El error y la ilusión en la política

Se vuelve necesario reconocer que estos “fallos” del pensamiento y de la acción, son en realidad fuentes ineludibles de información y de conocimiento

Por: Mario Édgar López Ramírez

Sobre el error y la ilusión como conocimiento
 

El error enseña. La ilusión permite el movimiento. Ambos fascinan, ya que invitan al ensayo, a la apuesta intuitiva; implican la acción sobre el mundo, representan la experimentación con los factores inéditos, desconocidos y novedosos. Además, son fuente de conocimiento.

Por medio del método de “ensayo y error” o de contrastar la ilusión con la realidad ha sido posible, durante milenios, hacer cierta verificación de la experiencia, generar posibilidades de aprender cómo funcionan las cosas. Y a esto se añade un saber fundamental también milenario: los hombres y las mujeres cometen, inevitablemente, errores; son movidos, irremediablemente, por diversas ilusiones. El error y la ilusión son constitutivos de la condición humana, inseparables de los procesos de humanidad.

Pero el error y la ilusión también aterrorizan, porque comportan y en su momento hacen evidente, el mal cálculo, la desviación, el descontrol, la imperfección, el fracaso. Son manifestaciones de la fragilidad, la torpeza, la vergüenza, la confusión, el escándalo. Sobre todo cuando golpean directamente el ego de los que apuestan por tener todo el control posible, todo el saber posible.

De ahí que la estructura de conocimiento actual, basada en los principios del mundo moderno occidental, ha tenido como meta la supresión de los errores y las ilusiones, ya que se supone que estos no permiten alcanzar eso que hemos dado en llamar “la objetividad y la verdad”.

Los conocimientos que han pretendido desarrollar, tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales clásicas, están dirigidos a suprimir los errores y las ilusiones, apostando a que esto se logrará por medio de una línea de progreso científico ascendente: mientras más verificación científica se obtenga, mayor será la objetividad alcanzada, mayor será la certidumbre del conocimiento adquirido.

El error enseña. La ilusión permite el movimiento. Ambos fascinan, ya que invitan al ensayo, a la apuesta intuitiva; implican la acción sobre el mundo, representan la experimentación con los factores inéditos, desconocidos y novedosos. Además, son fuente de conocimiento.

Por medio del método de “ensayo y error” o de contrastar la ilusión con la realidad ha sido posible, durante milenios, hacer cierta verificación de la experiencia, generar posibilidades de aprender cómo funcionan las cosas. Y a esto se añade un saber fundamental también milenario: los hombres y las mujeres cometen, inevitablemente, errores; son movidos, irremediablemente, por diversas ilusiones. El error y la ilusión son constitutivos de la condición humana, inseparables de los procesos de humanidad.

La implicación de este tipo de conocimiento, que busca la verdad por sobre todo, es, paradójicamente, la producción de nuevos errores e ilusiones: a la verificación científica sistemática, siempre, posiblemente por error, se le escapa un dato; a la prueba de laboratorio controlada y confirmada, la sorprende algún factor no considerado, incontrolado, del medio ambiente; a la documentación fiel de un suceso histórico, que hace posible extraer leyes del comportamiento social, la transforma un nuevo contexto, un contexto histórico diferente.

Mientras más conoce la ciencia sobre un componente específico, mientras más especializada se vuelve en el saber de una parte, más se desentiende del todo. Y cuando se ha revelado por fin algún misterio de la naturaleza o de la sociedad, nuevas informaciones agrandan el propio misterio.

Si aceptamos que el error y la ilusión son constitutivos de la esencia humana, la búsqueda de su supresión es, de alguna manera, avanzar hacia el desconocimiento de lo humano.

Si aceptamos que gran parte de la vitalidad que tiene la acción humana se debe a la seducción de las ilusiones y al reto que implican los errores, tratar de erradicarlos significaría la inmovilidad, la negación de actuar sobre el mundo.

Así, el eslabón fundamental del miedo al error y a la ilusión está en la incapacidad para aceptarlos, de asumir las consecuencias de la puesta, de incorporarlos como parte de la indigencia. El error y la ilusión son aspectos de un conocimiento indigente, que requieren reconocer las limitaciones humanas. De ahí que es al deseo de control –otro error, otra ilusión–, al que más afectan el error y la ilusión. 

