La despolitización urbana

Para Jonathan Ávila el sistema económico neoliberal determina no sólo el estilo socioeconómico de la vida cotidiana, sino que despolitiza el hábitat a partir de fenómenos como el consumo desmedido y el incremento en la explotación de las clases marginales,

Por: Jonathan Ávila Guzmán

Periodista, estudiante de sociología en la Universidad de Guadalajara y miembro del Grupo de Reflexión-Investigación Estudiantil para la Teoría desde América en el Sur.

La ciudad no es un espacio neutro y, como tal, debemos entender que nuestro derecho a ella se encuentra en constante contradicción y pugna con los intereses de una economía-mundo capitalista. En todo caso, si nos proponemos hacer un análisis –aunque breve– sobre lo que significa el "derecho a la ciudad", debemos ver a este espacio concreto en sus múltiples determinaciones. Ya que no podemos considerar la existencia de la ciudad y su configuración como algo dado, pues es necesario examinar las maneras particulares en que se producen las condiciones para la globalización económica (Sassen, 2004: 38). No cabe duda que la ciudad, estudiada desde un punto de vista estructural como lo urbano, es el espacio ideal para la reproducción de la vida moderno/capitalista.

Desde un punto de vista marxista, la ciudad es el espacio por excelencia en el cual se da la lucha de clases, ya que su construcción moderna se da justo en medio de una pugna cultural y civilizatoria. Por esa razón es necesario ir a una génesis que nos explique cómo el fenómeno urbano destaca por su naturaleza civilizatoria, entendida desde una perspectiva negativa del proceso. Destacando el origen en el burgo medieval que será una emergencia espacial de las formas de vida protomodernas. Entendiéndose al burgo como el espacio por excelencia de la modernidad capitalista. Hablamos de los burgos como espacios medievales, y cuyos habitantes al mismo tiempo fueron determinados de acuerdo a su modo de vida, en contradicción con los intereses del entonces hegemónico feudo. Lo que crea disputa entre la sociedad feudal, más rural y campesina, y la sociedad burguesa, de corte más económica y tendiente a la concentración urbana en los burgos, hoy, de cierta forma, las primeras ciudades modernas.

La burguesía es la población ideal del espacio urbano moderno: la ciudad. Por eso no es extraño que se afirme que no existió jamás un tipo de hombre determinado para la vida urbana que el que se compuso en las entrañas de la burguesía medieval (Pirenne, 1983), el burgués como hoy le conocemos gracias al acento que de estos hace el marxismo.

Frente a este panorama, cabe sumarnos a la pregunta planteada por Estrada Casarín, “¿quiénes hacen las ciudades?” (2017: 25). Los grandes capitales e intereses económicos determinan las agendas urbanas y la expansión desmedida de las ciudades, esto no es nuevo en el panorama crítico del urbanicísmo, y no recurrimos a un elemento retórico común, sino al entendimiento complejo de quiénes forman parte del proceso urbano en las ciudades modernas. Pero en tanto que la sociedad burguesa es el sujeto urbano por antonomasia de la modernidad capitalista, se suma a esta perspectiva que la economía burguesa también engendra sus propias instituciones (Marx, 1857/2014: 38), entre estas la forma de gobierno y el espacio en el que despliegan todas sus potencialidades. Por ello es importante entender en qué medida esta construcción de ciudades ha sido fundamental para entender el proceso de despolitización que se ha configurado en las ciudades en los últimos años, cuya encarnación se compone de otros fenómenos como el consumo desmedido y el incremento en la explotación de las clases marginales, es decir, las que viven al margen de los espacios urbanos.

¿Cómo se explica el fenómeno de despolitización? analicemos en primer término el fenómeno de la gentificación que juega un papel clave en este proceso. Aunque la gentrificación, es un fenómeno recientemente implantado en la política urbana en América Latina, tiene sus orígenes en la contribución que a la crítica de la economía política hicieron Marx y Engels, siendo este último quien con mayor claridad se avocó al tema de la ciudad como un elemento importante del proceso capitalista. En 1872, en su Contribución al problema de la vivienda, Engels expresó que “la extensión de las grandes ciudades modernas da a los terrenos, sobre todo en los barrios del centro, un valor artificial, a veces desmesuradamente elevado” (Engels, 1978: 326).

Podemos notar cómo, debido a las condiciones de necesidad del capitalismo, Engels observa desde 1872 que esta economía-mundo –y el crecimiento urbano desmedido, aunado al desplazamiento de los obreros a la periferia– trae consigo la gentrificación. De tal forma que la misma no es un proceso de irrupción del espacio público sino una necesidad de la misma economía-mundo capitalista para su expansión y propensión al consumo para la “alta burguesía” (gentry).

La modernidad capitalista, en su fase despolitizadora, no constituye sólo la dicotomía espacio rural espacio urbano, dándole prioridad a la Gran Ciudad como recinto exclusivamente de lo humano (Echeverría, 1995), sino que dentro de las propias ciudades existe la segregación, aquella clara expresión de la lucha de clases de la que hablábamos, donde el sector privilegiado se instala en la centralidad urbana y política, para relegar a las clases dominadas a una periferia urbana y políticamente huérfana. Cuando hablamos de lucha de clases no nos referimos únicamente a una forma violenta de confrontación social, sino a la expresión cultural del desplazamiento y la pugna que también se refleja en los espacios urbanos.

