La simetría del patíbulo: la rendición de cuentas de los medios de comunicación

Casos de corrupción, malversación de fondos, escándalos de la vida privada de importantes personajes públicos, difusión de documentos reservados o confidenciales, todo ello ha dado la pauta en el cambio político

Por: Felipe Gaytán Alcalá
 
La simetría del patíbulo:La rendición de cuentas de los medios de comunicación. 1 
 
Las recurrentes crisis políticas de los últimos años en América Latina han estado marcadas por el activo rol de periodistas y medios de comunicación.
 
Casos de corrupción, malversación de fondos, escándalos de la vida privada de importantes personajes públicos, difusión de documentos reservados o confidenciales, todo ello ha dado la pauta en el cambio político.
 
Los ejemplos se multiplican por doquier: cada suceso publicitado levantó un serio debate sobre el papel de los medios en la construcción de la democracia, y la responsabilidad no sólo jurídica sino política y social, que deben asumir en la difusión de la información, sea ésta verídica o un trascendido. 
 
Quizá el caso más representativo en América Latina sea el de los medios en México; esto porque ha sido recurrente la filtración de información confidencial, difusión de llamadas telefónicas privadas y de videos en los que se muestra a políticos recibiendo dinero. 2
 
Lo anterior ha llevado a que los periodistas, más que a los propios medios, se les exija revelar sus fuentes de información y sean objetos de demandas por difamación, encauzados tanto por la vía civil como penal. 
 
Aquí existen dos percepciones encontradas sobre el papel que están jugando los periodistas al dar a conocer este tipo de información. Por un lado, se manifiesta que la democracia se construye sobre la transparencia en el ejercicio de la política; son los periodistas mediadores en la construcción de una opinión pública informada y crítica.
 
Todo suceso que involucra a actores políticos, sea privado o público, debe conocerse en nombre de la Razón Pública. En no pocas ocasiones se han dado a conocer como trascendidos, notas que no han sido confirmadas y que posteriormente se tienen que desmentir o retractarse los medios.
 
Pero también ha servido para que los periodistas sean objeto de demandas jurídicas por difamación. 
 
La otra percepción tiene que ver con la visión de los periodistas como simples peones en el juego del ajedrez de la política. La filtración de información no tiene otro objetivo que un ajuste de cuentas entre la clase política: luchas intestinas por el control del poder político. Los periodistas son a un mismo tiempo sujetos y objetos en dichas disputas.
 
Son ellos quienes tienen acceso a información privilegiada, derecho de picaporte, y simultáneamente, son el ajustador de las cuentas pendientes. Pasamos entonces de la Razón Pública a lo que Sloterdijk ha denominado Crítica de la Razón Cínica. 
 
Lo cierto es que el debate se ha centrado en el papel de los periodistas y su relación con el Estado, pero no se ha analizado el rol que han jugado los medios en tanto empresas privadas. Recordemos que las empresas no sólo se rigen por su vocación de informar a la opinión pública; también son grupos con fines de lucro.
 
Cuando tienen en sus manos información clasificada o imágenes comprometedoras, deliberan en torno a los compromisos adquiridos con los actores afectados y, en su momento, como generadores de pautas en la agenda política nacional y local; por otro lado, existe también la presión del rating, la capacidad de vender y comercializar los espacios en sus segmentos informativos. Para las empresas existe una ecuación ficticia: a un mayor rating corresponde una mayor credibilidad.
 
Dar a conocer este tipo de información tiene necesariamente un incremento en su credibilidad y de paso en la cotización de sus espacios para comercialización. Ello ha dado lugar a un tipo de periodismo sui generis en el que los trascendidos –colocados en una columna anónima o colectiva– adquieren relevancia por sí mismos, forma peculiar de lo que podemos llamar “Elogio de lo Insípido” del periodismo. 
 
Existen casos de empresas beneficiadas por la difusión de escándalos como es el caso de Televisa y Tv Azteca, y de los periódicos El Universal y Reforma. Otros casos no han sido exitosos, por el contrario, dar a conocer ciertas noticias ha llevado a la quiebra financiera. Este fue el caso del Canal 40.
 
