y ahí donde el Estado tenía más responsabilidades, ahí donde monopolizaba la generación de expectativas para la satisfacción de necesidades (aquello que Foucault llamó el poder pastoral) el poder de su administración era mayor. El culto a la personalidad tenía relación con la satisfacción de necesidades.
 
Antes los gobernantes tenían poder de decisión en la generación de empleos, el sistema de salud y educativo, la alimentación, la seguridad social. Ello les daba, por un lado, mayor fuerza negociadora respecto a los límites y alcances de su poder soberano y, la posibilidad, por otro lado, de aparecer como los “maestros de ceremonias”. Ello le daba a la política un sentido de profesión (Weber) y de arte (Maquiavelo).
 
La legitimidad se jugaba en el carisma, la tradición y la ley positiva. Y se trataba de una legitimidad encarnada en la figura del “príncipe”. En cambio, con el actual modelo estatal el poder soberano se desplazó a la iniciativa privada, esto es, a los sectores empresariales de la sociedad. Y como ya decía Marx, el capital no tiene patria. No ha dejado de haber soberanía; pero la soberanía ya se rige por la ganancia, no por el poder de un pueblo y de su historia. 
 
Al vender sus empresas y, por ende, sus responsabilidades, a manos privadas, las viejas burocracias perdieron su razón de ser así como también perdieron poder sus dirigentes y su modelo de operación política. “Entre los 50 hombres más influyentes del planeta, según Forbes, no aparece hoy ningún jefe de Estado o de Gobierno, sino tan sólo hombres de multiempresas que toman decisiones sin someterlas a ningún parlamento o consulta popular”. 1
 
Y no se trata de un desplazamiento de clase sino de oficio; de quién provienen y cómo se toman las decisiones. Las grandes burocracias perdieron poder negociador al momento en que cedieron la directriz económica del Estado. No obstante, continuaban ejerciendo el monopolio de la violencia, de los cuerpos represivos.
 
Hoy los ejércitos, por lo menos en algunos estados de América Latina como México, se han distanciado de las anteriores elites políticas y han sido profesionalizados a través de la incorporación de cuadros directivos formados en aparatos de inteligencia de otros países que son potencias militares como Estados Unidos. Estas estrategias debilitan la soberanía de los estados-nación. 
 
Conforme el estado se ha desentendido del gasto social –al quedarse sin empresas y al disminuir sus recursos propios- su poder de decisión se ha trasladado a las empresas privadas y la legitimación de dichas decisiones a los medios de comunicación.
 
“En 1999, las 200 sociedades de mayor capitalización bursátil superaban la suma del producto interior bruto de 150 naciones y las diez multinacionales más importantes en cada sector, controlaban el 86 por ciento de las telecomunicaciones, el 70 de los ordenadores, el 85 de los fertilizantes. Congruentemente, los consejos de administración de esas compañías ejercen mucho más poder que numerosos jefes de Estado, pero incluso más que sus eventuales coaliciones”. 2 
 
La pantalla chica se ha convertido en el espacio donde se generan o se satisfacen, por lo menos virtualmente, las necesidades de los individuos-ciudadanos. Hoy, los políticos se ven orillados a disputar espacios en los medios masivos de comunicación para hacer llegar sus ofertas a los ciudadanos y convencerlos de las “bonanzas” de conseguir inversiones y “favores” de la iniciativa privada. Sin este convencimiento mediático cotidiano sería difícil explicarse la legitimación del poder político.
 
“La imagen era antes una visión insuficiente de lo real, el cine era ilusión, la foto una placa, el teatro una mimesis, pero convertido todo en cinematografía, video, televisión, teatro, foto, Internet, nosotros somos el objeto de su panopsis”. 3 
 
Los medios de comunicación se han vuelto los espacios más eficaces para legitimar el orden mundial controlado por el gran capital y sus aparatos militares. Esta nueva embestida totalitaria está dejando a un lado la oleada democratizadora de la segunda mitad del siglo xx. Y la deja a un lado porque las democracias representativas ya dieron lo que podían dar. El hecho de nombrar representantes no implica poder de decisión. 
 
Durante las dos últimas décadas las transiciones a la democracia generaron estabilidad en un momento en que se hacía necesario un cambio de paradigma en la política económica. Abrir el juego democrático significaba ceder espacios administrativos desde los cuáles no se decide la política económica. 
 
En países como méxico la mayoría de la población continúa perdiendo su poder adquisitivo, aunque elija a sus gobernantes a través de un juego “democrático”.
 
