Los partidos políticos contemporáneos ¿Crisis, adaptación o transformaciones?

Los partidos dejan de ser lo que habían sido y lo que debían ser

Por: Javier Duque Daza

Introducción

“Los partidos ya no son lo que solían ser”, con esta frase inician Larry Diamond y Richard Gunther (2001) su análisis de los partidos políticos contemporáneos. Con esta expresión los autores dan cuenta de lo que constituye un amplio consenso en la vasta literatura sobre las organizaciones partidarias, cuyo contenido indica que los partidos políticos han presentado grandes cambios en los últimos cuatro decenios, en su organización, en sus roles tradicionales, en los procesos internos, en sus desempeños gubernativos, electorales y legislativos, y en la forma como se relacionan con los ciudadanos. 
 
El consenso respecto al cambio, se convierte en un amplio disenso cuando se trata de determinar su naturaleza. Los cambios han sido asumidos, por una parte, de los estudios a partir del concepto de crisis; otros prefieren hablar de adaptaciones; otros asumen una visión desde las transformaciones.
 
En todos los casos se acepta que algo ha sucedido y sigue sucediendo con la fisonomía y el funcionamiento de los cuerpos partidistas. Varían los diagnósticos, que se mueven entre el declive, las disfunciones y la metamorfosis; y también los pronósticos, que apuntan hacia la desaparición, a la adaptación o hacia la mutación.
 
En la amplia literatura sobre los partidos políticos podemos encontrar versiones diferentes sobre los cambios que estos han presentado. Una visión está centrada en el concepto de crisis, en el sentido de deterioro, de erosión de lo que tradicionalmente han sido. Los partidos dejan de ser lo que habían sido y lo que debían ser.
 
Producto de ello, tienden a desaparecer y a ser sustituidos (I). Otra lectura, también desde la crisis, asume que ésta se expresa en términos de su disfuncionalidad. Los partidos cumplen funciones diferentes a las tradicionales. Los partidos dejan de hacer lo que debían hacer(II).
 
Desde otra perspectiva, se asume que los partidos son estructuras isomórficas, que se adaptan a los cambios en el entorno. Los partidos cambian y se amoldan a los cambios sociales, económicos, culturales y políticos(III).La cuarta perspectiva, de igual forma que la anterior, no acude al concepto de crisis, y enfatiza más bien en las transformaciones de los partidos, de sus estructuras y funciones. Los partidos se transforman; convierten y reconvierten sus roles (IV).
 
Una última mirada, cercana a la anterior, asume que los partidos, específicamente en América Latina, han entrado en una dinámica de déficit y de inestabilidad o derrumbe. Los partidos incumplen con su papel histórico; algunos de ellos logran estabilizarse y otros desaparecen.
 
Si los partidos ya no son lo que solían ser, ¿qué se espera que sean? Dependiendo del diagnóstico, las diversas perspectivas del cambio partidista expresan lo que cabe esperar respecto hacia el futuro. Se enuncia su desintegración y reemplazo por otras formas de representación y canalización de intereses (I).  Se plantea su existencia inercial con un creciente deterioro, o se espera la reconstrucción de lo que estos han sido (II). Se sostiene la renovación de sus formas organizativas y de actuación en diversos escenarios (III). Se señala el surgimiento de nuevos tipos de partidos o se enuncia la consolidación de algunos y la desaparición de otros (IV). Estas múltiples versiones sobre el devenir de los partidos las podemos sintetizar en el siguiente esquema: 

Tesis respecto a los partidos políticos

 
 

Tesis respecto al futuro de los partidos

Con base en este esquema, el presente artículo aborda, de forma sucinta, estas perspectivas respecto a los cambios en los partidos políticos y su posible evolución. Contrasta las tesis de la crisis de los partidos con versiones menos negativas sobre éstos, que más que su declinar y posible desaparición, se orientan a sustentar la naturaleza de los cambios y los nuevos roles que asumen las organizaciones partidistas en nuevos contextos sociales.
 
 
I. Los diagnósticos sobre los partidos: los crisisólogos y sus críticos 
 
Los diversos análisis sobre los cambios en los partidos políticos en los últimos decenios se mueven entre dos extremos que corresponden con una visión catastrófica que señala su evidente declive y su inminente desaparición, y una perspectiva alternativa que enuncia la presencia de transformaciones conducentes a su revitalización y su resurgir.
 
