Hacia otra historia de los derechos humanos

La abstracción es nuestra salida, el montacargas del horror hecho mercancía

…porque en este mundo todo está  perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido”

Milan Kundera

 

La historia sin tiempo

¿Qué pasaría –Se pregunta Milan Kundera al inicio de La insoportable levedad del ser–, si tuviéramos que vivir una y otra vez lo mismo por siempre, y que esto se repitiera una y otra vez al infinito? Imaginemos, como lo hace el novelista, que las miserias del hombre, todas, ya hubieran sucedido y se repitieran una y otra vez hasta el infinito.

Efectivamente, la idea es insoportable, y nuestra razón práctica ejerce la autocensura por razones obvias, no sólo es insoportable, es, además, demencial.

Pero  lo  que se  nos presenta como insano es el pensamiento de lo particular que se repite al infinito: Napoleón, Hitler, Stalin, Hiroshima, Auschwitz, Rwanda, etcétera. Por eso el recurso a la generalidad.

La abstracción es nuestra salida, el montacargas del horror hecho mercancía. Lo general, se piensa y vuelve a pensarse, se le interpreta, moldea, discute y trafica con él.

Cuando las guerras se reconvierten en “la guerra”, el horror pierde peso y el combate sangriento, el de los vientres destrozados, el de los anónimos moribundos, el de los mutilados, se convierte en debate civilizado, y su topos es un cubículo o una sala de conferencias. Mientras tanto, afuera, las historias se repiten.

Son las historias de cualquier nombre, de cualquier edad, que emigra en busca de trabajo, buscando qué comer en las calles, que sufre las violencias familiares, laborales o estatales, las de razas y las de género, la religiosas y las de grados académicos.

Son éstas, las historias particulares, las del eterno retorno, son,  en suma y asumiendo la paradoja, la misma lucha que se repite pero con diferente rostro, dicho de otra manera: la Historia que, en su constante repetición, cambia de  máscara.

Asumo pues, la sospecha de que entre la verdad que asoma en las generalidades y la realidad del mundo de las particularidades, la de los conceptos humanistas y la vida inmediata de cada uno, existe una frontera que no es del orden de lo espacial, sino un momento distinguible, apenas, por la queja ante las condiciones de vida y los derechos que intentan afirmar esa vida: un señorial castillo de deberes y derechos convenidos, de dignidades y preeminencias de la razón, del bien común y la moralidad, y un poblado construido por  la miseria de lo concreto, donde está vedado entrar a un país en busca de trabajo, aunque la mercancía sí tenga ese privilegio; la de cientos de infantes que recorren las calles o los campos en busca del sustento mientras los grandes corporativos de la alimentación transnacional especulan con sus mercancías; en suma, las cuatro quintas partes de hombres y mujeres, que habitan este planeta y viven en condiciones precarias.

Pero el castillo y el pueblo no son excluyentes, se necesitan unos a otros, y se confunden, el castillo vive en el imaginario del pueblo y los ilusionistas del concepto son al mismo tiempo sujetos de ese pueblo. Inexplicables, inútiles, cada uno de esos sujetos es, por dignidad propia, dueño de un haz de derechos.

Propongo, pues, regresar a ese momento intemporal, cotidiano, que se repite incesantemente, en que el conocimiento se parte en experiencia e intuición, donde lo que nuestros sentidos recogen se convierte en concepto, donde comienza el vaivén entre física y metafísica, paso constante e imperceptible en lo cotidiano que va de la experiencia y quehacer del intercambio de mercancías, o simplemente de palabras,  a la sensación de lo justo o, en otro sentido, de la experiencia del encierro corporal o mental al sentimiento de lo libre.

Momento primordial que permite la elaboración racional de los conceptos abstractos,  la definición de los entes metafísicos y la afirmación de su existencia, por ejemplo, la justicia y la libertad; instante en que las sensaciones y deseos de- vienen substancias.

