Los poseedores de la verdad y los indignados: en torno al error en la política

Al tener la realidad varias caras y ser difícil observarlas todas, siempre es posible errar

La gente cree que equivocarse es una desgracia,
pero es mucho mayor no equivocarse.

Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura

Por: Enrique Luengo González

Es de humanos equivocarse

Desde hace siglos, diversos pensadores han señalado que el conocimiento lleva consigo el riesgo permanente del error y la ilusión, siendo una de sus características el no manifestarse como tal. A pesar de esta dificultad, aun cuando “no hay nada más difícil que no engañarse a sí mismo”, como afirmó Wittgenstein, debemos intentar conocer los errores y las ilusiones que nos acompañan.

Al tener la realidad varias caras y ser difícil observarlas todas, siempre es posible errar, a pesar de la fundamental cautela crítica y diversos instrumentos de control.

De esta posibilidad del error, nos dice Norberto Bobbio, se derivan dos compromisos que deberíamos asumir: no perseverar en el error y ser tolerante con el error ajeno (1997: 105). Desde hace siglos, diversos pensadores han señalado que el conocimiento lleva consigo el riesgo permanente del error y la ilusión, siendo una de sus características el no manifestarse como tal.

A pesar de esta dificultad, aun cuando “no hay nada más difícil que no engañarse a sí mismo”, como afirmó Wittgenstein, debemos intentar conocer los errores y las ilusiones que nos acompañan.

El descubrirse en el error cobra un sentido fecundo, cuando aceptamos que el conocimiento es una empresa inacabada sea científico o un saber hacer, sea un conocimiento político o una habilidad artística, por ejemplo.

Entonces, el error se convierte en un dinamizador autocorrectivo, que impulsa nuestro incesante intento de conocer la cambiante realidad, pues significa que la “verdad” a la que tendemos y pretendemos, aún no ha sido captada como representación definitiva del mundo. Es decir, en el movimiento y transformación de nuestra realidad, todo conocimiento es un intento de continuas correcciones; es un proceso permanente de aprendizajes y errores.

Por tanto, debemos reconocer nuestros errores, no despreciarlos, pues son el fermento en el que se desenvuelven los diversos procesos del conocimiento. 

También es de la vida equivocarse 

Si consideramos que todo ser viviente es una organización que computa su propio patrimonio informacional así como los datos que presenta su entorno, podemos afirmar que este siempre se encuentra ante la amenaza del error.

Lo anterior es lo que se conoce como el problema biológico o viviente del error. Los accidentes genéticos, las lesiones a los sistemas informacionales, las degradaciones organizacionales, entre otros, interpretados como errores, pueden afectar la existencia o terminar con la vida de los organismos, como es el caso de algunas enfermedades en los individuos y la reacción de sus sistemas inmunológicos, pues los organismos reaccionan a través de innumerables procesos para detectar e intentar reprimir a tiempo los errores que los amenazan.

lo extraordinario, nos dice edgar morin (1984: 276), es que, además de buscar corregir los propios errores, la vida comporta procesos de utilización del error para favorecer la aparición de la diversidad y permitir la evolución.

De hecho, la evolución se construye por la perpetuación de los errores, promoviendo el error y surgiendo una nueva regularidad o norma en una determinada especie que, posteriormente, dará cabida a nuevos errores y a nuevas regularidades (Bronowski, 1993: 124). 

Y la ciencia no escapa al error 

Durante mucho tiempo se consideró al conocimiento científico como el único ámbito de las certidumbres y de la confirmación de las verdades. La ciencia, se sostenía, desbancaba el largo reinado de los mitos, las creencias religiosas, las ideas filosóficas y las opiniones de sentido común.