La perspectiva más negativa sobre los partidos políticos plantea que éstos se encuentran en crisis y en disolución. El argumento central expresa que existe un desencuentro definitivo entre los partidos y la sociedad, lo cual ha conducido a un evidente deterioro de su rol central de representación y, con ello, la pérdida de confianza y de aceptación por parte de la población (Offe, 1984; Flacks, 1994).
 
La crisis consiste en el declive y desintegración de las organizaciones partidistas en las sociedades capitalistas a causa de su incapacidad para representar los intereses de los sectores mayoritarios de la sociedad.
 
El argumento se sustenta en dos premisas centrales. La primera plantea que hay una crisis de representación de los partidos políticos, que se han convertido en estructuras autorreferenciadas, cuyo objetivo principal es su reproducción y el mantenimiento de los privilegios de sus dirigentes, por lo cual han dejado a un lado la representación de intereses de la sociedad.
 
La segunda premisa, producto de la anterior, señala que la población perdió la confianza en los partidos y éstos han dejado de ser la forma predominante de participación de las masas, y han surgido otras formas de representación.
 
Los partidos van siendo desplazados por otras prácticas y procedimientos de participación y representación, como los movimientos sociales, que se constituyen en nuevas formas asociativas de defensa y de procesamiento de reivindicaciones populares.
 
Los partidos van perdiendo legitimidad, y la población desconfía de ellos pues no han asumido su rol de actores de emancipación y se han convertido en medios obsoletos de acceso al poder.
 
Las causas de esta crisis se asocian, por una parte, con las dinámicas internas de los partidos que hacen de ellos organizaciones preocupadas fundamentalmente por su reproducción, para lo cual desarrollan estructuras orientadas a mantener privilegios de sus dirigentes y, por otra parte, con los cambios estructurales como la globalización de la economía que afecta la capacidad de los partidos para utilizar al Estado como instrumento de redistribución de riqueza; las acciones de los partidos orientadas a desmontar el papel de regulación social del Estado, impulsados por la creciente crisis fiscal y el surgimiento de nuevas problemáticas sociales producto de reivindicaciones de sectores emergentes que buscan representación, como las mujeres y las minorías étnicas.
 
En el nuevo contexto, las viejas identidades se desestructuran y se genera pérdida de apoyo a las tradicionales organizaciones políticas. 
 
Para esta perspectiva se trata, entonces, de la incapacidad de los partidos de representar intereses de los sectores sociales subalternos, por lo cual éstos recurren a otras formas de acción y participación con un carácter más contendiente, que se constituyen en vías alternativas de transformación de la sociedad. 
 
Una segunda interpretación del cambio en los partidos que acude al concepto de crisis, plantea la tesis de su erosión en términos de disfuncionalidad.
 
Los partidos políticos habrían dejado de cumplir sus funciones centrales de agregación de intereses, de servir como canales de comunicación, de promoción de la participación y de determinación de la política estatal y la organización del gobierno.
 
Ante la pérdida de sus funciones propias en los espacios legislativos y gubernativos, los partidos quedan limitados a la competencia en el escenario electoral; se convierten en organizaciones esqueletales orientadas únicamente a lo electoral y preocupadas, de manera exclusiva, por su reproducción.
 
A ello se suma un creciente desprestigio de la clase política, a causa de la corrupción, el clientelismo y la inoperancia. Producto de esta situación se generan procesos de desafección, los cuales se manifiestan en la pérdida de identificación partidista, el declinar de la concurrencia electoral y de la membresía y la desconfianza en los partidos como instituciones. 
 
Una visión matizada de esta postura señala que se estaría dando una reducción del papel de los partidos, lo cual haría que surgieran comportamientos políticos no convencionales, como la selección de las elites directamente por parte de los grupos económicos; la disminución de la capacidad de los partidos para determinar la política estatal; un mayor peso de las agencias paraestatales en la determinación de las políticas públicas y la multiplicación de estructuras de representación de intereses, como los grupos de interés y diversos tipos de asociaciones con reivindicaciones particularistas que fracturan y restan eficacia a los procesos decisionales (Panebianco, 1990; Garretón, 2004).
 
