El retorno del esencialismo. Sobre el alcance y los límites de la representación femenina en las estructuras de poder

En este texto, Mariana Favela analiza la trascendencia y límites de la participación de las mujeres en espacios antes reservados a los hombres desde la estructura política: un fenómeno contemplado no como un ejercicio de poder transmitido.....

Por: Mariana Favela

En este texto, Mariana Favela analiza la trascendencia y límites de la participación de las mujeres en espacios antes reservados a los hombres desde la estructura política: un fenómeno contemplado no como un ejercicio de poder transmitido o perdido por ellos, sino como un proceso de resignificación simbólica

La expresión foucoultiana de que el poder no se tiene sino que se ejerce es fundamental en el caso de las mujeres, sobre todo tras los reclamos de la lucha feminista y, en particular, después del movimiento sufragista y de la tercera ola feminista de los años sesenta. El resultado de esos sucesos fue el reconocimiento jurídico de las mujeres en ámbitos como la ciudadanía y otros derechos políticos que de manera histórica les habían sido prohibidos o limitados. Si bien el simple hecho de reconocer la desigualdad significó una ganancia, esto no implicó una modificación de las causas estructurales que coaccionan la posibilidad de la participación de las mujeres.

Y es que la igualdad jurídica de las mujeres no ha resuelto el problema de la inequidad estructural. Inequidad que abarca desde las condiciones económicas hasta la valoración cultural. Es indispensable notar que la igualdad formal, en muchos casos, no sólo no implicó la participación de las mujeres sino que ha servido para encubrir las condiciones imperantes de inequidad entre los sexos. Ha facilitado la construcción de un nuevo discurso que se ampara en la supuesta igualdad jurídica, igualdad entendida como homologación, para dar por satisfechas las exigencias. Lo que permite acusar de intransigente a cualquier reclamo que apunte al origen del problema.

No reconocer la permanencia de las estructuras que impiden el ejercicio equitativo del poder es una forma de discriminación que debe resolverse, a partir y no a pesar de las diferencias. Es indispensable notar que en el horizonte contemporáneo de la igualdad formal, los mecanismos de exclusión y de dominación “se mantienen con la perversión de que son más sutiles y, por lo tanto, más difíciles de combatir” (Varela, 2005: 189).

Cierto es que el poder no es absoluto ni se encuentra concentrado en un grupo. Las mujeres y las disidencias sexo genéricas, hemos tejido, a pesar de la dominación, formas autónomas de poder, en la vida política y comunitaria, ahí donde la política deja de ser la administración de la dominación para convertirse en modos y relaciones para la generación y la procuración de la vida. Sin embargo, esas formas que interpelan y generan alternativas contra el poder androcéntrico y heteronormado, son sistemáticamente menospreciadas, invisibilizadas y prohibidas. No por error o descuido sino para mantener las relaciones de dominación existentes. Relaciones que son resultado de procesos históricos de explotación y que funcionan gracias a la introyección de los referentes e imaginarios del poder dominante. En otras palabras, además de las condiciones estructurales y los mecanismos de coerción, la dominación es posible gracias a que los grupos subordinados y excluidos hemos interiorizado las nociones dominantes sobre qué es y cómo se ejercen el poder y la política. A través de las relaciones sociales se reproduce la lógica de la dominación ejercida en nombre de un principio simbólico conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado, un idioma (o una manera de modularlo), un estilo de vida (o una manera de pensar, de hablar o de comportarse) y, más habitualmente, una característica distintiva, emblema, estigma [lo que es de mujeres atañe al espacio privado, lo que es de hombres atañe al espacio público] cuya mayor eficacia simbólica es la característica corporal absolutamente arbitraria e imprevisible (Bordieu, 2007: 12).

De modo que la dominación logra mantenerse gracias a estructuras materiales así como a los imaginarios que les dan sentido. De ahí que la participación de las mujeres en espacios antes reservados a los hombres, de ser radical y no meramente formal, implicaría un proceso de resignificación, así como de las estructuras y de las prácticas socioculturales asociadas a las mismas pero no como resultado, sino como condición para la transformación.

En esos términos, el ejercicio del poder por parte de las mujeres no implica la transmisión del poder de los hombres a las mujeres –es decir, la pérdida relativa del poder por parte de los hombres en beneficio de las mujeres– sino una resignificación de lo que es el poder. No se trata de “dar poder” a las mujeres sino de generar diferentes relaciones de poder, en concreto, relaciones no jerárquicas ni centralizadas sino distribuidas. Relaciones en las que los roles de las personas no estén determinados por la diferencia sexual y tampoco impliquen la subsunción de lo femenino en la masculino a cambio de “acceder al poder”. De ahí que conceptos como empoderamiento resulten inadecuados pues no es sólo la distribución del poder lo que está en juego sino el poder mismo. Qué es y cómo se ejerce. Lo que significa.

