Es la cultura, estúpido

La discusión sobre el papel de la cultura en México debe ser más que la discusión sobre el CONACULTA y su inmovilidad lamentable

Por: Yuri Herrera

Pocas veces un gobierno ha sido tan generoso como el que tenemos hoy a la hora de dar razones para reprobarlo, quizá por ello durante estos años las críticas al papel de las instituciones culturales han pasado a segundo plano.

Repaso algunas, verdaderas o infundadas: la estructura vertical del CONACULTA, su duplicación de funciones con el INBA, la falta de transparencia en los mecanismos de asignación de becas, el amiguismo y, últimamente, su papel en la organización de unas muy erráticas y onerosas celebraciones del Bicentenario (del Centenario este gobierno prefiere no acordarse; todavía les duele el Ipiranga).

Entre estas críticas, una de las más recurrentes es la acusación de que la estructura cultural del Estado sirve fundamentalmente para cooptar intelectuales.

Y sí, el Estado, cualquier Estado, siempre intentará cooptar a sus potenciales críticos; pero creo que la mejor manera de resistir esa cooptación no es alejándose de las instituciones y aproximándose a la pureza, sino transparentando esa relación y, aún más: sacándola de la dicotomía enfrentamiento/dádiva.

La discusión sobre el papel de la cultura en México debe ser más que la discusión sobre el CONACULTA y su inmovilidad lamentable, e incorporar la reflexión sobre el lugar que ocupa la cultura en las políticas públicas.

La cultura no es algo que se localice en los museos o a los cafecitos “bohemios”, como parece ser el lugar cómodo que se le ha asignado en el imaginario oficial.

La cultura es eso que sucede sin cédula explicativa al costado: cómo nos relacionamos en el trabajo y en la pareja, cómo evoluciona nuestra vida económica, qué estrategias utilizan los ciudadanos para lidiar con los conflictos, cómo proliferan nuestras ciudades.

Mas para los políticos profesionales esto es folclor que no araña su entrega a las estadísticas. Así, la calidad de vida se mide por la cantidad de obra pública con que se intenta apaciguar (o no) a los barrios marginales, mientras que los sujetos producidos en estos lugares (sus hartazgos, sus maneras de comunicarse, sus valores) no influyen en las decisiones de los funcionarios. 

La educación pública deja de lado la inmensa riqueza plurilingüística de nuestro país. Las políticas económicas ven a las estrategias del comercio informal como un cáncer, no como la evidencia de que hay una población con voluntad e ingenio para producir riqueza a pesar de la crisis.

El crecimiento urbano está dirigido no por arquitectos sino por contratistas con buenos amigos y líderes sindicales en vísperas de elección.

Mientras tanto, en materia de seguridad pública los escritores y artistas plásticos han entendido mucho mejor que cualquier político las maneras diversas en que el narcotráfico ha impactado nuestra vida cotidiana, más allá de las balaceras.

Cada uno de estos problemas estaría más cerca de ser mejorado si se comenzara a escuchar a las comunidades involucradas en la práctica artística e intelectual.

¿Es que debe empezarse a incorporar a intelectuales y artistas al gabinete? No. Ni creo que hagan falta más becas ni que sea necesario repetir la experiencia del salinismo, en la que un par de famosos historiadores cumplían el papel de voceros oficiosos.

Lo que digo es que la comunidad artística debe dejar de ser considerada como un bicho que da comezón y al que hay que mantener contento con una ración de sangre presupuestal o, en el mejor de los casos, como un ornamento bueno para los discursos y las conmemoraciones.

Sus miradas son necesarias para entender una realidad tan compleja como la que hemos construido. Estas miradas permitirían hacernos preguntas distintas y enfocar de manera distinta nuestros problemas.

¿Por qué, en vez de atiborrar la ciudad de soldados, no se trató de recuperar en Juárez a los y las líderes que en cada colonia intentan mantener la cohesión social, a los profesores que salen todos los días a los lugares más olvidados, a los artistas plásticos que le apuestan a construir nuevos espacios públicos?

O por ejemplo ¿por qué no se aprecia el valor de los tianguis indígenas en muchos pueblos del estado de Hidalgo, que han demostrado por siglos su funcionamiento, en vez de querer sustituirlos por WalMarts? Y ¿por qué no se escuchan las múltiples voces que piden que con relación a la “guerra contra las drogas” se promueva la responsabilidad personal en el consumo?

Para decirlo de una vez. Entender el papel de la cultura es un asunto de seguridad nacional. Imagino que el lector, en cuanto leyó esta frase, sintió terror ante la imagen de Sari Bermúdez en una reunión de gabinete al lado del Procurador General de la República y el Secretario de la Defensa. Pero no hablo de eso.

La cultura es un asunto de seguridad nacional, sin embargo no es un asunto policiaco, sino un tema que comprende los múltiples factores que afectan nuestra calidad de vida y cuya incorporación al proyecto de nación puede ayudar a prevenir la volatilidad social.

Para lograr que la clase política atienda la cultura no es necesario incorporar más gente de la República de las Letras (o de los Lienzos o los Píxeles o las Partituras) al gobierno, sino exigir que la cultura se convierta en una prioridad a la hora de planear proyectos a largo plazo.

Traigo a colación algunos ejemplos pertinentes: cuando Felipe González llegó al poder, puso en el Ministerio de Cultura no a un escritorcillo de quien debía deshacerse o a un personaje menor, sino a quien probablemente había sido su colaborador más cercano durante la transición, Javier Solana (quien a partir de entonces desempeñó cargos cada vez más importantes dentro de la seguridad europea); y no se puede minimizar el papel que tuvo la cultura, los artistas, los intelectuales, en el desmontamiento del viejo régimen y la consolidación de las libertades en España. Otro: al fundarse la Quinta República Francesa, De Gaulle nombró como ministro de Cultura a André Malraux, novelista, quien ya había sido Ministro del Interior, y éste creó, con el apoyo del ejecutivo, uno de los programas culturales más amplios y perdurables de que se tenga memoria.

Y un ejemplo más cercano a nosotros es el de Gilberto Gil, a quien Lula eligió como su primer Ministro de Cultura, y quien involucró a sus Puntos de Cultura en la que fue la gran batalla de Lula, la lucha contra la miseria, dejando de lado el mero asistencialismo para convertir a los beneficiarios de los programas sociales en agentes del cambio.

Más allá de la opinión que podamos tener del Gaullismo, de Lula o de la trayectoriade Solana, acudo a estos ejemplos parailustrar cómo, en momentos clave de estospaíses, sus respectivos líderes tuvieron la inteligenciapara no sólo poner en la cartera decultura a personajes influyentes y talentosos,sino, sobre todo, para reconocer el papel centralde la cultura en la construcción de la nuevaetapa de sus naciones.

Sería demasiado pedir a nuestros políticos que abandonen su conchita tecnocrática, pero al menos podemos gritarles hasta conseguir que asomen la cabeza.

 

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