La política como negación de errores e ilusiones: entre la democracia y la demagogia 

En la política, tanto desde su teoría como desde su práctica, evitar el error y la ilusión es sinónimo de tener pericia para mantener el control político.

De ahí que la construcción de modelos analíticos absolutos o de estrategias políticas infalibles, es asumida como aspiración altamente deseable, ya que el objetivo que se encuentra de fondo es un capital fundamental para el hombre político y también para el politólogo: el mantenimiento y el conocimiento total del poder.

Se entiende así que no errar significa saber, sistematizar, hacer bien las cosas, tener oficio, alcanzar el éxito. Por su parte, prevenir la ilusión garantiza que el manejo del poder es racional, basado en datos concretos, comprensivo de todos los factores que juegan en el campo político. Conocer es, entonces, no tener fallas políticas o tener las menos posibles. Saber es poder. Saberlo todo es el poder total. Es el “jaque mate”.

Desde platón y aristóteles, cuyos modelos filosóficos de La República y La Política, respectivamente, pretendieron ser ideales, por no decir, prácticamente perfectos; pasando por los manuales clásicos de consejos a los políticos, que buscaban evitar a toda costa los errores de cálculo de los hombres de poder, como los escritos por Nicolás Maquiavelo o Julio Mazarino, considerados además textos fundamentales de la ciencia política y llegando a la pretendida “integración total” propuesta por el marxismo o a la insaciable necesidad de datos de la teoría de los sistemas; sin contar los esquemas racionales de la teoría de las políticas públicas; el conocimiento político oficial se ha negado a incorporar al error y a la ilusión como parte de su saber.

Sin embargo, y pese a las aspiraciones de combatir a toda costa los errores e ilusiones, el error surge y la ilusión deslumbra. Una y otra vez. Inevitablemente.

Por lo que se vuelve necesario reconocer que estos “fallos” del pensamiento y de la acción, son en realidad fuentes ineludibles de información y de conocimiento, válidos para todos los campos del saber, incluida la política; así, como lo habían reconocido las culturas milenarias antes de la modernidad. Como lo señala Edgar Morin:

Todo conocimiento conlleva el riesgo del error y de la ilusión. La educación del futuro debe afrontar el problema desde estos dos aspectos: error e ilusión.

El mayor error sería subestimar el problema del error; la mayor ilusión sería subestimar el problema de la ilusión. El reconocimiento del error y de la ilusión es tan difícil que el error y la ilusión no se reconocen en absoluto. Error e ilusión parasitan la mente humana desde la aparición del homo sapiens.

Cuando consideramos el pasado, incluyendo el reciente, sentimos que ha sufrido el dominio de innumerables errores e ilusiones. Marx y Engels enunciaron justamente en La Ideología Alemana que los hombres siempre han elaborado falsas concepciones de ellos mismos, de lo que hacen, de lo que deben hacer, del mundo donde viven. Pero ni Marx ni Engels escaparon a estos errores (Morin, 1999: 5).

El error y la ilusión se combinan para desmontar los mitos de la teoría, para demostrar la torpeza de los procedimientos, para quitarle el protocolo y los tonos graves a los que son simples hombres: para que los reyes, creyéndose vestidos con las mejores ropas, caminen desnudos ante el pueblo.

Esto es un saber lúdico, prosaico, dilapidador y delirante, pero sobre todo, democratizador. Al humanizar el poder, ya que errar es propio de los humanos, los gobernantes y los ciudadanos se igualan, y con ello también surge la responsabilidad pública: responsabilidad compartida entre los muchos, si es democrática.

Por su parte, revelar lo ilusorio, identificar la ilusión, es quitarle filo a la demagogia, a la manipulación política: es enseñar a los ciudadanos a no ser seducidos con las promesas, con el mercado de ilusiones que venden los políticos.

Comprender al error y a la ilusión como fuente de conocimiento de la política, permite comprender al poder, ubicar mejor el devenir político, asumir responsabilidades, hacer vida democrática.

El sueño de la demagogia es la hipocresía, la perfidia y la irresponsabilidad vuelta forma de gobierno. Este el perfecto abono para la represión y la violencia.

Si partimos del hecho de que ejercer el poder es el arte de equilibrar intereses y manejar civilizadamente los conflictos, la demagogia cierra la posibilidad de incorporar a los actores disidentes y abre con ello el ánimo de exterminio hacia los que no comparten la ilusión demagógica.

