La difícil construcción de la democracia

Debemos recordar que las ideas están dotadas de vida; que las poseemos y a la vez nos poseen; que siempre nos impulsan y nos orientan para obrar

Por: Salvador Arciga Bernal
 
En este trabajo se subraya la importancia del juego entre universos simbólicos, entre sistemas de creencias y modelos culturales, en tanto que el proceso cardinal para los movimientos sociales, es el de la inclusión y creación de una definición compartida de los problemas en dicho universo.
 
Nos vamos a referir a aquellos elementos que olvidamos por obvios, porque son parte del secreto en que se sustenta la certeza de nuestra vida cotidiana, los cuales constituyen el principal obstáculo para la emergencia de los movimientos sociales.
 
Podemos empezar diciendo, que lo que en su momento fue cierto para los dioses, lo es ahora para las ideologías. Debemos recordar, en este sentido, que las ideas están dotadas de vida; que las poseemos y a la vez nos poseen; que siempre nos impulsan y nos orientan para obrar.
 
Esto se manifiesta en la atmósfera trascendente e imperceptible que rodea a las ideas, en tanto que nos inspiramos en ellas para poder vivir; ellas se constituyen en el universo en que se origina, se organiza y desarrolla el sentido de nuestra vida; lo anterior supone la autonomía que les permite actuar sobre nosotros, sus creadores.
 
Las ideologías, como los dioses, son el producto vivo de nuestros espíritus, los que una vez creados colectivamente, subyugan a las comunidades que en estas se reconocen e identifican (Morín, 1981).
 
Ellas son abstractas con relación a los dioses, ya que no tenemos la posibilidad de personificarlas, sin embargo se sustentan en el mismo proceso de idealización, y se manifiestan de la misma manera que los dioses, por razón de las creencias.
 
A través de ellas nos poseen, y así las identificamos con nuestras necesidades, con nuestras esperanzas, con nuestras aspiraciones, con nuestras experiencias, con el orden de nuestra vida.
 
Habrá que observar cómo combatimos por nuestras ideas, para estar al tanto de cómo, a través nuestro las ideologías, se resguardan. Cómo, para respaldar este “proceso natural” de defensa, utilizamos la descalificación de la ideología contraria; de sus argumentos, de sus portavoces y de sus apoyos.
 
Proceso normal alrededor del cual, establecemos criterios que nos permiten proteger nuestras certezas; así, por ejemplo, todo “pensamiento decente” no puede más que confirmar nuestras propias ideas y, por lo tanto, todo lo que lo contradice sólo puede suponerse deshonesto.
 
Y así, vamos construyendo la objeción, el razonamiento que adopta la forma de desdén, de desprecio, de descrédito a la idea contraria.
 
Es en esta atmósfera que los “nuevos problemas” se revelan como antagónicos de las ideologías; es en este contexto que se nos aclara, que en el discurso los problemas sólo aparecen y se incorporan a la existencia social, para señalar e indicar quiénes son virtuosos y útiles, quiénes peligrosos o despreciables, qué acciones serán penalizadas y cuáles recompensadas (Edelman, 1991).
 
Es decir, que el reconocimiento social de los problemas ilumina las situaciones desde las cuales observamos y definimos los contornos de nuestro mundo; y, por lo tanto, al asumir un espacio de la “realidad natural” como problemático, reconocemos la condición desde la que mirábamos el mundo.
 
Sí de acuerdo con lo señalado, los problemas son la condición en que las creencias manifiestan la importancia relativa de los acontecimientos, entonces aquellas creencias que “no son problemáticas”, constituyen atmósferas dispensadas a la preocupación y al interés social, y componen el universo de la normalidad, del orden social reconocido.
 
En otras palabras, los problemas constituyen el espacio de las condiciones, desde las cuales se perciben situaciones extraordinarias, situaciones anormales, todas aquellas situaciones que cuestionan socialmente las creencias establecidas, y su universo de significado.
 
Asumir que los problemas sociales son construcciones ideológicas, supone reconocer que las condiciones que lastiman a ciertos grupos, a ciertas personas no se convierten, ni necesaria ni automáticamente, en problemas.
 
Que son situaciones que pueden existir durante siglos sin establecerse como problemas: la gente común, los derechos humanos, la libertad, la pobreza, el desempleo y la discriminación contra las minorías y las mujeres son hoy en día reconocidos como problemas. Pero hay que recordar que durante siglos de historia, éstas fueron consideradas situaciones normales, características del orden natural.
 
