La informalidad como partera del espacio público

El espacio público como escenario y punto de resolución del conflicto social, la “informalidad” u ocupación informal del espacio público en la urbe contemporánea, específicamente en Barcelona, es el enfoque que Horacio Espinosa Zepeda aborda en su colabora

Por: Horacio Espinosa Zepeda

Doctor en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es miembro activo del Observatorio de Antropología del Conflicto Urbano (OACU) y La Hidra Cooperativa. Ha publicado en revistas académicas de México, España, Francia y Colombia.

Marius Carol, director del diario conservador español La Vanguardia, el 25 de mayo del 2015 escribía una editorial a manera de oda al “espacio público” en donde lo describía como “la mayor conquista de la democracia”, citaba a Aristóteles para justificar su discurso reivindicativo de “la defensa de la ley” como aquello que “conserva la ciudad”  frente a las fuerzas destructivas. Al final de su texto envió un mensaje a Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, pidiéndole que diseñara un plan para la Guardia Urbana basado en el “rigor, la determinación y el apoyo” para evitar que este cuerpo policiaco se convirtiese en “una oenegé”. Todo esto a raíz de la supuesta agresión de un mantero* a un policía y de la supuesta “defensa” del mantero que hiciera Jaume Asens, tercer teniente alcalde de la ciudad.

A todas luces, se trataba de una editorial extravagante, pero que reproduce la delirante opinión que suelen tener los círculos conservadores acerca de lo urbano: ¿no es acaso disparatado elevar el espacio público al estatus de “mayor logro de la democracia”? Uniendo los puntos de su discurso, el mensaje de Marius Carol es simplísimo pero efectivo: quien incumple las ordenanzas sobre el espacio público vulnera al Estado “democrático”, ergo, como los manteros hacen un uso “no normativo” de la calle deberían ser tratados como una amenaza para la democracia, algo así como “terroristas del espacio público”. El hiperbolismo que rodea al discurso del “espacio público” no es más que una justificación para llevar a cabo acciones de fiscalización y control social, que afectan, como no podría ser de otra manera, a los grupos sociales más desfavorecidos.

Con la hegemonía de las políticas neoliberales y un esperable incremento de las tensiones en el espacio público, producto de la heterogeneidad de colectivos de orígenes sociales diversos, enormes disparidades en la renta, variaciones en las tendencias de consumo de las clases medias que ahora miran con codicia los centros urbanos, refugiados económicos huyendo de la desesperanza y, en general, una acusada volatilidad social del entorno urbano, en las metrópolis centrales del capitalismo global se pone en marcha lo que Edward Soja (2000: 420) denominó “modo postmetropolitano de regulación social y espacial”:

 

      Adoptando ideas de Foucault, la postmetrópolis se representa como una colección de ciudades carcelarias, un archipiélago de “recintos normalizados” y espacios fortificados que atrincheran, tanto voluntaria como involuntariamente, a los individuos y a las comunidades en islas urbanas visibles y no tan visibles, supervisadas por formas reestructuradas de poder y autoridad pública y privada… la paz interna en la postmetrópolis se va a desplazar de los duros bordes del control y el confinamiento a las más suaves manipulaciones de la ideología y de la remodelación del imaginario urbano.

 

En los últimos años, Barcelona se ha posicionado como referente en la aplicación de esta reestructuración de la autoridad pública a través de innovadoras estrategias de fiscalización de la población, sustentadas de manera menos clara en los tradicionales mecanismos represivos, para dar paso a una creciente gestión ciudadana a través de formas de control blando donde el urbanismo, la “educación cívica”, ciertas aplicaciones tecnológicas, el marketing y el diseño juegan un rol en el control urbano tan importante como la policía. Son los años ochenta pre-olímpicos donde se habla de la edad de oro de este nuevo “urbanismo redentor” (Capel 2006), que tendría la pretensión de ser un referente “democrático” frente al desarrollismo de la época tardo-franquista.

A partir de la nominación de la ciudad condal como sede de los Juegos Olímpicos (JO) de 1992, se popularizaría el llamado “Modelo Barcelona”, el cual, más que un plan de desarrollo de infraestructura debería entenderse como un “laboratorio urbano y social” (Montaner 1992), es decir, un experimento donde la materia prima es la subjetividad de los propios ciudadanos. La metáfora de la ciudad como laboratorio urbano, a pesar de su glamour, es muy elocuente de la visión que se tiene de los ciudadanos en tanto cobayas adiestradas para ser “copartícipes de su propia dominación” (Delgado 2016). Este nuevo urbanismo, operaría a partir de una serie de “actuaciones de acupuntura urbana” (Acebillo 1999: 230), a “escala humana” y con la intención de dotar a la ciudad de espacios públicos “de calidad” .

