La participación alternativa: apuntes para pensar la lucidez

La democracia moderna, como mecanismo de cambio del poder, nació elitista y para las elites

Por: Mario Édgar López Ramírez
 
Ensayo sobre la lucidez es la novela de José Saramago en la que se desnudan los límites, las verdaderas tensiones e intenciones que existen entre la democracia y el poder del Estado.
 
Todo sistema democrático está diseñado como un mecanismo para dirimir, de manera pacífica, los conflictos dentro de la clase política que aspira al poder, y legitimar, finalmente, a los ganadores que tendrán acceso al monopolio de los bienes públicos estatales, es decir, aquella elite que tendrá derecho al uso institucional de la fuerza, que participará en el diseño de las leyes que rigen las dinámicas civiles, económicas y políticas y que reclamará el derecho de hablar en nombre del espíritu de la nación.
 
Esto a condición de que el ciudadano participe en las elecciones; de otra manera, la clase política no tiene forma de aludir a la voz del pueblo o al mandato popular para justificar su razón de Estado.
 
Mientras se mantenga el equilibrio entre una democracia electoral, que garantice la participación ciudadana y el correspondiente efecto de legitimación que obtiene el gobierno de los ganadores, se puede estimar que el mecanismo democrático funciona.
 
Pero, ¿qué pasaría si el mecanismo electoral dejara de cumplir la tarea de reasignar las piezas de los gobiernos y de legitimarlos? ¿Qué pasaría si la participación ciudadana se diera, precisamente, para deslegitimar, para no elegir, para demandar un cambio de fondo? De eso trata la historia novelada de Saramago.
 
Habrá que recordar que la democracia moderna, como mecanismo de cambio del poder, nació elitista y para las elites: los primeros ejercicios electorales, europeos y estadounidenses, sólo incluían a los varones con propiedades, los no propietarios, las mujeres y los pobres estaban excluidos.
 
La justificación para este sistema de exclusiones se encontraba en la doctrina liberal basada en las reflexiones de John Locke, según las cuales el Estado había sido creado para dirimir los problemas de propiedad entre los individuos; por lo tanto eran los propietarios –principalmente los terratenientes– los únicos a quienes les incumbía la participación en elecciones. Porque la democracia era el rejuego organizado entre propietarios.
 
Este sistema democrático funcionó un poco más de doscientos años, hasta que la industrialización le trajo al Estado un problema nuevo: el crecimiento demográfico, especialmente de la población pobre, en las franjas periféricas de las ciudades.
 
La aparición de la masa de excluidos, en las nacientes sociedades industriales, suponía presión sobre la clase política, porque, aunque los marginados no eran propietarios, sino trabajadores, presionaban por una serie de servicios de salud y de vivienda principalmente; a los que después se añadiría necesidades de educación.
 
Además, durante la primera mitad del siglo XIX, y ya entrado el siglo XX, el socialismo se convertía en una doctrina y en un ejemplo inconveniente, que las democracias industriales sentían la urgencia de detener.
 
La extensión de la democracia a todo individuo mayor de edad, fue una forma que el liberalismo implementó para lograr un doble efecto: bajar presión a las demandas sociales de los excluidos y conseguir legitimar el ejercicio del poder, aludiendo a la participación masiva de los ciudadanos.
 
Las instituciones de lo que se conoce como el Estado benefactor –seguridad pública, vivienda de interés social, educación estatal–, perfeccionaron esta relación del contrato psicológico entre las capas excluidas y la clase política, por medio de la democracia. 
 
En resumen: los ciudadanos participan en elecciones y con ello legitiman a la clase política que toma el poder del Estado, esperando obtener algún beneficio de la política pública; por su parte la elite, mal que bien, se atiene a los resultados de las casillas electorales y los ganadores toman el control, mientras que los perdedores esperan para la siguiente ronda: en el mundo moderno, el cambio gubernamental, se ha vuelto lo normal.
 
A esto se añade el hecho de que el discurso democrático ha conseguido forjar verdaderos demócratas, adheridos a su concepción ideal, esa concepción que se basa en una gama de libertades políticas –de culto, de expresión, de asociación, etcétera–, así como en la igualdad de todos los individuos ante la ley.
 
Dichos adeptos estimulan y exigen verdadera participación, verdadero respeto a las libertades de los ciudadanos, verdaderas políticas públicas a favor de los excluidos, verdadera eficiencia del estado de derecho y, por lo tanto, verdadera democracia.
 
El efecto de estas exigencias, siguiendo al viejo Niklas Luhmann, es un efecto autopoiético, en otras palabras, permite la reproducción del sistema, desde el cuestionamiento al propio sistema.
 
Por ejemplo, al exigir mayor estado de derecho, también se pide mayor eficiencia institucional en el uso de la fuerza, al exigir mayor participación, se garantiza mayor legitimidad en el ejercicio de gobierno. La democracia, pues, funciona. 
 
Hasta esta parte del cuento, todos felices. Todos felices, hasta que apareció Saramago. La historia novelada del lúcido portugués, tiene un inicio terrible para los cimientos de la estructura democrática que ya hemos expuesto: todo comienza cuando más de un 70 por ciento del electorado de cierta ciudad capital, cuyo nombre no es mencionado explícitamente, decide participar en el proceso electoral.
 
