El debate actual de los partidos. Notas teóricas, pero no abstractas

¿Qué dicen los teóricos de los partidos al respecto de éstos; hacia dónde, en líneas generales, llevan sus investigaciones más recientes?

Por: Víctor HugoMartínez González
 
El debate actual de los partidos es un título casi completo para encabezar mi artículo. Pero el “casi”, insoslayable como es, reclama un subtítulo que esclarezca desde dónde, con qué bases y con qué sujetos se argumenta “el debate actual de los partidos”.
 
Sobre estos puede debatirse al menos desde la perspectiva de los políticos, de los ciudadanos o los especialistas académicos. A nivel de los primeros, no puedo decir nada por no ser uno de ellos. Con todo, vale apuntar lo interesante de conocer su opinión sobre los juicios alrededor de sus partidos.
 
En otro nivel, el ciudadano, quizá podríamos generalizar entre individuos desligados de la política para los que el término “partido político” es extraño; e individuos preocupados por “la cosa pública”. Es muy probable que acusen malestar por advertir que algo anda mal con los partidos que, en lugar de enterarse de lo que quiere la gente, se miran el ombligo y conquistan otra posición de poder. En este campo no tendría nada original que empezar por compartir la rabia con el rostro corriente de los partidos.
 
En el nivel de la literatura especializada, de la que soy asiduo por no encontrar todavía un oficio más divertido, me siento en cambio facultado para aportar unas notas que puedan valer la pena. Por eso el subtítulo del artículo no es trivial. Con él, revelo ahora mi objetivo: pretendo abordar (brevemente, por cuestiones de espacio) el debate partidista en el universo académico.
 
¿Qué dicen los teóricos de los partidos al respecto de éstos; hacia dónde, en líneas generales, llevan sus investigaciones más recientes?
 
Desde este plano (útil como miscelánea de lecturas), el artículo se divide en dos partes: 1) una explicación esquemática de tres fases de la literatura académica que trascurren por el surgimiento de los partidos de masas, su afamada decadencia y, como tesis novedosa, la “crisis del concepto crisis de partido”; y 2) una reflexión sobre las implicaciones de la falta de una teoría general de partidos. Con esta hoja de navegación, zarpa el texto.
 
1.  De los orígenes a los horizontes literarios 
 
Quien haya visto el filme Roma, de Adolfo Aristaráin, quizá recuerde uno de sus parlamentos más lacerantes: “uno nunca debe volver a los lugares donde fue muy feliz”. Esta frase es aplicable al estudio académico de los orígenes de los partidos. Por mucho tiempo contamos con una versión estándar de cómo los partidos habrían emergido.
 
Tal postura, de autores como Weber (1967), Duverger (1957), Sartori (1980), Lipset y Rokkan (1992) o LaPalombara y Weiner (1966), 1 nos hablaba de tres nacimientos: el institucional (los partidos como fruto del advenimiento de la democracia y la ampliación del sufragio: Weber, Duverger); el histórico-conflictivo (los partidos como producto de clivajes y grandes quiebres sociales en una comunidad: Lipset y Rokkan); y el acuñado por la teoría de la modernización (los partidos como derivaciones de ciertos avances estructurales de la modernidad: LaPalombara y Weiner). 
 
En años recientes (por eso, aquello de no volver al lugar donde se fue feliz) la ciencia política ha puesto en duda la universalidad de la explicación sobre el origen de los partidos. Más claro todavía: el estudio del origen de estos no es un tema agotado, sino objeto de (re)examen y revisitaciones que cuestionan lo que hasta ahora conocíamos sobre su irrupción histórica.
 
El revisionismo va incluso más allá: los partidos de masas, los que nacieron a finales del siglo xix como efecto de la democracia, los clivajes o la modernidad políticas, quizá no habrían sido tan parecidos a las imágenes que Duverger (1957) o Neumann (1965) nos legaron. Veamos primero ese retrato canónico, y después al menos una de sus últimas (de)construcciones.
 
