El Derecho a la Ciudad como derecho a la calle

Para Manuel Delgado, el tema de la calle como extensión de la casa y del ciudadano es una prioridad porque este espacio público es núcleo e institución de la organización sociourbana: la calle como ese espacio público de encuentro, refugio y construcción de lazos sociales

Manuel Delgado

Antropólogo urbano, estudioso de los fenómenos de la calle, la apropiación del espacio público y la construcción de las identidades colectivas en contextos urbanos. Doctor en Antropología por la Universidad de Barcelona y licenciado en Historia del Arte por la misma universidad. Catedrático y autor de diversas publicaciones e investigaciones.

La calle, lugar de encuentro

Para las tendencias más autoritarias y antiurbanas de la política, la arquitectura y el urbanismo, la calle es ante todo un lugar de circulación al servicio de los ires y venires instrumentales en el seno de una determinada topografía urbana. Por ejemplo, ir del domicilio al trabajo y viceversa, facilitar la distribución de mercancías, garantizar la eficiencia de los servicios públicos de movilidad, prestarle un servicio a la buena fluidez en los desplazamientos en automóvil. Se tolera también que la calle sirva para que en ella se desarrollen formas de ocio previsibles y amables, hoy por hoy casi siempre asociadas a las prácticas de consumo. En determinadas oportunidades incluso se pueden aceptar usos colectivos excepcionales de tipo festivo o para la expresión política, siempre debidamente monitorizados por las autoridades. Por supuesto que tales concepciones responden a la crónica desconfianza de buena parte de técnicos y teóricos de la organización urbana hacia la tendencia de la calle al enmarañamiento y la ambigüedad semántica. En cambio, debería ser evidente que una calle es mucho más que un mero pasadizo que se abre paso entre construcciones, uniéndolas entre sí al mismo tiempo que las separa, ni la trama que conforman las calles son sólo un sistema de canales que hay que mantener en buen estado. Las calles son ante todo una institución social, en el sentido de un sistema de convenciones organizadas de forma duradera de cuyo buen funcionamiento dependen parcelas estratégicas de la organización sociourbana en su conjunto.

A medio camino entre lo extraño y lo próximo, entre las vivencias más simples y las más complejas, entre las normas y las casualidades, entre lo material y lo imaginario, entre lo sensitivo y lo subjetivo..., la calle es el espacio que conoce la experiencia fundamental del contraste entre dentro y fuera y los tránsitos entre una esfera y otra, en particular entre la forma más radical de cristalización social dotada de sede –el hogar­– y todo lo que le es ajeno, pero al mismo tiempo inmediato, puesto que es lo que se extiende más allá de su puerta y hacia el exterior. La calle y la plaza –al fin y al cabo, una calle expandida– ante todo lugares de encuentro, es decir lugares compartidos, colectivos, de libre acceso, públicos, en tanto que quienes en ellos se encuentran quedan a merced de la mirada y el juicio ajenos, esto es expuestos, en el doble sentido de exhibidos a los demás y sometidos a sus iniciativas. El núcleo central de esa vida social en la calle la llevan a cabo personas que se conocen más bien poco o en absoluto y que entienden que la calle es el ámbito de una existencia ajena o incluso contraria a ese presunto reducto de verdad personal y de autenticidad que es en teoría la vida doméstica o incluso el dominio de la intimidad. En el nivel más cercano encontramos en la calle a los vecinos, a los amigos, a los conocidos “de vista”; en el más lejano, a ese personaje central de la vida urbana que es el desconocido o desconocida con quien nos cruzamos una sola vez y no volvimos a ver.

La calle es uno de los elementos centrales de la teoría urbana de Henri Lefebvre, pues, como señalaba Mario Gaviria (1968: 7) en la primera edición española de El Derecho a la Ciudad, la calle “es lo más urbano; la sala de estar de la ciudad”.  A lo largo y ancho de la obra de Lefebvre no encontramos sino elogios a la calle como la concreción de la categoría teórica espacio urbano, en el sentido de espacio de y para la vida urbana o, si se prefiere, de lo urbano como vida: "La calle representa en nuestra sociedad a la vida cotidiana. Constituye su escenario casi completo y esto siendo exterior a las existencias individuales y sociales o quizá por ser exterior. No es nada más que el lugar de paso, de interferencias, de circulación y de comunicación. Es pues todo o casi todo" (Lefebvre, 1978 [1970]: 94). En otro lugar:

