Lecciones de Tuchman sobre el error en la política

La enfermedad es al cuerpo humano lo que el vicio y el mal gobierno a la política

Por: Héctor Raúl solís Gadea

Un fenómeno que puede notarse por toda la historia, en cualquier lugar o periodo, es el de unos gobiernos que siguen una política contraria a sus propios intereses. Al parecer, en cuestiones de gobierno la humanidad ha mostrado peor desempeño que casi en cualquiera otra actividad humana. En esta esfera, la sabiduría –que podríamos definir como el ejercicio del juicio actuando a base de experiencia, sentido común e información disponible– ha resultado menos activa y más frustrada de lo que debiera ser. ¿Por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado? ¿Por qué tan a menudo parece no funcionar el proceso mental inteligente?

Con estas palabras comienza Barbara W. Tuchman su libro La marcha de la locura, la sinrazón desde Troya hasta Vietnam. Los problemas que aborda son tan paradigmáticos de lo que ocurre en la vida política, que uno se pregunta por qué existen tan pocos análisis dedicados al estudio del error político como tal; o tal vez existen pero no son populares ni muy consultados.

No pretendo afirmar que los temas del error, la imperfección humana, el vicio y la irracionalidad estén absolutamente ausentes de los trabajos de los estudiosos de la política, sino que quizá no ocupan suficientemente su atención porque son asuntos políticamente incorrectos y acarrean problemas a quien se dedica ello, además de ser desagradables y desalentadores.

Acaso el sentido general de la filosofía política y la ciencia política no sea otro que el intento de construir una estructura de conceptos y categorías racionales que permitan erradicar el error político, o cuando menos ponerle algunos límites y minimizar sus consecuencias.

La enfermedad es al cuerpo humano lo que el vicio y el mal gobierno a la política. De ahí el afán de los clásicos griegos de establecer mecanismos para garantizar que los gobernantes actúen en función del bien público y que los ciudadanos sean virtuosos.

Dejar atrás la barbarie para crear una civilización duradera en la que prevalezcan el orden, la paz y el derecho, es la tarea de los constructores de regímenes políticos, la misión de los legisladores y los educadores cívicos. Se suele pensar que mediante una teoría y una estrategia adecuadas la humanidad podrá superar su tendencia a la imperfección política y, con ello, los nefastos efectos que ésta produce.

El liberalismo y el pensamiento de corte ilustrado, incluida la perspectiva socialista, comparten esta visión. También la comparten las modernas teorías de la gobernabilidad, la gobernanza y la democracia. Todas asumen que es posible, si se observan determinados criterios, desarrollar buenos ejercicios de gobierno.

¿Por qué las teorías modernas de la democracia y el gobierno, si comparten el propósito de superar la imperfección política, ponen tan poca atención en el error político? Me parece que no lo consideran un objeto de investigación y reflexión en sí mismo.

Puede ser que la conciencia política moderna haya partido de un presupuesto no explícito: la idea de que los modos democráticos de organización del poder permiten que el ejercicio de la autoridad, en tanto se sujete a lo que establece la legalidad y sea controlada por la voluntad de los ciudadanos, llegará a ser algo transparente y cognoscible y, en consecuencia, una práctica racional y en correspondencia con el interés público.

El error político, los excesos, los efectos no deseados de la acción gubernamental pueden contrarrestarse con el auxilio de buenas instituciones y buenas técnicas decisorias, producto de procesos deliberativos de construcción de la voluntad política.

No nos preocupemos, pues, parece ser la consigna: la imperfección y la insensatez dejarán de gravitar en la vida pública cuando nuestros gobiernos funcionen bien.

¿Y cuándo funcionarán bien? Cuando sean diseñados, organizados y ejercidos tomando en cuenta las luces del conocimiento. O, para decirlo con Tuchman, cuando la sabiduría procure que los gobernantes gobiernen tomando en cuenta el autointerés ilustrado.

