La revolución cubana: 50 años de impacto latinoamericano

El socialismo cubano se genera a partir de un movimiento revolucionario en el que participa la mayoría de la sociedad, transformando de raíz las estructuras políticas, económicas y sociales de la dictadura

Tras la caída del llamado socialismo real en Europa del Este y la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), a principios de los noventa, muchos contaban los días para que la revolución cubana también colapsara. Era el momento triunfal de la nueva hegemonía occidental en el que se decretaba “el fin de la historia y de las ideologías”. No había opciones: el sistema capitalista, ya para entonces en su fase neoliberal, debía reinar en el ámbito mundial, sobre todo en aquellos países regidos todavía por el socialismo.

  

Pero esos días se convirtieron en semanas, meses y años, y ahora, en el 2009, se conmemora el quincuagésimo aniversario del triunfo de la revolución cubana, y aquellos siguen esperando. Por ello, sin duda, entre seguidores y detractores surge, de manera inevitable, el cuestionamiento sobre cuáles han sido los factores internos y externos que han permitido la continuidad de este proceso, sobre todo tomando en cuenta la violenta y constante agresión por parte de Estados Unidos en estos cinco decenios.

A diferencia d ela experiencia del Este europeo, salvo la URSS, el socialismo cubano se genera a partir de un movimiento revolucionario en el que participa la mayoría de la sociedad, transformando de raíz las estructuras políticas, económicas y sociales de la dictadura.

No es un proceso impuesto desde afuera ni por una clase burocrática, sino resultado de una amplia participación popular impulsada a partir de un liderazgo forjado en la lucha, reconocido en su propio país y en el mundo y protagonizado fundamentalmente por Fidel Castro Ruz y quienes lo acompañaron en el Movimiento 26 de Julio.

Fidel es un hombre que plasma la revolución en sí misma como tal: como dirección, orientación, fisonomía. Es evidente que para el conjunto del pueblo cubano, al margen de sus cualidades, de su eficacia como dirigente, es ya un símbolo que adquiere un valor fuera de lo humano, fuera de lo cotidiano.

Cuando se oye la palabra Fidel en la boca de un niño, de un adulto, además del valor directo, tiene una serie de resonancias como en la música de armónica que toca las fibras de la sensibilidad, de la conciencia. Fidel es el escultor de la revolución cubana.1

Para explciar el respaldo popular al sistema socialista en Cuba, resulta imprescindible entender los incuestionables logros alcanzados en el ámbito de la seguridad social, que para el 2008 ubica a ese país en el lugar cuarenta y ocho del Índice de Desarrollo Humano de la ONU (de un total de ciento setenta y siete naciones).

En efecto, en este rubro encontramos que toda la atención médica, incluyendo cualquier tipo de hospitalización, es gratuita; las medicinas son subsidiadas en más del 90 por ciento; existe un seguro del desempleo; el período de maternidad es de un año para las mujeres y tres meses para los hombres (con los sueldos activos); existe una entrega mensual de una canasta básica mínima para cada familia; los niños y los adultos mayores tienen asegurada la leche diariamente, además del resto de las prestaciones laborales conocidas. Incluso, existen vacaciones pagadas para los trabajadores más destacados.

La educación es gratuita en todos los niveles. Desde guardería hasta primaria, los niños tienen garantizados los alimentos mientras están en la escuela, cuyo horario es en promedio de 8:00 a las 16:00 horas, así como uniformes, libros y todos los materiales didácticos que se utilizan.

De la misma manera sucede con el nivel medio superior cuando el alumno vive en la escuela, como en un sistema de internado. Cualquier ciudadano cubano tiene el derecho a cursar la carrera universitaria que desee, recibiendo una beca automáticamente para cubrir los gastos mínimos de carácter extraescolar.

Incluso, existe el programa de la universidad a nivel municipal, en el cual se puede estudiar una licenciatura desde el poblado más pequeño y remoto de la isla.

En el ámbito cultural existe una enorme infraestructura a través de la cual la población tiene pleno acceso a conciertos, obras de teatro, talleres, danza y exposiciones de artes plásticas. Además, el hábito de la lectura es masivo. Basta con visitar la Feria Internacional del Libro de La Habana, a la cual asisten millones de personas, encontrándose los libros a precios totalmente accesibles. Un ejemplar cubano, en promedio, cuesta alrededor de ochenta centavos de dólar.

