El ideal democrático y la dinámica social

La democracia no es la característica que define ni a la vida social ni a la vida política de México

Por: Angélica Bautista Flores

Introducción

Cuando unos y otros argumentan que la situación social y política de México en la actualidad es altamente promisoria, debido a que –por fin– hemos alcanzado una sociedad democrática, se asumen dos supuestos. El primero, se refiere al sistema político que dicen ya es democrático.
 
El segundo implica que ese sistema político denominado “democrático” ha permeado ya la sociedad, por lo que no sólo en la política se supone la presencia de la dichosa democracia, sino en la vida social, en su conjunto.
 
Ambas afirmaciones son falsas. La democracia no es la característica que define ni a la vida social ni a la vida política de México.
 
Pero esta afirmación puede generar controversia e incluso rechazo, con su simple mención, casi en cualquier ámbito; esto porque en el terreno de la difusión masiva se ha reiterado el gran logro que, para la sociedad mexicana, representa la democracia.
 
Se dice también que ese espacio de difusión masiva es la opinión pública. Esto también es falso. La opinión pública no es la que editorializan los medios; tampoco es la opinión personal de unos cuantos que se expresan en ellos.
 
El presente trabajo busca argumentar que, efectivamente, la democracia no es la forma de hacer política en nuestro país, ni la forma de elegir a los gobernantes. Busca, también, argumentar que la vida social en México tampoco es democrática; porque es inalcanzable. Pero también se busca identificar a los espacios que la inalcanzable democracia trastoca.
 
El ideal democrático, siendo de esta manera, representa un motor que alienta la dinámica social actual. De hecho, esa es su cualidad esencial. Esta característica se manifiesta en el ámbito de la opinión pública, que no es el espacio de la difusión masiva.
 
En ese sentido, el presente trabajo aborda también la dinámica social en la que la opinión pública discute y disputa, arduamente, los preceptos del ideal democrático.

1. La democracia como forma de hacer

Es casi saber popular que la democracia es un régimen político, en el que la soberanía reside en el pueblo, y que ésta es ejercida por el mismo, de manera directa o indirecta. También es un saber generalizado el que la palabra democracia significa “gobierno del pueblo”.
 
Lo que del presente saber se deriva es que ésta es una forma de gobierno en la cual el poder para cambiar las leyes y las estructuras de gobierno, así como el poder de tomar todas las decisiones de gobierno, reside en la ciudadanía, pues tanto el gobierno federal como los municipales y delegacionales son legitimados por la voluntad soberana, radicada en el pueblo, a través del voto. Se trata –dicen– de un sistema en el que todas las decisiones (sean legislativas o ejecutivas) son tomadas por los ciudadanos mismos.
 
Pero este saber popular también incluye el reconocimiento de que dicho argumento no corresponde con la realidad. Dado que el referente histórico que nos lleva a la Atenas griega, se nos aparece con una visión democrática extremadamente romántica, en la que todos los ciudadanos decidían el curso de la vida pública, porque eran pocos, resulta sencillo comprender la necesidad de “otra” democracia.
 
Los expertos argumentan que la democracia en la antigua Atenas era directa, pero siendo millones los ciudadanos en las sociedades actuales, se argumenta otra opción de democracia con representantes escogidos mediante elecciones libres, que actúan representando los intereses de los ciudadanos. A ésta se le denomina democracia representativa.
 
La argumentación tiene problemas serios, desde su concepción misma. Para que opere, se requiere que los ciudadanos, revestidos de esta condición por sus atributos demográficos (edad y lugar de residencia), se trasmuten en ciudadanos participativos.
 
De tal suerte que aquéllos que decidan no participar, quedan fuera de la determinación de sus representantes, que de todas formas “los representarán”.
 
La democracia, además de ser el poder del pueblo, según los expertos, es un sistema sociopolítico y económico de personas libres e iguales; no sólo ante la ley, sino en las relaciones sociales en la vida cotidiana.
 
En este sentido, la democracia es una aspiración muy elevada, que proyecta a las sociedades a un estado “ideal” en el que todas las personas son “iguales”, en derechos y obligaciones y “libres”, para hacer, pensar y soñar.
 
¿Qué libertad y qué igualdad puede ofrecer una democracia representativa, en la que sólo algunos –muy pocos– participan?
 
La política contesta a esta interrogante con un tengamos paciencia: algún día, todos los ciudadanos, convencidamente, participarán.
 