Pero entonces, ¿cómo se explica que no sean reconocidos como problemas? La respuesta parece sencilla. Uno puede decir que se debe a que pertenecen a la realidad conocida por todos, la que comúnmente utilizamos, aquélla que nos permite decir con voz firme que las cosas son así, lo que más bien nos muestra que así es como entendemos, miramos y nos comportamos frente a nuestra realidad.
 
Contemplado en perspectiva, es aquéllo que nos ofrece la sensación de haber existido siempre, y por lo tanto, la naturalidad de la certeza, esta sensación se sustenta en premisas ideológicas tan difundidas en el lenguaje cotidiano que no se las piensa, ni se las reconoce en absoluto, sino que se las acepta como expresión del modo en que está constituido naturalmente el mundo.
 
Entonces, el reconocimiento social de los problemas es la luz que ilumina la realidad desde la cual las personas observan el mundo y definen los contornos del mundo social.
 
Esto supone reconocer, que en todo momento las personas somos socializadas para ver el mundo de cierta manera y reconocer solamente ciertos problemas.
 
Parece que en la construcción de los problemas converge la formación del sí mismo en la esfera social, en tanto procura la interminable reconstitución de las estructuras sociales, de las causas políticas, de las instituciones y del reconocimiento de posturas morales, que en conjunto constituyen el universo de las relaciones ideológicas.
 
Esto presume que la realidad, y la comprensión de los procesos por los que la gente explica, describe y justifica el mundo en que vive, es una construcción social. En la que los términos con los que vivimos, describimos y entendemos el mundo, son artefactos sociales situados históricamente, los cuales son creados en el proceso de la interacción social.
 
En este sentido, el horizonte de comprensión es salvaguardado y prevalece a través del tiempo, de acuerdo con la incidencia de los procesos sociales. Entonces, las explicaciones y las discrepancias de la realidad se convierten en formas de acción social antagónica que se combaten.
 
Es decir, cada sociedad desarrolla ideologías, sistemas de creencias y de representaciones, de valores y de normas, que justifican y mantienen el orden de relaciones sociales establecido; y esto supone compartir culturalmente atribuciones, en las que se sustenta el conocimiento que nos suministra las definiciones sociales.
 
Hablamos del conjunto de creencias que nos permiten poseer una perspectiva clara del mundo, del conjunto de máximas culturales y de creencias compartidas; de todos aquellos elementos vitales en los que se manifiesta la suerte de la vida, y que logran justificar la distribución de la fortuna.
 
Son todas aquellas supersticiones y proverbios que construyen el prestigio y la anomia, aquellos universales ideológicos que se encuentran en la base de las diferenciaciones y discriminaciones sociales (Doise, 1983, Rouquette, 1996).
 
En el plano de las instituciones de sentido, son los negocios, la iglesia, el gobierno, la enseñanza, los que representan otros tantos dominios que norman la actividad humana, las cuales son legitimadas por los valores y las necesidades de la sociedad y, por lo tanto, son aceptados como inherentes al mundo en el que nacimos y en el que vivimos (Berger y Luckman, 1968)
 
Es en la gestación de nuevos problemas en los que se manifiesta la eclosión de los tiempos; es en este universo donde “los problemas no reconocidos” pretenden adquirir su significado; y en donde se despliega el conflicto con la constelación de problemas reconocidos, con el universo de los relatos que se han elaborado sobre sus consecuencias pasadas y futuras.
 
Es en este sentido, que cuando se reconocen nuevos problemas, aquéllos que capturan la atención y se propagan, éstos manifiestan la posibilidad de reconstituir el tejido social, y hacen cimbrar el pasado y el futuro de la sociedad.
 
Es en esta perspectiva que, el pasado y el futuro que las personas construyen y en el que se forman, son necesariamente explicaciones ideológicas de sus mundos sociales y de las políticas públicas en que estos se sustentan.
 
Lo que nos permite explicar, porque existen ciertas situaciones y circunstancias de nuestra vida, que no representan problemas para nuestra comprensión, por las que no nos cuestionamos, ni pasamos el tiempo pensando, o discutiendo en torno a él.
 