Sin embargo, como brillantemente han mostrado Giuseppe Aricó et al., una revisión crítica de este relato idílico, sustentado por la llamada “teoría de las etapas” del urbanismo barcelonés, nos devela como este aparentemente “nuevo” urbanismo no hace más que “salvaguardar” el “poder de clase” por parte de una “dinastía local” a través de intervenciones que apuntalan lo hecho en las “etapas” desarrollistas previas (Aricó et al. 2016: 226-236). De esta manera, aunque se venda como un urbanismo “participativo”, el plan de proyectar a Barcelona como un “centro de consumo y de servicios” no se ha modificado en décadas, haciendo de la ciudad no un lugar abierto y plural, sino perdurando en su objetivo de ser “un eslabón más en la cadena de extracción de plusvalías” (Idem, 2016: 242), de la que se ven beneficiados unos pocos.

A través de ambiciosas estrategias de marketing, Barcelona ha asumido su identidad de gran escaparate, la millor botiga del mon (la mejor tienda del mundo)  reza uno de sus eslóganes más famosos creado durante el gobierno socialista del llamado tripartito. En el contexto de una economía, en gran parte sustentada en la espectacularización de la ciudad, la imagen urbana juega un rol desproporcionadamente importante, por lo que las ordenanzas públicas han generado normativas y/o intervenciones que generan exclusión social por razones “cosméticas”, disfrazadas de promoción de la urbanidad. Tal es el caso de la llamada "Ordenanza de Civismo" de 2006 por la que se rigidizó el uso del espacio público, generando un enorme abanico de limitaciones al libre uso de la ciudad de muchos colectivos, sobre todo de aquellos que usan la calle como medio de subsistencia, con un marcado efecto sobre los manteros, que es el caso que aquí  nos ocupa.

La Rambla, el corazón turístico de Barcelona, se convierte en territorio de disputa entre policía y manteros a lo largo del año. De forma paradójica, la turistificación de la ciudad como contexto de los procesos de limpieza social es también una arma a favor de los manteros: durante el verano, en la temporada alta de la ciudad, es cuando los manteros tienen mayor clientela (los mismos turistas) y cuando los policías “se autolimitan” en sus actos represivos. Esto no significa que no exista una intrincada, continua y compleja batalla entre los manteros y la policía. A lo largo de la rambla, los vendedores callejeros despliegan una serie de tácticas y estrategias, que ellos denominan “El Juego”, para poder burlar, no siempre con éxito, a la represión policiaca.

Esta inteligencia táctica que brilla con la ocasión puede ser ejemplificada con una situación vivida por los manteros de La Rambla. El día de halloween de 2016 se pudo ver la patética escena de una camioneta de la Guardia Urbana –una “lechera” en el argot callejero–, circulando en pleno paseo de La Rambla con la intención de echar a los manteros que ahí se encontraban vendiendo. Cuando se acercaba la lechera a su manta, estos tiraban del cordón para transformar el sare (manta), en ambu (bulto), se levantaban, rodeaban a “la lechera” y se colocaban justo donde terminaba la parte trasera del vehículo, y detrás de ella colocaban nuevamente la manta sobre La Rambla, ante la mirada anonadada de los turistas pintarrajeados como el Conde Drácula. En el contexto de Barcelona como ciudad espectáculo la función de la policía tiene un elemento cosmético que también les genera una serie de paradojas: la presencia de manteros en La Rambla es incompatible con la imagen desconflictivizada y edulcorada de la urbe, pero también su represión sería contraproducente para esta misma imagen. Esta doble paradoja produce escenas rocambolescas de un patetismo, ese si, “espectacular” .

Si bien Foucault acertó en colocar el  problema del poder y el control social en las prácticas cotidianas antes que en lo institucional, probablemente no otorgó la importancia suficiente a las minúsculas “maneras de hacer” (“tácticas”) visibles en prácticas populares cotidianas que “juegan con los mecanismos de la disciplina y solo se conforman para cambiarlos”  (De Certeau, 1980: XLIV). En este sentido “El Juego” mantero sería un conjunto de microscópicas “tácticas”, mecanismos para constituirse como una contrapartida “antidisciplinaria”. La táctica se definiría como un cálculo hecho por el usuario urbano, en este caso el mantero, tendiente a sacar el mayor provecho posible en cada ocasión. Se trata de maneras de hacer con las cuales “los débiles” burlan a los “fuertes”. Las tácticas se metamorfosean en un sinnúmero de hallazgos, simulaciones, trampas, trucos y jugarretas varias que de una u otra manera “trastornan al poder” antes que transformar al poder.