En su noticiero, CNI, se dieron a conocer por primera vez los testimonios y denuncias sobre abuso sexual en contra del Padre Marcial Maciel, director fundador de los Legionarios de Cristo. La noticia causó revuelo y ganó credibilidad social al noticiero, pero los grupos empresariales ligados a los Legionarios comenzaron un boicot publicitario contra el canal de televisión, lo que se convirtió en un factor para la desaparición de la empresa propietaria del canal. 
 
En cualquier caso, periodistas o medios, están hoy en el debate sobre la rendición de cuentas por el tipo y alcance de la información publicada. Dicha discusión se ha centrado en dos extremos hasta ahora excluyentes: la responsabilidad jurídica de los periodistas y el código de ética en los medios.
 
Rendición de cuentas, extensión más allá del poder estatal 
 
Accountability es un vocablo del idioma inglés que no tiene una traducción directa a nuestro idioma. Significa “fiscalizar”, “responsabilidad”, rendición de cuentas, etcétera; este último término ha sido el adoptado en ciencia política –y en el ejercicio de la política misma– para designar la obligatoriedad que el poder, expresado en el Estado, rinda cuentas de sus decisiones y acciones a los ciudadanos que representa.
 
Bobbio apuntaba en ese sentido cuando, en términos formalistas, señaló que la democracia era un conjunto de reglas que establecían quién está habilitado para tomar decisiones colectivas y bajo qué procedimientos. 3
 
Pero la democracia, en un sentido más amplio, implica la observación y participación –directa o indirecta– que los ciudadanos tienen en esa toma de decisiones, tanto en el diseño como en la evaluación de las mismas.
 
Es decir, la democracia dibuja un principio elemental: el derecho que los ciudadanos tienen de exigir que los procedimientos y decisiones sean transparentes, que las organizaciones que dicen representarlo, en este caso las organizaciones burocráticas estatales, sean sometidas al escrutinio público. 4 
 
Es una verdad admitir, entonces, que la democracia tiene un correlato directo con la rendición de cuentas, tanto en el diseño como en la evaluación de las decisiones. Pero ésta no es un acto volitivo de la autoridad o de aquél que detenta el poder; no es una concesión que el gobernante otorga a la sociedad.
 
Por el contrario es, ante todo, una obligación sancionada legalmente, con reglas establecidas de tiempo y espacio para dar a conocer datos e información al respecto.
 
Aún más, no basta con informar –que para eso se nos atiborra de estadísticas y de información relevante– sino de explicar por qué esto y no lo otro (answerability), y fincar responsabilidades a quienes no cumplan con tales disposiciones. 5 
 
La democracia, al pasar por el tamiz de la rendición de cuentas, se aleja de lo procedimental para señalar la calidad de la política en dos sentidos: la confianza de los ciudadanos en lo público, y la medición de la eficacia en la toma de decisiones; binomio que en principio pone en relieve los espacios intermedios en los que el Estado y los ciudadanos interactúan, como pueden ser las organizaciones sociales, los partidos políticos, las jornadas electorales y la difusión y publicidad a través de los medios de comunicación sobre el quehacer público, donde la política es una dimensión entre otras y no la Dimensión con mayúscula. 
 
Es aquí donde los medios de comunicación adquieren relevancia como espacios para la rendición de cuentas de la política hacia la sociedad y de la sociedad hacia sí misma ¿Qué tanto los medios en tanto actores y gestores del espacio público tienen que rendir cuentas a la sociedad a la que informan? Recordemos que los medios no sólo transmiten hechos consumados; también construyen percepciones y movilizan la crítica, no siempre objetiva.
 
Si los medios deben rendir cuentas la pregunta sería a quién y por qué. Esto abre una tarea difícil. Por un lado, al discutir que los medios tienen que rendir cuentas habría la posibilidad de coartar un principio clave de la democracia: el derecho a la información, así fuera a través de consejos de notables o de ciudadanos, un agente externo que regulará el flujo de información.
 
Por otro lado, la rendición de cuentas permitiría establecer reglas del juego sobre la información, discriminación positiva de lo que se disfraza en un extremo como publicidad oficial y, en el otro, como calumnia o difamación. 
 
La discusión sobre la rendición de cuentas de los periodistas se ha centrado en la regulación y sanción por la información publicada. El tema ha girado en sanciones por difamación, dolo y declaraciones falsas.
 
