El malestar en relación a la política

En diferentes momentos, los políticos, los partidos, los gobiernos y el Congreso supieron estar a la altura de las exigencias

Por: José Woldenberg
 
Al intentar escribir algunas notas en torno al tema tan actual de la democracia en México apareció con fuerza un fenómeno que tiñe nuestro espacio público: el malestar con relación a la política. Me parece pertinente, entonces, intentar rastrear sus nutrientes.
 
Es necesario vivir en el mayor aislamiento; no leer diarios o revistas, ni escuchar la radio o ver la televisión; carecer de familia y de amigos, para no tener referencia del fenómeno siguiente. Se trata de un malestar general, que se expresa como una ola expansiva, hacia los partidos, los políticos, los cuerpos legislativos, es decir, hacia la política. Los adjetivos que comúnmente la acompañan no suelen ser nada halagadores.
 
Lo más paradójico, en nuestro caso, es que fue la política la que logró conducir a buen puerto un proceso de tránsito democrático, que estuvo sembrado de enormes retos y dificultades. En diferentes momentos, los políticos, los partidos, los gobiernos y el Congreso supieron estar a la altura de las exigencias, y fueron capaces de diseñar un cauce para el encuentro y recreación de las diferentes fuerzas políticas, y de generar leyes e instituciones que han permitido la coexistencia de la diversidad en la esfera pública. Al parecer, no fue poco, pero con seguridad no fue del todo suficiente.
 
El malestar que produce la política es un fenómeno no circunscrito a nuestras fronteras, sino que se presenta en la mayor parte de los países de América Latina, precisamente en el momento en que parecía que el continente dejaba atrás regímenes militares y autoritarios.
 
Es así que el desencanto con la política puede convertirse en un desencanto con la política democrática, dado que son los instrumentos de esta última (políticos, partidos y parlamentos) los que se encuentran más cuestionados.
 
Dante Caputo, ex canciller argentino y coordinador del Informe Regional sobre el Estado de la Democracia en América, encargado por la onu, así lo decía hace algunos meses: “…un 60 por ciento de latinoamericanos considera que la democracia es el mejor sistema, pero el 50 por ciento de los encuestados en 18 países expresan que estarían dispuestos a apoyar un régimen militar si éste trajera solución a sus problemas económicos, Más grave aún, del 60 por ciento que adopta a la democracia como el mejor sistema, la mitad estaría dispuesta a aceptar un régimen autoritario si éste trajera solución a sus problemas económicos”.
 
No se trata de subrayar artificialmente las tintas, puesto que a pesar del desgaste en la percepción positiva hacia la democracia, no parece emerger un modelo alternativo, pero el deterioro de la imagen de los instrumentos de la política democrática no puede pasarse por alto, porque puede ser caldo de cultivo de fenómenos autoritarios.
 
Los nutrientes de ese malestar son múltiples y variados, pero a mí se me ocurren, por lo pronto, tres de ellos.
 
  1. La sobreventa de expectativas. Las luchas por la democracia al parecer despertaron una gama de ilusiones que iban más allá de las metas razonables que ésta puede alcanzar; o, para decirlo de otra manera, la democracia, como forma de gobierno, ayuda a resolver dos problemas medulares de toda sociedad masiva y compleja: la construcción de una fórmula legítima para elegir gobernantes y la edificación de un espacio que permita la coexistencia y competencia de la pluralidad política que la cruza. No obstante, nunca faltaron los discursos que hacían de la democracia una especie de tierra prometida donde, por arte de magia, los problemas serían resueltos. La democracia aparecía como un sombrero de mago capaz de desterrar no sólo los métodos autoritarios de gobernar sino, además, la pobreza, la marginación, el atraso, la tontería. Sobra decir, por qué esa sobre oferta no puede causar sino desencanto. 
  2. La falta de crecimiento económico. América Latina es, en lo fundamental, democrática, pero es una zona del planeta inmensamente pobre y la más desigual de todas. Los rezagos en materia de salud, alimentación, vivienda, educación, empleo, resultan oceánicos, y lo que es peor, se han ahondado en los últimos veinte o veinticinco años. Diagnósticos sobre lo que ha sucedido, sus causas y culpables, hay muchos, pero lo cierto es que los procesos de redemocratización o de construcción democrática han sido acompañados de estancamiento económico y crisis recurrentes que han impactado de manera negativa las condiciones de vida de los más y han ensanchado las desigualdades sociales. En ese escenario, las respuestas de los ciudadanos a las que hace alusión Dante Caputo, encuentran nutrientes profundos. Porque racionalmente se puede explicar que los frutos de la democracia tienen que ver con los espacios de libertad, la coexistencia de la diversidad, la mecánica de mayoría y minorías y los métodos para generar y sustituir gobiernos, pero si las condiciones de vida de las grandes mayorías continúan degradándose, el aprecio por la fórmula de gobierno tiende a erosionarse. Esa falla estructural de nuestros países es quizá el tema más relevante de la agenda (si es que existe algo así).
 