Sin embargo, durante el siglo pasado, esa percepción sobre la ciencia fue gravemente cuestionada, tanto por diversos científicos e historiadores de la ciencia, como por filósofos y epistemólogos, entre ellos: Karl Popper, Erwin Schrödinger, Jean Piaget, Thomas Khun, Imre Lakatos, Paul Feyerabend e Ilya Prigogine. Una conclusión, en la que pudieran coincidir estos pensadores, es que la ciencia funciona algunas veces, pero, con frecuencia falla, pues la historia y los avances en el conocimiento develan sus errores y su constante rectificación.

El racionalismo científico, como paradigma dominante del método en la ciencia, invita a no privilegiar los errores de la ciencia. Paul Feyerabend, epistemólogo que hizo feroces críticas a esta manera de pensar, argumentó que los modelos matemáticos que inspiraron las políticas del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial, las teorías de la acción racional, entre otros, son expresión de una arrogancia política que, junto con sus científicos y tecnólogos, no dudan en sentirse los poseedores del monopolio de la razón.

A pesar de este revés a la concepción convencional sobre las verdades científicas, la imagen popular que el gran público sostiene sobre la ciencia es la de seguir aceptando, en principio, que todo fenómeno es controlable y predecible, o bien, que lo será en unos años, con un poco más de conocimientos científicos.

Esto es una concepción errónea, pues existen grandes clases de fenómenos en los que el control y la predicción son imposibles, ya no solo en las ciencias humanas, sino en las naturales, como el predecir el movimiento de las moléculas de los líquidos y gases, o prever el punto de ruptura de cualquier superficie homogénea, como el vidrio. 

Por tanto, es de justos reconocer el error y cambiar de opinión 

Cuando el error acompaña a todo tipo de conocimiento, incluyendo el científico, y, aun el proceso de la vida misma, la idea de tener o poseer la verdad suele agravar el problema del error pues esquiva la duda, rodea las sombras o evita las ideas que contradicen una determinada creencia o sistema de ideas, y, con esa actitud, detiene la marcha del conocimiento.

Por ello, afirma Morin: “la idea de verdad es la mayor fuente de error que se pueda considerar jamás; el error fundamental reside en la apropiación monopolista de la verdad” (1984: 278). Y escribe este mismo autor, en otro de sus libros: “de este modo, los Poseedores de la verdad son los Poseídos, que encuentran y vuelven a encontrar por todas partes, sin tregua, su Verdad. No saben que han perdido el sentido de la verdad al haberla encontrado de ese modo.

Hay que comprender, pues, hasta qué punto es la Verdad, la fuente principal de nuestros errores, ilusiones y delirios” (1988: 149).

Es aquí donde podemos iniciar el preguntarnos sobre la verdad, el error y la política. ¿Qué tanto las ideas que poseemos en política nos poseen?, ¿cómo interviene el egocentrismo y la afiliación ideológica o partidista en nuestras verdades políticas y el ocultamiento de nuestros propios errores?, si el juego de la política no tiene que ver tanto con la verdad, sino con el convencimiento de los ciudadanos, ¿de qué manera intentamos omitir el error en nuestros juicios de apreciación o percepción?, ¿podemos escapar del error en nuestra concepción y acción política, a pesar de la cuidadosa opinión de expertos en ciencia política u otras disciplinas científicas? En todas estas preguntas y sus posibles respuestas, debemos tener presente que puede haber un fatal error al subestimar el error.

Reflexionando sobre la frase de paul feyerabend: “la mayor certeza corre pareja con la mayor ignorancia” (1985: 82), podemos añadir que las mayores certezas en cuestiones políticas corren parejas con las mayores subestimaciones de nuestros errores. 

¿Es posible educar para el error?

El error tiene un valor pedagógico, puesto que es un nuevo punto de partida que permite volver a reflexionar, reestructurar y mantener abierto el conocimiento a otras posibilidades de respuesta. Esto explica la expresión de diversos pensadores que, desde diferentes perspectivas teóricas, coinciden en destacar la “experiencia tónica del error” (Maffesoli, 1993: 100).