Más allá de la pregunta por su existencia real –en su acepción más común–, estos conceptos afirman su necesidad para la razón práctica, nos son necesarios y al mismo tiempo funcionan como motores ideales, están en nuestra cotidianidad y los usamos con certeza plena, sin duda sobre su ser, como  el vaso aquel o esta computadora con la que escribo.

Sólo una reflexión posterior puede llevarnos a la incertidumbre, únicamente un trabajo histórico puede poner en jaque lo que aparece como evidentemente dado. Es el acto del hombre el que puede corroborar o desmentir su ser, el acto como historia, como discurso.

Sin embargo, la historia, la que conocemos, no lo corrobora, sino que lo incorpora a su discurso como finalidad, da por hecho que el sentido de los tiempos del hombre es alcanzar estos ideales, y el tiempo preciso de su realización es la modernidad. Pero estos entes evidentemente dados se debilitaron, no pudieron sostenerse por sí mismos.

Justo en el momento en que parecían afirmarse con toda su fuerza, la conquista de la libertad y la  justicia se convirtió en el logro de algo más ambiguo, menos consistente, algo potencial, latente, pero nunca realizado: el derecho.

Una aspiración, potencia que nunca se cumple, al mismo tiempo que acompaña la libertad y la justicia termina por negarlas: no soy libre ni mi Estado es justo, sin embargo tengo derecho a ello y nadie debe negármelo. Esta negación acusa una mediatización de la libertad y la justicia. Siempre quedarán más allá, inalcanzables, pero a cambio tenemos el derecho a ellas. ¿Qué significa esto? 

El concepto

La sospecha apunta principalmente a la afirmación de un concepto impuesto pese a la imposibilidad de su referencia al mundo.

Vuelvo al inicio con una pregunta, aclarando que ésta no se cuestiona el problema de la fundamentación de los derechos humanos –ese trabajo de imaginación se ha hecho una y otra vez y ha creado, incluso, toda una industria del concepto, viajes alrededor del mundo, buenas ganancias y miles y miles de páginas impresas–, entonces, si nuestros ejemplos, la libertad y la justicia, estaban apoyados en una experiencia, en una percepción del mundo, en una intuición, ¿a qué podemos referir la idea de derecho, si incluso el mismo Platón  había recurrido al mundo de la polis como referencia, para sustentar sus teorías sobre la justicia?  ¿A qué se refiere la palabra derecho en nuestro mundo? La pregunta no es vana ni menor, si tomamos en cuenta que la palabra es nuestra forma de nombrar la realidad.

Aunque Olivecrona nos había ya advertido  –en su escrito sobre Lenguaje jurídico y realidad–, del vacío de la palabra derecho, la asociación de éste al conjunto de normas que se adoptaron en muchos países parece no ofrecer un problema especialmente.

Dicha sociedad podría tener un sentido, aunque nunca queda claro del todo, por ejemplo, si referimos la ley a lo justo y si lo justo lo enlazamos con lo recto y si lo recto es lo derecho.

Así, la idea de derecho sería solidaria al pensamiento mismo sobre el ser, y preexistente a la separación entre ser y deber ser, aunque, insisto, es inocua, cosa que no sucede con el concepto de derechos humanos que, pese a todas los malabarismos conceptuales para sostener el innecesario maridaje derecho-humano, tiene una función instrumental y económica en el sostenimiento de las relaciones de poder en los últimos dos siglos y medio.

Sabemos que los ingleses lo utilizaban desde finales de la Edad Media casi en el mismo sentido que lo usamos ahora, y Hobbes lo menciona constantemente a lo largo del Leviatán sin preguntarse tanto sobre su esencia, sino más bien cayendo en la trampa de la ambigüedad a que da lugar.

Al inicio del capítulo XIV de la parte primera escribe: “The right of nature, which writers commonly call jus naturale, is the liberty each man hath, to use his own power as he will himself [...]”. El ius se ha transformado en derecho, y el derecho es, al mismo tiempo, libertad.

Podemos agregar un  poco a esta confusión si aseveramos que uno de los principales derechos del hombre es el derecho a la libertad, como comúnmente se asevera. La resultante es un absurdo.

