Libertad de prensa o la información espinaca

La “información espinaca” –confiable, pertinente, relevante y oportuna– no suele hacerse viral. Una reflexión sobre la economía de la información y el papel de los medios en el contexto producido por las redes sociales

Por: Jorge Zepeda Patterson

Hace poco más de veinte años, cuando un grupo de tapatíos fundamos el periódico Siglo 21, un viejo veterano me dijo que si después de un año el diario no era mal querido por una parte de la comunidad, significaría que no estábamos haciendo bien la tarea. Tenía razón. El periodismo, si es bueno, debe ser incómodo para muchos, particularmente para los políticos.

Todo funcionario público lleva dentro a un ocultador. Y no me refiero exclusivamente a la corrupción y a los actos deleznables que deben esconder del escrutinio público. Me refiero al acto mismo de gobernar, de tomar decisiones que atañen a todos. Como todo jefe de familia o líder de grupo sabe, es más fácil dirigir cuando las decisiones no se tienen que tomar por consenso.

En consecuencia, existe de suyo una contradicción entre el papel del periodista y el del político: el primero es un divulgador de secretos, un chismoso profesional; el segundo, en cambio, procura la opacidad, el secretismo, la información reservada.

En todas las sociedades, pues, existe una tensión permanente entre la clase política y los periodistas. Lo mismo en Estados Unidos que en Rusia, China o México. La manera en que tal tensión se exprese dependerá del Estado de derecho vigente en la sociedad, del tejido institucional más o menos democrático o no, de la calidad de la cultura política y del nivel de madurez y participación de los ciudadanos.

George Bush habría tenido las mismas ganas de suprimir una noticia incómoda de ocho columnas del New York Times que Vladimir Putin de cerrar un canal de televisión crítico a su gobierno; la diferencia es que este último sí podía hacerlo y Bush no. Aunque no por falta de ganas.

En México la relación de la prensa con el poder ha pasado por todas las vulnerabilidades que supone operar en un contexto en el cual el soberano posee facultades relativamente discrecionales y las instituciones jurídicas suelen doblarse ante la voluntad política.

En nuestro país, además, convergen peculiaridades que hacen aún más complicado el ejercicio de un periodismo crítico e independiente.

Fiscales sin facultades

Los periodistas que intentan hacer su trabajo con honestidad inexorablemente terminan convertidos en una especie de fiscalía pública al denunciar los excesos y malas prácticas de las autoridades. Y esto es así porque los fiscales institucionales y el sistema de justicia, que deberían hacer tales denuncias, son en realidad cómplices del poder.

En la medida en que la élite y la clase política gozan de impunidad ante la ley, la opinión pública sólo puede enterarse de los actos de corrupción y los excesos gracias a lo que se exhibe en los medios de comunicación.

Por desgracia, la cobertura periodística no siempre dispone de los recursos y las atribuciones para cumplir cabalmente esta tarea; con frecuencia el develamiento es parcial, contiene inexactitudes e incluso excesos. Habrá quienes cuestionen la cobertura de Carmen Aristegui o de la revista Proceso, dos espacios que durante años han realizado una tarea de fiscalización permanente sobre la vida pública del país.

Ciertamente es más que perfectible el trabajo de ambos, como el de cualquier otro periodista que se enfrenta, desprovisto de facultades jurídicas y recursos institucionales, a toda una maquinaria de ocultamiento que se ejerce desde el poder.

El encono que puede generar una fiscalización de esta naturaleza por parte de los poderes de facto está a la vista en los muchos intentos que se realizan para acallar o acotar estos espacios periodísticos.

Los poderes salvajes

Un agravante adicional en nuestro país deriva de las agresiones de los cárteles criminales a periodistas y medios de comunicación. Comenzó en “las zonas calientes” como Tijuana y Ciudad Juárez en los años noventa y ahora se ha generalizado en buena parte del norte y el sureste del país.

