La democracia que queremos

Por: Paulette Dieterlen

Para Paulette Dieterlen “la democracia que queremos” no sólo se ciñe a elementos formales, es decir, no debe ser vista únicamente como un proceso, sino que debe estar sostenida en dos conceptos que garantizan un sistema democrático: la libertad y la igualdad como elementos indispensables para tal efecto.

Existen varias formas de estudiar el sistema político llamado “democracia”.  Por esta razón, hablar de la democracia que queremos no es cosa fácil, sobre todo si la comparamos con la que existe en países que tienen un grado de desarrollo social mayor que el nuestro. Tal comparación no es sencilla y tampoco va a ser muy alentadora. Una manera de hacerlo es fijarnos con detalle en las distintas formas de democracia que existen en diferentes países y establecer comparaciones con nuestro país. A esto le llamaríamos una manera empírica de acercarnos a esta forma de gobierno y mediante él intentaríamos examinar sus reglas jurídicas, sus procedimientos de toma de decisiones, sus mecanismos de representación, la continuidad de sus elecciones, el número de partidos con los que se cuenta para las contiendas políticas y el papel que estos desempeñan, sus formas y modos de llegar a consensos o a negociaciones.

Otra forma en la que podemos estudiar la democracia es considerarla como un ideal a perseguir, es decir, tenemos que analizar cuáles son los elementos que deben existir en una democracia prácticamente ideal, que me parece que es la forma más interesante de concebirla.

Ahora bien, para no empezar con puntos de vista radicalmente distintos, como la conceptualización y el análisis de la democracia directa, me gustaría señalar que necesitamos referirnos, en favor del argumento, a aquellas que son conocidas como liberales, representativas y constitucionales. Por lo general estas democracias justifican un Estado soberano pero ponen formas para limitarlo. La democracia liberal representativa reconoce que el Estado debe tener el monopolio del poder coercitivo para proporcionar la seguridad necesaria que permita a las personas llevar a cabo sus preferencias para así poder ejercer intercambios, establecer relaciones comerciales, ejercer sus valores religiosos y familiares y vivir conforme a ellos. Sin embargo puede suceder que los valores, las normas y las opiniones de algunas personas sean distintas y, por ello, no sea posible llegar a acuerdos. Por esta razón los demócratas liberales creyeron en la representación. Esto significa que si existe una igualdad para ejercer el voto las personas elegidas por sus conciudadanos, podrán proteger los intereses y las actividades de aquellos que los eligieron. Así, el gobierno representativo mediante las elecciones públicas, puede superar los excesos de lo que sería la democracia directa y, de esta manera promueve la discusión de los asuntos públicos. Supuestamente, quienes son elegidos, tienen la capacidad de representar los intereses de los que votaron por ellos.

Ahora bien, uno de los temas que deben discutirse cuando hablamos de la democracia que queremos es la posible reconciliación entre los derechos  individuales y la regla de la mayoría. Es indiscutible que la regla de la mayoría es un elemento necesario en las democracias constitucionales, esta se aplica en las elecciones diversas así como en las decisiones que toman los poderes legislativos y judiciales. Sin embargo, cuando analizamos su funcionamiento nos percatamos de que las decisiones mayoritarias pueden afectar los derechos de algunos y soslayar los intereses de las minorías. Por esta razón, los teóricos de las democracias representativas defienden límites a las decisiones mayoritarias: las garantías constitucionales, la revisión judicial, la separación de los poderes y los pesos y contrapesos.

Prácticamente todos los autores que defienden la democracia representativa consideran que la Constitución es un medio para obligar a los grupos de los representantes a que respeten las garantías que ella otorga. Se consideran a las constituciones como lazos que atan a las personas y les impiden una exaltación, por ejemplo, nacionalista que puede tener consecuencias fatídicas para la ciudadanía. Las Constituciones funcionan como el palo de Ulises en el que pide que sea amarrado para no sucumbir al canto de las sirenas.