Un poder no contenido en el binarismo dicotómico abriría camino no sólo a las mujeres sino a muchos otros horizontes excluidos. El concepto de empoderamiento parece suponer que la inclusión, forzada y artificial, de las mujeres en determinados espacios, modificaría el carácter androcéntrico y patriarcal de éstos. Es tiempo de hacer una revisión crítica y honesta. Tenemos suficientes experiencias en el plano institucional para reconocer que el resultado ha sido lo contrario; la hipermasculinización de las mujeres y el reforzamiento del poder entendido como dominación, así como de las estructuras jerárquicas y centralizadas que caracterizan al poder dominante. Es momento de reconocer que las estrategias para desestabilizar al poder patriarcal no deben apuntar a la inclusión de las mujeres en las estructuras de poder existentes, sino a la transgresión de esas estructuras dominantes y de los imaginarios que les dan sentido. De otro modo, la inclusión, puede resultar y de hecho ha resultado en el fortalecimiento de las estructuras tradicionales de dominación.

 

Perspectiva crítica de la tutela de los derechos de las mujeres

El reconocimiento jurídico de los derechos suele ser resultado de la presión política que generan las movilizaciones sociales, lo que no necesariamente conlleva el ejercicio práctico de esos derechos. En momentos de inflexión, los ajustes jurídicos funcionan como válvulas de escape que mitigan la efervescencia social de modo que las modificaciones en el plano formal permiten mantener intacto el plano efectivo del ejercicio del poder. El orden jurídico no puede ser comprendido como una esfera aislada o independiente del poder, sino como una expresión del mismo.

Las reflexiones que ahora expongo se desprenden de un estudio más amplio (Favela: 2009), sobre la legislación internacional para la protección de las mujeres en situaciones de conflictos armados. Me sirven para ejemplificar cómo buena parte de las modificaciones jurídicas, en lugar de favorecer una nueva concepción y distribución del poder, tienden a reinstalar los imaginarios dominantes. En particular, nociones esencialistas en torno a la "naturaleza femenina". A pesar de que una de las aportaciones más importantes de los feminismos ha sido la crítica del esencialismo y del determinismo biológico, los instrumentos jurídicos todavía recrean mitos e ideas que esencializan el papel de la mujeres.

El estudio de los instrumentos internacionales me permitió identificar cuatro mitos esencialistas: la Mujer-cuidadora, la Mujer-madre, la Mujer-pacifista y la Mujer-vulnerable. Cuando la legislación atribuye a las personas una serie de cualidades en función del sexo lo que hace es fomentar una concepción esencialista del mundo. Sobre este punto es pertinente recordar los tres principios prácticos que, de acuerdo con Bordieu, las mujeres y su entorno han puesto en práctica en sus decisiones: “el primero de esos principios es que las funciones adecuadas para las mujeres son una prolongación de las funciones domésticas: enseñanza, cuidado, servicio; el segundo pretende que una mujer no puede tener autoridad sobre unos hombres, y tiene, por lo tanto, todas las posibilidades, en igualdad, como es natural, de las restantes circunstancias, de verse postergada por un hombre en una posición de autoridad y de verse arrinconada a unas funciones subordinadas de asistencia; el tercero confiere al hombre el monopolio de la manipulación de los objetos técnicos y de las máquinas”. El orden simbólico dominante, y la legislación como una de sus manifestaciones, reproducen mitos e ideas esencialistas sobre las mujeres y el discurso que sirve para su reproducción. Las mujeres no somos un grupo homogéneo. Como el resto de la humanidad estamos atravesadas a la vez por el sexo, el género, la raza y la clase. Somos nuestras geografías y nuestros calendarios. Los feminismos que no reconocen esas diferencias corren el riesgo de convertirse en discursos que maquillan las relaciones de dominación y de explotación imperantes.

Los instrumentos jurídicos en materia de derechos humanos no deberían enfocarse más en desplegar un menú de derechos específicos para cada grupo marginado que en erradicar las condiciones que generan la marginación. Empezando por el esencialismo. Se imaginan derechos para todos: de los niños, de las mujeres, de los indígenas, de los enfermos, de los ancianos, etcétera. Pero esta tendencia, en lugar de construir las condiciones para que las potencialidades y capacidades de cada persona tengan la posibilidad de desplegarse, reinstalan imaginarios deterministas en los que el sexo se convierte, de nuevo, en una camisa de fuerza que restringe, condiciona y limita el quehacer de los sujetos.

No se trata de sumar a las mujeres a la lista de beneficiarios de los derechos sino de reconstruir nuestros imaginarios desde una perspectiva que reconozca la diversidad como principio fundamental de la humanidad. Empezando por las diferencias entre las propias mujeres, para reconocer cómo y cuándo reproducimos al patriarcado. Cómo y por qué las mujeres en espacios de poder no han significado una transformación de las relaciones de dominación existentes. La diferencia no es abstracta ni neutral, es cultural, política y de clase, es resultado del pasado y del presente colonial. Es fundamental que el criterio diferenciado en la protección de los derechos humanos tienda verdaderamente a la protección y la búsqueda de la equidad y no a la reproducción de estereotipos asociados al sexo.