La táctica del mantero implica un constante movimiento para poder escamotearse de la mirada del control panóptico; pero también hace uso de las “jugarretas”, aquellas que los griegos conocían como metis o arte del fingimiento, del engaño, del olfato y el sentido de oportunidad. Táctico es el uso del ambu transformado con un movimiento hábil, en un sare, como se diría en idioma wolof . El mantero con su pesado y voluminoso ambu sobre la espalda, espera el momento oportuno, para desplegarlo y transformarlo en un sare. Si la policía o un “secreta” viene, el sare vuelve a transformarse en ambu gracias a un mecanismo que tiene la capacidad de territorializar y desterritorializar: un cordón que al ser tirado cierra toda la mercancía en su interior de manera automática  y que permite al mantero, si es necesario, salir corriendo o lo contrario, instalarse para vender en cuanto se ve la mejor oportunidad. Este urbanismo táctico desplegado por los manteros se contrapone al modelo institucional de ciudad pensada “de arriba hacia abajo”.

El espacio creado por el mantero, es una instancia circunstancial, temporal y polivalente. Su propiedad no está determinada ya que ésta se define a través de sus prácticas. El mercadillo es espacio que emerge con la ocasión y a la inversa, es una ocasión constituida que se da en el lugar adecuado. En términos contemporáneos, diríase que se trata de un espacio “performativo” (Butler 1993), que solo existe en tanto es practicado. El urbanismo táctico del mantero podría ser descrito como el “espacio vívido” de Henri Lefebvre (1974: 93), es decir, el “espacio social” o aquel que “incorpora los actos sociales, las acciones de los sujetos tanto colectivos como individuales que nacen y mueren, que padecen y actúan.”

El espacio público es un concepto paradójico que teóricamente se funda en la igualdad pero que funciona en base a la exclusión. Así, los espacios públicos son “todas aquellas áreas que están abiertas y son accesibles a todos los miembros del público en una sociedad, en principio, pero no necesariamente en la práctica” (Neal, 2010) por lo tanto: ¿quiénes son “los todos” cuando hablamos de que el espacio público es “de todos”? Como un “ideal normativo”, el espacio público es producto de cierto imaginario social antes que un lugar empíricamente constatable. El espacio público aparece representado insistentemente como un lugar desconflictivizado.

El discurso que legitima e incluso eleva el espacio público a la categoría de “valor” está estructurado de tal manera que oculta a la vez que resuelve “mágicamente” las contradicciones que se dan en él. Los conflictos sociales profundos que repetidamente se vuelven a presentar en la realidad práctica de espacios públicos concretos son presentados como consecuencia de determinadas fórmulas urbanísticas, y así mismo la solución de tales problemas “es vendida” como una “solución urbanística”, fórmula que incluso se encuentra en autores de indudable valor como Jan Gehl (2001). Por otro lado,  lo que subyace en el discurso pre-fabricado acerca del espacio público es “el carácter consensualista” del concepto de “Esfera Pública” de Habermas (1962) cuyo origen es evidentemente burgués (Fraser, 1990).

Esta inoculación de los elementos ideológicos de la esfera pública como característicos de “la calle” es a grandes rasgos lo que Manuel Delgado denominaría “ciudadanismo” (2016), es decir, la elevación a norma del ideal burgués de un espacio desconflictivizado y civilizatorio, que mágicamente hace desaparecer todas las desigualdades sociales “reales” gracias a las habilidades deliberativas de sujetos racionales capaces de superar sus diferencias mediante el diálogo. Todo en consonancia con los valores de las democracias liberales. Aunque Habermas no situó “la esfera pública” en espacios concretos es posible situar históricamente a que espacios se refería a partir de sus propios ejemplos: clubes literarios, asociaciones filantrópicas, cafés, salones de té y redacciones de periódicos.

La calle, con su caótica deriva no parece el espacio ideal para situar la mítica esfera pública. Así, los que quieren transformar la calle en espacio público entendido este desde el consensualismo liberal habermasiano se encuentran con el no menor de los problemas de tener que hacer “como sí” las desigualdades no existiesen en la sociedad y por lo tanto “en la calle”, para que de esta manera la calle se transfigure en “espacio público”, aquello que la calle debe ser según el ideal normativo consensualista. Cuando este ideal no se alcanza “por las buenas” las fuerzas coercitivas del Estado se ponen “manos a la obra” para reforzar con represión su labor civilizadora.

Igualmente problemática es otra característica central atribuida al espacio público: su supuesta “titularidad pública” que suele implicar que lo propio del espacio público es que constitutivamente sea propiedad del Estado. El Estado, por lo tanto, debería garantizar la propiedad pública de aquellos espacios que en teoría son comunes, así como su gestión y regulación como ámbito vedado para intereses privados, siguiendo la disposición ciudadana a ser la legítima beneficiaria de la calle. Sin embargo, son muchos los ejemplos que desmienten esta idealización: existen múltiples formas de cooptación de lo público por parte del sector privado. La tensión realmente existente entre lo público y lo privado es estructural a la lógica mercantilista del urbanismo en las democracias liberales y capitalistas. Son muchos los casos de ciudades donde prevalecen los intereses empresariales por sobre el carácter público, de los cada vez más utópicos espacios “públicos” de las ciudades (Jackson, 1998; Aricó et al., 2016).