      ¿Qué es la calle? Es el lugar (topo) del encuentro, sin la cual no caben otros posibles encuentros en lugares asignados a tal fin (cafés, teatros y salas diversas). Estos lugares privilegiados, o bien animan la calle y utilizan asimismo la animación de ésta, o bien no existen. En la calle hay desorden, es cierto, pero todos los elementos de la vida humana, inmovilizados en otros lugares por una ordenación fija y redundante, se liberan y confluyen en las calles, y alcanzan el centro a través de ellos; todos se dan cita, alejados de sus habitáculos fijos […]

La calle y su espacio es el lugar donde un grupo (la propia ciudad) se manifiesta, se muestra, se apodera de los lugares y se realiza un adecuado tiempo-espacio. Dicha apropiación muestra que el uso y el valor de uso pueden dominar el cambio y el valor de cambio. En cuanto al acontecimiento revolucionario, éste tiene lugar generalmente en la calle. ¿Acaso el desorden revolucionario no entrega también un nuevo orden?; ¿acaso el espacio urbano de la calle no es el lugar para la palabra, para el intercambio, tanto de términos y de signos como de cosas?; ¿acaso no constituye el lugar privilegiado en donde se ha hecho salvaje y se encuentra, eludiendo prescripciones e instituciones, inscrita en las paredes? (Lefebvre, 1976 [1970]): 25).

En efecto, ahí afuera, en la calle, se desarrolla una forma específica de vida social, en la que los vínculos cálidos y francos que se supone fundan la organización doméstica se debilitan y los códigos más sólidos pierden eficacia organizadora y descubren su vulnerabilidad o su reversibilidad y han de buscar y encuentran alternativas específicas adaptadas a un nuevo entorno singular. Eso es así en las aceras, en los parques, en las plazoletas, en los espacios para el juego o el deporte, en los descampados o solares, a veces incluso en las mismas calzadas, y también en todo tipo de formas intermedias: balcones, quicios, ventanas, rincones, esquinas, zaguanes, patios, soportales, así como en locales semipúblicos que son como áreas de servicio sometidas en parte a las lógicas de acción y comportamiento de la calle: bares, tiendas, iglesias, sedes administrativas... También ello es aplicable al valor que reciben elementos del mobiliario urbano u ornamentos del lugar a los que la dramaturgia social acaba concediendo una importancia crucial: bancos, fuentes, árboles, monumentos, farolas, barandillas, terrazas de bar, escalinatas, que nunca son simples objetos decorativos del entorno.

Es cierto que una de las funciones del sistema de calles de un conjunto urbano es la de garantizar la comunicación entre puntos de una misma trama urbana. Contemplada desde el aire o sintetizada en un plano, la retícula de intersticios que se abren entre volúmenes construidos constituye el esquema en el que una ciudad, un pueblo o un barrio encuentran compendiada su morfología, así como el sistema de jerarquías, pautas y relaciones espaciales que determinará muchos de sus cambios futuros. Ahora bien, más allá de esas definiciones que hacen de ella un mero mecanismo para la accesibilidad, la regulación y la comunicación entre puntos, la organización de las vías y cruces es, por encima de todo, el entramado por el que oscilan o en que momentáneamente se detienen los aspectos más intranquilos de la vida urbana, un escenario conformado por topografías móviles, regidas por una clase concreta de implantación colectiva, que pone en contacto a extraños totales o relativos para fines que no tienen por qué ser forzosamente prácticos y en que se registra una proliferación poco menos que infinita de significados y de apropiaciones.

Pero por las calles no sólo transcurren cuerpos y máquinas. Por ellas se mueve también, por ejemplo, información. Las personas que salen a la calle no se limitan a llevar a cabo itinerarios prefijados o conductas mecánicas como si fueran autómatas. Al hacerlo recogen y trasladan noticias que con frecuencia se han escapado de los canales oficiales por las que éstas se supone que deben discurrir. En eso consiste lo que se da en llamar “la voz de la calle”, que no es sino esa especie de locución colectiva que reproduce y recrea rumores, habladurías, clamores que tienen vida propia y que son instrumentos eficaces de control social, en el sentido de control de la sociedad sobre sí misma y sus miembros, pero también respecto de los poderes que no pueden escapar de la crítica constante a que les somete esa red informal de intercambio de mensajes que es el boca a boca siempre activo que conocen las calles de cualquier barrio, pueblo o ciudad.