Puede que lo anterior sea correcto, aunque impone la necesidad de más y mejores argumentos para que se vuelva una idea persuasiva. Al respecto, Tuchman estudia lo que ella llama locura o sinrazón en política, considerada como un objeto en sí mismo.

A partir de Tuchman se puede pensar que la creación de teorías que buscan la transformación de la política no basta para que su ejercicio cambie positivamente: es necesario –pero no suficiente, claro está– hacer conciencia acerca de acontecimientos históricos que revelan la constancia de los vicios políticos.

Es necesario estudiarlos en sí mismos, más allá de las perspectivas de las teorías políticas y sociales (y con mayor razón de las ideologías), puesto que los vicios y la locura se registran en el seno de cualquier sistema político.

Los vicios políticos suelen potenciarse precisamente cuando se intenta poner en práctica determinadas teorías políticas con pretensiones de ser absolutamente transformadoras o emancipadoras. He ahí la gran paradoja: el intento de erradicar el error contribuye a reproducirlo, y, en ocasiones, a incrementar sus efectos.

Los riesgos de estudiar los errores políticos, y hacer conciencia de la imposibilidad de erradicarlos, son los de caer en el desencanto y el escepticismo, o en un realismo conservador del status quo que justifique la inacción.

Pero al lado de estos riesgos habita la posibilidad de construir una mayor conciencia de otros peligros: los que se presentan por la insuperable tendencia del ser humano a errar sin darse cuenta.

Debemos poner atención a algo cuya presencia inevitable a lo largo de la historia incapacita al ser humano para minimizar, siquiera un poco, su imperfección; esto a pesar de que simultáneamente hace grandes progresos en otros planos de su quehacer.

Así se desprende de la siguiente cita que Tuchman hace de John Adams: “mientras que todas las demás ciencias han avanzado el gobierno está estancado; apenas se le practica mejor hoy que hace tres mil o cuatro mil años” (Adams, 1959: 351, en Tuchman, 1989: 12).

Tuchman nos advierte de un hecho fundamental: si miramos de frente la irracionalidad, la insensatez, el vicio y el error podemos hacer algo doloroso pero liberador: perder la inocencia y dudar del progreso político.[1] 

Según tuchman hay cuatro tipos de mal gobierno:

Son: 1) tiranía u opresión,[1] de la cual la historia nos ofrece tantos ejemplos conocidos que no vale la pena citarlos; 2) ambición excesiva, como el intento de conquista de Sicilia por los atenienses en la Guerra de Peloponeso, el de la conquista de Inglaterra por Felipe II, por medio de la Armada Invencible, el doble intento de dominio de Europa por Alemania, autodeclarada raza superior, el intento japonés de establecer un Imperio en Asia; 3) incompetencia o decadencia, como en el caso de finales del Imperio romano, de los últimos Romanov, y la última dinastía China; y por último, 4) insensatez o perversidad. Este libro trata de la última en una manifestación específica, es decir, seguir una política contraria al propio interés de los electores o del Estado. El propio interés es todo lo que conduce al bienestar o ventaja del cuerpo gobernado; la insensatez es una política que en estos términos resulta contraproducente.

Para clasificar como insensatez en este estudio, la política adoptada debe satisfacer tres normas: debe ser percibida como contraproducente en su propia época, y no sólo en retrospectiva. En segundo lugar, debió haber otro factible curso de acción. Para suprimir el problema de la personalidad, una tercera norma será que la política en cuestión debe ser la de un grupo, no la de un gobernante individual, y debe persistir más allá de cualquier vida política. El mal gobierno por un solo soberano o un tirano es demasiado frecuente y demasiado individual para que valga la pena hacer una investigación generalizada. El gobierno colectivo o una sucesión de gobernantes en el mismo cargo, como en el caso de los papas renacentistas, plantea un problema más importante (p. 12).

