El papel de la educación cívica en el desarrollo social

Frente a una sociedad cambiante, cualquier propuesta de educación cívica requiere adoptar e incorporar al perfil básico del ciudadano los requerimientos de la llamada “economía del conocimiento”

El conocimiento es la única riqueza de la que no pueden despojarnos los tiranos. 

Jean–Jacques Rousseau   

A partir de 1991, el Instituto Federal Electoral (IFE) cumple, por mandato constitucional, la función estatal de organizar las elecciones federales.

Al mismo tiempo, y según el artículo 41 de la Constitución Política, se establece que el organismo desarrollará, en forma integral y directa, actividades relativas a la capacitación electoral y la educación cívica.

Por su parte, el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE) señala, en su artículo 69, entre otros fines del Instituto Federal Electoral, los de contribuir al desarrollo de la vida democrática, asegurar a los ciudadanos el ejercicio de los derechos político-electorales y vigilar el cumplimiento de sus obligaciones, así como el de llevar a cabo la promoción del voto y coadyuvar a la difusión de la cultura democrática. 

Desde la puesta en marcha de los ejes temáticos que alientan los programas de la materia cívico-educativa, destaca la convicción institucional sobre la importancia de contribuir a la formación de una ciudadanía activa y participativa. Con ello se afirma que el sujeto esencial de la democracia radica en la ciudadanía. 

Una tarea de reflexión en materia de educación cívica, participación ciudadana y cultura política significa apenas una aproximación para recuperar algunos insumos teóricos y conceptuales para nutrir los diagnósticos a fin de sugerir nuevas directrices de incorporación de aportaciones educativas.

Me refiero, en particular, al papel de la educación cívica en el desarrollo social. Se trataría de destacar el papel de la educación cívica como un elemento que puede contribuir a un desarrollo social más justo y equitativo. 

Los sociólogos afirman que la pobreza absoluta se presenta cuando la gente no tiene los recursos suficientes para garantizar condiciones mínimas de existencia –condiciones expresadas a través de índices de calorías y niveles de nutrición, y que la pobreza relativa se da comparando los niveles de vida promedio de una determinada comunidad con otra–. 1

Ciertamente, el concepto de pobreza es discutible, sin embargo, en nuestro país y en el mundo entero los porcentajes sobre la pobreza y la riqueza no han variado de forma significativa. 

Frente a una sociedad cambiante, cualquier propuesta de educación cívica de una institución estatal requiere adoptar e incorporar al perfil básico del ciudadano los requerimientos de la llamada “economía del conocimiento”, es decir, aquella que se basa en la incorporación de valor agregado a los bienes y servicios.

Esta visión y práctica de la producción de riqueza se encuentra dominada en el mundo de hoy por tres polos geoeconómicos: Estados Unidos y Canadá en Norteamérica; el Norte de Europa; y las nuevas potencias asiáticas. 

En efecto, los cambios vertiginosos que la ciencia y la tecnología han logrado en el siglo actual; los colapsos de una economía pensada menos para el ser humano que para la producción; la exclusión de mayorías poblacionales de los procesos económicos, sociales y culturales; serían simples lugares comunes, si no fuera porque a las sociedades actuales las atraviesa, al mismo tiempo, una crisis de valores de naturaleza ética, aunada a la cancelación de la credibilidad de los idearios y valores socialmente solidarios. 

Aligual que el resto deAmérica Latina, México vive en los suburbios de la sociedad del conocimiento, lo que fomenta más la desigualdad y la falta de expectativas y de oportunidades para los más pobres del país.

La reflexión actual sobre la sociedad cambiante y la crisis de valores lleva aparejada una urgente discusión acerca de los riesgos que corre el país si se soslaya la importancia de la ciencia, la educación y la cultura en la sociedad del siglo XXI. 

Si la educación en la era de la sociedad del conocimiento es una condición que necesariamente tiene que contribuir a que exista un desarrollo social más equitativo (mejores indicadores de productividad, competitividad y eficacia, un ingreso per cápita más alto, entre otros), entonces la función de la educación en los países de la periferia de la sociedad del conocimiento debería ser la de abatir las desigualdades.

De ahí que valga la pena reconocer que la educación cívica haya dejado de ser una materia optativa para volverse una materia obligatoria. 

Es preciso, por tanto, desarrollar un nuevo modelo de educación cívica que contribuya a la formación de una ciudadanía activa, crítica y realista, que entienda a la democracia no solamente como una forma de gobierno acreditada en el día a día en su superioridad ética, sino como una forma de sociedad que ofrece un valor agregado a los ciudadanos a fin de que tengan una mayor capacidad de gestión de la problemática social.

Al mismo tiempo, el modelo de educación aquí esbozado debe brindar nuevos contenidos cívicos que posibiliten y estimulen en los ciudadanos una mayor capacidad de conducción política y de provisión de garantías de orden en un contexto de Estado de derecho y de derechos fundamentales.

En suma, la educación cívica es fundamental para formar un ciudadano que entienda que las instituciones, normas y procedimientos democráticos son necesarios para la reproducción de la vida, vale decir, para el desarrollo ciudadano de la vida.