El desencanto de la política

La política no puede prometer lo que ella no es y nunca podrá ser: un reino de congruencia absoluta entre medios, aspiraciones, opiniones, valores y capacidades morales de los seres humanos

Por: Héctor Raúl Solís Gadea

I

De Norte a Sur y de Oriente a Occidente, un fantasma recorre el mundo. Esta vez no se trata de una ideología a la que se le considera capaz de transformar la vida social para librarla de sus males esenciales, como el comunismo que Marx, en 1848, anunciaba optimista a los asombrados observadores de su tiempo, temerosos unos de perder sus privilegios, e ilusionados otros, encantados, ante lo que parecía ser la llegada de una nueva era que habría de romper con el pasado oprobioso de la humanidad.

Ahora, el espectro es una contra-ideología que lentamente, aunque sin retroceder, penetra inadvertida el estado de ánimo de la sociedad y se instala para quedarse por largo tiempo entre nosotros.

Se dispone no a inaugurar una nueva etapa de la historia sino a demostrar que ésta se reduce a ser la continuidad de lo que pasó ayer, mera sucesión de hechos despojados de finalidad y propósito de realización colectiva.

No promete nada, o, mejor dicho, promete la irrupción de la nada, el vacío, la pérdida de la esperanza como condición histórica.

No es un sistema de pensamiento ni una estructura de principios filosóficos enderezados a realizar una idea del sentido de la experiencia humana y sus posibilidades, más allá –o de vuelta– de sus particularidades.

Tampoco es una convicción ni un método de explicación de la realidad, mucho menos una estrategia de intervención social para superar tal o cual problema, o derribar éste o aquél obstáculo del progreso.

Es lo que queda de viejos entusiasmos agotados a tenor de los innumerables fracasos, decepciones y paradojas que han poblado la historia, sobre todo en el siglo XX: revoluciones traicionadas o interrumpidas; promesas de justicia y libertad incumplidas y sustituidas por regímenes opresivos y arbitrarios; movilizaciones ciudadanas ignoradas, anuladas o reprimidas; electores engañados y dejados a su suerte por quienes conquistan el poder aprovechándose de su candidez y necesidad; gobiernos corruptos, ineficaces e inhábiles para dar rumbo a la sociedad y atender sus desafíos; sistemas políticos consumidos en el divisionismo interno de sus élites; valores hechos astillas por las sociedades contemporáneas embelesadas con el individualismo anárquico y posesivo, atrapadas en el egoísmo y la permanente aparición de lo nuevo, seducidas por la expansión constante de la experiencia vital en todos los terrenos, el arte, el erotismo, el estilo de vida, pero inexplicablemente –e innecesariamente, además– de espaldas al compromiso con los demás y al establecimiento de relaciones de ayuda mutua y reciprocidad.

Es el desencanto con la política y los políticos, la evaporación de la creencia en que merece la pena participar en los asuntos públicos como forma de ayudar a mejorar la vida social y hacer advenir un mundo más digno, el descrédito de las utopías, el debilitamiento de los sentimientos políticos que propician la adhesión de los ciudadanos a sus líderes y a las causas defendidas por éstos.

El fantasma, ubicuo y avasallador, aparece de diversas maneras: electores que desoyen el llamado de las urnas; desafecto por el mundo cívico y sus símbolos, celebraciones y rituales; ciudadanos distanciados de las organizaciones y los partidos políticos; fragmentación y abandono de los movimientos sociales; tedio y molestia cotidiana alrededor de lo que pasa entre la política y los políticos; personas alienadas de la esfera pública, recluidas en el particularismo de sus ámbitos de familia y amistad; descreimiento de lo que pregonan las filosofías políticas y los proyectos de gobierno.

II

El desencanto político, tono de la época, socava la acción social organizada, erosiona las identidades colectivas y destruye los ideales de justicia, que suenan pasados de moda o defendidos por alguien francamente ingenuo.

El ciudadano solidario y participativo se desvanece al tiempo que se afirma el consumidor que busca su felicidad en el disfrute de los bienes privados.

Eso propicia un círculo vicioso: la política se vuelve, todavía más, monopolio de aquellos que son los principales responsables de su desprestigio: los políticos profesionales, sobre todo los que suelen ejercer su actividad motivados por el autoengrandecimiento y mediante la adquisición de poder casi de cualquier manera, incluso desplazando a sus competidores por medios indignos de emulación.