Asumiendo patrióticamente todas las vicisitudes y molestias que se viven en un día electoral típico –problemas con el clima, retrasos por asuntos personales, largas filas, etcétera–, los ciudadanos de Saramago salen a votar, en unas elecciones municipales, con sólo un objetivo en mente: emitir su voto en blanco, en otras palabras, no votar por nadie.
 
El novelista no necesita mucho para explicar al lector, por qué razón la clase política de aquella ciudad toma este evento como una verdadera tragedia; todos los lectores podemos entender los motivos de preocupación que asaltan a los miembros del gobierno, quienes dentro de la novela, deciden que este hecho es tan grave, que amerita poner en funcionamiento los aparatos de inteligencia y espionaje del Estado, para averiguar qué es lo que está pasando, dónde está la mente criminal que ha conseguido atestar tal golpe. Se corrobora aquí la frase del profesor Mario de la Cueva, según la cual, “el Estado principia donde la democracia termina”. 1 
 
La reacción del estado, entonces, será brutal, se desarrollarán interrogatorios con la sentencia de culpabilidad preestablecida; se ejecutarán torturas en nombre de la libertad; se violarán los derechos políticos, en nombre de los derechos políticos; se inventarán chivos expiatorios, por el bien de la patria.
 
Los ciudadanos serán infiltrados; cada palabra, cada expresión, cada gesto será leído e interpretado desde su posible intención, toda cosa dicha podrá ser usada en contra de quien resulte responsable. Se excluirá del léxico común la palabra “blanco”, se dirá limpio, o puro, o del color de la nieve, pero no blanco.
 
La explicación para tales determinaciones es básica para el realismo político, para la real politik: los ciudadanos una mañana salieron a votar, pero no votaron por nadie.
 
El sistema está descarrilado, la legitimidad está huérfana, de aquí en adelante los gobernantes podrían ser acusados de ilegítimos, de autoritarios, de dictatoriales y eso no se puede permitir en una democracia que se precie de serlo, sobre todo si cuenta, como debe ser, con su partido de derecha, su partido de izquierda y su partido de centro. La solución: obligar a que los ciudadanos voten por alguien, a que vuelvan al redil, a que actúen normalmente. 
 
La opción que queda es, al estilo de Michel Foucault, corregir el alma de los descarriados “blanqueros”, tratarlos desde la noción policíaca de su peligrosidad, según la cual “el individuo debe ser considerado por la sociedad al nivel de sus virtualidades y no de sus actos; no al nivel de las infracciones efectivas a una ley también efectiva sino de las virtualidades de comportamiento que ellas representan”. 2
 
Son verdaderamente exquisitos los discursos que Saramago pone en boca de los políticos de aquella ciudad, con los cuales justifican sus sospechas sobre la peligrosidad de los ciudadanos que votaron en blanco, interpretando, desde su autoritarismo democrático, las intenciones sediciosas de estos enemigos de la patria en potencia.
 
En las palabras de los gobernantes, Saramago reconoce el habitus del sistema, corporizado hasta los huesos en la clase política, dándole también la razón al análisis sociológico de Pierre Bourdieu.
 
Habrá que recalcar que la situación descrita en el ensayo de Saramago, no se trata de un burdo abstencionismo; en otras palabras, no es la decisión cómoda o incómoda, pensada o descuidada de, simplemente, no presentarse ante la casilla electoral.
 
El voto en blanco implica una participación ciudadana activa: del individuo que tiene su credencial de elector, que se forma en la fila junto a los otros votantes, que se para en la mesa frente a los funcionarios electorales, que con la boleta en la mano, va caminando en dirección a la urna, con el dedo pulgar dispuesto a que se lo manchen con tinta especial indeleble; pero que, a la hora de marcar con una “X” el nombre de alguno de los candidatos, es decir, de alguno de aquellos que se han inscrito dentro de las reglas del sistema, que han hecho campaña ciñéndose a los topes financieros y a las fechas de proselitismo, que pretenden gobernar tres o cuatro años; no está convencido por ninguno de ellos, de hecho, este elector está harto del sistema y de su juego, por lo tanto, sólo dobla la boleta sin marcar ningún nombre y se va a su casa, ejerciendo su derecho constitucional a no seleccionar a ninguno de aquellos candidatos, quienes no lo convencen, porque no les cree.
 
Hasta aquí se podría alegar que el voto en blanco, junto con el abstencionismo o los votos nulos, han sido una práctica conocida dentro del sistema democrático y que no es tan grave como lo pintan.
 
De hecho la clase política europea ha lidiado con esto unos cientos de años y en América Latina también se han presentado estas “anomalías”, los pocos años en que ha habido democracia.
 
A pesar de estos tropiezos o fallas del sistema, la clase política ha convenido en que sea la incómoda vía democrática, la que ordene cada cierto tiempo las fichas del poder, sus peones, sus alfiles y sobre todo, a su rey.
 
