Los amorosos callan: el amor como representación esencial del desencanto

Pareciera que los seres humanos no tenemos derecho a sentirnos decepcionados de la vida y, lo peor, pareciera que tampoco tenemos la posibilidad de cuestionar el sentido de la existencia misma

Por: Juan Luis González Silva

Muchas voces afirman que el desencanto es un término abusado en nuestra época. Abuso que podría materializarse en una simple fórmula: se apela al desencanto (o la decepción) en cualquier circunstancia adversa, se abandona toda responsabilidad frente a la vida y se deja todo en manos de un destino sombrío que tarde o temprano nos alcanzará.

Desde esta afirmación, pareciera que los seres humanos no tenemos derecho a sentirnos decepcionados de la vida y, lo peor, pareciera que tampoco tenemos la posibilidad de cuestionar el sentido de la existencia misma. La clave de este entresijo ha sido objeto de estudio de la filosofía, la psicología, la psiquiatría, la sociología, la teología y las artes en su totalidad, y podría traducirse como un conflicto entre el mundo real y el mundo ideal.

El amor y las religiones se recogen en esta primer figura, apelan a la inmovilidad, a la eternidad, a la permanencia de las cosas, a la inmortalidad, a la perpetuidad, porque es en el transcurrir donde pierden su cualidad esencial.

Frente a la ciudad de Dios o el mundo ideal, la historia de nuestra cultura occidental expone, con cierta visibilidad, muestras de su propia consunción frente a la complejidad del mundo que la contiene. Nuestra propia historia nos revela los fracasos y las miserias que nos han acompañado.

Hoy, desde aquí, parece que tenemos argumentos suficientes para decirnos desencantados. Los hombres de nuestro tiempo somos incrédulos del progreso, de la justicia y de la libertad, porque observamos todos los días la descomposición de las instituciones que nos rigen.

Incluso, más allá de la vida cotidiana, nos decimos desilusionados porque padecemos los efectos de un sinnúmero de crisis que han permeado nuestra cultura y nuestra condición: crisis y derrumbes ideológicos, crisis de los modelos sociales, crisis de nuestras referencias divinas, crisis de nuestra identidad, crisis de nuestros fundamentos morales, crisis de nuestros modelos afectivos, crisis ambientales, crisis naturales.

La incertidumbre por el futuro, la corrupción de las cosas públicas y privadas, el mercantilismo de los valores, la información fugaz y líquida y el innegable escepticismo en que estamos inmersos nos brindan elementos para suponer que la existencia humana no tiene un rumbo determinado, ni un destino, ni una misión que cumplir en el mundo.

Y es, precisamente, en ese incierto proceso que concepciones como la verdad, el bien, el progreso, la felicidad, la salvación y el amor han perdido sentido y fuerza; conceptos que hemos empleado para edificar muchas de las instituciones, los valores y los códigos que han determinado nuestra convivencia.

Alan Touraine (2000) afiraba que “vivimos una crisis más profunda que un camino de miedo o desencanto; percibimos cómo, en nosotros y a nuestro alrededor, se separan, se disocian por un lado el universo de la técnicas, los mercados, los signos, los flujos en los que estamos sumergidos y, por el otro, el universo interior que cada vez con más frecuencia llamamos el de nuestra identidad”.

Esa "crisis profunda" de la que habla Touraine, parece llevarnos a un callejón sin salida, un espacio donde las respuestas –que consideramos válidas durante mucho tiempo–, ya no nos sirven para enfrentar lo que sigue. En un escenario con tales características caben dos preguntas: ¿Qué objetivo tendrían la presencia y los actos humanos sobre el mundo?, y ¿qué lugar ocuparían los sentimientos en este lugar de incertidumbre?

Schopenahuer (1981) sostenía que las acciones de los hombres estaban motivadas exclusivamente por tres resortes: el egoísmo, la perversidad y la conmiseración. El egoísmo como motor fundamental de nuestras acciones, la perversidad como representación de nuestras relaciones con los demás y la conmiseración como única personificación de la grandeza del alma.