La autoridad mexicana –en todos sus niveles– ha sido cuidadosa en tipificar los delitos sin dedicatoria a los medios, aunque una buena parte de las demandas presentadas son contra periodistas como si se tratara de un conflicto entre particulares.
 
Entre el año 2002 y 2003 se presentaron 176 denuncias por difamación, de las cuales el 89 por ciento fueron contra periodistas y el resto contra medios de comunicación. 6 Para el 2005 se presentaron 96 incidentes, de los cuales el 35 por ciento ya no fueron por la vía jurídica, sino a través de amenazas e intimidaciones. 7 
 
Hace poco tiempo se pretendió retomar en el Congreso de la Unión una ley presentada en 1998 dirigida a regular la actividad periodística, es decir, sancionar y evaluar lo publicado, la obligación de los periodistas a revelar las fuentes de su información a solicitud de un juez, establecer sanciones por dolo, difamación y calumnia, etc.
 
Diversos medios en México llamaron a éste intento “Ley Mordaza”, mientras que diputados y funcionarios se referían a su iniciativa como el principio de la regulación al derecho de la información. El intento legislativo no prosperó y quedo de nueva cuenta archivado.
 
En algunos ambientes políticos se critica que los periodistas gocen, según ellos, de un fuero excepcional que ningún cargo o profesión tiene. Quizá por ello en el 2005 se incrementó en un 35 por ciento los ataques a periodistas y medios, a través de la denostación pública y las amenazas e intimidaciones.
 
Es notable la dimensión que adquiere el tema de la regulación informativa en el ámbito político, fuera de los medios y del gremio periodístico. La mencionada regulación se orienta a sancionar las consecuencias de la información y no el contenido mismo de la noticia.
 
Esto lo subrayo porque existe información relevante cuyas repercusiones sociales y políticas no son estridentes, y, en cambio, aparecen notas triviales que reciben en los medios una resonancia inusitada, más por los efectos que por el contenido mismo. Es la expresión del “Elogio a lo Insípido”.
 
La presión política y la exigencia han volcado la mirada de los medios y los periodistas sobre sí mismos. Entre periodistas y en los medios, se ha discutido la necesidad de establecer códigos de ética aceptados por todos, tanto por periodistas en lo individual como por la organización en general.
 
Los llamados códigos de ética apelan a la conciencia y a los valores que deben prevalecer en el ejercicio periodístico. No hay sanciones ni coerciones que limiten la libertad, sólo reglas de conducta y de ciertos apercibimientos, en el caso de los códigos éticos organizacionales. Mucho se ha criticado sobre el alcance de estos. Algunos mencionan que no sirven para asumir la responsabilidad social, periodística y política de lo que se publica. 
 
Cuando se menciona que los códigos de ética no sirven, se refieren a que la ética es una cuestión volitiva, más de apreciaciones subjetivas que, si bien están mediados socialmente, los intereses particulares prevalecen. 
 
Para algunos periodistas pensar en códigos de ética generalizados es tanto como buscar la objetividad en la degustación del té. Se pueden establecer mínimos morales aceptables, de otra forma sería tanto como dar línea sobre lo que es posible, deseable y aceptable publicar. En el otro extremo están los que definen que un manual ético es necesario. Libros vienen y van, acuerdos al interior de los medios se multiplican y cambian continuamente. 8
 
Existe una franja de periodistas y medios preocupados –al menos lo dicen públicamente aunque en sus noticias no se vea reflejado lo que discursivamente sostienen, como es el caso de Tv Azteca– por un marco general de comportamiento ético. Esto es importante para ellos pues de no hacerlo se estaría en un relativismo que daría lugar a un cierto caos egocéntrico.
 
Sería tanto como lo que afirma Leo Strauss: “…en el relativismo comer carne humana se convierte en una cuestión de gusto y de disponibilidad en el menú.” 9 
 
Un caso ampliamente comentado años atrás sucedió cuando se transmitieron imágenes de la cárcel de máxima seguridad de La Palma, México. Dichas imágenes, tomadas por cámaras de seguridad interna del penal, mostraban a los reos en las celdas destinadas a la visita conyugal sosteniendo relaciones sexuales con sus parejas que iban a visitarlos.
 