La manera como la calle se convierte en vehículo para la circulación de información advierte de otro papel no menos institucional que asume para la vida colectiva: el de contribuir a la formación social de los individuos en las etapas estratégicas de la infancia y la adolescencia. En efecto, los niños y los jóvenes reciben en la calle informaciones clave sobre el funcionamiento de la sociedad y sus requisitos y reciben entrenamiento en formas de sociabilidad grupal diferentes, pero complementarias, de las que les suministran la escuela, la familia o los medios de comunicación. La calle es, sin duda, el escenario en que se entiende y se asume el paso de la esfera privada a la pública. El espacio colectivo del propio barrio es el primer mediador natural entre el entorno doméstico en que el individuo ha pasado su primera infancia y una inmersión plena en la sociedad de desconocidos que le espera cuando se incorpore de forma plena a la vida pública como adulto, que transcurrirá en su mayor parte en ámbitos de anonimato y mutua indiferencia. La pandilla, el grupo de amigos con los que "se sale" –interesante expresión que denota la importancia de la relación dentro/fuera o domicilio/calle- son mucho más que un mero soporte emocional: ese tipo de sociedades –cuyo marco natural son justamente los aledaños de la propia casa– deberán resultar esenciales para que el joven se incorpore a redes que son a su vez modelos de copresencia y de cooperación, todo ello en esferas regidas por sus propios principios éticos, organizativos e incluso legales, como los que estructuran las llamadas “bandas juveniles”, lo que un autor de referencia ha denominado “el código de la calle” (Anderson, 1999).

Por supuesto que todo tipo de sistemas de control, tanto sociales como directamente policiales, escrutan en todo momento lo que pasa en las calles, pero ello no impide que estas sean o puedan ser el espacio propicio para las emancipaciones individuales. Hemos visto como la calle se conforma como un intersticio en que se refugian o refugiaban los niños y los adolescentes para sortear la vigilancia de las instituciones familiares o educativas y generar sus propios marcos de referencia. En el caso de las mujeres, es bien sabido que los factores de inseguridad urbana les afectan mucho más que a los hombres y que el espacio público ha sido concebido de acuerdo a intereses y modelos de uso preferentemente masculinos. Conocemos también hasta qué punto no es lo mismo ser “hombre de la calle” que “mujer de la calle”. Pero no es menos cierto que, a pesar de todo, los lugares públicos y semipúblicos han ampliado para las mujeres la posibilidad de construir reductos de seguridad y confianza ajenos a la familia y a un hogar que ha sido tantas veces para ellas un infierno, continuando con una vieja tradición de lugares de encuentro preferentemente femeninos –lavadero, fuente, tienda, parroquia...– y procurando formas de sociabilidad propias, a veces camufladas bajo el aspecto de prácticas de ocio o de consumo, como el aparentemente banal “salir de compras”.

En la trama de calles y plazas también se reconoce otra actividad no menos circulatoria: la de la memoria. En efecto, el sistema de calles pone de manifiesto cómo, además de una sociedad humana, toda ciudad es también una sociedad de lugares. Son las prácticas ambulatorias, incluso las más triviales, las que trazan diagramas que parten de la residencia particular y regresan a ella, las que permiten que los lugares de una ciudad se comuniquen entre sí, generando en esa actividad no una suma informe de significados, sino un conjunto coherente de evaluaciones y evocaciones que es justo lo que damos en llamar memoria colectiva. Es así que salir a la calle, ir de un sitio a otro, incluso –o acaso sobre todo- cuando es en forma del más irrelevante paseo, es idéntico a recorrer un universo hecho todo él de conexiones, empalmes, bifurcaciones, intersecciones…, archivos secretos en los que está inscrita y registrada no tanto una memoria común –es decir, igual para todos–  sino más bien un trenzamiento interminable de rememoraciones individuales y grupales que se prolongan y completan unas a otras para generar una memoria al tiempo compartida y fragmentaria.