Durante largos cincuenta años la expectativa de los padres fue que sus hijos alcanzarían un mejor nivel de vida que ellos, y esa ilusión, en lo fundamental, se cumplía.
 
En los últimos veinte años esa expectativa se ha convertido en su contraria: se espera que los hijos vivan peor que los padres, y en la mayoría de los casos se cumple. Una explicación fundamental se encuentra a la mano: entre 1933 y 1981 la economía mexicana creció a una tasa anual promedio del 5 por ciento. De 1982 a la fecha el crecimiento promedió anual ha sido de alrededor del 2 por ciento.
 
José I. Casar y Jaime ros nos recuerdan que entre 1940 y 1981 el pib por habitante creció en 3.2 por ciento anual; mientras que de 1982 al año 2003 lo hizo sólo al 0.6 por ciento. (“¿Por qué no crecemos?”, Nexos, octubre 2004, p. 57). Algo similar nos informa Carlos Tello Macías. El crecimiento del pib por persona anual por quinquenios fue el siguiente: entre 1965 y 1970, 3.5 por ciento; entre 1971 y 1976, 3.0; entre 1977 y 1982, 3.3 y a partir de ahí un quiebre espectacular: entre 1983 y 1988, 2.1; entre 1989 y 1994, 1.9; entre 1995 y 2000, 1.6, y de 2001 a 2003, 1.5 (“Transición financiera en México”, Nexos, agosto 2004, p. 22).
 
De tal suerte, que las posibilidades de mejorar las condiciones materiales de vida se han trastocado de manera profunda. De un largo período de crecimiento económico sostenido que suponía un progreso en la situación de las familias, pasamos a un estancamiento que produce erosión de la vida diaria. Y por supuesto, con ello también los humores públicos han cambiado.
 
En términos personales, pero también sociales, las expectativas, las ilusiones, las perspectivas, tienen un peso fundamental en las conductas. Unas serán el resultado de aspiraciones que de manera gradual se cumplen (por ejemplo, la aspiración de elevar el nivel de escolaridad de los hijos) y otras, por supuesto, la de ensueños que se frustran (por ejemplo, la idea de que luego de un título universitario las posibilidades de un empleo digno se encontraban aseguradas).
 
Durante la fase de crecimiento, millones de personas fueron incorporadas a un empleo productivo y/o formal; se expandió la educación; el sistema de salud pública se amplió; los servicios en las ciudades (drenaje, pavimento, luz, etcétera) se multiplicaron, y la sensación de una mejoría paulatina, pero real, impregnaba el espíritu público. El cine, la televisión, la radio, recreaban ese sentimiento.
 
El optimismo era el estado de ánimo predominante. Las clases medias crecían y su expansión era el anuncio del nuevo México. En los años cincuenta “aparecieron los primeros suburbios así como los televidentes, como se llamó a los espectadores de la novedad tecnológica.
 
En algunos, los cincuenta crearon la sensación de estar a las puertas del paraíso, y en otros, la de estar cerca, cuando menos. Una meta era vivir bien; no la Buena Vida, sólo vivir bien, rodeado de consolas y aparatos de televisión, lavadoras y alfombras de pared a pared y salas modulares y plásticos, acrílicos, cromos, neones” (Antonio Saborit. Prólogo al libro de Salvador Novo. La vida en México en el período presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, conaculta, México 1996). 
 
Período de confianza y grandes esperanzas, de futuros promisorios y bienestar que se extendía. Escribe sobre aquellos años Serge Gruzinski: “La ciudad [de México] respira entonces, al menos en apariencia, una modernidad controlada.
 