Los diagnósticos de las organizaciones internacionales sobre los partidos políticos en América Latina se ubican dentro de esta perspectiva, en una versión que combina crisis de funcionalidad de los partidos y decadencia y corrupción de la clase política.
 
Esto se puede ilustrar con los planteamientos consignados en los documentos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2004), que enfatizan en lo que consideran una evidente crisis de los partidos a causa del personalismo y la consiguiente ausencia de democracia interna, además del déficit en representatividad que hace que los ciudadanos encaucen sus ansias e inquietudes por otros conductos, especialmente a través de las organizaciones de la sociedad civil.
 
Los partidos no habrían asumido la función de intermediación entre la sociedad y el Estado y, por ello, han sido incapaces de canalizar las demandas de los votantes, perdiendo así sostenibilidad, fortaleza y capacidad de traducción.
 
Producto de esta realidad, el espacio de los partidos políticos estaría siendo ocupado por otros actores, como los empresarios, el sector financiero, los medios de comunicación y los organismos multilaterales de crédito, instancias que determinan las agendas de los gobiernos sin tener que confrontar el examen de las urnas.
 
En los mismos términos se expresan los documentos oficiales de la Organización de Estados Americanos respecto a los partidos políticos (2003). 1 
 
En esta perspectiva, los partidos tienden a diluirse en un proceso gradual de declive y se requiere de reformas institucionales que los fortalezcan, los controlen y regulen. A diferencia de la primera perspectiva de la crisis, esta versión enfatiza en la necesidad de reformas institucionales que permitan reconstituir a los partidos. Se asume que éstos están en crisis, pero que son susceptibles de ser reformados, rescatados, reconstruidos. La crisis es superable.
 
Una tercera visión matiza la segunda perspectiva. Aunque reconoce problemas en las funciones de los partidos, considera que la tesis de la crisis es exagerada y que lo que realmente ocurre es la adaptación de los partidos a los nuevos tiempos.
 
Para Paul Webb (2005) es claro que se han debilitado los vínculos de los partidos con la sociedad, lo cual se expresa en múltiples fenómenos como los que mencionan quienes mantienen la tesis de la crisis de funcionalidad y de pérdida de confianza.
 
De igual forma, existen retos para los partidos como instancias de representación de intereses, y la función de comunicación se ha debilitado. Esto ocurre debido a las transformaciones sociales y culturales.
 
Los partidos de masas ya no están vinculados a grupos sociales específicos, a grupos comunitarios autorreferenciados (étnicos o religiosos), y compiten por un electorado amplio, con múltiples intereses y expectativas; con ello la representación se hace menos efectiva y los ciudadanos recurren a otros mecanismos, como los grupos de presión y los movimientos sociales.
 
Asimismo, la capacidad de los partidos de constituirse en canales de comunicación ha sido trascendida y otros medios se han constituido en formas más eficientes, masivas y de fácil acceso. 
 
En otros aspectos, los partidos han reaccionado de forma positiva. Respecto a la promoción de la participación, es claro que los partidos políticos son cada vez más democráticos en su organización interna y en la selección de los dirigentes y de los candidatos, y hay claras tendencias de inclusión de los miembros y de los electores.
 
En cuanto a la organización del gobierno, la efectividad de la política trasciende a los gobiernos y a los partidos, en muchos aspectos debido a los cambios tecnológicos, a los ciclos económicos y su incidencia en la economía nacional y los cambios demográficos. En tal sentido, no puede hablarse de crisis, sino de transformación del papel de los partidos en la gestión gubernamental.
 
En esta dirección, los partidos estarían, más que en crisis, en proceso de adaptación a las nuevas condiciones, en lo cual, si bien presentan problemas en las tres dimensiones señaladas (en los vínculos con la población, en los retos de la representación y en la comunicación), mantienen su papel en la agregación de intereses, en el reclutamiento del personal político y se han adaptado a las transformaciones en las comunicaciones, apropiándose de los nuevos medios y tecnologías. Los partidos siguen siendo una pieza clave en las democracias, ahora transformados y adaptados a los nuevos tiempos.
 