Frente a la ola privatizadora de ciudades como Barcelona, para la opinión dominante es la informalidad urbana aquella señalada como “invasora”. Lo informal es identificado ahí donde los sectores más vulnerables se auto-organizan. Sus prácticas parecen espontáneas “a primera vista” a pesar de estar profundamente organizadas. Las suelen llevar a cabo actores sociales ubicados en la parte baja de la pirámide social: pobres, inmigrantes, prostitutas, niños y jóvenes, percibidos por el imaginario hegemónico como actores sociales naturalmente excluíbles del espacio. Estos grupos hacen de la calle su refugio, campo de juegos o medio de subsistencia. Se organizan como clanes, familias, pandillas, cuadrillas y otras formas de organización social no burocrática. Su relación con el Estado es ambigua pero no necesariamente inexistente. Las reglas que los rigen no suelen estar escritas y su conocimiento es más un saber-hacer que un saber enciclopédico.

El espacio público se construye gracias a colectivos que llevan a cabo prácticas como mercadillos callejeros, recolección autónoma de desechos y chatarra, que autoconstruyen la infraestructura urbana, plantan huertos urbanos, hacen fiestas callejeras o se despliegan en microscópicos carnavales espontáneos con el simple encuentro lúdico en la calle de aquellos que se encuentran bajo tutela o sospecha de los adultos o el Estado. La irrupción e inmediata censura de usos y prácticas “no reguladas” en el espacio público revela que la esfera pública está basada en la confrontación entre diversos “públicos” que pugnan por el espacio. Es decir, el espacio público es la forma urbana que adopta un conflicto social estructural, y a su vez, es el escenario donde se manifiestan aquellas disputas concretas por el espacio público de la ciudad.

El espacio público es un subproducto del conflicto social pero a su vez es el espacio sobre el cual se dirimen tales conflictos. La calle es el escenario y la obra donde se despliega el conflicto. En este contexto, la informalidad es uno de los personajes principales de este conflicto urbano escenificado, a la vez que un producto de los conflictos sociales estructurales que dan a luz a un espacio público concreto. Desde este punto de vista, no es exagerado decir que la informalidad urbana es la partera de la calle y es gracias a la resistencia de distintos colectivos de trabajadores informales como los manteros de Barcelona, a través de la cual, se materializa de forma cotidiana al derecho a la ciudad. 

 

Bibliografía y fuentes de información

 

Acebillo, J.A. (1999). “El Modelo Barcelona desde el punto de vista urbanístico. Espacio urbano y complejidad”, en Maragall, P. (ed.) Europa próxima: Europa, regiones y ciudades, Barcelona: Edicions de la Universitat de Barcelona.

Aricó, G. et al. (2016). “La salvaguarda ininterrumpida del poder de clase. Una visión alternativa a la “teoría de las etapas” en el urbanismo barcelonés”, en: Aricó, G. et al. (ed.), Barrios Corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal. Barcelona: OACU/Pollen edicion

Butler, Judith (1990). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, México: Paidos. 2001.

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De Certeau, M. (1980). La invención de lo cotidiano, Tomo 1: Artes de Hacer, México, Guadalajara: Universidad Iberoamericana-ITESO. 2000.

Delgado, Manuel (2016). Ciudadanismo, Madrid: La Catarata.

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Gehl, Jan (2001). Life between buildings. Copenhagen: The Danish Architectural Press.

Habermas, Jürgen (1962). Historia y crítica de la opinión pública, Barcelona: Gustavo Gili. 1982.

Jackson, Peter (1998). Domesticating the street. The contested spces of the High Street and the mall. In Nicholas Fyfe (Ed.), Images of the street. Planning, identity and control in public space (pp. 176-191). London: Routledge.

Lefebvre, Henri (1968) El Derecho a la Ciudad, Madrid: Capitán Swing. 2017.

——— (1974) La producción del espacio, Madrid: Capitán Swing. 2013.

Montaner, J.M. (1992) “El modelo Barcelona”, en: Elisava. Temas de Diseño. Núm. 7. El diseño en los Juegos Olímpicos: un legado para Barcelona. Barcelona: Elisava. Escuela Universitaria de Diseño e Ingeniería de Barcelona.

Neal, Zachary P. (2010). Locating public space. En Anthony M. Orum & Zachary P. Neal (Eds.), Common ground? Readings and reflections on public space (pp. 1-10). New York: Routledge.

Soja, Edward (2000). Postmetrópolis. Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones, Madrid: Traficantes de sueños. 2008.

 


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