En el sur, en sólo cuatro años (1948-1952) la Ciudad Universitaria surge de la tierra y transforma la geografía de maestros y estudiantes, al mismo tiempo que promete educación para la mayoría.
 
Levantada a principios de los años cincuenta, la Torre Latinoamericana rasga el cielo y materializa el dinamismo urbano. Su verticalidad rompe con la horizontalidad que aún domina la ciudad. Símbolo del Progreso, de la norteamericanización a todo galope, proeza técnica a prueba de los futuros terremotos [...] Sueño de un crecimiento que nada podría detener y de una apertura hacia el resto del mundo. Octavio Paz puede escribir: ‘Por primera vez en la historia, somos contemporáneos de los demás hombres’.” (La Ciudad de México: una historia. fce, México 2004, pp. 29-30).
 
Aquel crecimiento nunca fue igualitario. Por el contrario, fomentó abismales desigualdades. Pero cada familia, al compararse contra sí misma, observaba una mejoría. Y al parecer, aquello era suficiente para inyectar dosis de satisfacción en la vida social.
En suma, el país generó una espiral de crecimiento económico, contento y coloridas esperanzas.
 
Incluso el formato autoritario de la política y la vida social parecían reciclarse y sólo algunas franjas de la población se inconformaban contra el verticalismo y la opresión (no resulta casual que el fenómeno antiautoritario creciera hasta volverse un poderoso movimiento social y político, precisamente durante la etapa de parálisis económica).
 
Pero las sucesivas crisis, el estancamiento, han tenido un impacto desgarrador. El trabajo informal crece como una mancha imparable, la educación pública se deteriora y de facto asistimos a una escisión profunda entre la educación pública y la privada (ambos circuitos se separan hasta configurar una ruta para los pobres y otra para las capas medias y altas), los servicios de salud se deterioran, no se genera empleo suficiente, y la irritación social crece y todo lo inunda.
 
No hay que buscar muy lejos. En las calles, las oficinas, las fábricas, los comercios, el humor público es ácido. El malestar se reproduce y las relaciones entre desconocidos suelen ser tensas. El día a día es arduo y las ilusiones resultan escasas.
 
Basta asomarse a nuestros medios de comunicación. La irritación es un común denominador. La majadería y el insulto son moneda de curso común. El presente es gris y el futuro pinta peor. La complejidad de los problemas desaparece y es sólo la incompetencia, la tontería, la corrupción de los políticos, la fórmula cansina para explicar nuestros males. El espíritu público expresa desencanto, cansancio, malestar.
 
Es difícil –imposible– resignarse a ver el deterioro de las condiciones de vida, asimilar que la suerte de los hijos será peor que la de los padres, y por ello, si bien el proceso de cambio democratizador puede explicarse por la lógica misma de la política, no debe perderse de vista que en el trasfondo y como acicate se encontraba una economía estancada con sus fuertes efectos en los humores públicos.
 
De tal suerte que el crecimiento económico no es sólo una necesidad para atender las graves carencias materiales en la que transcurre la vida de millones de mexicanos, sino también resulta imprescindible para recuperar un espíritu público que haga que la vida en sociedad esté menos cargada de cólera y malos humores. 
 
La degradación del debate público. La declinación de las ideologías que ordenaban los campos de la política, el fortalecimiento del pragmatismo como posición predominante dentro de todos los alineamientos, y la falta de visiones de Estado que graviten sobre el debate, han contribuido a secar el sentido y el significado de la actividad política, produciendo, por supuesto, hartazgo, desencanto, apatía.
 
Si a ello le sumamos la tendencia a convertir a la política en una actividad emparentada con el espectáculo y modulada por los códigos de los grandes medios de comunicación masiva, el círculo del sinsentido tiende a cerrarse.
 
Los diagnósticos más o menos elaborados no tienen visibilidad pública y los programas, genéricos, se convierten en un requisito que los partidos políticos cumplen al entregarlos a las autoridades, pero que ni siquiera como instrumento de pedagogía social son utilizados.
 
De tal suerte que el escenario de la política se llena de ocurrencias, “frases ingeniosas”, dimes y diretes, acusaciones e insultos mutuos, que divierten al “respetable” por un momento, ganan un número determinado de líneas ágata, un espacio efímero en radio y televisión, pero que en conjunto dejan una estela de desaliento y frustración difícil de remontar.
 