La consecuencia es que el vicio privado derrota la virtud pública y el interés particular nulifica la generosidad cívica. El significado profundo del desencanto político es que ha dejado de existir la humanidad como concepto, como proyecto capaz de promover la convergencia de las personas en un plano superior y universal, en el que se reconoce al otro como alguien merecedor de un trato igual y con los mismos derechos, más allá de su pertenencia a clase económica alguna, grupo étnico, nacionalidad, comunidad de lenguaje y cultura, género, forma de vida conyugal o familiar, etcétera.

En nuestro tiempo, a la política se le mira como un mal necesario apenas tolerado por ciudadanos cada vez más hastiados con ella.

Es preciso evitar el avance de su deterioro, pues es el único recurso que tenemos para gestionar la vida social de manera civilizada.

Si desapareciera, nos condenaríamos a la más absoluta de las barbaries, seríamos arrojados al desarraigo y la soledad, caeríamos presas del ensimismamiento autista y la desconfianza generalizada.

El paso siguiente sería el descarnado enfrentamiento entre nosotros mismos. Eclipsada la esfera pública y dejado sin contenidos el espacio de lo cívico, quedaríamos a merced de la codicia mercantil y la coacción y la manipulación por todo tipo de poderes de facto. Afortunadamente no todo está perdido.

Algo nos enlaza y predispone a la política. Constituimos una sociedad que nos incluye, nos forma y nos define: es la cooperación, hecho social primigenio, que hace posible que nos debamos los unos a los otros lo que somos, lo que producimos, lo que disfrutamos, lo que creamos, imaginamos y vivimos; sin ella, no existiría el individuo emancipado del grupo, tampoco las diferencias que lo distinguen y le dotan de conciencia propia.

Cooperamos e intercambiamos, aunque suene paradójico, porque somos semejantes y porque somos distintos; porque en conjunto conformamos una vida social orgánica que va más allá de nuestros seres individuales.

Cuidarla es una condición para seguir expandiendo, en plena libertad, los horizontes de nuestras existencias particulares.

No es casual que Aristóteles defendiera la dignidad de las relaciones de autoridad política, las cuales sólo podían surgir entre hombres libres e iguales, frente a las formas de autoridad no política basadas en la dependencia natural del hijo con respecto al padre, de la mujer con relación al marido y del esclavo hacia el amo.

En estos casos se trata de llanas situaciones de dominación porque no son entre sujetos que usan la palabra y el raciocinio para justificar moralmente el carácter de aquello que los vincula.

Fuera de la política sólo puede haber mando y obediencia impuestos por la amenaza y la coacción, el sometimiento de hecho, la alienación con respecto al otro superior que lo es por la fuerza de la naturaleza.

Tampoco es un hecho sin importancia que Cicerón haya destacado que crear regímenes políticos acercaba al hombre a lo divino.

La república, la ciudad o el régimen político, conformada por ciudadanos actuantes, sujetos a las leyes que ellos se dan a sí mismos, obedientes a principios elegidos por hombres sabios, es el nexo que relaciona a los seres humanos civilizados y por cuya virtud pueden vivir pacíficamente.

Para los griegos, ser ciudadano no solo significa tener prerrogativas y obligaciones, o adherirse a una alianza militar o comercial asentada en un territorio, sino participar de una forma de vida en común, una manera de construir el espíritu de lo humano y el bien general.

El sentido de la ciudadanía no se agota en la existencia del derecho que establece los alcances de la autoridad y pone diques a la arbitrariedad: también implica la posibilidad de encontrar la felicidad porque, en la antigüedad griega, ésta no se obtiene en la vida privada, sino que resulta de la participación virtuosa en el espacio público.

El bien supremo es aquel que no es un medio para obtener ningún otro de carácter ulterior, sino que se quiere por sí mismo, porque nos hace dichosos, y la comunidad política tiene en él su finalidad esencial y lo pone al alcance de los ciudadanos. 

III

El mundo griego no es sólo una cuna clásica de la política occidental, sino también un locus en el que irrumpe el desencanto y la decepción por los males que puede acarrear.
 