Para Tuchman, la insensatez es un fenómeno transhistórico; es decir, no es propio de una época determinada sino que se puede presentar en cualquier momento. Además, tampoco es consustancial a algún tipo de régimen o sistema político, ni pertenece con exclusividad a una nación o clase social.

El error, por consiguiente, es una suerte de demonio que se cuela siempre por la puerta trasera, a pesar de los intentos por borrarlo de la faz de la Tierra. Lo que sorprende es el optimismo de algunos que piensan que podemos precavernos de forma absoluta contra esta suerte de fatalidad.

¿Pero por qué reviste particular importancia el asunto de la insensatez y el vicio en la política? Según Tuchman la insensatez del gobierno es más peligrosa porque tiene efectos sobre más personas que la locura de las personas individuales.

Si tenemos conciencia de esto, entonces deberíamos tomar todas las medidas pertinentes para evitar que lleguen a los gobiernos personas insensatas.

Platón pensaba no sólo eso, sino que los filósofos deberían tener la oportunidad de ocupar los primeros cargos públicos, ¿quién mejor que seres virtuosos y sabios, alejados de todo vicio y fervientes buscadores de la justicia, para que se encarguen de la función de gobernar?

A Tuchman, sin embargo, le parece inalcanzable la tesis del rey-filósofo de Platón. En última instancia, hay una tendencia permanente al equívoco que procede de la incapacidad de mirar la realidad tal y como se presenta. El párrafo siguiente es digno de ser recuperado aquí:

La testarudez, fuente del autoengaño, es un factor que desempeña un papel notable en el gobierno. Consiste en evaluar una situación de acuerdo con ideas fijas preconcebidas, mientras se pasan por alto o se rechazan todas las señales contrarias. Consiste en actuar de acuerdo con el deseo, sin permitir que nos desvíen los hechos. Queda ejemplificada en la evaluación hecha por un historiador, acerca de Felipe II de España, el más testarudo de todos los soberanos: “ninguna experiencia del fracaso de su política pudo quebrantar su fe en su excelencia esencial” (p. 14).

 Hannah Arendt consideró otra fuente del error: las ideologías, en tanto que nos incapacitan para tomar en cuenta lo que nos dice la experiencia.[3] Si esto es cierto, y sí que lo es porque abundan los ejemplos históricos, entonces hay que tomar distancia de las ideologías y de toda forma de doctrina que asume un conocimiento autosuficiente y que no requiere de ningún tipo de revisión o confirmación de los hechos concretos.

Tuchman pasa revista a una serie de casos históricos que documentan su tesis de la presencia constante, tanshistórica y ubicua, de la insensatez, del gobierno que actúa contra su propio interés ilustrado.

Y es que el ejercicio del gobierno tiene límites muy definidos a pesar de que, por su propia naturaleza, engaña a quien lo detenta con un velo de omnipotencia e inteligencia supremas. Luis XIV, por ejemplo, cometió un grave error al suspender la tolerancia para los protestantes.

Estos eran un sector social muy productivo y valioso para la economía francesa, y tuvieron que emigrar a Holanda, Alemania e Inglaterra, con lo que se sumaron a la fuerza productiva de estos países. Pero no solo se equivocó en eso, también atentó contra el pluralismo religioso y las libertades civiles de su país.

Luis XIV dejó un país dividido y enconado, lo que, a la postre, sería un caldo de cultivo para la Revolución Francesa. Otro caso de insensatez política que documenta Tuchman, y que vale la pena considerar aquí, es el de Carlos X, hermano del asesinado Luis XVI, quien intentó hacer una restauración total del pasado.

A esto, nos dice Tuchman, se llama Humpty-Dumty, o sea: “es esfuerzo por reinstalar una estructura caída y en ruinas dando marcha hacia atrás a la historia. En el proceso, llamado reacción o contrarrevolución, los reaccionarios se empeñar en restaurar los privilegios y propiedades del antiguo régimen y, de alguna manera, en recuperar una fuerza que no tenían antes” (p. 28).