Si la clase política no reconoce en sus aliados, en sus adversarios y en los propios ciudadanos, los factores de su propio poder, es porque cree que tiene la suficiente fuerza para subordinarlos completamente, su voluntad es de imposición, de aniquilación, de negación del otro.

Su ilusión es la eliminación total del conflicto democrático, en aras de controlar el poder, por medio de una democracia ilusoria.

La democracia sometida al error del control total tiene siempre un aspecto esquizofrénico: permite la participación, pero acotada; proclama la inclusión, pero solo de algunos; exige la transparencia, pero debajo de la mesa.

Es el irreductible conflicto entre la razón del Estado y la libertad, en el que generalmente pierde la libertad. Por eso una de las preocupaciones más grandes que tiene aquella clase política que cree en la ilusión del control definitivo, es cómo someter bajo su autoridad a la lógica democrática; es decir, cómo encuadrar a las instituciones, a las organizaciones participantes y finalmente a las personas con voluntad de poder; todo ello, a la vez que se mantiene la impresión de un escenario transparente, abierto y participativo de cara a los ciudadanos, por medio, básicamente, de un discurso basado en los valores democráticos.

Entonces, negar y negarse a desarrollar acciones y análisis políticos incorporando las fallas y los ensueños, remite al autoritarismo. No reconocer errores es propio de los dictadores; no asumir responsabilidades públicas es propio de los pueblos manipulados y enajenados.

Vender promesas incumplibles pertenece a la técnica de los demagogos, de los oradores grandilocuentes, expertos en hacer “realidad” pero solo con palabras, las delicias que quiere oír el pueblo, aun cuando mañana sean la fuente de sus más profundas desgracias; comprar las ilusiones demagógicas corresponde a la masa engañada y autoengañada: deseosa de no ver, de no oír, de no saber; tal como lo señala Ikram Antaki (2000: 143-165). Aceptar el error, aprender de la ilusión política es por lo tanto, una clave para la sana democracia. 

El deseo del control total, la ilusión de éxito definitivo 

El poder es un gran generador de errores e ilusiones, los teóricos y los políticos que así lo entienden concluyen que ante lo inevitable del error es necesaria la continua revisión de las acciones y la capacidad para la retroacción: sacar a tiempo la pata que se ha metido, evitar lo más posible, no el error en sí mismo, sino que se desaten todas sus consecuencias.

Ante la ilusión, sobre todo ante la ilusión de mantener definitivamente el poder, ese sueño íntimo de toda esencia política, se interpone la cruel historia: que en política el éxito nunca es definitivo, que cualquier estrategia tiene cegueras y omisiones que la pueden llevar al fracaso, que todo grupo en el poder perece.

Muy a pesar de este deseo íntimo de los hombres de poder, su ilusión de control total se enfrenta continuamente con una realidad: el poder político es una serie de equilibrios, no un objeto a poseer. Lo cual implica que no puede concentrarse todo el poder en una sola mano, porque tener el poder significa constituirse en el eje de una compleja balanza de intereses.

Ni en las mejores dictaduras el control unipersonal es completo, en todo caso, lo que consiguen las dictaduras es reducir el número de participantes en el campo político, pero no logran hacer del dictador la única y absoluta encarnación del poder.

En la democracia el juego es más complicado, porque se incluye una diversidad de intenciones y de voluntades. Todas ellas entran en acción y nunca son estáticas, siempre se mueven, se generan alianzas o se deshacen, se incorporan nuevos actores, se excluyen otros y se introduce así, inevitablemente, lo inesperado. De ahí que el éxito nunca sea seguro, ni siquiera para el ganador del juego.

En muchas ocasiones, el anhelo de poseerlo todo, de controlarlo todo, termina desequilibrando al propio hombre de poder. Este queda atrapado en lo que Edgar Morin llama “las estratagemas de la razón” y consiste en que aquel político que intenta controlarlo todo, termina descontrolando el sistema.