En este contexto, resulta importante analizar el impacto de la revolución cubana en el desarrollo político latinoamericano y caribeño. En primera instancia, habría que partir de la trascendencia que tienen la primera y la segunda declaraciones de La Habana, en 1960 y 1962, respectivamente, en las que se emite el primer grito de rebeldía en la región contra el intervencionismo de Estados Unidos y por una plena independencia, el ejercicio de la soberanía nacional y, sobre todo, la reafirmación de un pueblo por decidir su destino.

Frente a la acusación de que Cuba quiere exportar su revolución, respondemos: las revoluciones no se exportan, las hacen los pueblos [aplausos]. Lo que Cuba puede dar a los pueblos, y ha dado ya, es su ejemplo [aplausos]. ¿Y qué enseña la revolución cubana? Que la revolución es posible, que los pueblos pueden hacerla [aplausos], que en el mundo contemporáneo no hay fuerzas capaces de impedir el movimiento de liberación de los pueblos.2                        

La solidez política que toma la revolución cubana desde un principio, el parámetro del arribo al poder a partir de la lucha armada y su definición socialista, constituyen elementos de un referente tangible para la izquierda latinoamericana.

Ya no se trataba del ejemplo de la URSS y el socialismo en otro continente, bajo condiciones completamente diferentes en términos históricos, políticos y económicos, sino de un acontecimiento en Latinoamérica; una nación con problemáticas comunes que había hecho una revolución, se había librado de Estados Unidos y estaba construyendo una nueva sociedad.

Esta referencia, sin duda, es la que inspirará a miles de latinoamericanos al camino de la vía armada para hacer la revolución, a la expansión de las ideas socialistas y comunistas y a la lucha antiimperialista.

Por ello Cuba se convierte en el ejemplo a seguir, a pesar de que en varios países las izquierdas hicieron una valoración errónea de las condiciones de lucha para lanzarse por esta vía, reduciéndola a un militarismo que finalmente terminó en fracaso y que de alguna manera sirvió para pretender justificar el autoritarismo de Washington.

Así, tenemos a Cuba como la fuente de inspiración revolucionaria para una izquierda latinoamericana dividida en variadas tendencias políticas, aunque pocos disentían de su proceso en marcha, o le negaban sus simpatías.

Pero de la misma forma en que se da esta situación, también las derechas latinoamericanas, apoyadas por Estados Unidos, utilizan a Cuba como ejemplo de lo que no permitirían que sucediera en sus países, esto es, justifican el uso de los militares para contener el avance de las izquierdas. La trágica noche de los generales, con sus golpes de Estado, ha imperado en la región por veintiseis años, tomando en cuenta el golpe militar en Brasil (1964) y el fin de la dictadura de Pinochet en Chile (1990).

Con el triunfo de la revolución cubana, el 1 de enero de 1959, se marca el inicio de una etapa de luchas guerrilleras en América Latina que culmina, de alguna manera, en 1996, con la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala. Ante el ejemplo de Cuba, la posibilidad de llegar al poder por esta vía fue tan real para la izquierda, que en la mayoría de los países se vivieron conflictos armados, cada uno con sus propias características.

La idea de la dirigencia cubana de que la Cordillera de los Andes está llamada a ser la Sierra Maestra de América Latina, en el marco de una revolución latinoamericana, tuvo su impacto en el abierto apoyo de la isla a los movimientos insurgentes de la región, teniendo como mejor ejemplo la experiencia del propio comandante Ernesto Che Guevara en Bolivia, con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), aunque al final sólo una de las guerrillas logra la victoria: el 19 de julio de 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) toma el poder en Nicaragua al derrocar a la dinastía somocista apoyada por Estados Unidos.

La vocación internacionalista de la revolución cubana también se materializa en el apoyo a las luchas de liberación nacional en África, particularmente en Angola, Namibia, Zaire, Guinea, Cabo Verde y el Congo, a través de la presencia, en diferentes momentos, de más de tres cientos mil combatientes y cincuenta mil civiles (1960-1980).

La revolución cubana, en su quincuagésimo aniversario, mantiene el ejemplo de su internacionalismo solidario, comprometido fundamentalmente con el desarrollo humano. En la actualidad, decenas de miles de cubanos en misiones sociales, repartidos por los países latinoamericanos, caribeños y africanos, así lo corroboran.

