El poder de la palabra y la palabra del poder

mientras la figura del Poeta encarna el humanismo, la sensibilidad y la vindicación de valores trascendentes; la del Político se asocia de inmediato con el dominio, la ambición y la astucia ejercida sobre el prójimo

Por: Jorge Fernández Granados

Poesía y política despiertan, como conceptos, cierta idea de incompatibilidad. De hecho, no pocos lectores presentirían en esta pareja de términos un antagonismo natural, una antinomia que evoca, hasta cierto punto, dos polos de la condición humana que reaparecen y coexisten en cada época y en cada civilización.

Posiblemente esto es así  por una simplificación llevada al extremo: el resultado, en el imaginario colectivo, de dos figuras poco menos que caricaturizadas: el Poeta y el Político: Virgilio y Julio César, Dante y Maquiavelo.

De tal suerte que, mientras la figura del Poeta encarna el humanismo, la sensibilidad y la vindicación de valores trascendentes; la del Político se asocia de inmediato con el dominio, la ambición y la astucia ejercida sobre el prójimo.

Queda prefigurada –insisto: en el imaginario cultural– el contraste que acompaña la conducta humana. La belleza del espíritu frente a la conquista del poder.

Pero esta, como todas las simplificaciones de la realidad humana, no es verificable y sólo sirve para alimentar los mitos populares.

El asunto es menos maniqueo. Desde mi punto de vista la relación entre la poesía y la política es a fin de cuentas la relación entre dos manifestaciones del poder.

Traigo a colación este término (poder) en el más amplio de sus sentidos, el poder como posibilidad de efectuar actos y mover voluntades, como capacidad de crear o destruir, de generar, limitar o cambiar la realidad humana.

La diferencia radica, no obstante, en que el poder del poeta es sólo el poder de la palabra mientras que el poder del político es el poder fáctico inmediato.

Si el poeta sólo es poderoso en razón del poder que le confiere la poesía, el político es el hombre que está dondequiera que está el poder, sea este cual fuere (económico, militar, religioso, mediático, etcétera).

Desde esta perspectiva no puee afirmarse que uno y otro sean especies antagónicas del todo. En la mayoría de las culturas antiguas son, de hecho, una dualidad que convive y se vigila mutuamente.

El Mago y el Rey, el Chamán y el Guerrero, el Sabio y el Monarca, incluso el Guerrillero y el Dictador son, si bien complementarios, también personajes centrales en el drama del Poder.

La irradiación de su figura, en cada una de sus diferentes encarnaciones históricas, da su legitimidad al Estado mismo, es decir, a la entidad que simboliza, gobierna y dirige los destinos de la colectividad.

En tanto que la palabra es en muchos aspectos una herramienta común, algunas veces comparten foros; en tanto que otras –por suerte pocas– llegan aún a confundirse en buena medida por el uso avezado en ambos de la elocuencia.

Sin embargo, la diferencia entre el poder de la palabra y la palabra del poder es inequívoca: mientras que el poder de la palabra (la poesía) es una poiesis, es decir una obra de creación que el paso del tiempo revela y hace perdurar, la palabra que viene desde el poder (la política) sólo busca apuntalar el poder mismo.

En el primero la palabra es una entidad que se transparenta y se purifica para comunicar; mientras en el segundo es sólo un arma de la retórica.

Así, los ejemplos de tal convivencia, a la par que confrontación entre ambas manifestaciones del poder y las palabras son incontables en el inventario histórico y llegan hasta nuestros días y hasta nuestro más inmediato entorno.

En la madrugada del domingo 27 de marzo de 2011, en Temixco, Morelos, aparecieron siete cuerpos asesinados. Entre ellos se encontraba el de Juan Francisco Sicilia Ortega, el hijo de 24 años de edad del poeta y escritor Javier Sicilia.

Aquella muerte, por demás trágica e injustificable, era sólo una víctima más de las 50 mil que se calculan a la fecha en el país, producto de la cada vez más cuestionada estrategia de “combate” contra el narcotráfico y el crimen organizado que el actual sexenio decidió implementar.

Lo que sucedió después se ha convertido en uno de los movimientos de origen ciudadano más inesperados, originales y genuinos que se hayan visto en la era moderna de México.

A raíz de tan profunda pérdida familiar, pero no menos alentado y fortalecido por sus particulares convicciones cristianas, Javier Sicilia emprendió una serie de marchas, actos simbólicos, pronunciamientos y cartas publicadas que han tocado como un relámpago de indignación a una parte no menos ofendida y preocupada de la sociedad a la que pertenecemos; la misma que ha seguido con impotencia en los últimos años la escalada de inseguridad y violencia que trastorna al país.