No basta educar, por tanto, en un pensamiento para el conocimiento de las regularidades, generalidades o leyes del comportamiento de la naturaleza o de la sociedad, sino también educar para reconocer la incertidumbre, las indeterminaciones y la impredecibilidad que acompaña todo saber y que revela el prodigioso infinito de lo desconocido.

Edgar Morin propone ciertos principios de un pensar complejo que nos permita enfrentar el error y asumirlo como un componente dinamizador del conocimiento.

En su libro Introducción al pensamiento complejo, nos dice que la causa profunda del error no está en la falsa percepción de los hechos ni en los errores lógicos, sino en el modo de organización de nuestro saber en un sistema fragmentado, simplificado y abstracto de ideas, que produce nuevas ignorancias y cegueras en nuestra manera de percibir y actuar sobre el mundo.

El error básico resulta, entonces, de un modo mutilante de organizar el conocimiento, incapaz de reconocer la complejidad de lo real. Es lo que él llama la patología del saber, la inteligencia ciega.

Es justo señalar que el pensamiento complejo no elimina el error en el conocimiento, sino lo asume y, por ello, mantiene un reconocimiento de provisionalidad en torno a todo conocimiento constatado o “demostrado”, pues este nunca deja de estar amenazado por el error. 

¿Cómo entender el error y la arrogancia política? 

Cometer errores en un sistema democrático no debería ser tan grave, precisamente porque en él es factible la equivocación y corrección. Por el contrario, en los regímenes autoritarios o dictatoriales no se pueden asumir los errores, y no se pueden reconocer porque no hay cabida a la reflexión y la crítica ni a posibles cambios de rumbo (Maturana, 2003: 69).

Sin embargo, aun en las democracias, en la inconsciencia del error o en su ocultamiento es donde se traslucen, también, los abusos y la arrogancia de las diversas expresiones del poder, incluyendo el poder político, pues se sirven de las armas del conocimiento sin error, para asentar o justificar sus decisiones y su dominio arbitrario.

Cuando los ciudadanos dejamos de sentirnos representados y nos alejamos del discurso de nuestros “responsables” representantes políticos, que tergiversan y ocultan sus errores, suelen declararnos “irresponsables” cuando no seguimos sus dictados o les exigimos las promesas que nos han hecho (Bourdieu, 1999: 117).

La democracia cognitiva, que pretende ampliar el conocimiento y la participación sobre los asuntos públicos, apela a la formación de ciudadanos bien informados y maduros para opinar y decidir sobre nuestros propios asuntos, señalando a nuestros “representantes” cómo se tienen que aplicar las formas del saber especializado.

Un argumento básico de este planteamiento es que en absoluto resulta evidente y demostrado en los hechos, que la cuota de éxito alcanzada por quienes deciden desde el poder político –junto con sus especialistas–, sea mayor a las decisiones que pudieran tomar los ciudadanos por más legos o profanos que sean.

Además, resulta paradójico que muchas decisiones así tomadas vayan en contra del parecer de las mayorías y de la aceptación ciudadana. Por ello, Feyerabend afirma que es necesario considerar que los ciudadanos vigilen y pongan al descubierto los errores de los expertos, pues estos pueden cometer errores.

Reclama, por tanto, el control ciudadano sobre quienes realizan tareas públicas, pues señala que no se suele controlar a los expertos cuando deciden sobre asuntos que competen a nuestra existencia: “todo el mundo sabe que no se puede confiar automáticamente en que los linterneros, carpinteros, electricistas y mecánicos trabajen bien y que es prudente controlarlos de alguna manera.

Lo que no es tan conocido es que esto mismo es válido para las profesiones ‘superiores’” (Feyerabend, 1985: 91), y, agregaríamos nosotros, para los expertos que deciden en el ámbito de lo público.