Explosión de la palabra en miles de sentidos: el derecho es una facultad, una potestad, es la libertad, la justicia, un poder, un deber, una prerrogativa, es jurisdicción, autoridad, atribución, dominio, opción; es todo esto y, al mismo tiempo, se tiene derecho a todo ello.

Toda persona tiene derecho a la cultura, a la vida, a la propiedad, a la identidad, a la nacionalidad, al trabajo, a la educación, a la libre sexualidad, a la no discriminación, a la vivienda, a la ecología; hay derechos humanos de los niños, de los jóvenes, de los adultos mayores.

Hay derechos humanos de los migrantes –no a migrar en busca de alimentos, trabajo  y lo que eso implica: la vida–, pero sí a que se les respeten todos los demás derechos humanos inherentes a la persona, curiosa construcción que desvela ligeramente lo que se oculta detrás de la idea.

Se tiene también el derecho a quejarse cuando no se respetaron los de una persona, en fin, todo un catálogo de derechos del  individuo que evidentemente no se agota aquí; tiene derecho, además, a que el Estado proteja y no sólo los reconozca. Ya antes el Estado ha afirmado toda una serie de normas para garantizar al individuo su seguridad: éstas también son derechos.

En este sentido, el derecho se traduce como una “obligación” del otro a respetar ciertas áreas de actividad o atributos de mi persona. Insuficiente para algunos, inaceptable para otros, traducir mi derecho por la obligación del otro no agota su sentido, porque los derechos son algo que posee el hombre independientemente del resto.

Pero el derecho es sólo un  aspecto del asunto y, por derivación, lo recto. Habría entonces que empeñarse en un trabajo genealógico para saber cómo, a partir de una noción de lugar, se pasa a un enunciado moral a través del concepto de ley y de ordenamiento jurídico.

¿Cuáles son las condiciones para que un adverbio de lugar se convierta en  sustantivo?, y sobre todo esto, flota la pregunta sobre la finalidad. Aunque es posible que sea uno de esos casos en los que, por azar,  el término sufrió un proceso de asociación, aunque no sucede lo mismo con su instrumentalización. 

Los derechos humanos como Instrumento

Aunque, como se  dijo líneas arriba, la palabra derecho, en el sentido de los derechos humanos, no tiene un significado, o mejor dicho, significa tantas cosas que termina por no significar ninguna, parece de suyo que hay una comprensión dada por el sentido común, que todos, cuando oímos la palabra, entendemos lo que se expresa y asentimos o negamos con plena conciencia; entonces, la respuesta a la pregunta sobre qué haría un migrante o un niño explotado por hambre, laboral o sexualmente, con un derecho humano, pareciera que no debería tener ninguna complicación, sin embargo, ¿significa acaso que el migrante va a cruzar la frontera con la autorización de los propietarios, los cuales tienen derecho sobre sus tierras, o que los niños van a recibir comida y educación, y que no van a ser abusados en ningún sentido?

¿Por qué, pese a todo un discurso que parte de la Declaración de los Derechos del Hombre, hace ya más de doscientos años  –pasando por los derechos sociales y  de las minorías hasta nuestros días–, las historias se repiten, y retornan una y otra vez?

Será acaso la expresión de un deseo, curiosamente motivado e impulsado por los países que han dejado sobre casi todo el planeta su huella de destrucción y muerte, humana y ecológica. Pero este deseo ha devenido en imposición e institucionalidad.

En el primer caso, como presupuesto para otorgar créditos –el otorgarlos o no es su derecho– y ayuda a los países del tercer mundo que tienen derecho al desarrollo; en el segundo, la instalación de costosas comisiones que tienen la finalidad de calificar el trabajo de los gobiernos y, en su caso, efectuar recomendaciones o actos a enmendar discrecionalmente por la autoridad interpelada, que ese derecho se reservan.