Muchos medios condenaron lo explicito de las imágenes, otros más criticaron la invasión a la privacidad. Los conductores del noticiero CNI Canal 40 justificaron la transmisión como un documento que debía ser conocido por la opinión pública por la manera en que, no ellos como medio de comunicación, sino la política carcelaria invadió la privacidad de los reos.
 
En algunas columnas se mencionó que el video fue filtrado por abogados de narcotraficantes encarcelados en ese penal como presión para relajar las medidas disciplinarias del encierro. 
 
A diferencia de las sanciones jurídicas, los códigos de ética tienen un peso relativo en el ejercicio de informar. Queda en un ámbito de la conciencia publicar o no una nota. Los comunicadores ponen en juego intereses personales, de prestigio y proyección, así como la credibilidad ante la opinión pública.
 
Los códigos de ética sirven para establecer el marco de valores y una incipiente rendición de cuentas a sí mismos y a los medios en los que trabaja. El marco ético no es suficiente, y eso es claro para todos los involucrados en el tema de los medios.
 
La rendición de cuentas para los periodistas es cada vez más un proceso complejo y difícil de destrabar. Por un lado, las sanciones externas remiten a actos coercitivos, señalando los efectos de la información más que en el contenido mismo. En cambio, el código de ética queda en un plano estrictamente volitivo, no se va más allá de un acto de constricción personal. 
 
Proponemos introducir el concepto de Accountability para dar cuenta de la complejidad del problema al que nos enfrentamos. Si bien es cierto que es un término aplicado a la responsabilidad que ejercen servidores públicos, también es extensivo a los periodistas y medios, pues su labor como formadores de opinión pública y el hecho de erigirse como ventanas a la arena política, los vuelve a ellos mismos objetos de escrutinio público y sujetos activos en el conflicto de intereses que se dirimen en la política. La objetividad periodística no significa neutralidad de intereses. 
 
El concepto de accountability permite integrar dos momentos del hecho periodístico, hasta aquí separados al surgir una noticia. Uno es el efecto de la información (ex post); otro tiene que ver con el cálculo y valoración para publicar y difundir la noticia (ex ante). 
 
La condición ex ante es del pleno dominio de los periodistas. Son ellos los que definen la importancia o no de una nota más allá del rating que represente para la empresa en la que laboran. Es aquí donde el simple código de ética resulta insuficiente.
 
Más allá de invocar la Razón Pública para dar a conocer ciertas noticias, los periodistas deben tener mecanismos de consulta entre su propia comunidad a fin de establecer un juego de espejos, donde hay algo más que la ética. Es poner en la mesa los escenarios posibles derivados de tal o cual información, los costos y la oportunidad de hacerlo público.
 
Las mesas de redacción y de noticias tienen un rol importante. De asumir su rol ex ante permitirá contrarrestar la ofensiva externa –jurídica o de amenazas– de los actores señalados. Es asumir el viejo lema de Fuenteovejuna, de manera sarcástica, sobre quién mató al Comendador. 
 
Las dificultades de este momento son múltiples: la desconfianza entre los mismos periodistas, los egos y el afán de protagonismos, la coyuntura de dar a conocer la noticia en el tiempo en el que se recibe, etc., imponen una lógica a vencer. 
 
En cuanto a la condición ex post en el Accountability periodístico podemos señalar lo siguiente: una vez publicada la nota ni los medios, mucho menos los periodistas, tienen control sobre ella. La información publicada ahora es de la opinión pública y el juicio –negativo o positivo– será construido en la sociedad tanto en su dimensión política como civil.
 
Aquí la rendición de cuentas se torna peligrosa, sobre todo porque serán en terreno abierto y con agentes externos a los medios ante los cuales se tendrá que asumir la responsabilidad de lo publicado. Cuestionamos la pertinencia de los mecanismos jurídicos –coercitivos o persuasivos– para llamar a rendición de cuentas a los medios.
 
Proponemos que a la par de las críticas que hagan actores políticos y actores sociales, sean los medios y los periodistas los que repliquen lo publicado por otros medios, ya sea para ahondar y argumentar lo publicado o, en su defecto, debatir en la arena pública aquello que se presenta como información, pero carece de argumentos.
 
Con ello, el periodismo de trascendidos estaría en el plano de lo anecdótico y no como oráculo, guía política de los que quieren conocer lo oculto en la información. A esto le llamo un control sincrónico que más adelante explicaré a detalle. 
 