Un análisis alternativo de los partidos se aparta del lenguaje de la crisis y de la adaptación y prefiere plantear los cambios en términos de transformaciones: de un tipo de partidos centrado en la integración social a otros estructurados en torno a la competencia electoral (Von Beyme, 1986; Scarrow, Webb y Farell, 2000; Montero y Gunther, 2003). 
 
En esta perspectiva se trata de un cambio que se habría iniciado en el decenio de los sesenta, y que se expresa en el declinar de las ideologías y en las transformaciones de las estructuras organizacionales y de la membresía.
 
Los partidos estarían pasando de ser organizaciones centradas en ideologías y programas claramente delineados, a ser organizaciones más abiertas con un carácter más pragmático; frente a la complejidad del entorno y la presencia de nuevos actores políticos y nuevos competidores, los partidos se orientan más hacia el electorado; ante los cambios tecnológicos, se hacen organizaciones más modernas y sus estructuras son más flexibles.
 
De igual forma, además de los vínculos ideológicos-programáticos estables, los partidos le apuestan a otros tipos de nexos generados por el marketing y pasan de privilegiar la figura del afiliado, la membresía formal y los contactos directos, a optar por formas más flexibles de vínculos con la población, es decir, más que el afiliado importa el elector.
 
La transformación de los partidos representa, más que fracaso o crisis, un proceso de transformaciones en el cual van surgiendo nuevos tipos de partidos. En un proceso de cambio van surgiendo nuevas formas organizativas, del partido de elites al de masas y al catch-all-party.
 
La última transformación se caracterizaría por la simbiosis entre los partidos y el Estado, que se expresa en la emergencia del partido cártel desde la decenio del setenta, caracterizado por la presencia de las subvenciones estatales a los partidos; el acceso a los medios de comunicación estatales; la presencia de una militancia flexible que relega la dinámica de derechos-deberes de los antiguos miembros; el partido hace parte del Estado; existe una amplia autonomía de los líderes; se presenta una mayor relevancia de la capacidad de gestión y de la eficiencia respecto a la capacidad de representación o la efectividad política (Katz y Mair, 1995). 
 
Finalmente, una quinta perspectiva respecto al cambio en los partidos, más cercana al análisis de los sistemas políticos latinoamericanos, hace una lectura desde los déficitde los partidos, que expresarían ciertas promesas incumplidas en sus roles de articulación y representación de intereses y sus funciones gubernativas y el predominio de intereses particulares (Bendel, 1999; Cavarozzi y Abal Medina, 2002).
 
Sin recurrir al concepto de crisis, se enfatiza en la debilidad de muchos partidos, en las limitaciones de sus funciones de representación y agregación de intereses, en su débil conexión con las bases sociales y en la poca efectividad de sus acciones gubernamentales.
 
Esto se explicaría por el hecho de que los partidos tuvieron que hacer frente en muchos países y de forma paralela a los procesos de transición hacia la democracia y de reforma estructural y, a su vez, llevar a cabo su propio proceso de consolidación e institucionalización. En muchos casos se trataría de partidos de origen muy reciente, algunos de los cuales emergieron en los procesos de transición a la democracia.
 
En la misma clave de los déficit, se plantea que los partidos de América Latina estarían presentando un proceso de transformación y readaptación que se expresa en tres direcciones.
 
Por una parte, los realineamientos de la población: los votantes se han vuelto cada vez más independientes y se han alejado de los partidos como efecto de la deslegitimación de los gobernantes por las crisis económicas y la corrupción, la pérdida de las identidades colectivas y la influencia de los medios de comunicación.
 
Por otra parte, la desmasificación de la representación política, lo cual se expresa en la búsqueda por parte de la población de otros vehículos de participación como organizaciones sociales y redes asociativas, más especializados y localizados que los partidos políticos.
 
Y por otra, la verticalización de los lazos entre partidos y sociedad. Esto se expresa en el predominio de los lazos de clientela y la consolidación de políticos individuales, más que partidistas. Los partidos se convierten en organizaciones neoelitistas (Roberts, 2002).
 