El escenario que el filósofo alemán nos hereda no deja muchas posibilidades; aquí el desencanto no tiene cabida, porque de hecho, no existen razones para encantarse o esperanzarse de los actos cometidos por esos “espíritus libres” que son los hombres. Si el egoísmo, la perversidad y la conmiseración son los dispositivos que detonan las intenciones de los hombres en la Tierra, lo que sucede en la actualidad es simplemente el desenlace natural de una historia anunciada.

El amor que no es posible

Los tiempos que nos toca vivir develan una condición: se agotaron los dogmas y las concepciones montadas en la infinitud. El amor como vínculo de las relaciones humanas depende de su temporalidad. Decía Elías Nandino que nuestra existencia es como una raya en el agua, esa es también la suerte del amor.

Se ausenta y se presenta, se transforma, toma formas equivocadas, se confunde con la muerte y con el odio, se enreda con la eternidad, pero nunca se sostiene en el tiempo de la vida. Jean Allouch sostiene una pregunta a manera de sentencia: “¿Cómo podría ser el amor si fuera privado de su condición de eternidad?, ¿cómo podríamos concebir la fuerza transformadora del amor sin concebirlo como una sustancia eterna?” (Allouch, 2009).

Distinta a la relación de los hombres con Dios, la relación de aquellos con el amor tiene una correspondencia vital con el tiempo. El amor que no se puede consumar, el amor que se acaba, el amor que vive afligido por fantasmas, el amor que fue, el amor que no puede ser; todos estos son estados de una misma cosa alterados por su propia temporalidad. Los mitos o ritos del agobio posmoderno se ven aquí materializados, también, en la esfera del amor.

El mito del amor eterno lleva también implícita la idea de la certidumbre. Si el amor es correspondido se erradica la incertidumbre, que ha sido siempre el enemigo de nuestra existencia.

Las revoluciones occidentales del siglo XX recogieron en cierta medida esta sentencia; abatir la incertidumbre fue su misión; incertidumbre respecto al futuro, al bienestar, a la salud, al bien común, a la democracia y a la seguridad física de las personas.

Zygmunt Bauman dice que “cuando hay dos, no hay certezas y cuando se reconoce al otro como un segundo soberano, no una simple extensión, o un eco, o un instrumento o un subordinado mío, se admite y se acepta esa incertidumbre. Ser dos significa apenas un futuro indeterminado” (Bauman, 2005). El verdadero desencanto respecto del amor proviene de su materialidad racional, su estado líquido.

Bauman explica que son los dispositivos de una sociedad de mercado, como la que compone el mundo actual, los que han degenerado nuestras relaciones personales al tratar al otro, ya sea amante o pareja, como un objeto material del que puedes desprenderte o al que puedes desconectar con facilidad: “vivir juntos –por ejemplo– adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad”.

Frente a un mundo de instituciones en crisis y frente al desmantelamiento de los modelos el reducto del amor se constriñe a su mínima expresión. Las intenciones del amor se vuelven modestas, no se hacen grandes promesas, “uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo del pago es menos desalentador” (Bauman, 2005).

En esta época de derrumbes el amor se ha instituido en la nueva utopía, quizá la última, un dogma de carácter emocional que intenta sustituir el vacío generado por las crisis que nos antecedieron.

El amor que no puede

Con la cinta Biutiful (2010), Alejandro González Iñárritu nos lleva a un territorio hostil, un espacio donde el amor no es posible. En la lucha entre el mundo ideal de Uxbal, interpretado admirablemente por Javier Bardem, y el mundo real que lo rodea, se desarrolla una historia que recoge de manera puntual las dificultades que la vida nos va colocando en el camino. Esta cinta parece susurrarnos una verdad que nos asusta y nos negamos a aceptar: la vida no es una historia comprometida con las verdades que los seres humanos hemos concebido para sostenerla.