Lo público se juzga desde lo público
 
Señalamos anteriormente que los medios no sólo dan cuenta de hechos, sino también construyen percepciones. La rendición de cuentas estará dada, entonces, no por la información que dan a conocer, sino por lo que señalamos como Answerability: 10 explicar y responsabilizarse del porqué y para qué de la información que se vertió en lo público.
 
A diferencia de las organizaciones burocráticas y de la política profesional, los medios son eso, medios que facilitan la transitividad de la comunicación de las acciones y decisiones que, desde la responsabilidad pública, se asumen y cuyo impacto tiene repercusiones en la vida pública y privada de los ciudadanos. 
 
La opinión pública se convierte en el espacio para una ética de la responsabilidad y no una ética de fines; es decir, asumir de manera estratégica y funcional la información que los ciudadanos habrán de conocer, aquello relevante como tema y debate, no lo que los medios quieren construir como un fin u objetivo propio, tampoco como la suma o aclamación de lo que las opiniones privadas vierten en los medios.
 
La opinión pública no es la suma de opiniones individuales, tampoco es la manipulación cínica de los medios. La opinión pública son los temas que circulan de manera relevante para la sociedad y son objetos de la atención de los ámbitos sociales. 11 
 
Los medios rinden cuentas en la arena pública en tanto atienden y dan cuenta de esos temas, no de las aclamaciones o preferencias que tengan y quieran construir. Aquí los medios tienen un doble reto y riesgo. El primero es cómo dar cuenta de información a consumidores diferenciados y fragmentados que no se interesan por los grandes temas.
 
El riesgo es el amarillismo y el escándalo para alcanzar a unificar la atención de una nota, lo que en términos llanos es subir el rating. En el otro extremo está la banalidad informativa, saturación de información sin alcanzar a distinguir –mejor dicho discriminar– lo relevante de lo superfluo. 
 
Tanto para medios como para periodistas el Accountability no debe entenderse como una camisa de fuerza, un control sobre lo que habrán de publicar, ni ex ante ni ex post. Por el contrario, es asumir la responsabilidad de los actos cuando se abre un conflicto entre sociedad y Estado o en el interior de la misma sociedad.
 
Discutir y autorregular entre los propios medios lo que es y debe ser del dominio público y privado, más allá de la mera distinción que hace el Estado de información reservada o confidencial, y más allá de lo que los ciudadanos pueden opinar sobre una nota, sea del espacio privado o íntimo, si esa misma información irrumpe y altera el debate de lo público. 
 
Existe aquí un debate que no ha sido tomado en cuenta. Hablar de rendición de cuentas es distinto que la responsabilidad en lo público. La primera obliga a informar y explicar a alguien en tiempo y forma; y asumir las consecuencias de las decisiones y acciones. En cambio, la responsabilidad en lo público es explicar a alguien no porque haya obligación sino compromiso, es decir, la voluntad de hacerlo sin sanción de por medio.
 
Los medios han optado por asumir la segunda sobre la primera. Los medios cuando se equivocan pueden o no dar la cara ante la sociedad, no es su obligación. Cuando lo hacen asumen que es una cuestión ética antes que un mandato sancionado. En cambio, cuando son demandados por alguien afectado y llevados a los tribunales argumentan la responsabilidad social que tienen y asumen como medios. 
 
De asumir el reto de la rendición de cuentas en los medios es tanto como asumir que tanto los actores políticos, el Estado, como los ciudadanos y medios, tienen responsabilidad por su actuar en lo público. No es una mera simulación o disimulación como lo que ocurre en la política según Luhmann: 12 puedo ocultar la verdad (simulación) o puedo no decir la verdad y tampoco una mentira (disimulación).
 
Los medios por su actuar público deben rendir cuentas. La exhibición pública para todos los actores en el sistema social tiene que ser simétrica, y el periodismo no es una excepción. 
 
¿Cómo hacer viable el Accountability en el periodismo? En principio, es necesario entender que el Accountability en los medios va más allá de la formalización legal, rebasa la dimensión de lo jure y se coloca en una dimensión estratégica y funcional.
 
Esto es, los medios deben orientar su actuar a la autorregulación de las noticias que publican y a concentrar su rol en un esquema de espejos, donde entre medios se analicen y evalúen entre sí a partir de los temas que circulan en la opinión pública. 
 