El historiador de la filosofía política Sheldon Wolin, ha explicado cómo, al colapso de las ciudades-Estado griegas y su sustitución como epicentro político por el imperio macedonio, se crearon formas de pensamiento que desconfiaron de lo político y llamaron al abandono del mundo cívico buscando refugio en la interioridad: las certezas y placeres del yo, son el único sitio seguro al margen de las calamidades de la política, tierra roturada por los afanes de poder en que suelen consumirse los seres humanos.

El contexto concreto de esta escapatoria de la política fue el sufrimiento acarreado por las guerras del Peloponeso, la destrucción de la democracia ateniense, la muerte, la peste y la generalización de la discordia.

Una sensibilidad antipolítica similar caracterizó al cristianismo primitivo, continúa enseñándonos Wolin, cuya sensibilidad manda a sus comunidades a separarse de la política y el Estado, ámbitos irredimibles por estar sembrados de codicia y ambición. Sólo situándose lejos del poder los hombres podrán convertirse en hermanos los unos de los otros y alcanzar su salvación.

El concepto agustiniano de la ciudad de Dios hace eco a esta manera de pensar. La Iglesia católica, no obstante, al cabo de los años, acabó transigiendo con el mundo y terminó convertida en una institución de poder con todas las contradicciones y tensiones derivadas de su participación en la lucha por adquirirlo.

Es una pregunta abierta la de a cuánto asciende la factura que ha tenido que pagar por ello, en términos del grado de desencanto, escepticismo y desconfianza presentes entre quienes consideran a la religión una forma de realizar valores de solidaridad y fraternidad.

Así, la posibilidad del desencanto de la política o por la política es una espada de Damocles que pende sobre las comunidades políticas tal vez desde el principio de los tiempos del hombre civilizado; no debería sorprendernos que en nuestros días esté cobrando un aire nuevo.

Además, la política como actividad y como principio motivador de la vida colectiva, nunca ha gozado de popularidad absoluta; siempre ha sido limitado el número de quienes consideran que vale la pena dedicarse a ella y mantenerla en el centro de la existencia social como una práctica genuinamente virtuosa.

Muchos, a la derecha y a la izquierda, desde arriba o desde abajo, sean poderosos o desvalidos, revolucionarios o reaccionarios, han querido erradicarla, sometiéndola o haciéndola evanescer, simplemente porque recelan de ella o porque creen que su desaparición es requisito para inaugurar un régimen sin dominación, sin conflicto y sin explotación.

Pero evitar o revertir el deterioro de la política, trabajar para impedir su desaparición y su sustitución por la barbarie, no quiere decir tratar de re-encantarnos con ella o volvernos a ilusionar con sus promesas incumplidas, algunas de ellas, por cierto, verdaderamente imposibles. 

Es un error pedirle a la política que sea una fábrica productora de bienes angelicales cuando son demonios quienes laboran en ella.

Es necesario adoptar una actitud sobria con respecto a las reales posibilidades que ofrece la política como ámbito en el que se despliega la condición humana en su contrastante gama de riquezas y miserias morales. Se trata de no idealizar la política, pero tampoco de vituperarla y eclipsarla.

IV

Algunas formas de pensamiento social moderno mantienen una posición con respecto a la política que termina definiéndola a partir de una polaridad inútil: encantamiento e ilusión versus desencanto y decepción.

El marxismo, cuya utopía aspira a una sociedad sin Estado y sin mercado, espacios condenados al conflicto permanente, asume que la política tiene sentido y es digna de ser ejercida, sólo si se convierte en el instrumento que libere a los hombres de las cadenas que se imponen a sí mismos.

No es, entonces, el afán marxista de erradicar la política una posición adoptada desde el desencanto o el nihilismo como en el caso del epicureísmo y el cinismo, formas de pensar situadas más bien a espaldas de la política y que no esperan nada de ella.

Al marxismo lo mueve la ilusión de creer en el potencial emancipador que adquiere la política cuando la protagonizan las clases sociales proletarias cuya lógica de acción revolucionaria coincide con las leyes del desarrollo de las sociedades.

El comunismo suprimirá los males del capitalismo una vez soportados los dolores de parto de la historia, léase el difícil pero promisorio, y necesario, despliegue de la violencia política de la revolución.

De esa manera, las diferencias y los conflictos se convertirán en cuestiones a resolverse mediante la utilización de la técnica y la ciencia: el dominio de las personas será sustituido por la administración de las cosas y la política perderá su razón de ser.