La sociedad como espectáculo

Escribe Henri Lefebvre:

      En la calle yo participo. Soy también espectáculo, para los demás. De buen o mal grado, figuro en el texto social, pequeño signo familiar, pero quizá ligeramente irritante porque es enigmático, expresivo. Figuro en él con buena o mala consciencia, pasiva o agresivamente, según mi humor, mi destino, mi situación, satisfecho si paseo, si tengo tiempo por delante, si voy bien vestido (y los transeúntes parecen notarlo), si hace buen tiempo. Marcho contento o descontento, preocupado o divertido, disgustado o distraído, y mi situación se revela más claramente, para mí mismo, desde el momento en que salgo de la oficina, de la fábrica o de mi casa. Estoy de nuevo disponible, o bien voy al trabajo, o me apresuro porque me están esperando. Mil pequeños psicodramas y sociodramas se desarrollan en la calle, y los míos en primer lugar (Lefebvre, 1978 [1970]: 95).

En la calle podemos ver cómo la vida social le asigna un papel fundamental a sus propias dimensiones más inorgánicas e incluso al trabajo, como Engels afirmaba, siempre objetivo del azar. Esa es precisamente la naturaleza de esas formas específicas de vida social cuyo escenario es la calle. En ella lo que podemos contemplar la mayor parte del tiempo es un tipo de sociabilidad que no aparece claramente fijada, sino que resulta de la apertura de unos a otros, en tanto cada cual debe someterse a las miradas y a las iniciativas ajenas, a la vez que se somete a los demás a las propias. En esas circunstancias, cualquier encuentro inicialmente irrelevante puede conocer desarrollos inesperados e inéditos. El individuo que se sumerge en ese núcleo de actividad que son los exteriores urbanos sabe que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y no pocas veces es eso lo que ha salido a buscar.

Mientras que en las centralidades urbanas la calle juega el papel de escenario para el encuentro entre extraños, en la calle más próxima, la del barrio o barriada —aquella a la que nos sentimos con el derecho a llamar mi calle— se desarrolla la actividad de una asociación humana específica a la que denominamos vecindario, para el que la calle —su calle­— se constituye en un nicho de interacción permanentemente activo o activable. Ahí, a diferencia de lo que ocurre en un centro urbano, las personas se conocen o reconocen, muchas veces expresándolo con la mínima deuda mutua de saludo. La calle, en estos casos, deviene un ambiente estructurante, en el sentido de desencadenante de determinadas relaciones sociales, entre ellas las asociadas a la actuación colectiva en pos de objetivos comunes. Concentrar se reconoce una vez más como sinónimo de concertar, factor aglutinante que resulta de la existencia de contextos espaciales que, como el barrio, favorecen la interacción inmediata y recurrente.

Vemos desplegarse esa virtud de la calle como lugar de intensificación del concierto social con motivo de las fiestas de calle o de barrio. Lo que el tecnócrata de la ciudad podía entender como simples huecos entre volúmenes construidos, aparece en esos momentos como marco en que una pequeña o gran multitud, conformada en su mayoría o en buena parte por gente que vive en el entorno, expresa al unísono sentimientos, deseos o convicciones. El espacio exterior, las calles y las plazas del entorno colindante a la casa experimentan una transformación radical de su aspecto sensible, así como de sus usos y funciones habituales, al tiempo que se expulsa la presencia ahora percibida como intrusa de los automóviles. Lo que la fiesta pone de manifiesto es que el uso extraordinario que recibe la calle o la plaza es una expresión más de cómo una comunidad socializa el espacio para convertirlo en soporte para la creación y la evocación de significados, al someterlo a todo tipo de manipulaciones acústicas y ornamentales de las que resulta una puesta en escena del vecindario no como mera suma de viviendas, sino en tanto que  comunidad de intereses e identidad. De esa escenificación que la comunidad hace de sí misma, los elementos de la vida cotidiana son al mismo tiempo decorado y, por la súbita revitalización que experimentan, parte misma del cuadro de actores. Se subraya así que el papel protagonista del vecino ha obtenido la posibilidad de alcanzar unos niveles excepcionales de aceleración y de intensidad, como si la ruptura festiva le otorgase el reconocimiento como elemento central de su propio espacio cotidiano como lugar de y para la sociabilidad.