El problema estriba en considerar que una democracia imperfecta o en ciernes, coadyuva, para decirlo tecnocráticamente, a ese futuro promisorio que, cual tierra prometida, algún día llegará. Es un problema porque la gran mayoría de las personas, que no participan no son incluidas en el diseño del hacer y el normar (ejecutivo y legislativo), que los incluye. ¿A qué igualdad y a qué libertad podrán de esta manera acceder?
 
Robert Dahl, teórico político del siglo XX, propone cinco criterios para definir el ideal democrático:
 
1) Libre acceso de todos los ciudadanos a la actividad política, lo que significa que antes de que se adopte una decisión, todos los miembros deben tener en cuenta todas las posibilidades.
 
2) Igualdad de voto, que implica que cada ciudadano tiene uno y que éstos poseen el mismo valor.
 
3) Comprensión ilustrada de la vida política en general, por parte de los ciudadanos.
 
4) Los ciudadanos ejercen el control final sobre la agenda política; y 5) inclusión de todos los ciudadanos adultos y residentes, en la vida política.
 
En opinión de Dahl, si no se cumplen todos estos criterios significa que hay ciudadanos que están en inferioridad frente a otros.
 
Siguiendo este argumento, se trataría de sociedades en las que sus ciudadanos son de una y de otra categoría, lo que por obvia razón implica que no son iguales y que tampoco son libres.
 
Seguramente habrá entre quienes escuchan, aquellos que se pregunten, ¿y qué novedad hay en ello? La cuestión estriba en considerar que los espacios de difusión de los argumentos de los políticos, entiéndase medios de comunicación, indican lo contrario.
 
Pero más aún, estos espacios de difusión a los que me refiero han sido también trasmutados, para ser ungidos con el nombre impactante de “opinión pública”.

2. La democracia como argumento legitimador

La opinión pública no es lo que nos dicen los medios. No es tampoco lo que algunos ciudadanos dicen en los medios. De hecho, la opinión pública no es los medios de comunicación, de ninguna manera.
 
Los teóricos de la opinión pública la consideran una suerte de pensamiento social, que se constituye mediante un proceso, que incluye varias etapas. Young (1991) describe el proceso de formación de la opinión, con cinco etapas. En la primera:
 
...algún tema o problema comienza por ser definido por ciertos individuos o grupos interesados, como un problema que exige solución. El problema puede haberse desarrollado como resultado de fuerzas inesperadas o imprevistas, tales como una catástrofe física, o bien derivar de alguna actividad voluntaria, como por ejemplo una feria en la comunidad, un programa educacional o alguna prolongación de las funciones de la comunidad. En cualquier caso, la esencia de esta primera etapa es un intento de definir la cuestión en términos tales que permitan la discusión por parte de individuos y grupos (Young, 1991: 15). 
 
Ya establecido el tema, la segunda etapa es de exploración. Nos dice este autor que “vienen entonces las consideraciones preliminares y exploratorias. ¿Cuál es la importancia del problema? ¿Es éste el momento de encararlo? ¿Es posible darle solución? Estos aspectos pueden ser explorados en charlas, debates abiertos, crónicas y editoriales en la prensa, debates o comentarios radiales, y por otros medios de comunicación.
 
También durante este período, individuos o grupos pueden emprender investigaciones con el fin de descubrir los hechos relacionados con la cuestión y las posibles soluciones. En nuestros días puede tener enorme importancia en esta etapa, la intervención del experto.
 
Cuando se han formulado los informes de las investigaciones, pueden servir de base para nuevas consideraciones. En algunos casos, una minoría interesada en el problema, un grupo comercial u obrero o una asociación reformista, toma una parte activa no sólo en lograr una definición más precisa del asunto, sino también en estimular el interés general por la cuestión” (Young, 1991: 16).
 
Esta segunda etapa, como hemos podido ver, es la que toca a los medios de comunicación, pero no sólo a ellos, sino a la sociedad en pleno, en todos los espacios de conversación en los que haya interés, duda, temor o algún sentido de importancia, en torno al tema en cuestión.
 
En un tercer momento “pasamos a otra [etapa] en la cual se adelantan soluciones o planes posibles. Apoyos y protestas están a la orden del día, y se produce a menudo una acentuación de las emociones.
 