Su razón, por muy calculada que parezca, escapa hacia la irracionalidad y su acción, por muy planeada que esté, se bifurca hacia propósitos no deseados. Buscando tener el poder, para obtener algún resultado previsto, pierde el rumbo y pierde el poder. Es una vez más Morin quien lo dice de la siguiente manera:

Tomemos, por ejemplo, a Napoleón que, creyendo satisfacer su desmedida ambición de conquistador, transforma Europa aplicando las ideas de la Revolución francesa… La acción escapa de la voluntad del actor para entrar en el juego de las inter-retroacciones.

La historia nos ofrece magníficos ejemplos al respecto: en 1789, una reacción de la aristocracia pretende aprovecharse de la fragilidad del poder regio y exige la convocatoria de estados generales para recuperar los privilegios perdidos.

Esto desencadena una cascada de procesos no previstos por sus promotores, es decir, la creación de la Asamblea Popular y la institución del voto individual.

Observamos asimismo cómo un impulso revolucionario desencadena en España el juego de las fuerzas reaccionarias, particularmente la instauración de la dictadura del general Franco durante décadas… el golpe de Moscú, en agosto de 1991, desencadenado para restablecer más o menos el antiguo régimen, acelerará el derrumbamiento del sistema mismo (Morin, 1998: 12).

Las estratagemas de la razón han sido reconocidas por otros teóricos del poder. Carl von Clausewitz, especialista en teoría de la guerra, llamó a este fenómeno “fricción”:

Todo es muy simple en la guerra, pero hasta lo más simple es difícil. Estas dificultades se acumulan y producen una fricción de la cual nadie que no haya visto la guerra puede formarse una idea correcta… en la guerra, gracias a la influencia de innumerables circunstancias insignificantes que no es posible tomar en cuenta sobre el papel, todo nos deprime y estamos lejos de nuestro propósito… La fricción es la única concepción que de un modo bastante general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra sobre el papel.

La máquina militar, el ejército y todo lo que a él corresponde, es fundamentalmente simple, y por esa razón parece fácil de manejar… Teóricamente, esto parece correcto… Pero esto no es así en la realidad, y todo lo que hay de exagerado y falso en la concepción, se pone de manifiesto mediante la guerra… Esta enorme fricción, que no está concentrada en unos pocos puntos, como en la mecánica, aparece por lo tanto en todas partes, en contacto con el azar y produce incidentes casi imposibles de prever, justamente porque corresponden en gran medida al azar (Clausewitz, 1999: 59).

Debido a lo anterior, los hombres políticos experimentados en sus propios errores e ilusiones asumen la terrible verdad: el éxito nunca es definitivo. Y al asumir esto, se transforman en verdaderos educadores políticos, dejan de ser demagogos, hablan desde la realidad del poder, no desde su ilusión. Han probado y aprobado al error como conocimiento. Lo han transformado en experiencia. 

Incorporar el fracaso: inicio del buen juicio político, conclusión

Embriagados del error y la ilusión, pocos políticos planifican el fracaso, ya que esto es percibido como una aberración. La aberración de aceptar la derrota.

No obstante, los hombres de poder que incorporan y vuelven consciente para sí mismos la realidad política no tienen más remedio que aceptar que el fracaso es una posibilidad muy común, por lo cual sus acciones y decisiones, que tienden a desordenarse, a bifurcarse, a desviarse aleatoriamente, gracias a las estratagemas de la razón o a la fricción; requieren una corrección constante.

La continua corrección, el continuo ajuste de las acciones políticas, el sentido de la oportunidad, el cambio oportuno de la estrategia, es la base del buen juicio político.

Entonces, hay dos pasos que propongo como conclusión: aceptar la posibilidad del fracaso político, debido al error y la ilusión, y generar desde ahí la intuición del buen juicio político. En lo que respecta al primer paso, basta con aceptar los hechos, tal como lo documenta el historiador Geoffrey Parker, hablando del éxito y el fracaso político: 

[El éxito]… ha atraído a muchos historiadores, y confeccionado una larga lista; pero el fracaso ha sido más frecuente, especialmente en la guerra y el gobierno. Como decía el político británico Enoch Powell: “Toda vida política termina en fracaso”. Además, en la mayoría de los casos, la caída fue precedida por éxitos asombrosos: Laud, Hitler y Olivares fueron auténticos campeones en el logro de sus objetivos políticos.

El falso Martin Guerre superó todos los intentos de la familia de su mujer por destruirlo y solo cayó ante la aparición en escena de su homónimo real.