En ocasiones se tiene la impresión de que el declive de las propuestas ha dejado el campo vacío y sembrado para la reproducción al infinito de acusaciones cruzadas sobre corruptelas varias, única forma en que de verdad se pretende desacreditar al oponente. 
 
Puede afirmarse que de la calidad de nuestros partidos políticos y medios de comunicación dependerá la calidad de nuestra democracia.
 
Dado que no existe democracia sustentable sin un sistema de partidos fuerte y con arraigo. Dado que los partidos son insustituibles como agregadores de intereses, referentes ideológicos, redes de relaciones, plataformas de lanzamiento electoral, ordenadores de la vida pública.
 
Dado que los partidos expresan diversas plataformas políticas, intereses materiales y hasta sensibilidades que coexisten en la sociedad. Dado que los partidos son connaturales a las sociedades modernas.
 
Dado que si no existieran habría que crearlos para ofrecer un cauce a la expresión de la pluralidad política. Dado que en nuestro país, la Constitución los define como “entidades de interés público” y que por ello gozan de derechos y prerrogativas, y por supuesto, tienen obligaciones.
 
Dado que en México los partidos usufructúan el monopolio para postular candidatos a los distintos cargos de elección popular. Dado que incluso aquellos que reniegan de los partidos cuando quieren participar en política crean uno (aunque eventualmente no lo llamen así).
 
Dado que los partidos son maquinarias que han colonizado las instituciones del Estado. Dado que el sistema de partidos –con los que conocemos o los que puedan surgir– llegó para quedarse. Dado que ningún exorcista será capaz de desaparecerlos. Por ello, repito, de su calidad dependerá la calidad de la democracia.
 
Dado que los medios de comunicación masiva son el vehículo a través del cual se socializa la política. Dado que lo que no aparece en ellos no existe para la inmensa mayoría de los ciudadanos.
 
Dado que los medios modulan y jerarquizan las noticias. Dado que los medios son la única vía eficiente para hacer de la política un quehacer público.
 
Dado que cada vez son menos las personas que no ven televisión, escuchan la radio o leen periódicos y revistas. Dado que es inimaginable una sociedad moderna sin los medios de comunicación.
 
Dada la enorme influencia de los medios. Dado que hablar de vida pública es hablar de los medios y sus contenidos. Dado que se trata de un poder que crece y se expande.
 
Dado que no hay política de masas que no pase por los medios. Dado que el espíritu público en buena medida es esculpido por ellos. Dado que los medios son mucho más que medios. Dado que sus acciones y omisiones tienen impactos en la llamada opinión pública. Por ello, repito, de su calidad dependerá la calidad de nuestra democracia.
 
Sin embargo, tenemos que la actuación de unos y otros, de partidos y medios, está generando un desencanto mayúsculo con la política. Los partidos acusan a los medios de subrayar los escándalos y las tonterías, sin reparar en la cara virtuosa de la acción política.
 
Y los medios se defienden diciendo que ellos sólo expresan lo que existe y exhiben lo que quiere ver la gente. Escribió Raúl Trejo Delarbre: “Desde los partidos, se suele ver a los medios como interlocutores incómodos pero inevitables. Desde los medios no son pocos quienes miran al mundo de la política con desdén y desagrado, más que como una fuente necesaria de acontecimientos comunicables” (Mediocracia sin mediaciones, Cal y Arena, México 2001, p. 141).
 
Los políticos acusan a los medios y los medios a los políticos. Total, como suele suceder, nadie asume la responsabilidad y el círculo vicioso continúa reforzándose todos los días. Resultado: la apatía, el enojo, el disgusto con la política crece y se reproduce.
 
Los partidos –en plural– fueron motor y beneficiarios del proceso de transición a la democracia en nuestro país. Fueron capaces de construir un escenario para su expresión y recreación, para su competencia y convivencia.
 
Se trató de una espiral virtuosa que desmontó un entramado político autoritario y edificó otro democrático. Pero una vez llegado a ese, vale la pena preguntarse: ¿la calidad de la política es hoy inferior a la del pasado?, ¿la responsabilidad de los funcionarios se ha incrementado o ha decrecido?
 
