El radical cambio del sistema de partidos tradicional

El texto de Víctor Hugo Martínez “airea” lo sucedido en las elecciones de julio de 2018 planteando que la crisis de los sistemas de partidos tradicionales es un fenómeno internacional, y cuyo denominador común parece radicar en las consecuencias negativas.

Por: Víctor Hugo Martínez González

No sugiero nada nuevo ni original si subrayo que el cambio del sistema de partidos, provocado por las elecciones críticas de este 2018, incluye entre sus potenciales causas explicativas algunos factores que trascienden la inmediatez estridente y particular de las campañas. Tampoco hay nada extraño, en que estos otros factores a tomar en cuenta sean del tipo que entrecruza el ámbito mexicano con el orden internacional. Por lo absorbente que fue la coyuntura, empero, las resonancias más amplias y generales fueron poco atendidas, o en el “mejor” de los casos se recurrió a ellas para alimentar los absurdos fantasmas y amenazas de que un eventual triunfo de Andrés Manuel López Obrador, haría víctima a la democracia mexicana de un populismo similar al chavismo. Si hasta de ¡la infiltración de Putin en Morena!, se llegó a hablar en estas delirantes evocaciones del contexto internacional.

No es esa, por supuesto, la forma en que quiero interpretar aquí los comicios presidenciales y el resultado de un radical cambio del sistema de partidos. La mía, en concreto, es una conjetura a partir de dos bases: 1) la hipótesis de que los sistemas de partidos tradicionales podrían entrar en una crisis originada por una institucionalización y un tipo de política tan autorreferentes como para distanciarlos de la problemática social y generar su propio rechazo; y 2) la actual tendencia empírica de desestructuración de sistemas de partidos tradicionales, desplazados en muchos países por confusos realineamientos que responden a la molestia ciudadana por su falta de representatividad social. De cara a estos procesos en marcha, y cuya fortuna está aún por dilucidarse, lo sucedido en México no aparece como una ininteligible revuelta electoral, sino como un cambio inserto en un eventual patrón de giros con cierta racionalidad.

Empecemos con la hipótesis explicativa sugerida por los profesores Richard Katz y Peter Mair (2004). A decir de estos, desde los años 70 los sistemas de partidos catch-all empezaron a ser sustituidos por un nuevo tipo de partido cartel adaptado, a su vez, a un nuevo concepto de la política. Los años del cambio referido son, no casualmente, los del fin del modelo keynesiano y los de la implantación neoliberal. En esta atmósfera, la democracia es una ceremonia que los estados prestan a los ciudadanos, pero ya no un régimen en el que estos controlarían a sus gobiernos. La base de esta inversión está dada por un sistema financiero internacional que vacía de contenido económico y sustantivo a la democracia (Escalante, 2015). Es por ello, y como fue más claro a partir de la desaparición del comunismo y el triunfo de la democracia liberal, que la convergencia ideológica y la falta de alternativas de política-económica se imponen como un “orden natural” al que los partidos deben ajustarse.

Para funcionar en ese sistema, los partidos cuentan con bolsas de financiamiento público que compensan el declive de sus militancias y la consecuente despartidización social, en una época, además, donde la revolución tecnológica (Internet, redes sociales) ha mediatizado (y volatilizado) las fundamentos de la representación social. Como organizaciones si bien debilitadas en su coherencia e intensidad internas, los partidos consiguen así integrar (no obstante su mala fama pública y desarreglos domésticos) un fuerte sistema de partidos que canaliza los votos hacia las opciones tradicionales y tiende a levantar barreras (mediante la normatividad electoral) a ofertas minoritarias tenidas por populistas o antisistémicas. Sobre este modelo de política cartelizada, los sistemas de partidos tradicionales son dominantes, pero también excluyentes con lo que caiga afuera de su control oligopólico de la representación. Hasta aquí con Katz, Mair y su hipótesis sobre las fortalezas, pero también, simultáneamente, las debilidades y riesgos que los sistemas de partidos cartel traen consigo.

Si las promesas económicas de la globalización neoliberal no fueran tan falaces, por otra parte, la política democrática cartelizada no enfrentaría los inmensos problemas que de un tiempo a la fecha están haciendo virar el voto ciudadano. Mejor dicho: si por sí solos los sistemas de partidos cartel generarían su propia aversión, nada insólito que esta se dispare con las malogradas ilusiones económicas. Luego de la crisis mundial económica de 2008-2009, recordemos esto, los sistemas de partidos tradicionales aplicaron los mismos paquetes de política económica que fabricaron ese desastre. Imposibilitados por la ausencia de un modelo alternativo, los partidos tradicionales están pagando los platos rotos por los límites que el neoliberalismo fija a sus competencias políticas.