Ante la homogeneización de las ofertas político-electorales, la democracia se ha convertido en un mero caparazón sin contenido. 
 
El contenido lo ponen los medios de comunicación a través del consumo o de expectativas de consumo. Y esto no significa que la gran mayoría de la población mundial incremente el consumo –de hecho el desempleo, la pérdida del poder adquisitivo y la miseria han aumentado vertiginosamente-; sino significa, que el trabajo, el goce y el disfrute y la vida misma adquieren sentido a partir de éste.
 
El estado ya no garantiza la satisfacción de necesidades y mucho menos el consumo, por ello ha perdido el poder de decisión que se ha entregado casi por completo a los magnates del capital. El propio Foucault reconocía, desde 1976, el papel de la radio y la televisión como medios fundamentales para la presencia del hombre político. 4 La ficción de la realidad virtual de los medios masivos desplazó el misticismo, la solemnidad y la fuerza de la política.
 
Actualmente los políticos le rinden a los administradores; están a su merced. La virtud se ha trasladado de la estrategia a la eficiencia. Y aunque se me objete que la eficiencia resulta a la postre una estrategia por parte de quienes controlan los aparatos administrativos, me parece que comprenden dos racionalidades o motores distintos.
 
La estrategia pone en juego el talento, la virtud, el arte de medir la correlación de fuerzas y elegir entre la seducción o la fuerza; entre la consigna o la amenaza. La estrategia es la mejor arma del político. En cambio, la eficiencia es un instrumento cuyo fin esta delimitado por sus propios medios.
 
Con la eficiencia la inventiva queda acotada a los mecanismos de los engranajes y la continuidad, no existen los vericuetos, los intersticios o secretos como en la estrategia. 
 
La racionalidad eficientista comienza a penetrar hasta en los recovecos más íntimos de los hogares. Ya no se trata de revertir el orden, manipularlo o transformarlo sino de sobrevivir, de acoplarse y evitar el dolor.
 
La “política” del Big Brother
 
El poder de los medios, o para coincidir con Foucault, la dominación de los medios, de la propaganda, del comercial no es fortuita. También genera valores, tiene su propia ética, tiene una propuesta de vida y de civilización. Una propuesta que, por cierto, no tarda en fracasar si no se renueva. 
 
¿Cuántos “big brothers” puede soportar la gente antes de aburrirse? El espectáculo pretende salir de la pantalla e invadir la realidad de la vida cotidiana. Se nos ha querido imponer a cualquier precio una realidad de ficción. Y al ser de ficción se convierte en una realidad diseñada, programada no sólo para vender sino también para generar opinión, para sugerir un mundo de libertades acotadas, de valores morales transmitidos.
 
La sociedad disciplinaria que Foucault describiera tan crudamente en Vigilar y castigar, se nos presenta perfeccionada, maquillada, a través de los medios. ¿Qué es el experimento “Big Brother” si no el intento de un panóptico invertido en el que el vigilante es el vigilado?
 
Aparentemente se trata de un experimento en el que el público puede vigilar e incluso castigar desde su calidad de espectador a través de la pantalla a un grupo de jóvenes mujeres y hombres que tendrán el reto de permanecer en una casa por una larga temporada. Todos los rincones de la casa en la que habita este grupo de alrededor de 12 personas es monitoreada por cámaras de video que transmiten en vivo y por televisión lo que ahí sucede.
 
El público permanece como un “espectador participante” que tiene posibilidad de opinar, vía telefónica, sobre quien debe ser expulsado (castigado). Así, los medios ofrecen a los televidentes la posibilidad de ejercer determinado poder sobre los miembros de dicho grupo, es decir, sobre sus víctimas. Se trata de un ejercicio de poder que en apariencia es doblemente personalizado: por un lado el victimario que vigila desde su televisor y llama para decidir; por el otro, la víctima vigilada que tiene nombre y apellido. Sin embargo se trata en realidad de un poder anónimo cuyas reglas del juego son definidas a priori por los diseñadores del marketing. Este espectáculo sugiere en los televidentes cierta libertad para juzgar y castigar conforme a criterios propios. No obstante, dichos criterios tan sólo obedecen a las expectativas de “normalidad” de la moralidad prototípica. 
 
El “big brother” es la hermandad que logran los medios de comunicación, y en particular la televisión, para resanar de alguna manera las heridas de una sociedad desgarrada. Mejor que el público mire hacia los demás en lugar de mirar hacia sí, o que mire hacia sí mediatizadamente, esto es a través de mirar a los demás.
 