Puede aparecer, en considerables proporciones, la conducta de masas, y frecuentemente los aspectos racionales del problema se pierden en un diluvio de estereotipos, slogans e incitaciones emocionales.
 
Esta etapa es importante porque en ella la cuestión se bosqueja con caracteres muy marcados y al tomar decisiones los hombres están controlados no sólo por valores racionales, sino también por valores emocionales.
 
En otras palabras, en la formación de la opinión, en las sociedades democráticas, intervienen a la vez consideraciones racionales e irracionales” (Young, 1991: 16).
 
Esta es una etapa crucial en la formación de la opinión pública, o de las corrientes de opinión. Es en el momento en que se definen y se decantan los contenidos ulteriores de las disputas cotidianas.
 
Posteriormente “de las conversaciones, discursos, debates y escritos, los individuos alcanzan cierto grado de consenso” (Young, 1991: 16). Se trata de una cuarta etapa de definiciones. Pero no es el punto final de este proceso.
 
Young apunta una quinta etapa, en la que se pone en práctica lo acordado. En este punto nos indica que “en la realidad, en un sistema representativo, la minoría puede naturalmente seguir presionando para obtener una modificación” (Young, 1991: 17).
 
Esto en realidad supone que el proceso de formación de la opinión pública no culmina, sino que se trata de un proceso constante. Esto es lo que permite argumentar el surgimiento de expresiones de protesta y de los movimientos sociales.
 
Este recorrido es importante para considerar que la opinión pública que se manifiesta en las sociedades expresa los intereses de grupos y personas diversas, pero que su cualidad como pública le es conferida por la conjunción de pensamientos y sentimientos colectivos, que se expresan de numerosas maneras.
 
Esto supone también un espacio de consenso o de disenso en el que, en la dinámica social, no hay distinciones. En la disputa cotidiana todas las personas toman posición (cuando hablan y cuando callan). Se trata de un proceso que sólo opera desde la igualdad.
 
No es así en el terreno de los medios de comunicación. Pero como vimos, el espacio de los medios es sólo una etapa en el proceso. Cumple una función, pero no define posiciones ni delimita lo consensual respecto al disenso.
 
Es en este sentido que los argumentos referidos a la democracia, plasmados en los medios y expresados desde una perspectiva totalizante, son la expresión de una búsqueda de legitimidad de un modelo político y de una forma de hacer política, más que la expresión de una sociedad que ya sea democrática.

3. La democracia en la dinámica social

Como ya se adelantó, si hay en el proceso de la opinión pública una posibilidad asequible de debatir, argumentar y decir, asumiendo la esencia de seres libres e iguales, es en la dinámica social, excluyendo los intereses de los políticos, del dinero y de los medios de comunicación, en donde se expresa el ideal democrático.
 
Este ideal que fracasó en el diseño político de lo público, se ubica nítidamente en la expresión pública de lo político. Lo político es todo lo que sucede entre nosotros. Bajo esta manera de definirlo, lo político es lo psicosocial. Su abordaje tendría que ubicarse ahí, en la relacionalidad.
 
La relacionalidad como concepto supone que si bien son los seres los que interactúan y establecen vínculos, ésta no se ubica en ellos. Supone también que en ella hay contenido, pero no es lo que contiene.
 
Dentro de todos los supuestos que este concepto arroja también se ubica la realidad objetivada, nuestros estilos, nuestras formas, nuestros argumentos, la distinción cultural, localista, culturalista de los grupos sociales, el arte, la pintura, la arquitectura, la escultura, el arreglo y la composición de nuestros objetos, objetivan la relacionalidad. Pero esta relacionalidad no está en los estilos, en las formas, en los argumentos, etcétera.
 
La posibilidad a la que apunta el presente trabajo es la de identificar la viveza y el tono de la vida democrática de nuestra sociedad, considerando que ésta es la única vía posible para nutrir el ideal democrático de la vida social.
 
Siendo desiguales y careciendo de libertad, las disputas cotidianas, que aparentemente nos alejan, son la única alternativa para, desde el ideal democrático, alcanzar nuevas formas de sociabilidad que, al tiempo, logren desde los espacios más recónditos de nuestra esencia racional e irracional, nuevos acuerdos y formas de ser y hacer (colectivas), que cuestionen primero y trasciendan después, aquello que aún nos ata a una vida muy lejana de aquel ideal que dicen que se objetivó en la Atenas griega.
 
Bibliografía

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