Pasemos al segundo punto, y veamos la lista de sistemas de partidos tradicionales desestructurados por el creciente (y no gratuito) atractivo de opciones anticarteles: en Alemania, la coalición de gobierno entre izquierda y derecha tiene ya como principal oposición al partido neonazi; en Italia, cuyo sistema histórico de partidos fue destruido desde 1994, gobierna hoy una alianza entre el indescifrable Movimiento 5 Estrellas y la extrema derecha de La Liga; en Hungría, República Checa, Eslovaquia y Polonia gobierna una derecha ultramontana y cristianizante; en Austria, la extrema derecha integra también el Ejecutivo, del mismo modo como se asoma en Noruega; en Francia, el encanto postradicional de Macron y su República en Marcha (un partido que niega ser eso) consiste en no ser de izquierdas ni de derechas (¿sino todo lo contrario?); en España, el sistema tradicional partidista está en cuestionamiento por el imán de Podemos (otro partido que no se acepta como tal y afirma escapar al eje izquierda-derecha); en Inglaterra, el Brexit habla por sí mismo; en Rusia, el postconservadurismo imperial de Putin imposibilitó siquiera construir un sistema de partidos. Estados Unidos y Trump, por supuesto, encabezan los movimientos adversos a las líneas tradicionales de competencia política.

Muchas de estas rupturas del orden político de la postguerra, puede verse, están abriendo paso a “esperanzas” anticarteles colindantes con el neofascismo. Este vuelco internacional, cuya fuerza de arrastre no sería posible sin los estragos económicos que el neoliberalismo impone a las sociedades, hace pensar en el libro insuperable de Karl Polanyi La Gran Transformación, y en su argumento de que el fascismo y el nazismo fueron el fruto de la dislocación social causada por un mercado desregulado. Fue para derrotar esos abismos que se creó el Estado de Bienestar, que llevamos cuatro décadas desmontando.

No hay espacio para mucho más que un guiño a México, cuyo arribo a la democracia tristemente coincidió (y hasta dependió) de la reforma neoliberal del Estado. Apenas, pues, cuatro “coincidencias” entre la hipótesis de Katz y Mair, los sobresaltos en los sistemas de partidos de las democracias avanzadas y lo recién acontecido en el país.

Uno: el sistema de partidos tradicional, que duró de 1988 a 2018, se destacó por: a) convergencia ideológica; b) aplicación ortodoxa del neoliberalismo; c) encauzamiento partidario de los intereses sociales (la transición democrática como paso de una hegemonía unipartidista a otra tripartidista); d) control oligopólico de la representación al grado que “los tres ex grandes” llegaron a tener más del 90% de los espacios parlamentarios. Dos: como sucedió en otras partes, la dinámica del modelo económico impactó en la falta de crecimiento, la privatización y empobrecimiento del espacio público, el aumento de la desigualdad, la pérdida de cohesión y la individualización social anómica que desarticula y deteriora las mediaciones organizativas y colectivas de la política. Tres: el cambio electoral en curso, que en 2018, expresó la que venía gestándose años atrás, hizo que la colonización electoral de los partidos tradicionales disminuyera; retroceso que coincidió con las profundas crisis internas del PRI, PAN y PRD. Ese cambio electoral ha sido una respuesta a la insatisfacción democrática de nuevas generaciones despartidizadas, “internetizadas” (Moreno, 2018) y, paradójicamente, reideologizadas a partir de sensibilidades excluidas por el cartel interpartidista. Cuatro: por encima de sus muchas e inocultables insuficiencias, la candidatura de López Obrador fue lo más asimilable a una “alternativa” en la que, al lado de sus grandes contradicciones, la expectativa social de recuperar (ante la idealización neoliberal de cosmopolitismo y desregulación económica) una expectativa de política estatal y nacionalista, no es irracional, aunque tampoco sea la solución perfecta.

 

Bibliografía

Escalante, F. (2015). Historia mínima del neoliberalismo. México. Colmex.

Katz, R. y P. Mair. (2004). “El partido cartel". Revista Zona Abierta, pp. 108-109, 9-42.

Moreno, A. (2018). El cambio electoral. México. Fondo de Cultura Económica.

Polanyi, K. (2003). La Gran Transformación. México. Fondo de Cultura Económica.