A partir del ejemplo de Luis XIV, Tuchman nos dice:

Lo peculiar fue que el asunto era innecesario; y esto subraya dos características de la locura: a menudo no brota de un gran designio, y sus consecuencias son, a menudo, una sorpresa. La locura consiste en persistir. Con aguda si bien inconscientemente perspicacia, un historiador francés escribió, acerca de la Renovación [del Edicto de Nantes en 1685], que “los grandes designios son raros en la política; el rey procedía empíricamente, y a veces, obedeciendo a sus impulsos”. Al analizar la historia, no hay que ser demasiado profundo, pues con frecuencia las causas son muy superficiales”. Este es un factor que suelen pasar por alto los politólogos que, al hablar de la naturaleza del poder, siempre lo tratan, aunque sea negativamente, con inmenso respeto. No lo ven como algo que a veces es cuestión de hombres ordinarios apremiados por las circunstancias, que actúan imprudente o torpe o perversamente, como suelen los hombres hacerlo en circunstancias ordinarias. Los símbolos y la fuerza del poder los engañan, dando a sus poseedores una calidad extraordinaria. Sin su enorme peluca rizada, sus grandes tacones y su armiño, el Rey Sol era un hombre capaz de caer en errores de juicio, equivocaciones y ceder a sus impulsos…como el lector y como yo (p. 28).

Carlos X construyó un gobierno que excluía sistemáticamente a todos los que estaban de acuerdo con él. Un gobierno para los ultrareaccionarios, y no paraba en echar mano de toda clase de tretas, desde la aplicación de franquicias y compensaciones económicas a los emigrados de la revolución, hasta la disolución de las sesiones de la Asamblea. Evidentemente, todo esto tuvo consecuencias graves y fue depuesto después de un levantamiento popular en París.

El “no tenemos alternativa” es un ejemplo de típico error político. Es el caso de Alemania, en la Primera guerra mundial, al incursionar en el campo de la guerra submarina con lo que propició la entrada de Estados Unidos al conflicto. Eso causó su derrota. Había voces que llamaban a la prudencia: se trataba de propiciar la mediación de Estados Unidos para una paz con los aliados.

Otro ejemplo es el de “la subestimación del adversario”. Es el caso de Japón cuando, en 1941, decidió el ataque a Pearl Harbor, con lo que provocó la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. Era un acto temerario e imprudente porque Japón no tenía la fuerza demográfica ni industrial suficiente como para derrotar a los Estados Unidos.

Sin embargo, los sectores belicistas japoneses impusieron su voluntad basados en la creencia de que podrían dar un golpe brutal a la marina estadounidense y con ello aniquilar la moral del pueblo americano.

Pretendían hacer eso para que Estados Unidos no se opusiera al plan japonés de crear un imperio en el pacífico que llegara prácticamente hasta Australia y Nueva Zelanda, pasando por las Indias Holandesas. El punto es que Japón cometió un terrible error de cálculo.

Con su ataque a Pearl Harbor provocaron que el pueblo americano se decidiera a entrar a la guerra, lo que significó la derrota japonesa con sus desastrosas consecuencias.

Había otro curso de acción posible: continuar atacando las Indias Holandesas sin agredir a los Estados Unidos. Probablemente el pueblo americano no habría decidido entrar a la guerra. Tuchman nos ilustra sobre un aspecto fundamental que ayuda a comprender este error, aparte del desconocimiento cultural de Estados Unidos.

El hecho de que Japón, desde hacía bastantes años (diez, por lo menos) estaba enfrascado en una aventura imperial a través de guerras en Rusia y China, y ya no podía dar marcha atrás. Tal parece que la única salida a mano era la victoria, pues de no ser así el status quo estaría en peligro. Algo similar, afirma Tuchman, ocurrió en el caso de Alemania.