A los capos no les molestaba que la prensa hiciera referencia a ellos, pero sí a que sus operadores dentro de los cuerpos policiacos fuesen exhibidos. A la postre prácticamente toda cobertura sobre crímenes locales y corrupción policiaca terminó incomodando a los narcotraficantes.

A fuerza de desapariciones de reporteros, amenazas y ametrallamiento de fachadas de periódicos, estaciones de radio y televisión, se logró imponer un cerco de silencio en las zonas en que los cárteles de la droga operaban. Luego, no les bastó con el silencio: en muchos lugares comenzaron a exigir a algunos medios que difundieran los mensajes de una organización criminal dirigidos a sus rivales, a la autoridad o a la comunidad en su conjunto.

Se estima que ochenta profesionales de la información han muerto o desaparecido en la última década; diez de ellos en los dos primeros años del sexenio de Enrique Peña Nieto. México es considerado el país de mayor riesgo para el ejercicio periodístico profesional en el mundo, salvo en las naciones en que se libra una guerra.

Luego comenzó a suceder algo extraño. A medida en que las agresiones contra periodistas se disparaban, las organizaciones dedicadas a documentar estos casos se dieron cuenta de que iban en aumento aquellas que tenían un origen político y no sólo criminal. En otras palabras, la clase política comenzó a utilizar la violencia del narcotráfico en contra de los periodistas para esconder sus propias agresiones.

Funcionarios locales y estatales percibieron que las desapariciones e intimidaciones quedaban impunes y decidieron utilizar el pretexto de los narcos para deshacerse de profesionales de la información que les resultaban incómodos o para, simplemente, asustar a medios de comunicación críticos.

En los últimos reportes anuales preparados por la organización internacional Artículo 19, más de la mitad de los casos investigados de atentados en contra de la prensa tienen un origen político, no criminal: gobernadores, presidentes municipales, caciques locales, en su mayor parte.

Vulnerabilidad y dependencia económica

Hoy el modelo de negocio que funcionó durante más de 150 años para los productores de información (prensa, noticieros de radio y televisión) se ha desmoronado. Los periódicos publicaban noticias y el público compraba ejemplares a cambio; adicionalmente el diario vendía espacios publicitarios a los anunciantes que deseaban llegar a ojos de los lectores.

En radio y televisión sucedía algo similar. Las audiencias sintonizaban los noticieros y las empresas comercializaban el tiempo aire a los anunciantes. Era un modelo de negocio que permitía financiar a la maquinaria generadora de noticias: reporteros, editores, fotógrafos, corresponsales, etcétera.

Pero tal modelo quedó herido de muerte con el surgimiento de las nuevas plataformas digitales. La información dejó de ser una mercancía para convertirse en algo gratuito que los usuarios pueden consultar en una infinidad de alternativas en internet. La circulación de los periódicos y los niveles de audiencia de los noticieros se han desplomado a tal grado que muchos de los protagonistas de la información han dejado de ser rentables.

Alrededor de todo el orbe, revistas y periódicos son clausurados cada semana y los noticieros se hacen más cortos o desaparecen. Los medios sobrevivientes han adelgazado sus nóminas y reducido sus presupuestos de noticias.

El fenómeno impacta en dos sentidos, ambos sumamente dañinos para la prensa. Por un lado, las coberturas han bajado en calidad y cantidad, como resultado de la disminución de presupuestos y de profesionales de tiempo completo. Hoy circula más información que nunca, pero hay menos profesionales dedicados a documentar e investigar la realidad. Es decir, la materia prima es cada vez menor aunque la que existe se recicle ad náuseam en la blogósfera.

Por otro lado, la crisis económica que enfrentan las empresas periodísticas se ha traducido en una vulnerabilidad mayor frente a los poderes públicos. Muchos de los diarios y noticieros no están en condiciones de prescindir de la publicidad oficial y, por lo mismo, de malquistarse con la administración pública. Por consiguiente, se reduce la posibilidad de denunciar las malas prácticas o los errores de un gobernante que a su vez es un anunciante clave. La autocensura que eso provoca resulta evidente. Peor aún, sabiendo la vulnerabilidad del medio de comunicación, los políticos están en posibilidades de exigir determinadas coberturas o la ausencia de ellas.