Por su parte, la revisión judicial funciona como un mecanismo por el cual las normas se aplican. Cuando una ley tiene que ser interpretada o revocada es necesario que aparezca el poder judicial. Esto implica que es importante perfeccionar los métodos de selección de los jueces, su inamovilidad en el cargo y su remuneración, el papel del poder judicial para la democracia es de suma importancia en los casos que los poderes ejecutivo y legislativo violen ciertos derechos. También importa que el ejecutivo tenga la capacidad de veto en caso de que la decisión de los legisladores perjudique a los ciudadanos.

Un elemento sumamente importante para contrarrestar los peligros del gobierno de la mayoría es la división de los poderes, quizá la parte más importante de la división de poderes radique  que funciona como un sistema de pesos y contrapesos.  Es de suma importancia contar con un bicameralismo independiente del poder ejecutivo. Ahora bien, para que exista una verdadera separación de poderes es necesario que existan organismos centrales independientes (ejemplo de ellos en México son la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el Banco de México y el Instituto Nacional Electoral), es decir que no se conviertan en una rebatinga de los partidos políticos y que sean verdaderamente independientes del poder ejecutivo (Dahl, 1997: 109-111 y 113).

Ahora bien, después de mencionar los elementos formales que debería tener “la democracia que queremos” falta incorporar dos aspectos que son, a mi juicio, indispensables para lograr que esta sea la forma de gobierno que estamos buscando.  Existen teóricos de la democracia que piensan que ésta se refiere exclusivamente a sus aspectos formales, tales como lo vimos anteriormente, es decir, la consideran sólo como un proceso. Sin embargo me parece que  hay dos conceptos que, finalmente, debe garantizar un sistema democrático y que no pueden quedarse como elementos puramente procesales: la libertad y la igualdad. En el sentido de la democracia como proceso, la libertad se entiende como la posibilidad de tener alternativas en el momento de sufragar, es decir, un abanico de proyectos políticos con los cuales se esté de acuerdo. Por su parte, la igualdad consiste en proponer que cada individuo tenga acceso a un voto. Esto que parece obvio, no ha sido así. Por ejemplo el voto  universal para los hombres se dio en el siglo XIX, antes sólo los que tenía una propiedad podían votar ya que, se decía, eran los únicos que arriesgaban algo valioso. No se diga con las mujeres, el voto femenino fue un fenómeno de principios del siglo XX y en México a finales de 1953. Este hecho fue un reflejo de la famosa idea de un pensador como Bentham, quien opinaba que las mujeres no debían votar porque repetirían la opinión de su marido y contar dos veces lo mismo restaba eficiencia al procedimiento.

Ahora bien, otros autores, entre los que me incluyo, pensamos que aparte de la garantía que debemos tener en los procesos, necesitamos un concepto sustantivo de libertad y de igualdad. Lograr esto es indispensable en los países en los que existe un alto índice de pobreza.

Comenzaré a explicar lo que entiendo por libertad sustantiva. Como mencioné anteriormente por libertad como procedimiento se entiende la posibilidad de ejercer una preferencia política sin coerción, ya sea física o psicológica. Por el contrario, por libertad sustantiva algunos autores entienden un concepto  de libertad que fue acuñado por Isaiah Berlin (1978: 140). Por una parte, él considera una libertad a la que llama “negativa”; esta coincide con la libertad procesal, es decir en la posibilidad, por un lado, de elegir sin coacciones físicas o psicológicas y por otro de que nuestra integridad como personas no se vea amenazada; no sólo en las agresiones físicas, sino, también en el abuso del poder, la intimidación laboral, la explotación, por poner algunos ejemplos. Por otro lado, él se refiere por libertad positiva a la gama de posibilidades reales que se ofrecen a las mujeres y a los hombres, es decir, a aquellas alternativas que les permiten no sólo hacer sino ser; ser personas que puedan deliberar ante un abanico de posibilidades entre las que se encuentran proyectar planes de vida y la capacidad de buscar los medios adecuados para conseguirlos. La libertad positiva o sustantiva está comprometida con la obligación que tiene el Estado de proporcionar a las personas alternativas reales. Por ejemplo si una persona, para vivir, depende exclusivamente de las fuerzas de la naturaleza, no tiene una libertad sustantiva satisfecha. Pensemos en las personas que ocupan siete horas de su tiempo para conseguir una cubeta de agua. Por ello es necesario que se apele a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y se observe que los elementos necesarios para llevar a cabo una vida digna se encuentran establecidos en ella, ejemplifico con la salud y la educación. Le corresponde al poder legislativo vigilar y llevar a cabo políticas públicas que ayuden a que los ciudadanos tengan acceso a la protección de la salud y a una educación de calidad. Cuando esto no se cumple, la democracia falla.