¿Acaso no llegan a menudo los expertos a resultados diferentes cuando se pide su opinión o propuesta sobre asuntos de orden público?, ¿están nuestras leyes y normatividades al margen de los errores humanos?, ¿quién no ha leído diversas posturas de los expertos en torno a la manera de enfrentar la violencia delictiva, los efectos de los alimentos biogenéticos, la reactivación de la producción agrícola o la manera de enfrentar la pobreza extrema?, ¿quién no sospecha cuando en ciertos ámbitos de consulta o decisión, donde los científicos están de acuerdo por unanimidad, estos han sido eco de una decisión política? En todos estos casos, aquí citados como ejemplos, sería fundamental la vigilancia y decisión de los ciudadanos.[1]

El acusado “irracionalismo” de los movimientos sociales o las revueltas, como muchas veces se les denomina o percibe, son, en parte, el producto de los errores tecno-cientificistas y racionalistas de la clase política y sus aliados.

El reciente movimiento de los “indignados” y su manifestación creciente en diversos países, muy posiblemente está relacionado con esta dinámica de errores y alejamiento de los “representantes” políticos que dicen representarlos.

Las explicaciones vagas, el pasar por alto ciertas cosas, el omitir hechos no percibidos, los malos diagnósticos, el esconder los errores u otros intentos por el estilo, con los que nos solemos encontrar los ciudadanos con tanta frecuencia en la argumentación de nuestros políticos, cuando apelan a la “verdad” en sus discursos y declaraciones, hacen que los ciudadanos deseemos, como auténtica liberación, escuchar, de vez en cuando, una buena y jugosa mentira. Al menos sabríamos a qué atenernos, nos dice irónicamente Feyerabend (1985: 158). 

Una conclusión posiblemente errónea

Si todo conocimiento está amenazado por el error, este escrito también lo está. Sin embargo, para enfrentar esta paradoja, es útil reflexionar sobre lo que nos dice el lúcido filósofo español José Ortega y Gasset: “Hegel encontró una idea que refleja muy lindamente nuestra difícil situación, un imperativo que nos propone mezclar acertadamente la modestia y el orgullo: “tened –dice– el valor de equivocaros” (Ortega y Gasset, 2005: 54).

 

Bibliografía

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Bobbio, Norberto (1997). De senectute, Madrid: Taurus.

Bourdieu, Pierre (1999). Contrafuegos: reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal, Barcelona: Anagrama.

Bronowski, Jacob (1993). Los orígenes del conocimiento y la imaginación, Barcelona: Gedisa.

Feyerabend, Paul (1985). ¿Por qué no Platón?, Madrid: Tecnos.

— (1987). Adiós a la razón, Madrid: Tecnos.

Maffesoli, Michel (1993). El conocimiento ordinario, México: fce.

Maturana, Humberto (2003). El sentido de lo humano, Chile: J. C. Sáez editor.

Morin, Edgar (1984). Ciencia con consciencia, Barcelona: Gedisa.

— (1988). El método: el conocimiento del conocimiento, Madrid: Cátedra.

Ortega y Gasset, José (2005). El espectador, Madrid: Biblioteca EDAF.

 

[1]    “Muchos críticos objetan que las iniciativas de los ciudadanos tienen una calidad muy desigual y que cometen graves equivocaciones. Pero lo mismo sucede en todas las instituciones. Por ejemplo, la medicina científica fue y todavía es gobernada por modas ridículas de dudoso valor (…) Ahora bien, ¿qué método puede preferirse? ¿Un procedimiento en que los “líderes” científicos e intelectuales cometen o corrigen sus errores sobre las espaldas de los ciudadanos, sin darles una oportunidad para aprender, o un procedimiento en que los mismos ciudadanos cometerían los errores y pudieran aprender de ellos? Existen instituciones, como el juicio con jurado, donde los no especialistas pueden aprender y utilizar lo aprendido para enjuiciar la opinión de expertos, y estas instituciones funcionan muy bien. Todo lo que se necesita es extender instituciones de este género al conjunto de la sociedad” (Feyerabend, 1987: 84).

 


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