Este fenómeno se agudiza en México como resultado del regreso del Partido Revolucionario Institucional (pri) a la presidencia a partir de 2012. Muchos empresarios de medios de comunicación interpretaron que, luego de los doce años de alternancia, el retorno del pri ponía fin a la relativa pluralidad periodística que caracterizó a la última década.

En particular los medios tradicionales entendieron que regresaban algunas de las costumbres del poder del régimen anterior y asumieron que a la sombra del Estado podrían capear mejor la crisis económica. El resultado ha sido una cobertura cada vez más centrada en el discurso oficial.

Redes sociales, una alternativa dudosa

Frente al panorama anterior, se asume que los males que padece la industria periodística para cubrir las necesidades de información y opinión de la sociedad pueden ser compensados por la explosión de los medios digitales y las redes sociales. En efecto, no sólo hay una disponibilidad de información a toda hora y plenamente accesible al público, como nunca antes había existido.

Además, prácticamente cualquier ciudadano puede convertirse en periodista y, más aún, en un medio de comunicación. Por vez primera, las élites y los periodistas han perdido el monopolio de la arena pública que mantuvieron cerrada durante siglos y sin duda esto ha ampliado la libertad de información y opinión.

No obstante, lo anterior no carece de inconvenientes. Algunos de ellos son una verdadera amenaza para la salud de la opinión pública. La profusión de datos que circulan no necesariamente significa que la sociedad esté mejor informada. Existe mucha pseudo información, propaganda disfrazada, infoentretenimiento, noticias basura, exageraciones, opiniones presentadas como hechos reales.

El mundo se enteró de la muerte de Michael Jackson por un blog de chismes de Hollywood, fue sólo hasta que el portal del diario Los Angeles Times dio cuenta de la noticia que se asumió que se trataba de un hecho real.

En otras palabras, la sociedad necesita del trabajo periodístico al menos por tres motivos. Primero, porque se requiere información producida con los códigos profesionales que el gremio construyó durante tanto tiempo: investigación, verificación, contrastar fuentes, contextualización, claridad, responsabilidad, etcétera.

Es decir, para tomar decisiones, una comunidad requiere de un corpus de información confiable, pertinente, relevante y oportuno. Las redes sociales suelen aportar esta última característica, pero no las tres anteriores.

Segundo, los medios de comunicación intentan comunicar a cada parte de la sociedad con el resto y convertirse en representantes del interés general. Por lo general, los que participan en las redes sociales se representan esencialmente a sí mismos.

Esto provoca que en el ciberespacio predomine el criticismo, la descalificación, la intolerancia y los puntos de vista irreconciliables. La narrativa resultante puede atentar seriamente contra las posibilidades de una comunidad para abordar sus diferencias de manera constructiva, buscar consensos y encontrar solución a sus problemas.

Las redes sociales (blogs, Facebook, Twitter) rompen estos círculos y a la vez los acentúan. Por un lado, en efecto rompen el cerco de la censura de los medios y divulgan abusos y excesos de la vida pública. Hacen una opinión pública más crítica e independiente, sin la mediación de esos “curadores” que son los periodistas. Pero, por otro lado, profundizan el gusto por la nota escándalo y la crítica ocurrente pero desinformada.

Tercero, cada vez hay más literatura que confirma que no necesariamente la sensación de libertad que produce navegar en la blogósfera se traduce en una mejor opinión pública. Eli Pariser publicó en 2012 un libro inquietante: The filter bubble. En él muestra la manera en que el uso creciente de internet provoca que los seres humanos nos atrincheremos cada vez más en nuestra propia burbuja.