Poner entre paréntesis nuestro sentido común, nos muestra que lo que creemos evidente y claro está lejos de serlo; que su familiaridad sólo proviene de la costumbre; que lo común tiene una larga y discontinua historia, rara vez recordada; que lo que consideramos de sentido común, es algo mucho más ambiguo de lo que estamos dispuestos a admitir; y que lo importante de nuestra vida es más complejo de lo que parece.
 
Apoyadas por el sentido común, nuestras creencias nos parecen tan bien fundamentadas, que por lo general no nos hacemos preguntas que cuestionen su validez. En primer lugar, no nos cuestionamos de dónde vienen esas creencias y qué tipo de experiencias las sustentan; soslayamos la relación existente entre nuestras creencias y la característica peculiar, occidental, moderna y capitalista de nuestra sociedad.
 
Podemos –y de hecho lo hacemos– no percatarnos de que la experiencia que nos proporcionan las pruebas para nuestras creencias, provienen del marco legal que esta sociedad en particular establece para la vida humana (Bauman, 1991; Edelman, 1991).
 
Esta ley en particular es la que designa a los seres humanos como sujetos de derechos y obligaciones; la que responsabiliza al individuo por sus actos; la que define la acción como un tipo de comportamiento que tiene la intención del actor como su causa y explicación.
 
Es esta ley la que crea la experiencia que sigue corroborando nuestras creencias, y la que determina las prácticas que la acompañan. Esto sucede todo el tiempo y en todas partes; y así no hay necesidad de observar sus peculiaridades. Lo vemos como algo que revela la naturaleza de las cosas, la esencia universal e inmutable de la sociedad y de los seres humanos.
 
Esto se observa con claridad en la idea del individuo como sostén de la sociedad, imagen que se toma como segura porque se ha asentado firmemente en el sentido común de las sociedades en las que vivimos, y es la manera en que todos pensamos sobre la persona y su comportamiento.
 
En términos personales, uno cree que dice lo que y hace lo que desea; cree uno estar a merced de la discreción personal, aquella que moldea y conforma sus pensamientos y actos a voluntad de acuerdo con sus propias intenciones; porque “un ser humano es por naturaleza la verdadera fuente y el amo de sus actos y pensamientos”.
 
Asentados en esta idea, creemos también que es poco lo que –individualmente o en grupos–podemos cambiar los asuntos del mundo, o la manera en que estos son gestionados; creemos poco razonable reunirnos a pensar un mundo diferente.
 
Para efecto de nuestras creencias, por ejemplo, en muchas partes del mundo no consideramos como un problema el caso de la libertad. Éste es un expediente social resuelto, por el que no sentimos la necesidad de luchar. Pertenece al universo de las creencias en que se sustenta nuestra realidad, las cuales, por supuesto, no necesitan ser coherentes para ser creíbles.
 
Habrá que recordar, en este mismo sentido, que el individuo libre y natural es una especie recién nacida en el horizonte temporal de la historia de la humanidad. Que para su gestación, fue necesaria un encadenamiento muy especial de circunstancias; y que sólo puede existir con el mantenimiento de éstas.
 
El individuo libre, lejos de ser una condición universal de la humanidad, resulta una creación histórica y social, incipiente y en consolidación.
 
Para los grupos en donde se vive, se conserva y se instaura un problema no reconocido, éste es el universo en el que tienen que moverse, al que tienen que enfrentarse, y al que tienen que cautivar, precisamente porque la sociedad no lo ve y, por lo tanto, define esa “situación particular”, de modo diferente.
 
Podríamos preguntarnos, si la libertad ya ha sido conquistada, ¿cómo es posible que la capacidad humana de imaginar un mundo mejor y hacer algo para mejorarlo no forme parte de esa victoria? ¿Qué clase de libertad hemos conquistado si tan sólo sirve para desalentar la imaginación y para tolerar la impotencia de las personas libres en cuanto a temas que atañen a todas ellas? (Bauman, 1991).
 
Es una tarea aún incipiente, reconstituir el universo de significado, hacer extraño lo familiar, ver las cosas importantes del ser humano como un acertijo, como un fenómeno que debe explicarse para que sea comprendido y del cual debe rendirse cuenta.
 
En otro ejemplo, la historia nos indica que los partidos políticos, durante buena parte de su historia, le dieron cauce a formas novedosas de participación. Así, con el objetivo de integrar a la gente, desarrollaron redes y asociaciones que cubrían los más diversos aspectos de la vida cotidiana, de los que después serían reconocidos como ciudadanos.
 