¿Qué fue el partido de masas? 2 Forzado por razones de espacio a ponerme esquemático, resumiré salvajemente la noción clásica de este tipo de partido bajo los siguientes incisos:
 
a) Una organización popular, impuesta sobre los anteriores partidos elitistas (de cuadros/personas “notables” de la sociedad) del siglo XIX.
 
b) Una organización clasista, representativa de sectores sociales muy específicos (obreros, burgueses, campesinos, religiosos, etcétera), con un canon ideológico y programático fuerte e innegociable 3 que la convertía en una comunidad con una subcultura propia y en expansión.
 
c) Una organización que, mediando entre el Estado y la sociedad civil, articulaba y agregaba las demandas de los grupos de intereses 4 bajo un ideal de sociedad.
 
d) Una organización que, siguiendo a Duverger, consideraba a la competencia electoral sólo como uno (entre muchos) de los medios para obtener fines que, trascendiendo el deseo de obtener cargos públicos, incluían la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía, la educación política de los ciudadanos o, como Neumann dijera, la conversión del individuo privado en un zoon politikon integrado a su comunidad y ocupado por la suerte de sus congéneres. 5 
 
 
El partido de masas, y no preciso aquí ningún exceso retórico, tendría en la literatura (como puede verse en los incisos anteriores) una estetización considerable. Vamos, de tan bello y exitoso que era este partido, hasta las organizaciones más conservadoras de derecha, diría Duverger, imitarían la forma y actuación de un partido cargado esencialmente a la izquierda.
 
La literatura contemporánea de partidos, que bien podríamos denominar “post-clásica”, es escéptica ante el supuesto pasado glorioso del partido de masas. Razones no le faltan. El primer estudioso de los partidos (Ostrogorski, en 1902) publicaría una impresión de los partidos insalvablemente pesimista.
 
Michels, otro decepcionado, se lamentaría en 1915 de la condición de los partidos europeos de izquierda. Epstein (1967), enemigo del diagnóstico de Duverger, establecería la inexistencia de cualquier cosa parecida a “un contagio de la izquierda” por parte de la derecha; antes, más bien, estipularía que, en los años sesenta, estaría ocurriendo una derechización de los partidos. 
 
¿En qué quedamos entonces? Para no enredarnos, concluyamos esta parte contrastando las características casi sagradas del partido de masas con un apunte crítico caído de la pluma de Scarrow 6 (2000): el partido de masas de Duverger, dado que los registros empíricos de militancia que se tienen de los años cuarenta y cincuenta del siglo xx desautorizan a hablar de un verdadero partido de integración social, habría sido más una prescripción que una descripción. Cerremos aquí este punto, dejando alevosamente que el lector cavile sobre las dimensiones de la nota de Scarrow.
 
Paso ahora, a partir de este párrafo, a una segunda etapa de la literatura partidista. En 1966, la investigación y dictados académicos darán un vuelco atizado por la formulación de Kirchheimer del concepto de partido catch-all (partido agarratodo o partido escoba). 7
 
Un partido catch-all, informaría Kirchheimer, era distinto a un partido de masas porque:
 
a) Ya no era clasista, sino interesado en los votos y preferencias de los sectores sociales más disímbolos
 
b) Por haber extendido heterogéneamente su territorio de caza electoral, habría rebajado, hasta casi desaparecer, su identidad, contenidos y códigos ideológicos
 
c) Conformaba internamente su organización en función de profesionales de la política avenidos a negociar pragmáticamente las posiciones del partido
 
d) Dada su profesionalización alrededor de un círculo restringido de líderes, se deshacía crecientemente de una militancia posible de sustituir con recursos técnicos (medios de comunicación, por ejemplo) más apañados y eficientes para cumplir con la tarea de buscarse apoyos.
 
De los años sesenta a los noventa del siglo pasado, teniendo como inspiración el balance analítico de Kirchheimer, la literatura académica de partidos equiparía progresivamente la evolución del partido de masas al partido catch-all con un síntoma de crisis. Esa idea prohijaría la tesis de la descomposición más absoluta e irreversible de los partidos.
 
Por más de 20 ó 25 años, así las cosas, quien se interesara en la bibliografía partidaria se encontraría fácilmente con análisis y títulos que abundaban en la decadencia, desaparición, desdibujamiento de los partidos.
 
Me referiré, para ahorrarme las vertientes de este debate, a un libro enteramente representativo de esta tendencia (¿moda?) literaria: When Parties Fail (Cuando los partidos fracasan), editado en 1988 por Lawson y Merkl. Ese texto, como casi todos los afines a la premisa de la crisis terminal de los partidos, haría una apuesta académica consistente en la inminente evaporación de los partidos y su aún más inminente sustitución por movimientos sociales que, a diferencia de los partidos cansados y enfermos, no sufrirían la falta de representación de las demandas ciudadanas. 8 
 
A la usanza de la revisitación académica de los orígenes de los partidos, la literatura especializada pondrá en juicio (mea culpa) también la tesis de la muerte y enterramiento de los partidos. La causa de ello puede ser doble.
 