De la fiesta a la revuelta hay un paso. Una y otra se basan en una misma lógica del “bajar a la calle” para encontrarte con otros, puesto que en ese espacio exterior  el encuentro con los iguales es poco menos que inevitable y donde es no menos inevitable compartir preocupaciones, indignaciones, rabias y, tarde o temprano, la misma convicción de que no es sólo posible conseguir determinados fines por la vía de la acción común, sino que puede llegar a ser necesario e inaplazable. Es en esas oportunidades en las que con más claridad se puede percibir cómo la calle puede pasar en cualquier momento de escenario de las más humildes apropiaciones consuetudinarias a marco activo en que se abre paso la transformación de las sociedades.

La calle y sus enemigos

Si cabe establecer una coincidencia con Henri Lefebvre en materia de censura contra los desmanes tanto de la planificación como del proyecto urbanos –es decir, del urbanismo y la arquitectura–, esta debería corresponder sin duda a Jane Jacobs, a cuya valentía Lefebvre (2013 [1974]: IX) no duda en dedicar su elogio. Hace más de medio siglo, Jacobs publicó un libro fundamental en que advertía de peligros para la calle como institución social que no hemos visto sino agudizarse. En Muerte y vida de las grandes ciudades (Jacobs, 2011 [1961]), frente a la insensibilidad de la burocracia urbanística y los estragos que estaba produciendo su aplicación, Jacobs defendía la importancia de proteger la naturaleza de la calle como espacio de encuentro e intercambio, versátil en sus usos y animada por todo tipo de apropiaciones individuales o colectivas; con niños jugando y aprendiendo cosas esenciales que en ningún otro espacio aprenderían; salpicada de pequeños comercios abiertos al exterior que proveían de variados bienes y servicios; incluso también con automóviles, pero no demasiados… Al tiempo que se exaltaban los valores positivos del vitalismo urbano, Jacobs censuraba el despotismo de unos urbanistas ignorantes y hasta hostiles ante las prácticas y los practicantes de esa intensa existencia urbana que se empeñaban en someter a la lógica de sus planos y maquetas. 

El paso del tiempo no ha hecho sino hacer crecer la lucidez y la pertinencia de una rebelión teórica y personal ­que se antoja más urgente todavía que cuando surgió. El elogio de Jacobs de la calle lo era de aquel valor de uso en el sentido marxista al que Lefebvre (2017 [1968]) vuelve una y otra vez en El Derecho a la Ciudad, es decir, el determinado por las características propias de un objeto y por el empleo específico y concreto que se le da en función de esas mismas características, en este caso el valor de uso de unas calles cuyas funciones y fines podían ser sociales, económicos, lúdicos, culturales o, simplemente y en el sentido más amplio, vitales, es decir relativos a la experiencia humana en toda su variedad.

Aquel grito de alarma de Jacobs ante el peligro que se cernía sobre la vida en las calles hace décadas, que Lefebvre compartía en los mismos términos, ahora seguramente sería todavía más angustioso ante la visión de los desastres provocados por una concepción de la ciudad que piensa y actúa sobre ella en términos de valor de cambio, es decir de búsqueda de obtención de beneficios por lo que se presenta como una mera mercadería sometida a la ley de la oferta y la demanda. En función de tal objetivo, la fiscalización de lo que sucede en las calles se está convirtiendo en un asunto prioritario para las agendas políticas en materia urbana y para proyectos que, presentándose como urbanos, son casi siempre simplemente inmobiliarios. Lo que para Jacobs eran las calles y sus aceras ahora deben ser lo que se presenta solemnemente, hoy, como “espacios públicos de calidad”, unos escenarios en los que el público ya no es tanto usuario como más bien consumidor y cuyo estado ha de mantenerse en condiciones de formar parte de la correspondiente oferta de ciudad. Para ello se le aplican unos niveles de monitorización que Jacobs y Lefebvre no podrían haberse apenas imaginado en su época, pero que, generalizados ya, son hoy la garantía de que las iniciativas en materia de reorganización urbanística se acompañarán de entornos pacificados de los que cualquier presencia considerada inconveniente o inadecuada quedará rápidamente expulsada o mantenida a raya. Por supuesto que nada que ver con aquellas formas de control social informal que debían ser para Jacobs garantía de seguridad y confiabilidad públicas. Son la policía, los agentes privados, las cámaras de vigilancia y las “normativas cívicas” vigentes en tantas ciudades, los instrumentos encargados de velar por que lo que fueron un día espacios realmente compartidos sean sólo accesibles para vecinos considerados solventes. En una última fase, la amenaza terrorista está siendo utilizada para justificar la militarización del espacio urbano.