Fundamentalmente son doctores, alfabetizadores y técnicos deportistas quienes realizan su labor sin remuneración alguna, salvo el sueldo que siguen recibiendo en Cuba.

Su estancia promedia dos años y su labor no hace sino demostrar la vocación humanista de la revolución cubana, dejando sin sustento las críticas de las oligarquías latinoamericanas que siempre han señalado el peligro que representa Cuba en el mundo.

Cuba ofrece su primera ayuda médica internacional en 1960, cuando envió una brigada a Chile, después del terremoto que azotó a ese país. En 1963, otra brigada médica parte a Argelia. Desde entonces, treinta y ocho brigadas de salud cubanas han prestado sus servicios ante llamados de emergencia de veintiún países, con un carácter humanitario e internacionalista.

En total en el campo de la salud, han cumplido misiones alrededor de ciento ochenta y cinco mil profesionistas y técnicos de la salud en ciento tres países del tercer mundo.

Hoy cumplen misiones treinta mil cincuenta y un trabajadores del sector de la salud, en setenta y dos países, de ellos diecisiete mil novecientos diecinueve son médicos (el 26.5 por ciento del total en activo de nuestro país).3

Los grandes avances en el terreno de la salud, la educación, la biotecnología, el software y el deporte, entre otros aspectos, demuestran cómo la revolución cubana está concentrada en el desarrollo social y en sus aportes a la propia humanidad.

Vacunas contra la meningitis, el cáncer de pulmón, el asma, además de las consideradas como universales, y las que se trabajan contra el sida, el dengue y el cólera, no sólo destacan por sus innovaciones y alcances, sino porque la investigación científica, la biotecnología y la industria farmacéutica en las que se generan, son propiedades públicas que tienen una función humana y no de lucro, por lo que sus alcances son aún mayores.

Prueba de ello es la producción masiva de estas vacunas y su envío a países subdesarrollados que no tienen la infraestructura para producirlas, ya sea por la vía de la donación o a precios que sólo recuperan el costo de su elaboración.

En materia de política internacional, Cuba se consolidó como uno de los principales portavoces de los países subdesarrollados, destacando su papel en el impulso del Movimiento de los Países no Alineados (creado en el contexto de la Guerra Fría), la organización de innumerables conferencias y declaraciones en referencia a temáticas como soberanía, desarrollo económico justo, antiimperialismo, ecología, derechos humanos, cultura, ciencia y educación.

Este protagonismo se ubica en la resistencia que ha logrado desplegar durante medio siglo ante la agresión estadounidense, aspecto complejo de entender si tomamos en cuenta que se trata de la principal potencia económica y militar del mundo, cuya historia empieza en el contexto de la independencia de Cuba frente a España en 1898, desde la cual, y hasta 1959, Washington mantuvo a la isla como una especie de protectorado.

Desde 1959, año que marca la ruptura de Cuba con ese sistema de dominación, el objetivo medular de la política estadounidense hacia esa nación ha sido retrotraer la historia a aquel momento y hacer colapsar a su gobierno, y debilitar y quebrar su sistema económico y político. Para ello han sido empleados todos los medios y procedimientos a su alcance, desde la sub- versión interna en distintas variantes, la agresión económica y el bloqueo, el terrorismo, los intentos de asesinato político y las agresiones militares, como la invasión de Playa Girón, organizadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en abril de 1961.4

No es poca cosa haber resistido la agresión estadounidense durante este largo período, como el intento de asesinar a Fidel Castro en más de seiscientas ocasiones; el ataque bacteriológico con la introducción de virus en la isla contra plantaciones y contra humanos; el bloqueo económico y comercial; la invasión militar y el enfrentamiento a los grupos terroristas de cubano-americanos que operan desde Miami, destacando el comandado por Luis Posada Carriles, quien operó la colocación de dos bombas en un avión civil cubano que despegó de Barbados el 6 de octubre de 1976, causando la muerte de las setenta y tres personas que iban a bordo, incluyendo a los veinticuatro integrantes del equipo juvenil cubano de esgrima que habían ganado en Venezuela todas las medallas de oro en una competencia latinoamericana y caribeña de la especialidad. Hasta el momento, la ofensiva de Washington contra la isla ha causado la muerte de más de dos mil quinientos cubanos.