Pero el problema con la lucidez de Saramago, es que los individuos que en su novela votan en blanco, no son un número moderado de ciudadanos, un numero manejable de electores, una “tasa natural de votos en blanco”, son más del 70 por ciento en la primera ronda electoral, que tiene que ser cancelada y reorganizada, y un 83, en la segunda ronda.
 
Esto es mucho, son muchos votos en blanco, son muchos ciudadanos lúcidos, son tantos que no son normales, los ciudadanos se han vuelto peligrosos porque, precisamente, no están actuando bajo la norma, bajo el estándar previsto por la clase política, en el que en cada elección solo un bajo porcentaje son votos en blanco.
 
Los “blanqueros” –que es lo mismo que los sediciosos, los rebeldes, los hijos pródigos, los enemigos de la patria–, rompen el contrato social establecido entre los excluidos y la elite, ponen de cabeza a la estructura de poder democrático; lo paradójico es que lo único que han hecho los ciudadanos, su gran pecado, como ya se decía, es ejercer un derecho emanado de la constitución de aquel país, en el que está ubicada esta ciudad anormal.
 
Si seguimos el pensamiento de Immanuel Wallerstein, según el cual la lógica de la democracia liberal está llegando a su fin y “el período posterior al liberalismo es un período de grandes luchas políticas, de mayor importancia que cualquier otro en los últimos quinientos años”, 3 y si contextualizamos la situación con el hecho de que las fuerzas del privilegio a nivel mundial, saben que “es preciso cambiar todo para que nada cambie y están trabajando con mucha inteligencia y habilidad para hacerlo”; 4 entonces podemos integrar al ensayo de José Saramago en un enfoque alternativo, que pretende guiar con lucidez la participación ciudadana a inicios del siglo XXI, haciendo un llamado a la inteligencia, procurando que el electorado enfoque si quiere mantenerse en el rol de legitimador que se le ha asignado.
 
La discusión sobre este tipo de lucidez política, no es una cuestión meramente coyuntural, se trata de discutir con una estructura de larga duración histórica, la cual se está agotando: hablar sobre la crisis actual de representación del sistema democrático. 
 
Este tipo de participación del voto en blanco es, ciertamente, antisistémica y, por lo tanto, se encuentra en la periferia del sistema, cuestionándolo. Pero va más allá, es la semilla de un nuevo modelo que se cuela por las fracturas del viejo modelo. Claro está, este nuevo modelo no se encuentra todavía definido.
 
Pero es su inicio lo que premoniciona Saramago, ya que todo nuevo modelo comienza por la comprensión de que las cosas pueden ser cambiadas, de que pueden ser diferentes, de que las cosas “no son como son”. La transformación de un paradigma surge cuando se ha roto su poder impositivo sobre las ideas, sobre las instituciones, sobre la ética y la estética que se definen como únicas.
 
En la novela, es la dinámica de la democracia electoral la que ha dejado de ser sistemática, demostrada y evidente, a los ojos de los ciudadanos, tal como lo diría Ludwik Fleck. El sistema electoral pierde su carta de naturalidad.
 
Saramago muestra una opción diferente a las opciones reformadoras o revolucionarias, a las que la democracia moderna ha estado acostumbrada.
 
En su texto no se escucha ninguna consigna ciudadana, ninguna bala ciudadana, no se identifica ninguna vanguardia ciudadana, sino una repentina lucidez, un repentino entendimiento sobre lo que está en juego y del poder que puede obtenerse de la participación, cuando hay una ciudadanía enterada.
 
Pero esta opción lúcida siempre será peligrosa y, por lo tanto, siempre tendrá sus mártires. La pregunta mortal y definitiva, que se puede extraer del Ensayo sobre la lucidez es la siguiente: ¿sirve, para algo la participación electoral, democrática, cuando ya no cumple su objetivo primario de aprobar el mecanismo de cambio del poder?
 
Los griegos, a quienes nuestros politólogos contemporáneos proclaman como los padres de la democracia actual, contestarían que la función primaria de la polis es la toma de decisiones conjuntas, no el recambio del poder.
 
Pero lo griegos no conocían nuestro Estado, ese Leviatán de Hobbes, esa especie de entidad autónoma de los hombres, que se entiende como algo que tiene personalidad moral, que piensa por sí misma y cuyo pensamiento es interpretado por los representantes electos.
 
Para los griegos la relación directa entre gobernantes y gobernados bastaría para llegar a consensos mutuos, sin necesidad de aludir a lo que es mejor para el Estado.
 
Entonces, la respuesta actual a nuestra pregunta, en el contexto que revela Saramago, sería que una democracia que no colabora en el juego del poder, no sirve ya, para nada. Es de lúcidos entender lo anterior. Es de lúcidos ensayar sobre la lucidez.
 
 
Citas
  1. De la Cueva, Mario. La idea del Estado, Fondo de Cultura Económica/UNAM, México 1996, p. 141.
  2. Foucalt, Michel. La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, Barcelona 1998, p. 97.
  3. Wallerstein, Immanuel. Después del liberalismo, Siglo XXI /UNAM, México 1996, p. 5.
  4. Idem.