El "tiempo largo", un tesoro en juego para la televisión mexicana

La coyuntura que vivimos hoy en México nos muestra comportamientos predecibles y típicos de los consorcios mediáticos

Por: Cecilia Cervantes Barba
 
La investigación crítica sobre audiencias mostró, desde hace treinta años, que la televisión comercial debilita la cultura política de un país.
 
En “¿Puede la democracia sobrevivir a la televisión?”, Jarol Manheim, 1 alertaba sobre las implicaciones de fortalecer una programación homogénea en formatos, casi monotemática, que diluye la base informacional de los sujetos y tiene como norma buscar la pseudoparticipación de las audiencias, para legitimarse socialmente e incrementar el rating.
 
Manheim, al igual que otros investigadores críticos de la comunicación masiva mostraron a través de estudios longitudinales que, efectivamente, la televisión no es un agente que transforme instantáneamente conductas y actitudes en las audiencias, como creían quienes apoyaban hipótesis conductistas de efectos de los medios.
 
Lo que sí puede hacer la televisión –y lo hace– es modificar a través del tiempo, de largos períodos de exposición y del uso de formatos estético-narrativos de corte “popular”, algunos sistemas de interpretación que los sujetos tienen incorporados en un orden más profundo que el de la opinión –el de las convicciones–, logrando así modificar las prácticas de los ciudadanos.
 
Sabemos, entonces, que la televisión opera en el “tiempo largo” ya que apuesta por ampliar, modelar y mantener cautivas a sus audiencias. Pero, ¿qué pasa en el “tiempo corto”? ¿cómo opera la televisión en “la más engañosa de las duraciones” 2?
 
Contamos con pocas herramientas analíticas para entender qué sucede en el tiempo corto, esto es, en las coyunturas, especialmente cuando la concentración de “hechos” y “evidencias” hace que con frecuencia lo más visible, lo más publicitado, sea lo menos relevante en términos de historia y futuro de un país.
 
Hasta hace poco, teníamos la certidumbre de que en coyunturas electorales, la alta inversión en publicidad electoral no garantizaba el triunfo de un candidato. Hoy, las estrategias son variadas y tan complejas que parecen simples y aprehensibles con sólo estar “al tanto” de los avances informativos y de lo que se transmite en los noticiarios nocturnos.
 
La coyuntura que vivimos hoy en México nos muestra comportamientos predecibles y típicos de los consorcios mediáticos, pero también hace evidente que en un momento de fuerte incertidumbre en que nos acercamos al espesor de la realidad del país, la televisión –y los medios electrónicos casi en conjunto– se fortalece, y mantiene su estrategia general: apostar por el tiempo largo, por la continuidad, por su apuntalamiento como negocio, institución sociocultural y actor político. 3 
 
En una coyuntura como la que vivimos actualmente es muy fácil identificar cómo lucha la televisión pero, sabemos ¿por qué?, ¿qué está realmente en juego para la televisión y los medios electrónicos? De la televisión mexicana (me refiero a la comercial y, especialmente, a Televisa) hemos aprendido que sabe cómo producir y concentrar capital.
 
Sabemos que los negocios televisivos pertenecen a una clase única en el país conformada por oligarquías que en esta coyuntura han operado como poderes transversales para estrechar y anudar el tejido de las apuestas políticas. Hemos aprendido, del mismo modo, que no se ha roto la cadena de relaciones clientelares entre gobierno federal y medios, pues se gastan anualmente entre dos mil quinientos y tres mil millones de pesos en publicidad; de los cuales Televisa recibe más de mil seiscientos de ellos.
 
También sabemos que las coyunturas electorales constituyen un negocio para el consorcio, pues en el segundo trimestre del 2006 su utilidad neta se incrementó 75 por ciento (dos mil trescientos millones) debido al mundial de fútbol y a los paquetes publicitarios colocados entre candidatos durante el proceso electoral.
 
Con todo lo significativas que pueden parecer estas cifras, los poco más de mil quinientos millones de pesos que Televisa obtuvo por venta de publicidad durante las campañas electorales de este año constituyen solamente el 5 por ciento de sus ventas totales previstas para el 2006.
 
Estas ganancias se incrementaron seguramente después de la elección por la naturaleza de la coyuntura. Desde el día de la elección, los noticiarios de Televisa se colocaron como los más vistos (13.1 puntos de rating, frente a 9.6 de Televisión Azteca).
 
En esta coyuntura, la televisión comercial nos ha mostrado también que su concentración de capital y la ya histórica concentración de espacio radioeléctrico propiedad de la nación le ha permitido posicionarse como un actor privilegiado en otro tipo de concentración: de poder para construir y difundir “saberes” sobre lo público.
 