Bolívar Echeverría, acuñará el término urbanicísmo como una característica esencial de la modernidad- capitalista, al que define como “el progresismo, pero transmutado a la dimensión espacial; la tendencia a construir y reconstruir el territorio humano como la materialización incesante del tiempo del progreso” (Echeverría, 1995: 152).

¿Qué nos dice esto? Que la necesidad del urbanicísmo, como fenómeno moderno-capitalista requiere del desplazamiento de un conjunto de sujetos económicos, hacia la periferia urbana. Esto impacta de manera importante en la conciencia política, en tanto que el capitalismo concibe al sujeto como mercancía. Su participación en la vida social y urbana no requiere de politización, por ello es necesario acelerar el proceso de despolitización, ¿de qué forma? En los últimos años, el neoliberalismo, la fase más reciente del capitalismo, se ha empeñado en abrir el mercado y desplegarlo a todos los espacios de la vida. Desde la perspectiva gramsciana, el sentido común de la hegemonía neoliberal se instala en la idea de la libertad, pero una libertad de consumo y esparcimiento que despoja al sujeto de su condición política. Este aspecto es relevante para la contribución a la crítica de la economía-política, pues los trabajadores urbanos hoy no tienen reparo en las cuestiones políticas o las problemáticas que los atañen. Es lo que David Harvey (2013) llama la ética neoliberal como un intenso proceso de individualización de los sujetos frente al complejo espacial en el que se encuentran.

El neoliberalismo, apoyado por el urbanicísmo que desplaza a la periferia, convierte al sujeto social en una mercancía cuyo proceso diario es “casa-largas horas y distancias de traslado-trabajo-casa”. La preponderancia de este modo de vida impacta de forma importante en la calidad de la misma, y despoja al sujeto de la idea de atención a sus problemáticas inmediatas en comunidad, incluso lo despoja de su sentido de identidad con respecto a su entorno próximo, más allá de las problemáticas que atañen al mismo. Aquí surge una pregunta válida ¿quién conoce a sus vecinos?, pocos podrán, hoy en día, responder a esa pregunta sin reflexionar en torno al modo de vida que se lleva en la actualidad. Es un habitus que se completa con un cuadro estructurado por las formas de consumo de un mercado que crea necesidades. Por eso se habla de una reconfiguración de la geografía urbana que ha traído consigo grandes cambios al estilo de vida (Harvey, 2013: 34).

No hay gobierno sin la creación de un habitus (Castro-Gómez, 2015), por ello nos parece importante el acento en la construcción de la ciudad como un proyecto civilizador capitalista. En su más reciente fase, el neoliberalismo, se empeña en despojar a los sujetos sociales de su aspecto político, pretende mostrar el imperio de la libertad como una condición en pugna con el sentido comunitario y la gubernamentalidad. El gobierno que se refuerza con este habitus es el que niega a los sujetos sociales de su condición política, es el que los desplaza, el que los omite. En una frase, es el gobierno que prescinde de ellos para llevar a cabo tareas lejanas al espíritu comunitario, y en esto abona el urbanicísmo.

El neoliberalismo también se funda en la creación de un sentido común respecto de las formas de comportamiento, por ello es que su tarea como despolitización implica el despliegue de la vida social en etapas productivas. Imaginemos el escenario de una trabajadora o trabajador de una fábrica que reside en el sur de la ciudad y su espacio de trabajo se encuentra en la zona norte. Para trasladarse debe levantarse a las cuatro de la mañana, luego de tres horas de traslado trabaja durante –supongamos– ocho horas y cerca de las cinco de la tarde ya va de camino a su casa, para dedicar el poco tiempo que le queda antes de dormir a cenar algo, convivir con su familia nuclear o hacer algunas actividades de entretenimiento como ver la televisión o el dedicar ese espacio a las horas de trabajo doméstico que requiere el espacio nuclear de la familia.

¿Queda espacio o tiempo para que esta trabajadora o trabajador se interese por la cosa pública? Decía Hannah Arendt que la política es el espacio público de los hombres libres, su despliegue como lugar de discusión de aquello que confiere a todos. En este caso la libertad queda en entredicho y el interés por aquello que compete a un individuo en comunidad pasa a un segundo plano. Vemos cómo la modernidad capitalista, en su etapa neoliberal, despolitiza a través de la vida cotidiana.

Menos optimista que algunos críticos de la urbanización desmedida y la fuerte necesidad de los movimientos sociales insertos en la discusión frente al derecho a la ciudad, es que vemos –sobresaliendo ese último factor– que la modernidad capitalista requiere de la despolitización de los sujetos para que ello contribuya a la necesaria expansión territorial de la economía-mundo capitalista.

