El futuro de la democracia mexicana

Si no se produce un cambio generacional dentro de la elite política, el futuro de la democracia seguirá en la incertidumbre que hasta ahora la define y caracteriza

Por: César Astudillo
 
He sido invitado a reflexionar sobre la democracia mexicana desde la perspectiva de quien se encuentra temporalmente fuera del país. Entiendo que esto significa opinar sobre nuestra democracia vista desde fuera, a la luz de quien interactúa momentáneamente dentro de un sistema político y social ajeno.
 
Hay una primera tesis sobre la que quisiera pronunciarme. No es difícil encontrar en los ambientes políticos y académicos opiniones que al comparar la nuestra con las democracias europeas sostienen que éstas se encuentran mucho más avanzadas en múltiples aspectos.
 
Es una opinión respetable que desafortunadamente no podemos discutir con el debido detenimiento. Lo que sí me parece destacable es que todas ellas parecen tener problemas muy próximos a los nuestros. Tampoco hay que ser muy sagaz para encontrar ejemplos que sostengan nuestra afirmación.
 
Es fácilmente constatable que en el espacio europeo las campañas electorales se han convertido en una batalla en donde todo, o casi todo es posible, con tal de arrebatar unos cuantos votos de último momento. El ejemplo más evidente es el de la reciente campaña electoral italiana y el ríspido enfrentamiento entre Prodi y Berlusconi, candidatos de las dos coaliciones electorales.
 
Es visible igualmente, cómo desde las altas esferas del poder se ultiman complots para dañar al adversario político, tal y como acontece en el escándalo que actualmente se protagoniza en la política francesa, en donde se acusa al presidente Chirac y al primer ministro Villepin de organizar un complot en contra de Sarkozy, ministro del interior y líder de la oposición.
 
A nadie escapa, por otro lado, que la oposición política invierte gran parte de sus esfuerzos en un desgaste permanente del gobierno con fines netamente electorales y que poco se preocupan en contribuir a alcanzar aquellos pactos que den sostén a los grandes acuerdos políticos nacionales; esta actitud la vemos claramente en la actual circunstancia española en la que el Partido Popular, como principal partido de la oposición, ha apostado por dejar sólo al gobierno en temas tan sensibles y de tanta trascendencia como el de los estatutos de autonomía de las comunidades autónomas o la gestión de un acuerdo político con ETA.
 
El ejemplo español sirve también para advertir cómo desde el poder se realizan los más grandes negocios económicos y se establecen inmensas redes de corrupción ancladas en el clientelismo político, y cómo el fenómeno del transfugismo es de lo más natural cuando se desea debilitar una mayoría a favor de otra, o derribar simplemente al gobierno en funciones.
 
La experiencia de Marbella de hace apenas unas semanas es representativa de esta mezcla de funestos elementos. Finalmente es posible advertir también aquellos casos en los que los dirigentes políticos se aferran a su cargo representativo, aun cuando el electorado ofrece muestras palpables de que su formación política no goza del respaldo popular suficiente para legitimarlos en el ejercicio del poder.
 
Esta actitud se encuentra personificada en el primer ministro británico Tony Blair de cara a los resultados de las últimas elecciones que confirman que el partido laborista ha caído drásticamente en la preferencia electoral y que su liderazgo se encuentra en franca decadencia.
 
Los ejemplos anotados constatan que estas democracias, en teoría más avanzadas, padecen de los mismos problemas que la nuestra.
 
La crispación electoral, las argucias políticas desde el poder, el simple cálculo político-electoral de la oposición, la corrupción, el clientelismo, el transfugismo político y el mantenimiento del poder al precio que sea son situaciones que fácilmente se observan en nuestra realidad política. 
 
Estructuralmente tampoco se presentan grandes diferencias. Es más, es posible que en este ámbito vayamos un poco más adelantados puesto que pocos países en el mundo pueden presumir un sistema electoral tan meticuloso como el que tenemos en México.
 
La desconfianza y la recurrente amenaza de fraude electoral han servido de acicate para que mediante sucesivas reformas electorales hayamos delineado un sistema, perfectible todavía por su propia naturaleza, que hoy, a la luz de propios y extraños, se contempla como una impresionante maquinaria de efectiva organización de los comicios. 
 
Sí desde el punto de vista orgánico o estructural hemos avanzado de forma notable, no ha sucedido lo mismo con el aspecto funcional de nuestra democracia. Es en este punto donde pueden encontrarse nuestras mayores diferencias con las democracias europeas.
 