La televisión comercial se alinea tradicionalmente con el poder, pero en esta coyuntura utilizó sus recursos y estrategias para producir nuevas figuras de culto desde un sistema de ideologías profesionales que se controlan privadamente.
 
Se trata de presentadores de noticias y periodistas que promueven visiones maniqueas de los procesos y actores sociales, alimentan el resentimiento ideológico, las aversiones personales y de clase, y la confrontación verbal.
 
En el proceso de promoción o descalificación de candidatos se produjeron las verdaderas figuras de culto: el abuso, la impunidad, la intolerancia, el tratamiento arrogante y superficial de los problemas más apremiantes del país, y el sometimiento de la población a la palabra y a las imágenes subastadas al mejor postor.
 
La figura de culto que mediáticamente se construyó es la farsa, pues en el entramado de una aparente polifonía política que pareciera dar paso a la apertura y al fortalecimiento de la democracia, lo que se alimenta ya no es el poder del gobernante en turno sino el propio, pues las lealtades a partidos y gobernantes pueden cambiar según el perfil que adquiera la “formación” política del siguiente sexenio.
 
En esta coyuntura aprendimos que si bien es cierto que la televisión no “forma opinión” con la simple transmisión de un noticiario o de un programa en el que se parodia la vida política del país, la implementación de un proyecto de gestión de la opinión pública sí puede tener impactos visibles y contundentes en el corto plazo.
 
Esto significa que se aprovecha la “pedacera social” es decir, un escenario de opiniones fragmentadas, divididas o indecisas y se logra armar un grupo de operadores eficaces en la construcción y difusión de mensajes. Se trata de operadores-ideólogos montados en reglas básicas de la producción televisiva que han demostrado ser útiles para;
 
  1. Escenificar. 
  2. Cultivar imágenes. 
  3. Controlar la difusión de los mensajes. 
  4. Generar o aprovechar las oportunidades para garantizar que lo que se busca en los puntos anteriores, se logre en el corto plazo y con inversión mínima de recursos. 
 
Esta estrategia de gestión de la opinión pública es sofisticada, aun cuando los recursos inmediatos que se utilicen para implementarla resulten burdos, simplistas o sucios desde una óptica moral o ética (el ataque entre y a los candidatos, por ejemplo).
 
Se trata de una estrategia en la que todo se vale; una estrategia claramente apoyada en rituales, y esto parece adquirir mayor sentido si pensamos que son precisamente los rituales, los recursos culturales que se emplean en la producción de sentido para la continuidad, para la reproducción de ciclos.
 
Son también los rituales, dispositivos de gran eficacia simbólica utilizados históricamente para construir escenarios de vergüenza, degradación y estigmatización. Los rituales, como sabemos, trascienden las particularidades de las “situaciones cotidianas” y unen a quienes participan en la experiencia en un orden social y cultural que traspasa el tiempo y el espacio.
 
Dan orden, apropiación, un cierto “animo”, una “atmósfera” a la vida diaria. Las escenificaciones que presenciamos en los programas informativos agolpados en las pantallas durante los últimos meses, estuvieron soportadas por una multitud de registros simbólicos que apelaban a la “actuación voluntaria” de las audiencias, que invitaban a “sumarse” a las cruzadas paralelas y antagónicas que los medios presentaron como “eventos” o “hechos”. 
 
Los gestores de la opinión pública han aprendido que la escenificación sistemática surte efecto y que los rituales convocan a la participación de las audiencias en momentos críticos de la vida.
 
Los actos rituales (en este caso las escenificaciones producidas en noticiarios o programas con fuerte carga editorial) van más allá de lo particular de una coyuntura, de un “evento”, y remiten a un orden que trasciende la “circunstancia actual” y nos proyecta hacia el futuro.
 
El ritual nos moviliza, nos empuja hacia un orden que logra ser más significativo para la colectividad o, por lo menos, para una parte importante de la colectividad. Un orden, un modo de vida, un mundo moral asumido o que se da por bueno, algo “sagrado” que hay que cuidar, que hay que preservar.
 
La activación y saturación en pantalla de rituales anclados en imaginarios duales (orden-caos, bien-mal, certidumbre-incertidumbre) constituye aparentemente un “bien” que los gestores de opinión pública han aprendido a utilizar en coyunturas, y parece ser un recurso valioso para interactuar el tiempo corto (la coyuntura) con el tiempo largo (su permanencia y fortalecimiento en los próximos decenios).
 
Ese posicionamiento se trabaja, como sabemos, no sólo desde el plano simbólico, sino también desde el anudado estratégico de relaciones clientelares y corporativas con los gobernantes en turno; camino ya bastante recorrido por los consorcios de medios electrónicos del país.
 
