El desencanto del artista y su poder persuasivo

El estado mexicano al iniciar de manera sistemática con un interés por la difusión de las artes y la cultura, no escapa a la concepción de percibir al artista como fuente de encanto y sacerdote a disposición del poder

Por: Martín Almádez

En el origen

El estado perfecto del artista es el desencanto. Se hace en él. Desde su oquedad persigue la reconstrucción de la realidad, real o imaginaria. Algunas veces le canta a la belleza natural del mundo transformándola en color y movimiento; otras, alude a las miserias de la condición humana solo para imaginarla diferente.

Me gusta pensar que el primer desencanto lo registra La Biblia: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Génesis, 3-7).

Y es que el desencanto atiende al ámbito moral del hombre, tanto en relación con su propio pensamiento como con el actuar de los demás. Hay una fe vulnerada y constantemente renovada.

Desengaño o desilusión son palabras semejantes para nombrar al desencanto. Pero también revelación que puede convertirse en el caso del artista, en revelación estética y por lo tanto en convicción de esperanza.

Este carácter del artista, y por ende del arte y de la poesía, hace que se le vincule –en la historia del pensamiento– como expresión genuina del encanto y de lo maravilloso cuando en el más auténtico de sus orígenes lo que exhibe el artista es la anatomía de la crisis. 

La confusión conveniente

Los extremos han querido ver en el arte una epifanía y en el artista al hierofante. Paul Bénichou, en El tiempo de los profetas, describe cómo las doctrinas de fuente dogmática ya sea católica o cientificista, como el sansimonismo o el positivismo “tienden a confundir, en sus opiniones sobre el poder espiritual, el sacerdote y el artista”.

Es a partir del siglo XIX cuando al hacedor de arte se le ve como poseedor del encanto desde un ángulo social y religioso. No podía ser de otra forma en las entrañas del romanticismo.

Sin embargo, el pensamiento liberal siempre ha sido sanamente distante de esta confusión, y pese a que no reconoce en el arte una forma de conocimiento “verdadero”, tampoco le atribuye elementos contrarios a su naturaleza: la explica bajo una teoría de lo bello y a lo mucho la considera una “revelación sensible de Dios”. 

El artista como reconstructor de Eva

Pero sin duda el máximo poder de encanto se le concede al artista en la plenitud del neocatolicismo, a mediados del siglo XIX, con el ilusionismo que promovió el advenimiento de Pío IX: el simbolismo cristiano revela el secreto, porque los símbolos son la única forma tangible de lo invisible y un conocimiento así solo puede estar originado en la religión: la imagen de la virgen María busca reivindicar la imagen de una Eva caída, símbolo de lo bello en el amor divino y en la inocencia del hombre primigenio. 

México toma su doctrina

Una de las doctrinas que resonaron paralelamente a la anterior, y que imperó en México a finales del siglo XIX y principios del XX, respecto de su concepción del artista, fue el positivismo aceptado como referencia para gobernar por Porfirio Díaz.

Para Augusto Compe, de origen positivista, el arte y la poesía “desempeñan en suma un papel auxiliar; ejecutan más que conciben”. Y desde ese ángulo se formularon las primeras políticas culturales del México moderno, que no abandonaban aún la percepción del artista como poseedor del encanto en cuanto a su facultad de ejecutar la manifestación artística, reducido, eso sí, a un papel de operador más que de inventor; en otras palabras, más cercano a la transpiración que a la inspiración.

El artista al sericio de un sistema. Nos recuerda Comte: “Antipático a todo análisis, el arte nos explicará la naturaleza y la condición de la humanidad al representarnos su verdadero destino, su lucha continua con una dolorosa fatalidad, convertida en una fuente de dicha y de gloria, su lenta evolución preliminar, y sus altas esperanzas próximas”.

La condecoración ue el artista, particularmente el escritor, recibe a partir del Siglo de las Luces, eleva el oficio más que la cualidad en la concepción doctrinal, a un carácter sacerdotal. 

Y sin embargo se es libre

Fuera del universo de los dogmas, el artista –para fortuna de las propias doctrinas– siempre ha labrado en la independencia de su poder creador, el arte ajeno de compromiso social y una total lealtad con la forma.

Sin embargo, el estado mexicano al iniciar de manera sistemática con un interés por la difusión de las artes y la cultura, no escapa a la concepción de percibir al artista como fuente de encanto y sacerdote a disposición del poder.

El origen del arte oficioso

“El arte por el pueblo y para el pueblo” fue el lema que tomó la nueva iniciativa plástica, planeada desde el ámbito burocrático encabezado por uno de los mayores artífices de la promoción cultural: José Vasconcelos, quien prefiguraba distintos frentes para la consolidación de la unidad nacional a través de mecanismos educativos y culturales, por lo que le pareció que la idea de comisionar espacios públicos para los pintores –estrategia previamente inaugurada en 1910 por un grupo de jóvenes, entre ellos Orozco, para pintar un mural colectivo en el auditorio de la Escuela Nacional Preparatoria– era la vía más adecuada para contribuir a la institucionalización de la cultura (Almádez, 2010). 