La conclusión que yo extraigo es que el error se posibilita por las circunstancias que hacen más difícil tomar las decisiones adecuadas. En este caso, se trata de las circunstancias que se producen cuando una nación, o un gobierno, toma un curso de acción determinado que lo vuelve dependiente de él.

Tuchman extrae la siguiente conclusión que vale la pena tomar en cuenta:

Un principio que aparece en los casos hasta aquí mencionados es que la insensatez es hija del poder. Todos sabemos, por continuas repeticiones de la frase de Lord Acton, que el poder corrompe. Muchos sabemos que engendra insensatez; que el poder de mando frecuentemente causa falla del pensamiento; que la responsabilidad del poder a menudo se desvanece conforme aumenta su ejercicio. La responsabilidad general del poder consiste en gobernar lo más razonablemente posible en el interés del Estado y de sus ciudadanos. Un deber de tal proceso es mantenerse bien informado, atender a la información, mantener abiertos el juicio y el criterio, y resistir al insidioso encanto de la terquedad. Si la mente está lo bastante abierta para percibir que una política determinada está dañando al propio interés, en lugar de servirlo, y si se tiene confianza suficiente para reconocerlo, y sabiduría suficiente para invertirla, tal es la cúspide del arte de gobernar (p. 36).

He recurrido a este texto de barbara w. tuchman para ilustrar con ejemplos concretos, y con los juicios de una eminente y reconocida historiadora, la necesidad de pensar en los elementos de que se compone un buen gobierno a partir de su contrario: la insensatez, la imprudencia, la locura, el error, el vicio, considerados como factores que llevan al fracaso político.

Se trata, ciertamente, de factores relacionados con las disposiciones concretas de los seres humanos que detentan el poder: la ambición o la templanza, la codicia o la autocontención de los propios apetitos, la imprudencia o el sentido de responsabilidad, la actitud para reconocer la realidad o la obstinación…Son, por decirlo así, aspectos bastantes humanos que vale la pena tener en cuenta.

¿Cómo se crea la sabiduría y cómo se pone a disposición de los políticos? ¿Qué es el juicio político? ¿Cómo se accede a la experiencia, cómo se le reconoce y recupera de manera que pueda ser tomada en cuenta por los tomadores de decisiones? ¿Qué es el sentido común político y cómo se cultiva?

En cuanto a la información disponible, ¿cuáles son las implicaciones de su inevitable carácter escaso y limitado? Tuchman no menciona el azar ni la incertidumbre como elementos que también entran en juego en el campo de los asuntos políticos. Sin duda, la comprensión de la conducta política, y sobre todo la comprensión de los desenlaces políticos, requiere tomar en cuenta al azar y a la incertidumbre.

Maquiavelo escribió acerca de la diosa fortuna, como un componente esencial del éxito político. Recomendaba a los políticos que se precavieran contra la llegada de malos tiempos echando mano de la prudencia y la previsión.

Seguramente, una teoría del buen gobierno debe tomar en cuenta la incertidumbre o fortuna, es decir, aquello que no se puede prever y que de pronto, inopinadamente, nos puede ocasionar problemas.

 

Bibliografía

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Adams, John, (1959). “Carta a Thomas Jefferson, 9 de julio de 1813”, en The Adams-Jefferson Letters (Comp. L. J. Cappon), EUA: Chapel Hill, II.

Arendt, Hannah (1998). Los orígenes del totalitarismo, España: Taurus.

Gray, John (2006). Contra el progreso y otras ilusiones, España: Paidós.

Tuchman, Barbara W. (1989). La marcha de la locura, la sinrazón desde Troya hasta Vietnam, México: fce.

 

Citas

[1]    Otro autor, más contemporáneo, por cierto, que explícitamente enfoca sus baterías contra la idea del progreso político, es John Gray. Al respecto puede revisarse su colección de ensayos llamada Contra el progreso y otras ilusiones (2006).

 

[2]    Los subrayados en este texto son del autor.

 

[3]    Pueden leerse los capítulos finales de Los orígenes del totalitarismo (1998).