Menocchio sobrevivió a un largo juicio y fue puesto en libertad por los inquisidores; pero resultó incapaz de mantener la boca cerrada, como requería la sentencia, y eso le puso por segunda vez ante el tribunal como “hereje renegado”, delito por el que se le condenó a muerte.

Benedetta Carlini obtuvo amplia reputación de santidad antes de su desenmascaramiento, el cual parece haberla convertido en indiferente y dominante, tanto en relación con su amante como con las otras monjas.

La mayor parte de los “héroes trágicos” de Japón desafiaron triunfalmente los dictados de la convención y el sentido común hasta ser derrotados por adversarios más flexibles. Richard Talbot, conde de Tyrconnel, uno de esos “derrotados en el juego”, ascendió en un primer momento a la categoría de virrey de Irlanda. El éxito, como observó Winston Churchill en una ocasión, nunca es definitivo (Parker, 2001: 12).

El segundo paso abre a la constitución de la sabiduría política, porque supone una capacidad de movimiento intuitivo de los verdaderos hombres de Estado y una capacidad de percepción, de los mejores analistas políticos. Ha sido el politólogo Isaiah Berlin, quien nos lo muestra de forma magistral:

¿Qué significa tener buen juicio en política? ¿Qué es ser políticamente sabio, o estar políticamente dotado, ser un genio político, o incluso no ser más que políticamente competente, saber cómo lograr que se hagan las cosas?... ¿cuál es este conocimiento? ¿Son conocimientos sobre una ciencia? ¿Hay realmente leyes que descubrir, reglas que aprender? ¿Puede enseñarse a los gobernantes algo llamado ciencia política… que consista, como otras ciencias, en sistemas de hipótesis verificadas, organizadas en leyes, que permitan, mediante el empleo de más experimentos y observación, descubrir otros hechos y verificar nuevas hipótesis? (1996: 79-80).

La respuesta de berlin ante estas interrogantes es que no es fácil creer que el buen juicio político pueda realmente ser enseñado.

Ya que la habilidad política consiste en sensibilidades más allá de la “objetividad”, esas que, tal como lo hemos intentado demostrar en este texto, son provocadas, en buena parte, por incorporar la dinámica del error y la ilusión como formas de conocimiento:

Hablamos de, por ejemplo, una sensibilidad excepcional ante ciertas clases de hechos… hablamos de algunas personas como si tuvieran antenas, por así decirlo, que les comunican los perfiles y la estructura específicos de una determinada situación política o social.

Hablamos de la posesión de un buen ojo, u olfato, u oído político, de un sentido político que el amor, la ambición o el odio pueden hacer entrar en juego, de un sentido que la crisis y el peligro agudizan (o, alternativamente, embotan), para el que la experiencia es crucial… El don al que nos referimos comporta, ante todo, una capacidad para integrar una enorme amalgama de datos constantemente cambiantes, multicolores, evanescentes, solapándose perpetuamente, demasiado numerosos, demasiado fugaces, demasiado entremezclados como para ser aprehendidos, individualizados, etiquetados… para captar una situación en este sentido uno necesita ver, acceder a una especie de contacto directo, casi sensorial, con los datos relevantes, y no simplemente reconocer sus características generales, clasificarlos o razonar sobre ellos, o analizarlos, o alcanzar conclusiones y formular teorías sobre ellos (Berlin, 2000: 86).

La experiencia de lo humano, que es la experiencia de lo político, se convierte en el centro y es la gran coincidencia entre Isaiah Berlin y el resto de autores que hemos citado. Esta experiencia que no puede apartarse del inevitable error que enseña y de la inevitable ilusión que permite el movimiento.

 

Bibliografía

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Antaki, Ikram (2000). El manual del ciudadano contemporáneo, México: Planeta Mexicana, colección Ariel.

Berlin, Isaiah (1996). El sentido de la realidad, sobre las ideas y su historia, Madrid: Taurus.

Clausewitz, Karl von (1999). De la guerra, México: Colofón.

Morin, Edgar (1998). “El fútbol y la complejidad”, en semanario La Brecha, suplemento de cultura política del periódico El Occidental, 8 de junio, núm. 33.

— (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, México: Ediciones unesco, Librería del Correo de la unesco.

Parker, Geoffrey (2001). El éxito nunca es definitivo, Madrid: Taurus.