El derecho a la ciudad: garantía, reclamo, disputa y slogan

Para muchos, el derecho a la cudad se concreta en obras de mejoramiento urbano, un derecho que conglomera a otros… y, para algunos, como Alejandra Gutiérrez, representa la nueva conceptualización de derechos históricamente incumplidos, pero que encuentran

Por: María Alejandra Gutiérrez R.

Socióloga de la Universidad de Antioquia, Colombia, estudiante de la Maestría en Políticas Sociales Urbanas de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Argentina. Con experiencia en programas del Instituto Social de Vivienda y Hábitat de Medellín y del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

El derecho a la ciudad es el derecho a la vida, al trasegar y trazar de la vida en el entorno urbano, a contar con las garantías para hacerlo y a la posibilidad de tener espacios y tiempos para el despliegue de las subjetividades, en tanto que seres sociales en colectividad. Henri Lefebvre definió el Derecho a la Ciudad como la “necesidad de ver, de oír, de tocar, de gustar y la necesidad de reunir estas percepciones en ‘un mundo’… de necesidades de información, simbolismo, imaginación, actividades lúdicas” (Lefebvre, 1969).

El Derecho a la Ciudad se refiere a la construcción de una espacialidad que le permita al sujeto construirse de manera dialéctica en el espacio, vivir en y a través de él, territorializarlo según sus consideraciones y complementarlo con su presencia. Para ello, es necesaria la reinvención y constante actualización de las ciudades mediante la incorporación de las prácticas sociales de quienes las habitan, en la medida en que surgen nuevos reclamos para el desarrollo pleno de sus potencialidades y el ejercicio de sus capacidades. Desde esta perspectiva, la ciudad adquiere la característica de ser continua y de construirse a sí misma, a partir de la disputa de los usos del espacio y las necesidades de sus habitantes, en función de la planificiación de la que son objeto.

Y es que, hasta ahora, las políticas urbanas han sido más bien condicionantes de ordenamiento y control de las ciudades en función de su crecimiento y densificación, especialmente en Latinoamérica, en donde las urbes se encuentran en etapa de consolidación como centros de desarrollo. Nuevos enfoques demuestran que la vía posible para el desarrollo urbano es la creación de ciudades que fortalezcan su sentido humano, es decir, ciudades que desanden algunos pasos que se han dado en la formación del tipo de ciudad capitalista, en la que priman los intereses promovidos por el capital financiero, los movimientos económicos y la individualización, antes que el desarrollo pleno de los sujetos.

La ciudad tendría que crearse y recrearse de manera planificada, considerando su crecimiento demográfico y teniendo pleno dominio de su potencial de desarrollo, no por exclusividad o condicionamiento en el uso de sus áreas sino, más bien, por consideración a las potencialidades de sus habitantes y por la posibilidad de que todos y todas hagan usufructo equitativo del suelo urbano, y accedan a las opciones de desenvolvimiento y crecimiento que puede ofrecer.

Es así que para comprender la relación espacial del Derecho a la Ciudad, se tendrá que pensar e imaginar, para crear, una ciudad que pueda darse en continuo cambio, lo que Lefebvre llamaría “la ciudad eterna”, que supera las ideologías y da paso a diversas morfologías que contienen la diversidad que se proponen los distintos colectivos que la habitan. En resumen, la planificación de una ciudad que capitalice los reclamos y solicitudes de sus habitantes en un plan de mediano y largo plazo, dando especial importancia a las capacidades de desarrollo humanas que las integre, social y culturalmente, sin distinción ideológica.

Lo anterior, sumado a la necesidad de algo así como una mirada desnuda de prejuicios políticos que la planifique y que intente darle la mayor posibilidad de contenido, superando los deseos temporales de sus gobiernos y las características de exclusión, explotación y vulneración de aquellos que no cuentan con las condiciones necesarias para apropiarse del espacio urbano, a saber, las clases vulneradas y en condiciones socio económicas desventajosas, las poblaciones estigmatizadas (ghettos o comunidades determinadas espacialmente), inmigrantes, mujeres, niños, niñas y personas en condición de exclusión social.