Los partidos, desde su aparición, le ofrecieron a sus afiliados una identidad que se vinculaba a la solidaridad, actitudes, códigos y símbolos determinados.
 
Los partidos tenían por principio, desarrollar su influencia en todas las esferas de la vida común, y en este proceso elaboran su propia identidad, alrededor de los espacios, de las estrategias y de los temas que van a configurar lo que ahora conocemos como cultura política.
 
En este contexto histórico, los partidos ofrecían un universo significativo, en donde se definían las cuestiones de solidaridad, de apoyo mutuo y, por supuesto, de formas de hacer política, los cuales cristalizan en recursos de identidad, y los participantes en este proceso van siendo reconocidos y percibidos por la sociedad, como ciudadanos.
 
La participación se proyecta como el proceso de socialización partidaria, en donde se definen y orientan los procedimientos que buscan canalizar las demandas y los conflictos sociales.
 
Para afianzar este proceso, muchos partidos disponían de medios masivos de difusión propios, radio, periódicos, tiendas a través de los cuales interpretaban el mundo y participaban en el desarrollo de identidades, todo aquello que supone la génesis de la cultura política.
 
Comparada con la actualidad, esta realidad nos revela el distanciamiento de los partidos con la sociedad, en tanto nuestras democracias se suponen consolidadas y sus tareas más relevantes son las de formular políticas públicas y organizar elecciones periódicas, abandonando la función para la cual fueron creados.
 
En estos ejemplos podemos observar cómo se han desarrollado algunas problemáticas importantes para la sociedad. Ahora es necesario ubicarnos en las categorías desarrolladas por los movimientos sociales, en la medida que pertenecen:
 
  • Al ámbito simbólico, en tanto que los conflictos planteados, expresan y suponen que el sistema de narraciones, y el conjunto de explicaciones y prescripciones del orden propuesto por la modernidad, debe ser rediseñado.
  • Al ámbito institucional, en tanto ponen en tensión los espacios que regulan y canalizan las conductas de los actores, a través de acciones no convencionales y disruptivas, cimbrándolo y en su caso transformándolo.
  • Al ámbito sustantivo, en tanto herramientas sociohistóricas que permiten trastocar la realidad, ya que estas herramientas aprendidas de la acción colectiva se convierten en parte de la cultura pública de una sociedad, en la que cada grupo tiene una historia y una memoria propia de la acción colectiva. En otras palabras, la gente aprende a emplear rutinas de acción colectiva que enriquecen sus cuadros sociales de conocimiento, constituyendo el acervo que cada sociedad tiene de las formas de acción reconocidas y que son, en el fondo, productos culturales. 
  • Al ámbito interactivo que de forma específica proviene de la sedimentación de la memoria, constituida por el conjunto de prácticas históricas que sirven de guía para la acción. Tarrow (1997) denomina repertorio de confrontación, al proceso mediante el cual la mayor parte de las representaciones de acción colectiva utilizadas en el tiempo, vinculadas a ciertos grupos y a determinadas situaciones conflictivas, por medio de la difusión se socializan y se consolidan como parte de los marcos de conocimiento. Marcos en los que abrevan los movimientos sociales; los que reconocen las rutinas de acción colectiva, y las utilizan en una amplia gama de situaciones, las cuales les aportan convenciones, formas, y estrategias comunes.
 
Este proceso de apropiación de herramientas de acción colectiva, presume la comunicación y la propagación de las exigencias y demandas que les dieron nacimiento, lo que genera solidaridad e identidad entre los miembros y les ofrece la sensación de fortaleza compartida, les permite forjar cierto simbolismo común del que emanan rasgos de identidad.
 
A partir de la re creación compartida del sentido de la realidad, se van constituyendo universos de significado que permiten confrontar las certezas en que se sustentan sus adversarios, y con las acciones que organizan desafían al sentido común vigente. En este proceso, y con el paso del tiempo, muchas de las formas consideradas originalmente disruptivas se convencionalizan, y se tornan manifestaciones normalmente reconocidas.
 
Así cuando nos referimos a los elementos mediadores de los movimientos sociales, hablamos de los universos conceptuales a través de los que se percibe el mundo, a los significados y los conceptos por medio de los cuales la gente comparte y define su situación. Entonces, para que exista algún tipo de movilización es imprescindible que la gente se sienta agraviada y crea que la acción colectiva puede contribuir a solucionar dicha situación.
 