Por ello es importante determinar la vida cotidiana y despolitizar a los sectores marginados, aquellos que pueden ser proclives a la exigencia de una redistribución no sólo de la economía nacional sino del espacio urbano. Desde esta perspectiva, el espacio urbano, la ciudad moderna, impone el habitus de clase.

Sectorizando la ciudad en torno a sus clases y culturas, también vemos que la ciudad se configura como un espacio geográfico que crea un discurso o representación, consecuencia de la materialidad política. La división centro-periferia en las ciudades no sólo se impone acorde a la división antes planteada y la creación de un habitus o modo de vida periférico, sino que también se alimenta del cuadro arquitectónico.

Este cuadro nos muestra que las cuestiones políticas son espacios exclusivos de la centralidad. Pensemos en los edificios gubernamentales o las oficinas de la burocracia en el poder estatal, normalmente, o en mayor medida, estas se encuentran en la centralidad. Pocas veces el edificio principal del ayuntamiento local o la sede del Poder Legislativo se encuentra en espacio alejados de la centralidad urbana.

En esa medida no es de sorprender que los representantes legislativos no sean hoy los vecinos comunales de las demarcaciones que representan, ello no es penado por la normatividad local a pesar del nulo impacto identitario que esto pueda formarse. Al contrario, la centralidad política demuestra que los grandes personajes de la política deben trasladar su vivienda a zonas centrales para tener una mayor facilidad en la movilidad. Al pensar en Guadalajara vemos cómo la casa de gobierno se sitúa en una zona residencial cercana a la centralidad política de la capital jalisciense.

En esa medida, estudiar las ciudades desde su aspecto urbano, como espacio únicamente determinados por su configuración funcional o su aspecto cultural, es cerrarnos al encubrimiento de aspectos injustos que se han construido a la par de los magnos edificios. Por ello hemos echado mano de la crítica de la economía política, iniciada en Marx, para entender al menos de forma sintética en este espacio, qué es lo que ocultan estos espacios de despliegue de la vida desde un aspecto negativo o crítico, comparado con otras visiones culturales que parecen más compresivas y justificadoras de las formas de vida carentes de justicia social para quienes han sido marginados o llevados al margen del espacio urbano.

No podemos detenernos en clasificar a las ciudades como espacios pluriculturales o neutros con respecto al despliegue de las potencialidades capitalistas, debido a que esa es su configuración original, es decir, por su naturaleza es fragmentaria. La ciudad es una serie de fragmentos que subsisten en un mismo espacio/territorio, que sin embargo debemos combatir en su aspecto económico-político.

Determinar particularidades para suponer que las ciudades son desiguales y eso debe asumirse como una naturalidad, va en contrasentido de los principios de justicia que se reparten en el discurso en pro del Derecho a la Ciudad.

El viraje posmoderno de los estudios sociales sobre la ciudad es tal, que la dimensión cultural pretende encubrir el aspecto económico-político de las contradicciones de clase o espacio. El desplazamiento de un grueso marginal de la población pretende plantearse en términos de inclusión cultural y no bajo el estudio profundo de las condiciones estructurales de la economía mundo capitalista que determina y genera la marginalidad, segregación y gentrificación en lo urbano. La pregunta en todo caso no sólo tendría que ser ¿cómo es que las múltiples culturas conviven en el espacio urbano?, sino ¿cómo es que el capitalismo impacta en la vida urbana, la ciudad, y termina por configurar las culturas que se desenvuelven en ella?

Algunos estudiosos contemporáneos han dejado de lado este aspecto crítico económico debido a su tinte marxista, poniendo sobre la mesa una postura moral-ética de abogar por la reconfiguración de la desigualdad urbana a través de procesos de justicia social reformista que muy poco influyen en la problemática real y profunda del sistema capitalista.

 

Bibliografía

Castro-Gómez, S. (2015). Revoluciones sin sujeto. Slavoj Žižek y la crítica del historicismo posmoderno. México: Ediciones Akal.

Echeverría, B. (1995). “Modernidad y capitalismo (15 tesis)”, en: Las Ilusiones de la modernidad (pp. 133-197). México: UNAM/El Equilibrista.

Engels, F. (1978). “Contribución al problema de la vivienda”, en: Marx y Engels. Obras escogidas tomo II (pp. 314-396). Moscú: Ed. Progreso.

Estrada Casarín, C. (2017). “¿Un futuro urbano? La conferencia Hábitat III y los foros alternativos”, en: Revista Magis, núm. 456, pp. 18-25.

Harvey, D. (2013). Ciudades rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana. Madrid: Ediciones Akal.

Marx, K. (2014). Introducción general a la crítica de la economía política/1857. México: Siglo XXI Editores.

Pirenne, H. (1983). “La formación de las ciudades y la burguesía en la Edad Media”, en: Las ciudades de la Edad Media. Madrid: Alianza Editorial.

Sassen, S. (2004). “Ciudades en la economía global: enfoques teóricos y metodológicos”, en: Navia, P., y Zimmerman, M. Las ciudades latinoamericanas en el nuevo (des)orden mundial. México: Siglo XXI Editores.

 

 

 


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