De dónde nos viene el desencanto

Eran tiempos de sujeción. El mayor error en el desarrollo del arte y la cultura ha sido la subordinación a todo tipo de instrumentaciones ajenas al fenómeno creador. Entre lo peor, responder a intereses gubernamentales. El inminente desencanto del artista es proporcional al estancamiento de la expresión creativa.

El desencanto, pese a que pueda tener varias fuentes que lo provocan, se debe en gran medida, en los gobiernos democráticos, a dos variables: una es la que corresponde a un tiempo global que encuentra sus derroteros en la insatisfacción del mundo occidental: la bandera ideológica luego de la Guerra Fría y establecido el nuevo orden mundial ha sido la configuración de gobiernos anhelantes de la democracia como medio y fin.

Para ello sus mayores instrumentos son los consensos y los pactos, con lo que deprimen conflictos y tensiones. Sin embargo el nivel de consolidación democrática ha llegado al nivel más básico que es la resolución de un escenario electoral, en el que los grandes acuerdos se cifran con base en las cúpulas de los partidos políticos, y no en las masas que presumiblemente éstos representan. La democracia es entonces una partidocracia.

La información inobjetable al respecto son los altos porcentajes de abstencionismo que registra nuestro país, por ejemplo, con lo que una minoría decide sobre las grandes mayorías que, al no verse representadas en la toma de decisiones, eluden su responsabilidad cívica de elegir gobernantes.

La otra razón es una mera consecuencia de la primera: la falta de una política pública, sustentada en la investigación de campo y en la incorporación de los agentes principales, que en el caso que nos ocupa, es indudablemente la participación ciudadana a partir del trabajo y la interrelación de los artistas con la sociedad: “(las políticas públicas) deben anteceder a la implementación de planes y programas… Definir ‘desde el escritorio’ irremediablemente lleva aderezada una concepción paternalista de la administración de los recursos, en la que las ‘voces de los afectados’ quedan en silencio”, apunta Rogelio Marcial en Jóvenes y políticas públicas: Jalisco, México. 

Compromiso ciudadano

Ante estas insatisfacciones y desencantos, la conformación de fuerzas de la sociedad civil a través de organizaciones no gubernamentales y de claro compromiso ciudadano, han impulsado –con la demanda incisiva contra la negligencia oficiosa que toda iniciativa gubernamental conlleva– la instauración de formas alternas de participación ciudadana tanto en la conformación de políticas públicas como en la distribución presupuestaria, empuje que si bien habría que identificar a un estrato de la sociedad, gremio o agrupación por actividad, estaría encabezado por los artistas y hacedores de la cultura, quienes al ser proactivos por definición, son también los más susceptibles y a la vez conscientes de una crisis.

Conclusión

Si el desencanto es inevitable dado el carácter de fe inherente al ser humano, y dada la exaltación natural en el artista, lo remediable es aceptar el desencanto como una condición humana, pero moldeable, moderada, que en el mejor de los casos se transforme en la concienciación de los actos de desgracia, para evitar su repetición. 

El artista contemporáneo es lo más alejado de aquel idílico poeta vestido de sacerdote por las autoridades. Su voz ha sido y seguirá siendo crítica ante el poder y la realidad que le toca vivir, porque es él el primer desencantado, el más agudo y el más sensible y también el más cercano a marcar un cambio de rumbo. Es esto último la tentación redituable que el poder percibe en el artista.

 
Bibliografía

ALMÁDEZ, Martín (2010). “El muralismo y los artistas de Jalisco 1920- 1950”, en revista Estudios jaliscienses, agosto, núm. 81. El Colegio de Jalisco: México.

ARGULLOL, Rafael y Trías, Eugenio (1993). El cansancio de Occidente. Ediciones Destino: México.

BERLIN, Isaiah (2000). Cuatro ensayos sobre libertad. Alianza Editorial: Madrid.

BERMAN, Sabina y Jiménez, Lucina (2006). Democracia cultural. FCE: México.

CRUZ, Manuel y Vattimo, Gianni (1999). Pensar en el siglo. Taurus: México.

LEYVA, Gustavo (2003). Política, identidad y narración. UAM: México.

SARTORI, Giovanni (2001). La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Taurus: Madrid.

SONTAG, Susan (2002). Estilos radicales. Santillana (Punto de lectura): Madrid.

SUBIRATS, Eduardo (2003). El reino de la belleza. ITESM: México

 


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