Primero: tras ríos de tintas y páginas, jamás habría un consenso feliz sobre el significado, tamaño o consecuencias de la supuesta y académicamente popular crisis de los partidos. 9
 
Y segundo, una razón harto simple y obvia: ¿por qué, extendido y solemnizado ya el obituario de los partidos, estas organizaciones (neciamente darwinistas) han sobrevivido a su desahucio académico, al derrumbe del muro de Berlín, a la levedad más insufrible del posmodernismo, al enfado y desconfianza de los ciudadanos? 
 
Tras millones de cuartillas, análisis, investigaciones, ¿acaso los partidos no siguen estando ahí, convocando nuestros votos y sirviéndose de ellos para disputarse legal y legítimamente el poder? Una pregunta como ésta, abriría una tercera fase en la literatura internacional de partidos. Voy a ella a partir del siguiente párrafo.
 
En los primeros años de los noventa del siglo pasado, 10 los teóricos partidistas, dados como son a la construcción de modelos y tipologías, propondrían en términos conceptuales la imagen de un “partido cártel” (Katz y Mair, 1995). 11
 
Un partido cártel, nos dicen desde entonces, es una respuesta adaptativa de los partidos a las amenazas ambientales (desidentificación partidaria de los ciudadanos, sociedad de consumo, caída de ideologías, globalización, imperio de los medios masivos de comunicación y tecnología, etcétera) que acechan a estas organizaciones políticas. 
 
Para sobrevivir, los partidos (sugiere la teoría más reciente) han tenido que transformarse y amoldarse a las condiciones de las democracias industriales. Su principal y más exitoso cambio –me ahorro otra vez los detalles que no caben en estos folios–, estaría dado por su nueva ubicación geográfica dentro del Estado.
 
Si el partido de masas, recordemos, ocupaba el intersticio espacial entre el Estado y la sociedad civil, el partido cártel habríase instalado dentro de los propios aparatos, contornos e instituciones estatales, operando desde ahí, a la manera de un cártel, en una relación de convivencia cómplice con los demás partidos incluidos en el régimen.
 
Ciertamente, poco épica, esta imagen partidista, visto que los partidos actuales viven por y para el financiamiento público, parece sin embargo poco errada. Ganando lugar dentro de las estructuras estatales, los partidos, dueños del monopolio de la representación política, se habrían alejado del precipicio al que fueron condenados por la literatura catastrofista.
 
Redivivos, fuertes y al frente de los gobiernos, su estado actual, de tan sano, no sería de crisis sino, más bien, fuente de la tesis académica de “la crisis del concepto crisis de partido”. Investigar y explicar el tránsito del pronosticado, pero no corroborado, agotamiento de los partidos, a su metamorfosis y renacimiento fortalecidos, ocupa hoy a la literatura contemporánea o post-clásica. 12 
 
Entre los muchos temas de interés y desarrollo post-clásicos, resaltaré tres que me parecen provocativos:
 
Primero. La compatibilidad de la democratización de los partidos (exigida por la sociedad y en apariencia interiorizada por estas organizaciones) con sus históricas tendencias a la centralización de sus mandos. Los partidos, conformados al fin y al cabo por individuos que disfrutan del poder y ocupan permanentemente sus energías en retenerlo, dan a últimas fechas señales de su aptitud para mantener, sin romper con sus líneas verticales de autoridad, un gobierno interno integrado por círculos restringidos, profesionales y en buena manera legítimos. Si ello es representativo de la consabida oligarquía micheliana, es un asunto que precisa investigación empírica y no la simple imputación de lo que Michels, sin haberlo propiamente demostrado, escribió en 1915.
 
Segundo. El surgimiento, gracias a autores como Van Biezen (para el caso de los partidos sudeuropeos), Kitschelt (para el caso de los partidos del centro y este de Europa), o Levitsky (para el caso de partidos latinoamericanos) de una tradición incipiente de estudio que construye sus bases conceptuales de investigación, influida pero no determinada, por la literatura estadounidense y europea más reputada y difundida. Para estos autores y otros afines a su propuesta, la literatura –digamos– “clásica u oficial” no acaba de fungir como la mejor lente conceptual desde el que observar sus peculiares criaturas de análisis. Buscando así una relación dialéctica entre teoría y datos, autores como los que he nombrado diseñan, muchas veces con éxito, marcos conceptuales novedosos y sugerentes.
 