Con un número cada vez mayor de aliados simpatizantes y seguidores –sumados literalmente minuto a minuto gracias a los medios de comunicación pero sobre todo a la nueva herramienta digital de las redes sociales– el movimiento pronto tuvo un objetivo y un lema común: Por la paz con dignidad y justicia.

En el camino se han ido sumando, hay que reconocerlo, lo mismo otras víctimas de la violencia que astutos líderes gremiales, lo mismo artistas de larga militancia política que entusiasmados jóvenes universitarios, en fin, lo mismo corazones y conciencias que histrionismo e intereses de muy diversa índole, los cuales ven en dicho movimiento una oportunidad vertiginosa de proyección.

Sin embargo, la parte fundamental la constituye un número sorprendente de ciudadanos de toda índole, unidos en principio por su no indiferencia a las señales de un deterioro de su entorno vital.

Para la primera semana de mayo, a poco más de un mes de iniciado el movimiento, una marcha que partió de Cuernavaca llegó al Zócalo de la ciudad de México reuniendo a un estimado de 150 mil personas.

Uno de los momentos decisivos de este movimiento llegó poco después cuando el 23 de junio, frente a frente, en el espacio simbólico del Castillo de Chapultepec, se encontraron Javier Sicilia y Felipe Calderón, el Poeta y el Presidente.

Cada uno alzó entonces su palabra para defender su razón en este conflicto pero también su fuerza; en el primero una fuerza esencialmente simbólica y en el segundo toda la fuerza del Estado.

En extremo dif´cil se presenta acertar al día de hoy, en un balance y menos todavía una definición certera de un movimiento como el encabezado (o desencadenado) por Javier Sicilia.

Algo tiene de Cruzada religiosa y algo de explosiva insurrección propia de la nueva era digital  como ciertos movimientos muy recientes en España, el norte de África y el Medio Oriente–, algo de resistencia pacífica gandhiana y algo de oportuna bandera para cualquier frente de la oposición política.

Lo cierto es que, sumergidos en lo que podría llamarse la era binaria –o como se prefiera denominar lo que prosigue culturalmente a la posmodernidad– que un día sí y otro también nos ha querido convencer de que el tiempo de la historia ha finalizado y, con ello, que las mitologías y sus arquetipos y personajes son cosa del pasado, surge, como en los días de la Grecia Clásica, el inusitado movimiento encabezado por un poeta.

Pero lo crucial en este caso no es quién lo encabeza sino qué representa. El de Sicilia es nada menos que la confrontación, desde la rotunda individualidad indignada, contra el anonimato impune del Estado, el cual, si bien argumenta actuar en base a cierto raciocinio defensivo, no está cumpliendo a fin de cuentas su mayor razón de ser: dar sentido al pacto social y proteger el bien común.

Puesto que una guerra, abierta o encubierta, debe ser sólo el último recurso que cualquier Estado emprende para defender a la sociedad que representa. He aquí la enorme legitimidad de este movimiento pero también su extrema desnudez, su mejor argumento pero también su mayor vulnerabilidad.

¿A dónde se dirige enronces este movimiento? ¿Hay un diálogo posible entre la Poesía y la Política? ¿Qué surge históricamente de la confrontación entre estas dos entidades?

La conclusión, desde mi particular criterio y en este espacio del que no debo abusar, no es simple pero sí contundente: el poder de la palabra es perdurable y colectivo; pero la palabra del poder es pragmática y traidora.

Hace más de veinte años que leí por primera vez un poema de Javier Sicilia. Hace casi el mismo lapso de tiempo que tuve el privilegio de conocerlo y tratarlo en la brevedad de algunas visitas a lo que ha sido desde hace muchos años su ciudad, Cuernavaca.

Tuve la ocasión de percibir la luminosa presencia de su familia y compartí frugales tertulias con Coco, Socorro, su primera esposa y la madre de Juan Francisco y Stephanie Sicilia, sus hijos, y con ellos los numerosos amigos, colegas y seres cercanos que nunca faltaban a su alrededor, puedo decir que compartí aquellos momentos con la naturalidad con la que se viven los dones cotidianos que parecen tranquilos porque los suponemos permanentes, invulnerables.

Para una generación de escritores que ya no es joven la palabra de Javier Sicilia fue desde el primer libro particular y atesorable. No sé si lo que ha sucedido después es para bien o para mal. No sé siquiera –con la misma certeza que Javier– si existe el Bien y el Mal.

No sé si alguien que no sea un poeta podría tocar con las palabras ese interminable corazón del dolor. Por lo pronto, sólo escucho la voz de un hombre que no acepta más vivir tras el silencio del dolor.

Tal ve todo conspira para encontrarnos sobre este mundo con nuestro destino. Y el poder de la palabra interroga permanentemente a la palabra del poder.


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