Así, mientras las historias se repiten planetariamente  por ejemplo, Estados Unidos de América, de pleno derecho levanta  un muro para que los trabajadores de otros países, principalmente el nuestro, no ejerzan su derecho a buscar una mejor forma de vida y con esto proteger los derechos de sus ciudadanos, estas comisiones nos recuerdan por todos los medios el cúmulo de derechos de los que somos propietarios y nos advierten que son los encargados de hacerlos respetar.

Edificios, funcionarios, comisiones gubernamentales, organizaciones no gubernamentales –que no tienen fines de lucro, por su- puesto, y que se otorgan a sí mismos el derecho de representar a la sociedad–, cursos, diplomados, maestrías y doctorados, altos salarios e infinidad de recursos se destinan para este fin, a costa de los propietarios de los derechos: toda una industria que deviene posible por medio de los recursos públicos, ya sea como gasto oficial o a través del financiamiento vía deducción de impuestos. 

El concepto y el Instrumento

El término derecho –en su sentido amplio– ha venido siendo utilizado por los distintos actores de la sociedad, indiscriminada y acríticamente. Políticos de ambos  lados, de izquierda y de derecha, académicos, intelectuales, líderes sociales y sindicales, comunicadores y el hombre mismo, el de la calle, lo utilizan corrientemente, con el presupuesto de su inteligibilidad y de su verdad, y por ello, de alguna manera, de su efectividad.

Nuestra Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en  sus más recientes mensajes en los medios de comunicación, hace hincapié en su misión de cuidar y velar por los derechos de las personas y, al mismo tiempo, hace la recomendación: “no dejes que pisoteen tus derechos”.

Pero, dejando de lado a los autores y centrándonos en el enunciado, ¿qué diferencia existe entre velar por los derechos y velar por las personas? o ¿qué distancia media entre no dejar que se pisen los derechos y no dejar que se pise a la persona? Pareciera decir lo mismo, pero en el fondo no lo es.

El sujeto de poder, el violador de los derechos, está actuando directamente sobre las personas; el impedimento es físico, aunque el discurso venga en el disfraz de una metafísica sin sentido. Lo que se violenta directamente es a la persona de carne y hueso, que traduce el atentado en términos de menoscabo a la libertad y a la justicia.

Pero la reparación del daño siempre será medida en términos de derecho: logro del Estado burgués moderno, donde el agraviado tenía que someterse a los aparatos que el poder mismo le proporcionaba.

El concepto de derechos humanos es un refinamiento del poder transnacional, subjetivación sin fin, desintegración de la persona en multiplicidad, proliferación de leyes generales regulando cada una de nuestras conductas, enfrentándonos a todos con la atribución de unos derechos sin fin, por edades, por actividades, por manías, por deseos.

Boaventura de Sousa Santos aseguraba, en el año 1995, en un escrito sobre las universidades, lo siguiente: el éxito en las luchas por los derechos sociales y económicos en los años sesenta, los llamados derechos humanos de segunda generación.

Aprovecho este comentario para acabar con una pregunta: si hubo éxito en materia de tales derechos, y si tomamos como ciertos los datos sobre la pobreza en el planeta, ¿qué se oculta detrás del enunciado derechos humanos?

Una historia alternativa aparece como posible.

 
Bibliografía

De Sousa Santos, Boaventura (1995), De la mano de Alicia: lo social y lo político en la posmodernidad, Siglo del Hombre Editores, Bogotá.

Foucault, Michel (2004), El orden del discurso, Tusquets Editores, Barcelona.

Foucault, Michel (2002), Defender la sociedad, Fondo de Cultura Económica, México.

Hobbes, Thomas (1984), Leviatán, Fondo de Cultura Económica, México.

Kundera,  Milan (1985), La insoportable levedad del ser, Tusquets Editores, Barcelona.

Nietzsche, Friedrich (1989), La genealogía de la moral, Alianza Editorial, México.

Nietzsche, Friedrich (1984), Así habló Zarathustra, Editorial Origen, México.

Olivecrona, Karl (1994), Lenguaje jurídico y realidad, Fontamara, Buenos Aires.

Platón (1973), Diálogos, Porrúa, México.

 


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