El hecho de que la segunda guerra mundial haya constituido un punto de inflexión en la totalidad de democracias europeas, con el consecuente reacomodo de poder que ello supuso, posibilitó que aquellas experiencias que permanecieron al margen de la influencia comunista, es decir, las que mantuvieron una democracia de tipo liberal, hayan tenido que establecer un nuevo pacto político fundamental en el que acordaron la nueva forma de organización política, y en donde pudieron consensar los valores y principios compartidos comúnmente a los que todas las fuerzas se obligaron a respetar.
 
La democracia pluralista, con sus altibajos, ha arraigado en la conciencia colectiva porque ha gozado de mejores condiciones para su consolidación, producto de las bases que sentaron en ese pacto fundacional: una sociedad construida sobre la base de la igualdad, con una clase media dominante; un régimen que ha apostado decididamente por la educación, mostrando índices de analfabetismo relativamente bajos; un sistema anclado en una concepción social del Estado, con la necesarias libertades a favor de los medios de comunicación, con un pluralismo político que ha permitido la convivencia de múltiples ideologías, ataviado con mecanismos institucionales de control político y jurisdiccional mayormente asentados que permiten el control del poder político y la garantía de los derechos y del derecho, reforzado a través de instancias de decisión y control supranacional que tienen la intención de homogenizar, en lo posible, las infraestructuras políticas, económicas, sociales y culturales para acudir a nueva e inusitada forma de organización política, como la representada por la Unión Europea.
 
En México, la falta de consolidación de nuestra democracia se debe a que no ha existido ese nuevo pacto político fundacional y, en consecuencia, a que la ausencia de una democracia plural no permitió disponer tempranamente de las condiciones propicias para el asentamiento de una práctica democrática por parte de quienes detentan el poder, y de una conciencia democrática por parte de sus destinatarios.
 
El último gran pacto político de esta naturaleza se remonta a la segunda década del siglo pasado. Los avances que en su momento presentó se vieron debilitados por el surgimiento de una fuerza política capaz de acaparar la vida política nacional.
 
El autoritarismo político institucionalizado fomentó la inexistencia del pluralismo político, la libertad de medios de comunicación y condujo a que no funcionaran eficazmente los mecanismos de control político y jurídico del poder.
 
La fuerza política del partido en el poder estuvo en condiciones de moldear ampliamente gran parte de la arquitectura jurídica del Estado.
 
La Constitución, lejos de representar el pluralismo de fuerzas políticas y sociales, poco a poco se fue convirtiendo en el fiel reflejo de la voluntad de una sola opción política.
 
El aparato gubernamental durante siete largos decenios fue incapaz de potenciar las virtudes del Estado social, propiciando una desigualdad cada vez más insultante, y haciendo que los niveles de pobreza y analfabetismo se dispararan hasta niveles insospechados. 
 
Este escenario ha sido modificado, lógicamente, por el cambio del partido en el gobierno del año 2000. Sin embargo, los avances en aquellos criterios que posibilitan una democracia sustancial siguen sin ser satisfactorios.
 
En este sentido, no es de extrañar que en una sociedad polarizada, en donde cada vez es menos evidente la existencia de una clase media, en donde casi la mitad de la población vive en condiciones de pobreza, en donde la falta de acceso a la educación ha generado un analfabetismo creciente, y en donde la seguridad social no alcanza a comprender a amplios sectores de la población, la gente se desentienda paulatinamente de los asuntos públicos ante la inexorable necesidad de atender las vicisitudes de su propia sobrevivencia.
 
Se entiende de este modo que no exista una sólida opinión pública ni una consolidada conciencia democrática y que el desdén existente en nuestra sociedad frente a la actividad política, ante su incapacidad para resolver los problemas sociales más sensibles, haya crecido de forma notable. 
 
Creo que gran parte de estos problemas se deben a las deficiencias que tenemos en México respecto a las condiciones para la consolidación efectiva de nuestra democracia.
 
Creo que muchos de ellos no han sido resueltos ante la imposibilidad de llegar a un nuevo acuerdo político fundamental que siente las bases mínimas de la organización política y social que necesitamos.
 
Pienso, finalmente, que en este proceso, aparte de la revitalización de la actividad política, sin la cual todo esfuerzo será en vano, se hace imprescindible una oxigenación a fondo de los cuadros políticos existentes en el país porque de poco serviría un nuevo acuerdo institucional cuyas riendas estuvieran en las manos de los mismos operadores políticos.
 
En síntesis, soy un convencido de que si no se atienden debidamente las condiciones que facilitan el florecimiento y la consolidación de la democracia, si no se genera un pacto político fundacional sobre los valores y principios comunes y si no se produce un cambio generacional dentro de la elite política, el futuro de la democracia seguirá en la incertidumbre que hasta ahora la define y caracteriza. 
 

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