Resulta importante identificar uno de los aspectos que recurrentemente se critican de la revolución cubana y que forma parte esencial del modelo socialista, y sin el cual no se puede entender la virulencia de los ataques: el sistema político, que es un sistema parlamentario basado en la democracia participativa.

El partido comunista de Cuba (PCC) se concibe como un factor de unidad política de la sociedad, y no un partido en los términos electorales al que estamos acostumbrados, ni como vía de acceso a puestos de representación o de gobierno. De hecho, el PCC no participa como tal en las elecciones.

Más aún, al partido sólo pertenecen alrededor de quinientos mil cubanos. Se incorporan las personas más comprometidas con la revolución, los más participativos y destacados en su trabajo. Ingresar al PCC en realidad es un reconocimiento político y un compromiso para el seleccionado.

En el sistema político cubano las organizaciones de masas representan uno de los soportes fundamentales como espacio de participación y discusión. La mayoría de quienes se desempeñan en los poderes ejecutivo y legislativo provienen de estas instancias.

Entre las principales destacan la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), en la que militan alrededor de un millón y medio de personas de entre diecisiete y treinta y cinco años de edad; la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), que aglutina a los estudiantes de nivel superior y de posgrado; la Central de Trabajadores de Cuba (CTC); la Federación de Mujeres Cubanas (FMC); la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras tantas.

Así, en la democracia participativa cubana funciona un sistema electoral que organiza cada cinco años comicios generales para elegir diputados provinciales y nacionales, y cada dos años y medio, diputados municipales, de los cuales se desprenden los órganos de gobierno en sus diferentes niveles, como cualquier sistema parlamentario en el mundo, pero sin monarquía, como la de algunos países europeos.

Todos los ciudadanos mayores de dieciséis años tienen derecho al voto, el cual es libre, directo y secreto, así como el derecho a ser electos a partir de esa misma edad, y dieciocho años cuando aspire a una diputación nacional. Los candidatos que se presentan en los comicios son postulados a través de asambleas públicas en las que la población decide de forma directa. No existen campañas de ningún tipo.

Son las comisiones electorales las que organizan una difusión de los datos de los aspirantes en cuestión, para lo cual generalmente se coloca el currículo del candidato en lugares públicos de la sección electoral correspondiente.

Como cualquier sistema político en el mundo, el cubano tiene sus fallas, pero resulta innegable que éste garantiza la participación de la gente. Normalmente, en los comicios vota el 98 por ciento de los cubanos inscritos en el padrón electoral.

El proceso es vigilado por los niños –los “pioneros”–, bajo la presencia de periodistas nacionales y extranjeros; cualquier persona puede verificar los pormenores de la votación sin problema alguno.

También existe el derecho de revocación del mandato, el cual se puede ejercer en cualquier momento de la gestión de todo funcionario, sea del nivel que sea; la rendición de cuentas y una dinámica de debate en torno a los asuntos públicos.

Ante todo hay que pensar que un elemento esencial y absolutamente infaltable de cualquier sistema democrático tiene que ser la independencia, o sea, es inconcebible la democracia si no hay un país soberano; en última instancia, la democracia es el ejercicio por el pueblo de la soberanía, pero solamente podría hacerlo una nación que sea libre e independiente.

Y la revolución cubana significó, desde el primer momento, desde 1959, precisamente la conquista de la independencia nacional; fue el triunfo de una revolución que se había iniciado en 1868, una revolución profundamente democrática, porque estaba basada en la idea de la igualdad, de la justicia, de la solidaridad humana, el sentido auténtico, real que el vocablo democracia siempre ha tenido.5

La revolución cubana  ha tenido un impacto permanente en la historia contemporánea del continente americano, en la medida que su proceso político ha servido de referencia para las luchas de la izquierda en la región.

Este proceso también ha ofrecido una práctica de ética y honradez pocas veces vista en la política en el ámbito mundial; y significa que la clase política cubana, salvo algunas excepciones, no se ha beneficiado de su cargo ya que más que una oportunidad para ello, la participación política está valorada como una responsabilidad social y colectiva, en la dinámica de su ideología comunista.