Hay, en la ideología de la modernidad, forjada en su mayor parte al influjo de las ideas de la Ilustración, un optimismo social que alimentó la creencia en que así como la ciencia de la naturaleza permite resolver los problemas de orden material, la ciencia social y política habría de solucionar las dificultades que resultan de la convivencia humana.

Isaiah Berlin ha mostrado que para el pensamiento racionalista ilustrado, a cada problema corresponde una solución verdadera que se puede encontrar siguiendo los métodos de la observación sistemática de la realidad y el análisis lógico de sus representaciones.

Luego, las soluciones de los problemas particulares habrían de armonizarse entre sí de manera que, en conjunto, encontrarán la solución final de los grandes obstáculos que frenan la expansión de las posibilidades contenidas en la naturaleza humana.

En consecuencia, basta aplicar los mismos métodos al mundo político para que problemas como el surgimiento de diferencias y discordias queden resueltos.

La utopía revolucionaria de inspiración científica está marcada por esta forma de pensar y contribuye, tal vez sin proponérselo, a crear una visión de la política que la mira como fuente de ilusiones o de desencantos, según conduzca o no a la realización de sus propósitos de redención social.

Hoy ya no nos encantamos con la política porque sabemos que no posee ninguna capacidad para volver a los hombres absolutamente justos ni absolutamente sabios.

La discordia, la ambición y la diferencia, materiales que son el barro de la política, no pueden ser expulsados de la Tierra sino a costa de terminar con la libertad y encasillar los deseos humanos a ideas preconcebidas que limitan algo cuyo atributo fundamental es la apertura: la finalidad (indefinida) de la existencia de los hombres.

La política no puede prometer lo que ella no es y nunca podrá ser: un reino de congruencia absoluta entre medios, aspiraciones, opiniones, valores y capacidades morales de los seres humanos.

El error de quienes se han ilusionado con ella ha sido pensar que el vicio y el interés, la diferencia y el conflicto, en convenientes matrimonios, pueden engendrar la perfección, la armonía y la generosidad más absolutas.

La política, entonces, es una criatura condenada a replicar, a veces de manera multiplicada, los defectos de los hombres que son su demiurgo y quienes no paran mienten en el afán de realizar sus siempre insatisfechos deseos.

¿Cómo puede ser, entonces, que siendo la política como es y lo que es, convenga tratar de evitar su declive y mantenerla vigente entre nosotros? ¿Cómo escapar de esa contra-ideología, ese estado de ánimo tedioso y abúlico que es el desencanto político, si la política ya no puede prometer ninguna de las viejas aspiraciones de la humanidad, ninguno de los grandes valores absolutos que guiaron el camino de profetas, líderes y redentores, léase justicia, amor, fraternidad, igualdad, libertad y solidaridad? ¿Cómo hacer que los ciudadanos voten entusiastas, participen en los asuntos públicos y se decidan a actuar en los espacios cívicos si una y otra vez la realidad los engaña y resiste a sus deseos?

Necesitamos y despreciamos la política. La queremos para luego macularla. ¿No es esto una contradicción? Les pedimos a los ciudadanos que aclamen a los políticos para que después sean decepcionados con sus actuaciones.

¿Puede esto continuar así por mucho tiempo sin que vengan amenazas a la libertad y sin que se pongan en riesgo los escasos pero valiosos logros que con todo y su imperfección nos ofrece la política?

El autoritarismo y la irrupción de hombres providenciales nos acechan. Con toda certeza, prometerán nuevas ilusiones a cambio de adhesiones incondicionales. Para evitarlo necesitamos que permanezca la política.

Tenemos que ser capaces de vivir en la contradicción sin sucumbir a la tentación de renunciar al proyecto de civilizarnos: necesitamos la utopía porque necesitamos aspirar a mejorar, requerimos pretender lo imposible y esforzarnos por alcanzarlo, aunque sepamos que el fracaso nos espera, aunque por momentos sintamos desprecio hacia nuestra propia conducta porque sabemos que no es la mejor y que está coloreada de ambición y egoísmo.

Mantenerse en la lucha, en el camino, buscar la perfección sin imponerla a nadie, es la única forma no de alcanzar ninguna promesa de absolutos, sino de evitar aquello que sí puede ser absoluto: el mal y la pérdida de la libertad.