En síntesis: a las tesis de las crisis de representación, de funcionalidad y de legitimidad sobre los partidos, se contraponen visiones alternativas que se orientan a dar cuenta de los cambios en los partidos, sin anteponer una carga negativa a la naturaleza de estos cambios.
 
Como veremos en el siguiente acápite, el concepto de crisis involucra una connotación negativa que se asocia con el deterioro, el declive y la disfuncionalidad, de lo cual se sigue el colapso o una situación límite cercana a la desaparición. A su vez, las perspectivas más neutrales y menos catastróficas, centradas en el análisis de los cambios, avizoran un horizonte más optimista para los partidos.
 
II. Tendencias y pronósticos: ¿desaparición, resurgir o transformación de los partidos? 
 
A los diversos diagnósticos realizados sobre los partidos corresponden diversas versiones sobre lo que cabe esperar en el futuro sobre éstos. Las visiones cubren una gama amplia que va desde anunciar su extinción, hasta reivindicar su reproducción en versiones modificadas.
 
Para la primera visión, dado que la participación política a través de los partidos ha agotado su eficacia para reconciliar al capitalismo con la política de masas, se genera un desplazamiento de los partidos por los movimientos sociales, estos se constituyen en formas menos controladas de participación, las cuales pueden conducir a desafiar y superar los supuestos del capitalismo como organización social y económica.
 
En esta perspectiva, ubicada dentro del neomarxismo, se clama por las vías alternas que permitan desarrollar una conciencia y una acción política más avanzada: los movimientos, no los partidos, son los que tienen mayores espacios para convertirse en la voz popular.
 
Para ello se hace necesario que se involucren en la competencia electoral a través de coaliciones de diversos movimientos que puedan contribuir a impulsar reformas sociales en conflicto con las viejas estructuras partidistas que sobrevivan. Los movimientos sociales se constituyen en una alternativa frente a los partidos en declive.
 
Para la segunda perspectiva, los partidos entran en un proceso de erosión de sus funciones relevantes que sólo logran encontrar salidas en la medida en que éstos se redefinan. Los partidos están mal, pero se pueden recuperar.
 
La recuperación implicaría la lucha contra la corrupción y el control de la sociedad sobre su funcionamiento; la democratización interna de los partidos y el desarrollo de su capacidad técnica para enfrentar los nuevos retos que surgen de las transformaciones sociales, económicas y tecnológicas.
 
En su versión atenuada de la crisis, una de las posibles y probables evoluciones de la situación de las organizaciones partidistas sería la del surgimiento de nuevos movimientos políticos que intenten reanimar las identidades colectivas, lo que ha ocasionado la crisis de la función integrativa/expresiva de los partidos.
 
Por esta vía, los regímenes democráticos se revitalizarían a partir de la adaptación/transformación de las organizaciones políticas. 
 
Para la tercera perspectiva, no obstante las transformaciones y el debilitamiento de los vínculos con la sociedad y los retos en la representación y en la comunicación, los partidos continúan asumiendo importantes funciones en los procesos de agregación de intereses.
 
Aunque no ejercen el monopolio de ésta (nunca lo han hecho), se mantienen como una de las instancias más importantes, junto a los grupos de interés y las asociaciones sociales.
 
Mantienen un importante papel en el reclutamiento de los líderes políticos y se han adaptado a las nuevas necesidades de comunicación.
 
El impacto del surgimiento de otras formas asociativas y de los movimientos sociales, más que desplazar a los partidos políticos en sus funciones centrales de agregación y representación de intereses, los obliga a adaptarse a las nuevas realidades sociales y a transformarse.
 
Para la cuarta perspectiva, los partidos se transforman y surgen nuevos tipos. Con el paso de los partidos de masas al partido atrapa-todo, primero, y hacia el partido cártel, posteriormente, se generan nuevas dinámicas y los partidos resurgen.
 
En palabras de John Aldrich (1995), los planteamientos catastróficos sobre los partidos que involucran las tres des (decaimiento, declive y descomposición) deberían ser sustituidas por las tres erres (reaparición, revitalización y resurgimiento).
 
Desde América Latina los diagnósticos varían. Para algunos se estaría dando una transformación (negativa) de los partidos políticos que se estarían “reoligarquizando”. Los partidos estarían retornando a una política oligárquica, más profesionalizada y sin las restricciones al sufragio propias de otras épocas.
 