En este sentido, entendemos por qué en la actualidad varios líderes de la región son aliados políticos y económicos de la revolución cubana, como en el caso de los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Evo Morales, de Bolivia. Sin duda, ambos personajes, con sus singularidades, tienen como paradigma a Cuba, los valores y principios que aportan humanismo a la política.

Este renacimiento de la izquierda en América Latina no hubiera sido posible si Cuba no hubiese resistido como lo hizo; y sin una figura como la de Fidel –quijotesca, en el más bello sentido de la palabra: lúcido, austero, ético, incorruptible– que aun en los momentos en que parecía que el mundo se venía abajo, a comienzos de los noventa, mantuvo inquebrantable su fe en el socialismo y en la causa de los pueblos. Por eso, a un personaje de esta estatura, el imperio lo ataca sin reparar en escrúpulos de ningún tipo. Volviendo al Quijote, “ladran Sancho, señal de que estamos cabalgando”.6

Así, Cuba navega en su quincuagésimo aniversario  en un contexto político internacional favorable, a pesar del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos hace cinco decenios, el cual, por cierto, ha costado a la isla una pérdida de más de ochenta y cinco mil millones de dólares.

Tras el período especial que vivió posterior a la desaparición del bloque socialista en Europa del Este y la desintegración de la URSS, que significó el colapso de todas las cadenas productivas ante la casi absoluta dependencia de ese bloque, la economía cubana logró salir adelante y hoy en día se ha estabilizado en una fase de crecimiento del orden del 5 por ciento, a pesar de las carencias generadas por el bloqueo.

En los tiempos actuales, caracterizados por una profunda crisis económica del sistema capitalista, así como severos problemas ambientales y de salud relacionados con la pobreza –que por cierto nadie declara como epidemia– reflexionar sobre Cuba en el quincuagésimo aniversario de su revolución resulta importante para destacar lo más valioso de ese proceso y su significado: la esperanza que “otro mundo es posible”.

A partir de lo que Cuba significa para sus detractores, la isla se expande más de lo deseado ocupando un espacio polémico que va del pasado al futuro. Para sus partidarios, se trata de una trinchera que debe defenderse, un bastión sitiado donde se decide la suerte de todo el frente, incluso, de la guerra, en su conjunto.

Para estos últimos, más que de un tema historiográfico polémico o de una utopía, se trata de un presente palpitante, una especie de Stalingrado tropical rodeado por divisiones enemigas, un símbolo que no puede caer, la encarnación del “No pasarán” republicano y español de 1936, en tiempos de televisión por cable, teléfonos celulares e Internet.7

El impacto de la revolución cubana en América Latina y el Caribe ha sido pro- fundo y de grandes repercusiones en su desarrollo político, particularmente por la existencia de un sistema socialista en la región, el único como tal que ha conocido la historia de nuestras naciones. Pero también por la inteligencia con la que ha resistido las agresiones políticas, económicas y militares de Estados Unidos.

Cuba se mantiene para unos y para otros en la reflexión, el debate y el análisis. A cincuenta años del triunfo de esa revolución, y contra viento y marea, la isla sigue navegando en el mar Caribe, firme, en medio de la tormenta.

 
 
Citas
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  2. Castro, Fidel. “Segunda Declaración de La Habana. Del pueblo de Cuba a los pueblos de América y del mundo”, 4 de febrero de 1962, http://www.pcc.cu/documentos/otros_doc/segunda_declaracion_habana.pdf
  3. Pérez Cruz, Felipe de J. (2008). “Cuba: solidaridad e internacionalismo socialistas”, en La revolución cubana. Medio siglo de antiimperialismo y solidaridad, Ocean Sur: México, p. 171.
  4. Fernández Tabío, Luis René (2008). “El conflicto Estados Unidos-Cuba”, en La revolución cubana. Medio siglo de antiimperialismo y solidaridad, op. cit., p. 136.
  5. Alarcón de Quesada, Ricardo (2002). Cuba y la lucha por la democracia, Editorial de Ciencias Sociales: La Habana, p. 154.
  6. Borón, Atilo (2006). “Lúcido, austero, ético, incorruptible”, en Báez, L., op. cit., pp. 42-43.
  7. Acosta Matos, Eliades. “Cuba insurrecta”, en Contexto Latinoamericano. Revista de Análisis Político, Ocean Sur, Bogotá, núm 1, septiembre-diciembre de 2006, pp. 138-139.
 
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