Sostengo que las condiciones en las que transcurre la política hoy son mejores que las de ayer, pero la imagen de la misma se ha deteriorado sensiblemente. Parece contradictorio... pero quizá no lo sea. Y ello nos ilustra lo difícil que será construir el aprecio hacia esa actividad fundamental. Veamos.
 
Sólo un auténtico contexto de exigencia logra incrementar de manera sustantiva la calidad de la política y la responsabilidad de los políticos. Y se me ocurre que ese “contexto de exigencia” tiene que ver por lo menos con cuatro variables:
 
1) Los pesos y contrapesos que existen o no en el entramado estatal
 
2) La capacidad que tiene el ciudadano para exigir información y rendición de cuentas
 
3) El comportamiento de los medios de comunicación, y 4) la fortaleza de la sociedad civil.
 
En relación a los cuatro tenemos novedades nada despreciables que tienden a elevar el nivel de exigencia hacia los políticos:
 
a) La coexistencia en las instituciones del Estado de la pluralidad política
 
b) Las leyes e instituciones que tienen que ver con la transparencia de la información
 
c) El incremento de la libertad de expresión, y d) el surgimiento de nuevas agrupaciones y agendas desde la sociedad.
 
Hace 25 años las instituciones del Estado eran habitadas por funcionarios y representantes de una sola fuerza política. Prácticamente, todos los cargos importantes eran ocupados por los militantes de un solo partido, el pri.
 
Pero la transición democrática modificó de manera radical esa realidad. Ahora el mundo de la representación política es plural; el presidente coexiste con un Congreso donde él y su partido no tienen la mayoría, y eso le sucede también a un buen número de gobernadores; en los estados de la república suele haber presidentes municipales de tres, cuatro, cinco y hasta seis partidos diferentes.
 
En fin, que los pesos y contrapesos que se han forjado en los últimos años resultan una novedad venturosa. Porque el nuevo equilibrio de fuerzas construye un espacio estatal más vigilado, menos impune, sujeto al escrutinio de unos y otros.
 
Pensemos, por ejemplo, en la forma en que se evaluaba la cuenta pública ayer, y la forma en que se hace hoy, para tener una idea de que actualmente existen condiciones mejores para el escrutinio y la rendición de cuentas en el espacio estatal.
 
No obstante, la imagen que se proyecta no es esa, sino la de una clase política enredada en acusaciones mutuas y diestra en utilizar las nuevas realidades para erosionar al adversario. De tal suerte que la inédita correlación de fuerzas, si bien sirve para la vigilancia mutua, es explotada sobre todo para la descalificación del contrario.
 
En la multiplicación de leyes e instituciones que obligan a las autoridades a responder con información a las demandas de los ciudadanos, la política sin horizonte se impuso. Los partidos dan la impresión de estar perdidos en su propio laberinto.
  
Los medios, por su parte, sin duda son ahora más abiertos que en el pasado y, sobre todo, más libres. La diversidad política se recrea en ellos y han sido desterradas las prácticas excluyentes de ayer. La subordinación al poder político se erradicó en buena medida y el ejercicio de la libertad de expresión se expande. Todo ello en buena hora.
 
Pero una vez llegado a ese punto, el ruido es más poderoso que el análisis, la bulla es más atractiva que la objetividad. Se premia la estridencia y se castigan los planteamientos, se reproducen las gracejadas y desaparecen los diagnósticos.
 
Existen otros elementos para explicar el desencanto con la política: la sobreventa de expectativas, el magro crecimiento económico, las abismales desigualdades sociales, el incremento de la inseguridad, los rezagos en casi todos los campos y súmele usted.
 
Pero el nivel del debate público y la forma en que la política aparece a través de los medios, sin duda son generadores del malestar creciente. Partidos y medios producen una espiral hacia abajo: lo más malo es lo que destaca.
 
Partidos y medios están obligados a inyectarle racionalidad al debate; a hacer visibles y comprensibles los monumentales problemas del país; a elevar el conocimiento sobre nuestro entorno; a dotar de sentido a la actividad política.
 
 
Porque, como lo demuestran las más diversas encuestas, si bien la inmensa mayoría de las personas prefieren vivir en democracia y valoran su existencia, esa misma mayoría tiene un profundo recelo en relación a los actores de la democracia: políticos, partidos y Congreso. Cabe entonces preguntarse si ese desgaste de los “instrumentos” de la democracia no presagia un desgaste de la misma.
 