En el ánimo de la reflexión crítica a la que la revista Folios nos convoca, menciono uno de los mitos sobre “la naturaleza femenina” que resultaron de la revisión a ordenamientos internacionales para la protección de los derechos de las mujeres, en conflictos armados: “la participación proporcional solucionará el déficit de representación femenina en las estructuras de poder”.

Como una forma para prevenir la escasa presencia de mujeres en las estructuras de toma de decisiones y los espacios de poder, se crearon mecanismos denominados como acciones afirmativas. Se reconoce que la igualdad jurídica o formal es inexistente, toda vez que las mujeres se encuentran en una desventaja real para acceder a las estructuras de poder. Las acciones afirmativas son acciones que permiten el trato preferencial a ciertos grupos, con el objetivo de compensar su discriminación y exclusión históricas. Se señala que las acciones sólo tendrán vigencia mientras el estado de desigualdad permanezca y no son, por lo tanto, discriminatorias ni violentan el principio de igualdad. Son temporales y buscan remediar un problema de déficit de representación en el corto plazo. Sin embargo, en el largo plazo no sirven para modificar las condiciones estructurales que impiden el acceso de las mujeres y sólo elaboran un mecanismo para “saltarse” dichas trabas. Se debe denunciar la permanencia de la desigualdad estructural que pone en desventaja a las mujeres frente a los hombres, y por lo tanto, encontrar mecanismos para modificar -más allá de la simulación-, dichas condiciones.

Mientras la estructura y las formas de ejercer el poder sigan inalteradas, las mujeres “seleccionadas” para participar en ellas no podrán contribuir a su modificación. El objetivo no es la participación masculinizada de las mujeres en los procesos de toma de decisiones sino la reformulación y resignificación de esos espacios. Dicho proceso no puede ser realizado a través de la compensación y de las acciones afirmativas por sí mismas, pues las mujeres per se no tienen una forma esencial y naturalmente distinta de actuar. Creer eso implicaría regresar a las visiones esencialistas y biologicistas sobre “la naturaleza femenina” diferenciada.

 

En conclusión

Qué bueno que las sociedades comiencen a aceptar la presencia de las mujeres en cargos de importancia, sin embargo, si la presencia de las mujeres en los espacios de poder no sirve para modificar las relaciones de dominación existentes no puede considerarse como un logro. No se trata pues de llegar a los cargos sino de cuestionar los cargos mismos, su función y efectos. En breve, el poder y la política.

Si los feminismos posponen el cuestionamiento sobre qué es y para qué sirve el poder, no son feminismos. Los feminismos hace rato que dejaron de ser una crítica por la exclusión de las mujeres, hoy abarcan un espectro mucho más amplio. Hoy los feminismos son un modo de generar alternativas para horizontes de justicia para la sociedad en su conjunto. Un horizonte que mira con y para las disidencias sexo-genéricas. Con y para las culturas y tradiciones que no son herederas de la modernidad capitalista. Son un horizonte contra la colonización vigente. Contra el racismo. Son una herramienta para dinamitar un mundo constreñido en el reduccionismo dicotómico de lo masculino y lo femenino. De hombres y mujeres. La humanidad es mucho más que dos sexos. Somos un crisol de posibilidades.

Estamos en un momento clave, la reciente participación de algunas mujeres en las estructuras del poder debe servir como experiencia viva para reajustar las estrategias. De otro modo corremos el riesgo de que la perspectiva de género se convierta, como de hecho está sucediendo, en un discurso al servicio de la dominación, de la explotación y del privilegio de clase. Quienes han optado por la vía institucional y reconocen sus limitaciones, tienen la responsabilidad de evidenciar el sexismo reinante en las estructuras de poder, su carácter androcéndtrico y patriarcal, en lugar de contribuir a minimizarlo, disfrazarlo y reproducirlo. Es indispensable preguntarnos si las cuotas de género han contribuido a modificaciones estructurales. Estamos frente a un problema de orden cualitativo, no cuantitativo. Frente a un problema estructural.

La participación de las mujeres y de los hombres en espacios tradicionalmente reservados a los individuos del sexo contrario, no necesariamente implica una resignificación del ser mujer u hombre. Y mucho menos la transgresión de los imaginarios dicotómicos. Lo que distingue a los cambios formales o aparentes de las transformaciones sustantivas, no depende de la posibilidad de asumir las formas de comportamiento asociadas con el sexo contrario, sino de encontrar formas de relación social en las que las expectativas colectivas sobre los sujetos, con respecto a su sexo, superen las arbitrarias disposiciones binarias que se han construido históricamente en torno a lo masculino y lo femenino.

 

Bibliografía y fuentes de información

Bordieu, Pierre (2007). La dominación masculina. Anagrama. España.

Varela, Nuria (2005). Feminismo para principiantes. Barcelona: Ediciones B.

Favela, Mariana (2009). Impacto del conflicto armado zapatista en las relaciones de género. Una visión crítica a las iniciativas de la Organización de las Naciones Unidas. Tesis de Licenciatura. México.

 


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