En realidad no importa la persona de carne y hueso que logra quedarse al final de la temporada después de haber “derrotado” a los demás a través de la opinión de un público que ella misma dirige. Importan los roles, las funciones predeterminadas, las reglas del juego que ni el público ni los actores deciden.
 
Es el intento de llevar a la pantalla chica, la experimentación de una sociedad teledirigida. Se trata de convertir a cada ciudadano en un vigilante, en un policía de sus conciudadanos, de sus vecinos. Pero ya no es una vigilancia proveniente de la esfera pública, gubernamental. Sino de una vigilancia espeluznantemente más radical. Una vigilancia en torno a la vida privada, a lo cotidiano. Una vigilancia sobre las manías, los deseos, los comportamientos, la intimidad. 
 
¿Qué más eficaz para el despliegue ordenado de una sociedad que la de contar con un policía en cada ciudadano? ¿Qué más eficaz para la homogeneización de cierta moral y cierta ideología que el jugar con las representaciones de víctimas y victimarios? Se trata de un proyecto que reconoce la necesidad de la exclusión para legitimarla.
 
El mensaje es que debe haber un triunfador. ¿Por qué? Porque sí; porque así es la naturaleza; porque siempre debe haber un vencedor y muchos vencidos; porque al ser parte del Big Brother ya no se cuestiona al Big Brother; porque la gente que a diario es explotada, subyugada, limitada, debe tener la posibilidad de juzgar, decidir, ejercer un poder canalizado, un poder legítimo. 
 
En el fondo, decía, los victimarios, los televidentes son víctimas de un discurso que simplemente repiten, hacen circular y del que también son artífices. No importa la cantidad de personas involucradas, no importa el número de personas que tomen el teléfono y juzguen, defiendan, excluyan. Importa el experimento social, su trascendencia cualitativa.
 
Unos participan y reproducen, otros callan y también participan y unos cuantos permanecen al margen y, tal vez, critican. Pero el ejercicio genera esa legitimidad que la política estatal ya no logra y continúa siendo necesaria para mantener el funcionamiento del orden social.
 
Big Brother es, a mi juicio, la puesta en marcha de los dispositivos disciplinarios pensados por Foucault. Y no porque dichos dispositivos se generen en los medios; sino porque estos simplemente los legitiman. 
 
Los medios de comunicación sirven a los gobiernos para fines inmediatos, pero su función no se reduce a ello. A través de los medios circulan y se reproducen estilos de vida, contenidos morales, cierta estética de los sujetos, una moda a seguir, estereotipos de vivienda, automóviles, cierta educación, determinada estratificación social, códigos, normas, etcétera.
 
Los medios los reproducen pero también los insinúan, los incitan, los venden. Evidentemente, las personas no son meros recipientes, dispuestos a ser llenados por los contenidos televisivos.
 
También, disciernen, eligen, se resisten. Sin embargo, llega un momento en que la capacidad de elección se acota dentro de un mismo estilo de vida, dentro de una misma arquitectura de la actitud humana y algo, o mucho, se queda grabado en la conducta de los seres humanos. 
 
El hecho de que sean los empresarios quienes están controlando las decisiones concernientes a la vida pública, significa que en algo ha cambiado y se ha transformado el ejercicio de poder. El capital ya no requiere de grandes aparatos burocráticos que lo administren, tampoco le interesa invertir en gasto social; prefiere apostarle a los medios de comunicación, a la propaganda y a la oferta.
 
Sin embargo, ello ha conducido a acentuar las diferencias sociales; a que la población corrobore la existencia de distintas calidades de vida y la cada vez más remota posibilidad de mejorar su nivel socioeconómico. 
 
La mayor parte de los estados en el mundo han dejado de preocuparse por la salud, la educación, la vivienda de la población. Por lo menos en países latinoamericanos como México ya no se garantiza ni siquiera la alimentación, ha disminuido el poder adquisitivo de la gente, se han privatizado los fondos de retiro y se encuentra en alto riesgo el sistema de jubilaciones y pensiones. No obstante, los ciudadanos continúan obedeciendo. 
 
 
 
Citas
  1. Vicente Verdú, El estilo del mundo, Anagrama, Barcelona 2003, p. 96.
  2. Ibídem.
  3. Ibid., p. 120.
  4. "Un siècle après les premiers journaux illustrés, la radio et la télevision ont démultiplié à nouveau la présence physique de l’homme politique : raison , sans doute, pour laquelle le portrait-charge est redevenu nécessaire", M. Foucault, “Les têtes de la politique” en Michel Foucault, Dits etécrits II, Paris, Gallimard, 1976, pp. 9-13.

 


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