Google, Facebook y Twitter nos retroalimentan una y otra vez con sugerencias y materiales basados en nuestras búsquedas anteriores. Los algoritmos de estos sitios detectan todo aquello que consultamos y nos ofrecen más de lo mismo. Si usted escribe la palabra "Egipto" en el buscador de Google, recibirá un desplegado de sitios distinto al de su vecino aunque se encuentre a cinco metros de distancia.

Usted podría tener sugerencias sobre economía y ofertas de viaje a la tierra del Nilo; su vecino, en cambio, podría recibir ligas de música, películas y artistas egipcios. Todo en función del historial de navegación de cada cual. Hoy en día muchos jóvenes sólo ven las noticias que aparecen en su móvil, dadas por tuiteros a los que siguen y a quienes eligen en función de sus afinidades.

A la larga, dice Paricer, acabamos prisioneros de nuestras visiones anteriores, del muro perimetral que construimos sin darnos cuenta. En otras palabras, terminamos alimentándonos de nuestros propios gustos, de aquellos que sólo piensan como nosotros, de lo que confirma nuestra visión del mundo.

El riesgo que ello implica apenas comienza a vislumbrarse. Se suponía que los medios de comunicación profesionales hacían las veces de curadores, como los que operan en los museos, para mostrarnos una exhibición adecuada y contextualizada de lo que convenía saber sobre un artista o un tema.

Un diario o un noticiero que se respete combina información de interés lúdico y de ocio (deporte, espectáculos, variedades, etcétera) con asuntos más áridos pero necesarios para documentar a la opinión pública sobre temas decisivos para el interés común. Y, en teoría lo hace desde una perspectiva múltiple. Es decir, ofrece una dieta que mezcla comida chatarra con comida nutritiva.

El problema con la información que circula en redes sociales es que se concentra cada vez más en la “información chatarra” que se hace viral: entretiene, divierte, alimenta el morbo y es muy aplaudida. No obstante, tiende a erradicar la información menos glamorosa pero mucho más importante para alertar a la sociedad sobre temas fundamentales. La “información espinaca” nunca se hace viral.

En suma, la ausencia de periodistas profesionales provoca la frivolización de la conversación pública y su fragmentación en puntos de vista antagónicos y muchas veces irreconciliables.

Conclusión

La crisis del periodismo y de los medios de comunicación que el mundo experimenta entraña algo mucho más grave que la libertad de prensa. No sólo se trata de un asunto de libertad de opinión, es también un tema más radical que afecta los procesos de formación de ciudadanía. Al menos aquella que resulta decisiva para que una sociedad aborde con cierta claridad los temas que le atañen.

Los miembros de una sociedad requieren un flujo permanente de información sólida y pertinente para estar en condiciones de tomar decisiones como electores, contribuyentes, padres de familia, consumidores, vecinos de barrio, etcétera.

Eso requiere que estén expuestos no sólo a la información necesaria sino también a puntos de vista razonablemente argumentados, a contextos inteligibles, a antecedentes pertinentes y a previsiones factibles; en pocas palabras, al producto de un periodismo profesional que indague la realidad.

En México se ha limitado seriamente la capacidad de los periodistas para entregar a la sociedad la información que requiere. La presión creciente del poder público para evitar la crítica o versiones ajenas a la narrativa oficial; los ataques procedentes del crimen organizado y de la clase política; la crisis económica que provoca reducción de empleos y presupuestos raquíticos para la generación de noticias, la explosión de las redes sociales que desdibuja la información recabada y difundida profesionalmente.

Todo lo anterior produce censura, autocensura, escasez de recursos, imposibilidad de ejercer un periodismo independiente, crítico y responsable. Nada lo ilustra tan claramente como el caso de Carmen Aristegui. Y no sólo por su despido. Es sintomático que la conductora más popular y con mayor éxito en el mercado radiofónico no encuentre una opción para continuar con su labor periodística: eso lo dice todo.  


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