El tema es por demás complejo y complicado. Aceptar decisiones externas de sanción sobre el ejercicio periodístico coloca a los medios en una posición de debilidad frente al poder político. Por el contrario, dejarlo sólo a la conciencia de los comunicadores deja un espacio abierto para que la filtración de información sea utilizada como estrategia de ajuste de cuentas. 
 
Los medios, más que los periodistas en lo individual, necesitan tomar en sus manos la capacidad de construir su propio accountability, ejercicio de monitoreo y evaluación sobre el hecho periodístico ex ante o ex post. Se trata que los medios sean capaces de autorregularse y no depender del Estado como único garante del derecho a la información y a la libertad de prensa.
 
Algunos hablan de controles verticales y horizontales, 13 desde consejos ciudadanos o instancias supra que el gremio de la comunicación habilitaría para sancionar a los medios, algo parecido a lo que ocurre en Gran Bretaña.
 
Algunos otros intentan hablar de controles oblicuos o diagonales, combinación entre lo horizontal y vertical, pero a la larga inoperantes porque acabará dominando el control vertical y, por tanto, los límites a la información y al derecho de la misma. En cambio, proponemos un control sincrónico, esto es, reconocer la asimetría en tamaño y fuerza de los medios, la influencia en el ánimo de la opinión pública.
 
Esa condición es importante, pero no única, para volcar todo el peso de la información a una sola visión. Los otros medios, independientemente de su tamaño e influencia, participan también de lo público y pueden ir construyendo contrapesos, no de un medio en particular sino del conjunto de ellos.
 
El simple hecho que los medios discutan una información vertida por uno de ellos es ya un control sincrónico. Esa es la rendición de cuentas que tanto los periodistas y medios tienen que construir; lo demás son coacciones o buena voluntad. Y lo público no se rige ni por una cosa ni por otra.
 
 
Citas
  1. Una versión primaria fue publicada en la Revista Chasqui-CIESPAL. El documento forma parte de un trabajo más extenso que se prepara sobre rendición de cuentas en diversos ámbitos sociales y políticos, Universidad La Salle, México 2007.
  2. Los videos de René Bejarano, líder de la Asamblea del Distrito Federal, recibiendo dinero de un empresario, y el del secretario de Finanzas del Gobierno del Distrito Federal, fueron los dos mayores escándalos difundidos y que muchos atribuyeron como una estrategia para minar la candidatura a la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador, entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal.
  3. Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, Fondo de Cultura Económica, México 1999.
  4. Miguel Ángel Valverde Loya, “Transparencia, acceso a la información y rendición de cuentas: elementos conceptuales y el caso México”, consultado en www.ccm.itesm.mx/dhcs/fjuripolis/archivos/7Valverde.pdf
  5. Andreas Schedler, ¿Qué es la rendición de cuentas?, ifai, México 2004.
  6. Recuento de daños a las libertades de expresión e información durante el 2003, Fundación Manuel Buendía, México, 2003. Consultado en: http://www.mexicanadecomunicacion.com.mx/Tables/FMB/libertadexpresion/2003/recuentob.html
  7. Ibíd. Consultado en http://www.mexicanadecomunicacion.com.mx/Tables/FMB/libertadexpresion/2005/recuentob.html
  8. Cada uno de los medios de comunicación han elaborado manuales de ética periodística, sin contar la propuesta de la unesco. Sería complicado presentar aquí una reseña amplia de los códigos de ética, pero una breve revisión en la Web dará cuenta de la preocupación obsesiva de los medios por autorregularse. En el 2005 apareció en España un texto que recoge las discusiones por años en los medios ibéricos: Aznar, Hugo. Ética de la comunicación y nuevos retos sociales. Códigos y recomendaciones para los medios, Paidós, Barcelona 2005.
  9. Leo Strauss, ¿Progreso o retorno?, Paidós, Barcelona 1998.
  10. Ibíd. Schedler.
  11. Felipe Gaytán Alcalá, Exhibir y juzgar: la transformación de lo público en la modernidad, univa, México 2006.
  12. Niklas Luhmann, “Políticos, honestidad y la alta moralidad de la política”, revista Nexos, núm. 219, México, mayo de 1996.
  13. Op. cit., Schedler.

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