Los partidos y la política estarían girando alrededor de personalidades y grupos de notables (Roberts, 2002). Para otros, existirían tendencias de transformaciones diferenciadas según los países. Algunos de ellos, se enfatiza, estarían consolidando sus partidos según las diversas dinámicas que hacen que cada continente presente diversos itinerarios según sea la estabilidad de sus partidos y la interacción competitiva entre éstos. De acuerdo con ello resulta una diferenciación de tres itinerarios.
 
La de los partidos en procesos de estabilización (Brasil, Chile y Uruguay); en proceso de debilitamiento (Colombia, Argentina, México y Bolivia); y en proceso de derrumbe (Perú y Venezuela). Desde la perspectiva de la crisis, ésta se estaría presentando en algunos casos en los cuales los partidos gobernantes habrían sido afectados por fenómenos de desconfianza y poca credibilidad, creados por los problemas de gobernabilidad, corrupción y seguridad (Bolivia, Ecuador, Perú y Bolivia); en otros casos se habría afectado a todo el sistema partidista (Venezuela y Colombia) y en otros países no ha habido crisis y los partidos se han mantenido de forma estable y han consolidado sus organizaciones (El Salvador, Costa Rica, Honduras, Uruguay, Chile y Brasil).
 
En todo caso, la crisis se expresaría como un fenómeno temporal, con ciertas dinámicas de resurgimiento y resurrección de organizaciones aparentemente moribundas (Gervasoni, 2004).
 
III. La crisis de los partidos: ¿ni tan evidente, ni tan generalizada? 
 
Volvamos a nuestro punto de partida. Asumir que los partidos políticos no son lo que solían ser porque están en crisis (posiciones I y II), implica considerar la existencia de un momento previo en el cual los partidos eran normales y estables en sus funciones, una edad gloriosa para ellos. La crisis se desencadena y conlleva a la desaparición o a la pervivencia anómala e inercial de las organizaciones partidistas.
 
En la versión radical de la crisis, se aboga por una democracia en la cual las organizaciones sociales y diversas formas de asociacionismo entran a reemplazarlos y a asumir sus tradicionales funciones de agregación y representación de intereses.
 
Se considera que los movimientos sociales son las organizaciones que tienen mayor posibilidad de convertirse en medios de expresión de los sectores sociales subalternos, se establece así una dicotomía entre democracia engañosa y democracia real, la primera se asocia con los partidos como pieza central de la representación, la segunda con los movimientos sociales como instancias a través de las cuales la población encuentra reconocimiento y proyecta su voz a los escenarios de decisiones.
 
En la versión atenuada, se aboga por la regeneración y relegitimación de los partidos y se atribuye a los diseños institucionales un papel central en este proceso.
 
Las otras perspectivas (III y IV) consideran que la crisis no es ni tan evidente ni tan generalizada como se pregona, y aunque reconocen algunos problemas en el funcionamiento de los partidos y en sus relaciones con la sociedad, en donde otros ven crisis éstos ven transformaciones.
 
Los partidos ya no son lo que solían ser porque se han adaptado a los cambios en la sociedad, porque se han transformado o porque han surgido partidos de nuevo tipo. A favor de estas perspectivas podemos plantear cuatro consideraciones que pueden contribuir a repensar las tesis de la crisis.
 
En primer lugar, el análisis de la transformación de los partidos en diversos tipos, aunque tiene un cierto sentido evolutivo lineal, constituye una alternativa analítica frente al planteamiento que diferencia una edad gloriosa de los partidos, seguida de una era de decadencia y de crisis.
 
Esta última se configura como una especie de crisis permanente que revelaría la imposibilidad de cambio, pues sería irreversible e inmodificable.
 
La versión matizada de la tesis de la crisis, aunque deja la alternativa de la implementación de reformas que pueden conducir a la reconstitución de los partidos, está prisionera de la idea de reconstrucción de la naturaleza perdida de los partidos en su pasado glorioso.
 
Frente a estas visiones, más que una patología o degeneración de los partidos, se reconoce la transformación de las organizaciones partidistas de acuerdo con los cambios sociales, políticos y tecnológicos.
 