Es cierto que las calles siguen siendo pensadas oficialmente para servir tan solo para que la gente vaya y venga de trabajar y cuando se peatonalizan es para hacer de ellas islas comerciales o parques temáticos para el ocio hipercontrolado, dos paradigmas de esa tendencia a la zonificación que tanto deploraban Jacobs y Lefebvre. En cuanto a la automovilización –el imperio de los vehículos motorizados y el privilegio de las calzadas sobre las aceras– ni que decir tiene que ya se ha impuesto en todas las ciudades del mundo, incluso en países menos “avanzados” en los que circular a pie es un signo de depreciación social. Y, por supuesto, no han hecho más que crecer las razones para que los afectados por el egoísmo de los poderosos y la estupidez de sus empleados continúen sus luchas.

La pesadilla que nos amenaza es la de la proliferación de conglomerados urbanos que están en las antípodas de aquellos que tenían en la calle su eje para la vida comunitaria, incluyendo su dimensión más conflictiva. Ya no son solo esas variantes de vivienda en bloque sin balcones y en los que únicamente se prevé una vida social exclusiva y excluyente en espacios interiores privados. Una especie de caos urbano ha seguido proliferando en zonas periurbanas y está suponiendo un verdadero desmoronamiento de lo urbano como forma de vida a favor de una ciudad difusa, fundamentada en asentamientos expandidos de espaldas a cualquier cosa que se pareciese a ese espacio realmente socializado y socializador que es la calle. Son esas casas unifamiliares aisladas o adosadas en que tiene lugar una vida privada que desprecia la calle como lugar de encuentro, que depreda masivamente territorio, que abusa del automóvil y para la que los únicos espacios públicos son poco más que los shoppings y las áreas de servicio de las autopistas; conjuntos  residenciales segregados y repetitivos que vemos extenderse en las periferias metropolitanas o en núcleos aislados consagrados a la práctica desconflictivizada del consumo y del ocio, que funcionan como colosales máquinas de simplificar y sosegar ese nerviosismo consustancial a la vida en de calle. Es decir, imitaciones de los exteriores urbanos que son más bien su parodia o su caricatura, configuraciones socioespaciales que desactivan las cualidades que tipificaban tanto las calles como morfología como las calles en tanto que escenario de una manera singularmente fértil de estar juntos. 

Pero, a pesar de la cruzada que vienen manteniendo desde siempre políticos y tecnócratas de la ciudad contra ella, usar la calle continúa siendo hacerlo del proscenio de una compleja y apasionante vida social, marco para las formas más creativas y fructíferas de convivencia humana. Frente o de espaldas a la insensibilidad de la burocracia urbanística, la ambición de los diferentes depredadores del espacio urbano y de los inútiles esfuerzos de la policía por controlarlas, las calles continúan siendo espacios de encuentro, intercambio y, por supuesto, de lucha. Es así que hablar, como nos invitó a hacer Henri Lefebvre, del Derecho a la Ciudad es hacerlo del derecho a la calle, es decir del derecho a vivir plenamente fuera o incluso lejos de donde uno vive.

 

Bibliografía

 

Anderson, Elijah (1999). Code of the street: Decency, violence, and the moral life of the inner city,  Nueva York: W.W. Norton.

Gaviria, Mario (1968). “Prólogo”, en Lefebvre, Henri. El Derecho a la Ciudad, Barcelona: Península.

Jacobs, Jane (2011 [1961]). Muerte y vida de las grandes ciudades, Madrid: Capitán Swing.

Lefebvre, Henri (1976 [1970]). La revolución urbana, Barcelona: Península.

——— (1978 [1970]). De lo rural a lo urbano, Barcelona: Península.

­——— (2013 [1974]). La producción del espacio, Madrid: Capitán Swing.

——— (2017 [1968]). El Derecho a la Ciudad, Madrid: Capitán Swing.

 


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