De ese modo, la ciudad se construye a partir de una combinación de reclamos, disputas, voluntades, decisiones, programas políticos y aportes técnicos. Siendo así que, cuando hablamos del Derecho a la Ciudad, nos referimos a la posibilidad de conjugar los elementos anteriores y otros más en un mismo espacio-territorio. En este sentido, el Derecho a la Ciudad vendría a ser un derecho tan amplio como continuo, es decir, incapaz de enmarcarse en un solo reclamo, en un nombre concreto, en una sola agenda pactada.

 

La ciudad en disputa

La ciudad moderna está habitada por numerosos tipos de sujetos, de entre ellos, los que acceden a algunos derechos, los que tienen privilegios y aquellos que no alcanzan ninguna de las anteriores categorías. No obstante comparten el espacio urbano como lugar que habitan y en el que se desarrollan según sus posibilidades y alcances, es preciso entender que la morfología de las ciudades se da en tanto que una multiplicidad de sujetos que la habitan, reclaman y construyen según sus intereses y necesidades. Por lo tanto, más que ponerla en vilo, los sujetos en la disputa por el espacio urbano dan lugar a la formación de distintas ciudades dentro de una misma ciudad.

El Derecho a la Ciudad ha sido transformado o interpretado para consolidarlo en el terreno de las formalidades de la administración de los gobiernos, lo cual ha reconfigurado su sentido inicial al convertirlo en un mecanismo discursivo al servicio de intereses partidarios o de los distintos gobiernos de turno. Más que en un objetivo en sí mismo, ha ido desdibujando su status de derecho para convertirlo en algo como un slogan de campañas y agendas de gestión pública.

 

La reivindicación del Derecho a la Ciudad es una estación

intermedia en la ruta hacia ese objetivo. Nunca puede ser un objetivo

en sí misma, aunque cada vez más parezca una de las vías

más propicias a seguir

 

David Harvey

(Ciudades rebeldes. Del derecho a la

ciudad a la revolución urbana)

 

¿Es acertado afirmar que el reclamo por el Derecho a la Ciudad se adopta como un paso intermedio? ¿No será, más bien, que la ciudad conjuga espacialmente todos los derechos que el sistema capitalista moderno ha ido restringiendo? ¿No será, por tanto, que el acceso a la ciudad si es un fin en sí mismo? ¿Un espacio de despliegue de derechos y de posibilidades para aquellos que deciden habitarlas?

Si bien el dominio de mercado sobre las ciudades es uno de los principales fundamentos de la inequidad y el desequilibrio social/económico y cultural dentro de las ciudades, así como el mecanismo de expulsión por excelencia, la ciudad como espacio habitable, y la recuperación de ella como fin en sí misma, no parecería ser un paso intermedio sino más bien el fin último en la batalla contra el capitalismo más salvaje; la posibilidad del disfrute de lo que el capitalismo ha ido devaluando socialmente hasta convertirlo en un producto más que se empaqueta y se vende.

La ciudad es un “producto” creado por todos los que la habitan, existe entre ella y sus habitantes una relación dialéctica en la que no tendría que anteponerse el valor de cambio. Sin embargo, es precisamente allí donde la lucha contra el mercado hace que la recuperación y el Derecho a la Ciudad sea un fin en sí mismo, en la lucha por arrebatarle su espacialización más severa.

Es la ciudad como objetivo final en tanto que territorio en disputa entre distintas fuerzas sociales que reclaman accesos diversos. Es punto de encuentro, protagonista y telón de fondo de los distintos reclamos por el territorio para ejercer la posibilidad de ser y devenir sujetos. Por esa misma razón, podría entenderse la ciudad como un todo que significa un derecho y un reclamo, no obstante a primera vista pareciera un reclamo subjetivo, poco concreto en la forma porque existen distintas formas de necesitar, habitar y construir la ciudad, y en un intento por la democracia y la inclusión, todas ellas de igual manera válidas.

 

[La ciudad] es el intento más coherente y en general más logrado del hombre por
rehacer el mundo en el que vive de acuerdo con sus deseos más profundos.
Pero si la ciudad es el mundo creado por el hombre, también es el mundo en el que está desde entonces condenado a vivir. Así pues, indirectamente y sin ninguna conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al crear la ciudad el hombre se ha recreado a sí mismo.