Como lo señala Von Beyme (1986), los fenómenos que en el corto plazo pueden ser asumidos como decadencia, contemplados en el largo plazo y de forma sistemática, pueden ser la expresión del cambio funcional de los partidos en las democracias contemporáneas.
 
En segundo lugar, lo que se enuncia como desencuentro de los partidos con la sociedad, como manifestación de la crisis puede ser interpretado de forma diferente.
 
Aunque existen distorsiones en el papel de la representación de los intereses de la sociedad por parte de muchos partidos, el surgimiento de otras formas de representación y canalización de intereses no expresa necesariamente el desplazamiento de los partidos, pues éstos no manejan el monopolio de la representación y junto a ellos coexisten otras formas asociativas de representación.
 
Las organizaciones del segundo nivel contribuyen con su presencia a darle una mayor densidad a la participación social y su fortaleza no implica necesariamente debilidad de los partidos.
 
Si bien el fortalecimiento de los partidos no puede ser en desmedro de otras instituciones de la sociedad civil, éstas tampoco pueden sustituir a los partidos que tienen una función central en los procesos democráticos (Valenzuela, 1998). De igual forma, los vínculos de los partidos con la sociedad se han transformado haciéndose más flexibles, lo cual no es necesariamente un síntoma de crisis.
 
Lo que se ha presentado es la transformación de la membresía formal tradicional propia de los partidos de integración social. Los partidos de corte electoralista no presentan las mismas necesidades de afiliados que sus antecesores y los vínculos con la población se hacen más flexibles y fluidos (Scarrow, Webb y Farell, 2000).
 
Asimismo, las relaciones de los partidos con la población se han ido democratizando en algunos aspectos, especialmente aquellos referidos a una mayor participación de los ciudadanos en los procesos internos de selección de candidatos y de dirigentes, y en una mayor incidencia en el control de los procesos de gestión interna.
 
En tercer lugar, aunque no se puede desconocer que existen múltiples manifestaciones de corrupción, de clientelismo, de personalismo en la política que han generado una imagen negativa de muchos partidos y la pérdida de confianza de la población, también existen diversos mecanismos de control ciudadano y de fiscalización sobre las organizaciones partidistas por parte de los ciudadanos que han ido ganando importancia.
 
De igual forma, la presencia de nuevos partidos y nuevos actores políticos en la competencia electoral constituye una posibilidad de corrección de viejas prácticas que permiten depurar los modos de obrar político a través del castigo en las preferencias de los ciudadanos.
 
La alternancia en el poder político y el acceso a éste por parte de nuevos partidos son la expresión de la existencia de una sociedad civil más autónoma e independiente.
 
En cuarto lugar, al menos en el caso de América Latina, las tesis de la crisis conducen a una generalización que impide ver los matices y la diversidad de situaciones. Parece más prudente no anteponer al análisis el concepto de crisis y asumir que las transformaciones de los partidos presentan caminos diferenciados según países o grupos de países, incluso se presentan diferencias apreciables en distintos partidos en un mismo país. Una alternativa para el análisis lo constituye la perspectiva del estudio de los procesos de consolidación organizativa, o de institucionalización en sus diversas dimensiones internas y externas, a través de la cual nos podemos aproximar a un mejor conocimiento de la naturaleza de los partidos, de los cambios en sus funciones, de los tipos de vínculos que establecen con la población y de sus raíces en la sociedad.
El anteponer el concepto de crisis al estudio de los partidos puede contribuir más a opacar que a iluminar el análisis de estas organizaciones, que continúan siendo piezas clave en las democracias contemporáneas.
 
 
Citas
  1. El argumento está presente en los documentos emitidos por los foros interamericanos sobre los partidos políticos, que desde 2001 se vienen realizando, con presencia de dirigentes de los partidos, miembros de organizaciones de la sociedad civil, académicos, comunicadores sociales. Estos foros son organizados por la Unidad para la Promoción de la Democracia de la Organización de Estados Americanos. Los documentos pueden verse en www.sap.oas.org/events/2001/united_states/fiapp/doc/doc_conclusions_01; www.georgetown.edu/Parties/parties
 
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