Esta situación depende de cosmovisiones compartidas (Snow y Benford, 1988), de marcos de acción colectiva, de las metáforas, de los simbolismos e indicaciones cognitivas utilizadas para representar conductas y eventos de forma evaluativa, que permiten estar en condiciones de sugerir formas de acción alternativas. En la consideración de que los aspectos simbólicos: 
 
  • Reconocen que los agravios e injusticias sociales, no son suficientes por sí mismos;  
  • Reconocen que tiene que existir un discurso social o una interpretación que los relacione con determinadas situaciones políticas ejercidas desde el poder; 
  • Necesitan un discurso que justifique y anime la acción colectiva. 
 
En esta dirección es la ideología la que dignifica el descontento, la que nos permite identificar un blanco para los agravios, y la que asume la forma de una esfera de reivindicaciones concretas. Es la que finalmente nos permite identificar símbolos capaces de movilizar a la gente.
 
Es por eso que generalmente se han definido los movimientos sociales como actores políticos colectivos creadores de significado que tienen como objetivo desafiar los discursos sociales dominantes y exponer formas alternativas de definir e interpretar la realidad (Touraine, 1987; Melucci, 1985; Snow y Benford, 1988)
 
Introducir determinados temas y percepciones en las creencias establecidas de la población, nos permite entender, significar y hablar de lo que sucede en el mundo con otro sentido (Tejerína, 1998).
 
Cuando este proceso se instala en la sociedad, redefine las funciones de los marcos interpretativos generales, y por lo tanto, de las creencias sociales que configuran el sentido común; significa explicar la realidad a través de determinados valores, y en consecuencia, elaborar diagnósticos que implican tanto la identificación de un problema como la atribución de culpabilidad o causalidad, lo que moviliza señalando la relevancia que tiene la acción colectiva para el mundo y la vida (Snow y Benford, 1988). 
 
Sin duda, los movimientos sociales participan activamente en la producción de significados, y en este trabajo influyen en la redefinición y la estructuración de los significados ya existentes. Así, entonces, los movimientos sociales funcionan como agencias constructoras de significación.
 
Los movimientos sociales, para seguir siendo el escenario en donde se desarrollan conocimientos acordes con la época, y para obtener visibilidad social, solidaridad y fuerza, reconocen que en este momento, ya no sólo es necesario conocer las formas de la acción colectiva, sino que también es importante considerar que mucho de ello depende de que esas acciones llamen la atención del nuevo demiurgo social, los medios de comunicación.
 
Así que para lograr la visibilidad de sus protestas, ahora necesitan desarrollar las habilidades que les permita enfrentan el desafío de: a) diseñar acciones de protesta eficaces que atraigan la atención de los medios; b) tratar de que éstos no oculten o distorsionen sus objetivos; y c) involucrar en esas acciones al mayor número posible de personas (Ibarra, 1998).
 
 
Bibliografía

Bauman, Z. (1991): Libertad, Nueva Imagen, México.

Berger, P. y Luckman, T. (1968): La construcción social de la realidad, Amorrortu, Buenos Aires.

Doise, W. (1983): “Tensiones y explicaciones en psicología social experimental”, en Revista Mexicana de Sociología, abril-junio, pp. 659-686.

Edelman, M. (1991): La construcción del espectáculo político, Manantial, Buenos Aires. 

Fernández-Ríos, L. (1994): “La construcción social del problema”, pp. 17-31, en Manual de psicología preventiva, Siglo xxi, Madrid.

Ibarra, P, y Tejerina, B. (1998): Los movimientos sociales. Transformaciones políticas y cambio cultural, Trotta, Madrid.

Melucci, A. (1985): “The Symbolic Challenge of Contemporary Movements”, en Social Research, 52, pp. 789-815.

Morín, E. (1981): Para salir del siglo xx, Kairos, Barcelona.

Rouquette, M. L. (1996): “Représentations et idéologie”, pp. 163-173, en J.C. Deschamps & J.L. Beauvois (comps.), Des attitudes aux attributions. Grenoble, Presses Universitaires de Grenoble.

Snow, D. y Bernford, R. (1988): “Ideology, Frame Resonance, and Participant Mobilization”, en Klandermans, Kriesi y Tarrow (eds.), pp. 197-218.

Tarrow, S. (1997): El poder en movimiento, Alianza, Madrid.

Touraine, A. (1987): El regreso del actor, Eudeba. Buenos Aires.


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