 

Robert Park (en Harvey, 2012)

 

 

La síntesis de la ciudad como derecho sería la posibilidad de que todas esas formas que alzan su voz de reclamo y su acción puedan co-existir en el mismo territorio sin vulneraciones. Aquí Lefebvre tiene una gran enseñanza sobre uno de los principios elementales del Derecho a la Ciudad que equivale al “usufructo equitativo del suelo urbano”, no solamente para su producción y reproducción a nivel de diseño y planificación. El Derecho a la Ciudad es un derecho a cambiar y reinventar la ciudad de acuerdo a nuestros deseos según afirma Harvey. Pero entonces, ¿prevalecen los deseos de algunos colectivos sobre los de otros en el intento de reinventar la ciudad? ¿O quizá es la apuesta para que los reclamos de los colectivos encuentren un espacio en el que territorializarse y puedan convivir? De nuevo, el Derecho a la Ciudad se advierte como un concepto ambiguo, hetéreo, inconcreto.

 

¿Reclamo, garantía o acto de fe?

En conclusión, y más que como cierre, queda la intención de encontrar bajo qué modelo vivimos la ciudad que habitamos y hacia qué lugar se orientan las acciones sociales y políticas que intentan reivindicar en el hecho de la construcción de la ciudad soñada y planeada. Encontramos una multiplicidad de actores que la componen  aquí se nombrarán tres: los que acceden a algunos derechos sociales, los que tienen privilegios y los que no llegan a ninguna de las dos anteriores.

Los primeros regularmente consolidados dentro del esquema de formalización, cada vez más angosto, que brinda el mundo laboral; los segundos que pertenecen a la franja que mueve los diversos capitales y transferencias que hoy se consolidan en las ciudades (principio de Ciudad Global, diría Sassen) y los terceros, un grupo cada vez mayor, vinculados a la lista de informales urbanos que no acceden fácilmente a ningún derecho por el modelo de flexibilización económica. Son sus propios jefes y nadie se responsabiliza de su acceso a oportunidades y derechos. Así las cosas, el disfrute de la ciudad en plenas garantías está determinado para ciertos grupos poblacionales.

Para algunos de ellos, la ciudad es un espacio de plenas garantías y construyen la ciudad que desean en relación a los accesos que tienen, para otros, la ciudad es un espacio de disputa en el que se encuentran las fuerzas necesarias para evidenciar y solicitar los reclamos que abren la discusión a nuevos derechos y nuevos enfoques, sin embargo, para otro sector de la población el acceso a la ciudad es un acto de fe, es decir, la lucha diaria para, como diría Oscar Oszlack, “Merecer la ciudad”.

La última franja y, en algunos casos, la que lucha por no perder los derechos conseguidos y por abrir el debate a nuevos derechos, son las que tendrían que detener la atención de quienes planifican la ciudad para que sea ella misma un Derecho, es decir, un fin en sí misma.

Por ahora, la reflexión quedaría abierta a pensar nuevas y mejores prácticas políticas, sociales, económicas y culturales para la transformación de las ciudades, que trasciendan los límites de las agendas urbanas como instrumento y, especialmente, que superen la miopía de concretar el Derecho a la Ciudad bajo el nombre de otros derechos.

 

Bibliografía

 

Cavalletti, Andrea (2010). “Urbanización”, en: Mitología de la seguridad (pp. 29-43), Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Harvey, David (2008). “El Derecho a la Ciudad” en New Left Review, núm. 53, edición en español, Madrid: Akal.

———— (2012). Ciudades Rebeldes. Del Derecho a la Ciudad a la Revolución Urbana. Madrid: Akal.

Lefebvre, Henry (1969). El Derecho a la Ciudad. Barcelona: Ed. Península.

Oszlak, Oscar (1982). “Los sectores populares y el derecho al espacio urbano” en Revista Punto de vista, vol. 5, núm. 16 (pp. 15-20).

———— (1991). Merecer la ciudad. Los pobres y el espacio urbano. Buenos Aires: Humanitas.

Sztulwark, Pablo (2009). Ficciones de lo habitar. Buenos Aires: Nobuko.