Elecciones y el ciudadano. Notas sobre la calidad de la democracia mexicana

Queda más o menos claro que en México el proceso de transición desde un régimen autoritario (que no hacia uno plenamente democrático) fue apostado en la creación y fortalecimiento de instituciones electorales

Por: Jesús Isaac Preciado
 
Una de las primeras conclusiones a la que uno puede llegar después de observar a nuestra joven democracia es que en poco tiempo México se ha convertido en un país con alta competitividad electoral lo cual se traduce como incertidumbre acerca de quién será el ganador de la contienda; para muchos una de las principales características de la democracia.
 
A pesar de que este alcance no es un logro menor esto de ninguna manera nos garantiza el goce de una democracia de calidad. 
 
En la historia reciente de nuestra política queda más o menos claro que en México el proceso de transición desde un régimen autoritario (que no a hacia uno plenamente democrático) fue apostado en la creación y fortalecimiento de instituciones electorales que otorgaran certidumbre a la competencia política. Así se crearon instituciones como el Instituto Federal Electoral (IFE), el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) y medianamente se fortaleció a los partidos y al sistema de partidos. 
 
Bajo una lógica de competencia y siendo justos con este proceso transicional es importante reconocer que dichas reformas y la creación de estas instituciones jugaron y juegan un papel fundamental, no solo en organizar el proceso electoral y fomentar la participación de los ciudadanos sino, en garantizar la equidad en la competencia, la limpieza y libertad del proceso y sobre todo en declarar vencedor al candidato o partido que bajo condiciones de legalidad haya conseguido el mayor respaldo popular reflejado en el numero de votos. 
 
Sin embargo, ¿son las elecciones competidas elemento suficiente para declararnos satisfechos con la democracia? ¿Los partidos y políticos electos representan fielmente los intereses de su electorado? En otras palabras, ¿lo conseguido hasta ahora ha traído un cambio sustantivo en lo que entendemos por política en nuestro país?
 
Inicialmente creo que la respuesta a lo antes planteado es no en todos los casos. A estas alturas nadie puede asegurar que estamos construyendo una democracia sólida donde se garantice una igualdad no sólo política entre los individuos, sino económica, la cual forzosamente afecta la primera debido a que los individuos con menor bienestar económico son presas de la manipulación electoral y política por parte de los partidos y en el mayor de los casos de los gobiernos.
 
En este mismo sentido, nadie asegura que en la actual condición de nuestra democracia se garantice un claro imperio de la legalidad o prácticas cotidianas de transparencia por parte de los políticos, partidos, gobierno y demás instituciones involucradas en la vida publica.
 
Menos aún existen mecanismos claros de responsabilidad de los políticos donde puedan ser fiscalizados por los ciudadanos acerca de su eficiencia gubernamental, si cumplieron o no con sus promesas de campaña y donde sean reelectos o castigados por sus aciertos o errores.
 
Y finalmente, ni siquiera podemos asegurar que existen mecanismos claros y eficientes donde se garantice una amplia participación de los ciudadanos en la política más allá del sólo derecho al voto.
 
En otras palabras, desde una visión sustantiva de la democracia aún no logramos ir más allá de una de corto alcance, esto porque la transición fue pensada así, de corto alcance.
 
Las próximas elecciones, independientemente de quién sea el ganador, deben traer consigo condiciones para profundizar los cambios necesarios en nuestra democracia; donde ésta sea entendida no sólo bajo un valor instrumental sino uno intrínseco y sustantivo, lo cual evite la erosión de lo hasta ahora conseguido. 
 
Conformarse o creer que nuestra democracia pasa sólo por las instituciones electorales o los partidos no solamente es injusto para estos últimos –ya que su función en muchos sentidos es únicamente instrumental, sino es miope ya que es reducir nuestra idea de democracia a una sumamente pobre que acabará por agotarse en poco tiempo.
 
Por lo anterior, el compromiso mayor de los próximos gobiernos y partidos políticos con representación debe ser para con el ciudadano, poniendo en marcha, y en algunos casos la profundización, de cambios que mejoren la calidad de nuestra democracia.
 
Entiéndanse estos cambios como el fortalecimiento de la legalidad, el compromiso con la rendición de cuentas y transparencia, garantías de equidad e igualdad política y económica, pero sobre todo efectiva representación donde las demandas del ciudadano común sean las centrales en la agenda política. 
 
Queda claro que lo anterior planteado dependerá mucho de la voluntad y acuerdos de los partidos y políticos en general; sin embargo, la participación del ciudadano día a día en la política presionará, y retará a estas estructuras y su visión limitada de la democracia.
 
De esta manera, las esperanzas para los tiempos venideros no sólo están puestas en la voluntad de cambio de nuestras instituciones y políticos, sino también en el ciudadano activo que exija y luche por una sociedad y una democracia mejores, las cuales indudablemente van de la mano.
 

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