Vistos dese la óptica del espectador el amor, la dicha, la trascendencia, el bien, la conmiseración y Dios –productos muy complejos de la ética, la moral, la filosofía y las creencias humanas– dependen, para su realización, de las circunstancias que enmarcan la existencia. Lo humano no es necesariamente la verdad de este mundo o, tal como lo escribiera Nietzsche (2000), “vivo todavía, y la vida no es, después de todo invención de la moral: quiere el engaño; vive del engaño”.

LA historia de Uxbal nos muestra con sencillez y belleza lo que Nietzsche develara muchos años antes: la vida no fue creada por el hombre, por lo tanto, todas las acciones humanas –incluso aquellas que aparentemente se encaminan a obrar por el bien como mandato metafísico–, son carentes de verdad. Uxbal se observa frente a la muerte y pretende transformar el mundo caótico que lo rodea a través de un amor repentino vuelto misericordia, sin embargo, provoca la muerte de gente inocente en su afán de prestarles ayuda. La vida de Uxbal guarda una celosa cercanía con los amorosos, aquellos seres que pasan su vida buscando el amor pero nunca lo encuentran:

…Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,

               siempre, hacia alguna parte (Sabines, 1997).

 

El problema de Uxbal de los amorosos y de muchos de nosotros, es que intentan arreglar la métrica de la existencia a partir de pequeños actos de caridad. A los amorosos y a Uxbal les preocupa el amor, sin embargo viven al día y, por lo tanto, no pueden hacer más. Y, aunque así fuera, ese hacer más se traduce en muchas de las fijaciones que las personas ponemos en práctica para estar mejor, arreglando esos pequeños problemas operativos de la vida: la relación con la pareja, el futuro de los hijos, los asuntos propios de nuestro trabajo. Es posible que todo fluya como un líquido, pero debemos estar seguros que no va a ninguna parte, no hay un ducto que la sostenga, no puede haberlo.

La vida, como una raya en el agua es un lapso que no tiene perfil, ni signo, ni carácter, es una forma inerme de la existencia, una representación de sí misma que aprovecha los significados como formulas de entendimiento, como instrumentos posibles de la certeza, pero que aún no arriba a la verdad. Y, ¿el amor?, ¿dónde queda el amor en todas sus personificaciones?, ¿dónde queda el amor como forma y esencia?

Bernard Shaw sostenía el amor como un impulso: “Cuando dos personas se encuentran bajo la influencia de la más violenta, la más demente, la más engañosa y la más transitoria de las pasiones. Se les exige que juren que permanecerán en ese estado excitado, anormal, y agotador hasta que la muerte los separe”. Al respecto, Teresa García Galán concluye que “el desengaño del amor, después de las esperanzas puestas en él, y en el sentimiento de soledad acentúan la angustia existencial. Después de la entrega amorosa –glacial destierro de la ausencia– la voz poética queda en soledad y en una vida sin sentido” (2003).

Quizá, en el territorio del amor, corroboramos más fácilmente aquella sentencia que afirma que la vida no es obra de los hombres, y por lo tanto, no está en ellos determinarla. El amor es una región intangible, transparente y esencial, pero difícilmente nos puede servir para responder a las preguntas fundamentales de nuestra vida y mucho menos, para darnos certezas que sean capaces de darnos o devolvernos el encanto por la existencia y sus mundos. Quizá, lo mejor del amor se encuentre en el silencio y la soledad.

 

Bibliografía

ALLOUCH, Jean (2009). Contra la eternidad: Ogawa, Mallarme, Lacan. El cuenco de plata: Buenos Aires.

BAUMAN, Zygmunt (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. FCE: México.

SCHOPENHAUER, Arthur (1981). El amor, las mujeres y la muerte. Edaf: Madrid.

TOURAINE, Alain (2000). ¿Podremos vivir juntos? FCE: México.

NIETZSCHE, Friedrich (2000). Humano demasiado humano. Edicomunicaciones: Madrid.

SABINES, Jaime (1997). Los amorosos y otros poemas. CONACULTA: México.

GARCÍA Galán, Teresa (2003). Esteticismo como rebeldía: La poética de Pablo García Baena. Renacimiento: Sevilla.