No aparece en el horizonte un modelo de organización política alternativo a la democracia. Ni riesgos de involución autoritaria, ni fantasmas de golpes militares ni de dictaduras redentoristas (creo) están en la orden del día. No obstante, es menester asumir que la democracia como régimen político puede tener muy distintas calidades. Insisto, la calidad de esa fórmula de organización política depende de lo que hagan o dejen de hacer partidos y medios de comunicación.
 
O para decirlo de otra manera: la democracia es un modelo general de organización política, y lo que vivimos son sistemas democráticos singulares con linajes diversos.
 
Por supuesto, no será la inercia la que revierta la mecánica de degradación. Se requiere de un esfuerzo mayúsculo, concurrente, para elevar la calidad de nuestra democracia.
 
¿Cómo elevar la calidad de la política?, ¿cómo incrementar la responsabilidad de los políticos?, son preguntas que aparecen de manera recurrente.
 
Parece un instrumento inmejorable para trascender la opacidad con que a lo largo de los años se desplegaba la gestión pública. Aunque hoy parezca increíble, durante décadas la información pública fue más bien privada y el acceso a ella dependía del humor del funcionario en turno. Hoy no.
 
Gracias a las innovaciones normativas e institucionales existe la garantía de que la demanda de información debe ser atendida, y si eso no sucede, el demandante tiene la posibilidad de recurrir a diversos institutos (el IFAI a nivel federal y los correspondientes institutos estatales). 
 
Estas reformas resultan inmejorables para exigir rendición de cuentas y esa mecánica debe fortalecerse. No obstante, parecería que el “juguete nuevo” se explota y adquiere visibilidad cuando aparecen resultados escabrosos, cuentas deficientes, operaciones truculentas, de tal forma que la fórmula diseñada para reclamar y obtener información también coadyuva a la erosión de la imagen de la política.
 
Los medios de comunicación ejercen hoy una mayor libertad. De la subordinación al poder público han pasado a diseñar por sí mismos sus políticas de información, y esa es una muy buena noticia.
 
Los rastreos e investigaciones que aparecen en la televisión, la radio y la prensa de manera regular resultaban impensables en el pasado, y buena parte de los escándalos que han sacudido a nuestra sociedad tienen que ver con la visibilidad que a través de los medios han adquirido los casos de políticos involucrados en actos de corrupción. Ello , por supuesto, también eleva el listón de exigencias hacia los políticos.
 
 
No obstante, da la impresión que los medios no han logrado trascender el nivel de la nota amarilla y mantienen inhibidas sus potencialidades pedagógicas, es decir, sus capacidades para hacer inteligible la vida política. Montados sobre el escándalo, son ineficientes para explicar y ofrecer sentido a lo que acontece en el escenario político.
 
En los últimos años se ha gestado una sociedad organizada más demandante que la del pasado. Organizaciones y redes de todo tipo (feministas, de defensa de los derechos humanos, ecologistas, etcétera) se han sumado a las tradicionales (empresariales, sindicatos, agrupaciones agrarias, etcétera) y en conjunto crean una trama capaz de desplegar agendas diversas que obligan a las autoridades a, por lo menos, estar atentas a esas reivindicaciones.
 
Ello hace que los funcionarios y políticos no actúen en un espacio vacío. No obstante, todavía tenemos un déficit en la materia. Nuestra sociedad civil es débil y sobre todo desequilibrada. Los intereses de unos cuantos suelen gravitar con mayor fuerza que los de amplias capas de la población.
 
Pero además, parece ser que el resorte mejor aceitado de esa sociedad civil es el de responsabilizar al Estado de todo lo que ocurre, de tal suerte que cada nueva demanda, cada nuevo problema tiende a subrayar incapacidades (reales o ficticias) de las instituciones del Estado.
  
Esas novedades –la inédita correlación de fuerzas en el entramado estatal, el acceso a la información pública, la Libertad que hoy explotan los medios y una más robusta sociedad civil– crean mejores condiciones para exigir cuentas a los políticos, pero paradójicamente al mismo tiempo construyen la imagen de que hoy la política es más ineficiente y los políticos incapaces.
 
No me extiendo más. Por angas o mangas, el desaliento crece. Y para romper ese círculo, paradójicamente no contamos sino con los instrumentos propios de la política. 
 

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