Durante este sexenio, en lugar de renovar y actualizar las capacidades regulatorias del Estado en materia de comunicación mediada o masiva, se fortaleció al consorcio televisivo más grande del país.
 
El decreto presidencial de octubre del 2002, con el que se derogó el impuesto del 12.5 por ciento que desde la década de los setenta pagaban las emisoras de radio y televisión con tiempo puesto a la disposición del gobierno produjo que se perdiera el 90 por ciento del tiempo que se tenía en televisión y el 80 por ciento en radio, además de que el gobierno federal sólo puede transmitir mensajes de 20 a 30 segundos y no programas de una o más horas, como se hacía desde hace varias décadas con producciones universitarias o gubernamentales.
 
Esto benefició a las empresas mediáticas pues el tiempo “liberado” por el Estado mexicano podría ser comercializado y lograron duplicar el que pueden utilizar para trasmitir publicidad en horarios nocturnos.
 
Cuando un año después, en octubre de 2003, Pedro Cerisola, titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, anunció que había encargado un estudio de factibilidad para otorgar 250 nuevas concesiones de radio y televisión, los medios electrónicos del país se reagruparon y movilizaron pues se les presentaba, por adelantado, su verdadera coyuntura: durante el próximo sexenio se vencen las concesiones de los principales canales de televisión (la del canal 2 de Televisa, el 2 de julio de 2009, y la del canal 13 de Televisión Azcteca, en mayo de 2008).
 
La estrategia para garantizar su posicionamiento durante los próximos años tuvo que ver con incidir directamente en el dictamen que modifica las Leyes Federales de Telecomunicaciones y de Radio y Televisión, que popularmente se conoció como “Ley Televisa”; aprobada por la Cámara de Diputados el 1 de diciembre de 2005 y por la Cámara de Senadores el 20 de marzo de este año.
 
Lo que se presentó como reforma tecnológica es en realidad una puerta abierta para que los medios electrónicos crezcan y se inserten en el negocio global de los productos digitales y multimedia. Esa modificación a las leyes viola acuerdos internacionales y leyes nacionales; al tiempo que debilita los poderes Ejecutivo y legislativo. 
 
Esta coyuntura ha hecho evidente que la televisión no busca posicionarse como agente promotor de la democracia y, sabemos, que los fundamentos morales son irrelevantes cuando hay que adelantarse y eclipsar los tiempos cortos con un performance que segmenta, construye nuevas tribus y debilita valores políticos.
 
Tenemos una sociedad en los bordes y esto puede devenir en nuevas fisiones y fusiones. También puede devenir en reacomodos que nos posicionen como actores ciudadanos en la gestión de la opinión pública.
 
La pregunta de Manheim es pertinente hoy si asumimos que la naturaleza de la democracia que queremos para el país no debe colocarse en la actuación de los medios electrónicos del país, sino en los proyectos reflexivos, estéticos, expresivos que podamos construir como híbrido cultural y político que somos.
 
Debemos “descolonizar” eso que llamamos “opinión pública” para empujar el intercambio simbólico cotidiano y la producción crítica de imaginarios de futuro hacia los lugares marginales, hacia las fronteras en las que habitan los “otros” no incluidos y recluidos en condiciones estructurales desfavorables.
 
Crear un mundo de significados comunes significa trabajar en un proyecto político de construcción cultural incluyente y no de prácticas sistemáticas de despojo cultural.
 
El poder de los medios se redimensionaliza cuando entendemos que están inmersos y acotados –al igual que nosotros–, por condiciones estructurales.
 
También a ellos los alcanza la temporalidad social y los limita. Nuestras competencias políticas y nuestra “eficacia” como agentes ciudadanos de opinión pública tendría que empezar por “vaciar” los contenidos mediáticos con nuestros propios filtros simbólicos, esto es, con la reflexión crítica y con prácticas que proyecten nuestras actividades estéticas y creadoras.
 
Es necesario invertir las reglas del juego para la que la “colonización” de lo cotidiano no se rija por un aparato televisivo y por lo fugaz e intrascendente que, como vemos, enmascara proyectos políticos de largo alcance. 
 
 
 
Citas
  1. Manheim, Jarol B (1976) “Can democracy survive televisión?” en Journal of Communication, 26, pp.84-90.
  2. Braudel, Fernand (1992). La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial, México, p.66
  3. En conjunto, Televisa y Televisión Azteca son concesionarias del 92 por ciento del espectro radioeléctrico del país y, sumadas las audiencias de radio y televisión, mantienen cautivos a cerca del 95 por ciento de los públicos.

 


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