Esta libertad suele denominarse “libertad para el bienestar” e incluye la idea de que todos los ciudadanos somos agentes en el sentido fuerte de la palabra. Es decir la idea de libertad que se relaciona con la agencia considera las posibilidades reales de ejercerla, lo que significa que las personas pueden elegir los fines en la vida y los medios más adecuados para lograrlos (Sen, 1997: 132).

En cuanto a la igualdad, también es importante mencionar la existencia de un concepto formal. Si estamos hablando de democracia, podríamos entender simplemente la posibilidad de votar. Sin embargo, también existe una idea sustantiva de la igualdad que es necesaria para que consideremos seriamente la posibilidad de que vivamos en una democracia real. La igualdad sustantiva incluye dos conceptos: la equidad y las oportunidades. Si unimos los tres conceptos, debemos perseguir un principio de equitativa igualdad de oportunidades (Roemer, 1990: 2). Pongamos un ejemplo, todos tenemos derecho al voto si se cumplen los requisitos para ello pero esto no es equitativo. Quizá un campesino tenga que hacer un gran esfuerzo como tener que caminar cinco kilómetros para poder votar mientras que a un citadino esto no le importe porque cuenta con transporte. Si bien, los dos tienen igualdad de posibilidad de votar, la situación no es equitativa. Este principio se relaciona directamente con el problema de la desigualdad.

El tema de la igualdad es fundamental para alcanzar la democracia que queremos. Mientras exista en un país una cantidad considerable de pobreza extrema, los votantes serán fácilmente manipulables y quizá, no conocerán las verdaderas alternativas que ofrecen los partidos políticos y sus candidatos. Y, como mencioné anteriormente, lo más probable es que les sea muy difícil ir a votar. Por esta razón, defensores de la igualdad, piensan que si queremos tomarla en serio, necesitamos un antes y un después. El antes significa que si estamos en una situación de falta de igualdad equitativa de oportunidades, necesitamos “igualar el campo de juego”, esto significa que todas las personas partan de una misma base para tomar sus decisiones. Hablando de la democracia necesitaríamos  que el Estado proporcione una educación similar para todos los ciudadanos, una protección  de la salud y, en general, un cumplimiento de todos los derechos que marca la Constitución. Además, nivelar el campo de juego implica la posibilidad de poder cumplir con las obligaciones que tienen los ciudadanos y que están establecidos en  nuestra carta magna. Por la igualdad como un después, entendemos la posibilidad de las personas de llevar a cabo sus elecciones.

Para concluir, podemos afirmar que para llegar a construir la democracia que queremos, es indispensable que se cumplan rigurosamente los aspectos formales pero, también que cuando hablemos de dicha forma de gobierno tomemos en cuenta una libertad y una igualdad sustantivas. Con ello, respetaremos plenamente los derechos ciudadanos que se encuentran en nuestra Constitución.

 

Bibliografía y fuentes de información

Berlin, Isaiah (1978) “Two concepts of liberty” en: A. Quinton (ed.), Political Philosophy, Oxford, Oxford Univesity Press.

Dahl, Robert (1997) “Procedural Democracy”, en Robert E. Goodin y Philip Pettit (comps.), Contemporary Political Philosophy. An Anthology, Oxford, Blackwell. 

Roemer, John (1990) Equality of Opportunity, Harvard, Harvard University Press-

Sen, Amartya (1997) Bienestar, justicia y mercado. Barcelona.

 


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