Tercero. El ajuste interno de cuentas de la literatura clásica y post-clásica (estadounidense y europea) devora, como era de esperar y celebrar, a sus propios hijos. Ya el partido cártel, sometido a severas críticas, es cuestionado por cierta imprecisión en sus presupuestos. Más aún, la fiebre tipológica (a la propuesta del partido cártel se han sumado por estos años la del partido posmoderno, la del partido taxi, la del partido de firma empresarial, la del partido presidencialista, etcétera) es situada también en la silla de los acusados. Cosa normal, pero digna de festejarse: la ciencia política aplicada a partidos, como buena ciencia, avanza refutándose a sí misma.
 
2.  Una teoría ¿general? de los partidos 
 
Para quien pretenda acercarse al universo literario de los partidos, no debiera resultar dramático toparse con la falta de una teoría general de estas organizaciones. La abundancia de estas perspectivas de estudio no constituye un vacío cuanto una riqueza.
 
Existen, vamos a ver, enfoques de estudios organizativos (Panebianco), 13 ideológicos (Beyme), funcionalistas (Sartori) y de elección racional (Downs). Todos ellos, además, son objeto de la escuela comparativista ejemplarmente representada por Janda.
  
Cada perspectiva de estudio, por su teoría y metodología específicas, produce un concepto diferenciado de partido que, sometido a la crítica interna de sus tradiciones de análisis, evoluciona contingentemente.
 
No podía ser de otra manera: cualquier concepto de partido político adolece de la radical insuficiencia de ser universal por cuanto los partidos no han sido lo mismo en todo tiempo y lugar.
 
Dado esto, qué mejor, para escapar a las decepciones, que asumir al estudio de los partidos políticos como cuna de teorías de rango medio, esto es, teorías, si bien no universalmente aplicables, sí factibles de verificación y comprobación empíricas.
 
Si esto es así, un error frecuente, con repercusiones políticas no despreciables, radica en postular (como mediáticamente es habitual) la falsa existencia de un modelo ideal de partido al que los partidos precaria y realmente existentes debieran plegarse.
 
Ese modelo soñado y reclamado (ya por periodistas, ciudadanos y hasta profesores universitarios) suele estar aún atado a las propiedades de un partido de masas que, al menos desde 1966, la literatura especializada pone en duda que continúe existiendo.
 
El partido de masas, visto desde una perspectiva globalmente histórica, tal vez haya sido, como ocurriese justamente con el Estado de Bienestar Social, más una excepcionalidad que una regla en el desarrollo de las sociedades.
 
Esta última reflexión, por ser dolorosa, merece otro apunte. Con él termino este artículo. En la conexión entre los partidos y la ciudadanía quizá suceda algo parecido a las relaciones sentimentales de pareja. Primero: una etapa de enamoramiento en la que el partido de masas, clasista, ideológico y programático, habría seducido a la sociedad civil.
 
Segundo: una etapa (al parecer ineludible según el archivo sentimental de las personas) de desgaste, donde el reemplazo del modelo de masas por el modelo catch-all significaría una crisis en la relación partido-ciudadanos.
 
Tercero: una reconciliación, pendiente o imposible (eso está por verse), en virtud de un partido cártel que, luego de una primera separación, no luce ya tan guapo y posee poderes de seducción a la baja porque:
 
a) La política misma se ha transformado y afortunadamente no se agota más en la relación partidos-ciudadanos.
 
b) Los ciudadanos, habrá que decirlo, tienen y exhiben deseos contradictorios sobre lo que esperan y desean de sus partidos (¿el ciudadano de a pie, pero también el de limusina, realmente anhela la vuelta de las ideologías heroicas o prefiere continuar su vida sin tener que pensar en la molesta política?)
 
c) La naturaleza actual de los partidos, contrastada normativa e implacablemente con lo que supuestamente alguna vez fueron estas organizaciones, continúa incomprendida, no sólo para el público en general, sino para el interesado en estudiar estos temas (¿cuántos de nosotros, por ejemplo, hemos cursado seminarios universitarios y de postgrado sin revisar literatura partidaria que fuera más allá de los años cincuenta?).
 
En relaciones sentimentales, una pareja, si hay suerte, tiene sustituto o sustituta. Las más de las veces, de hecho, pasa así. Pero en la relación de los partidos y la ciudadanía, sin inventarse aún otra organización más apropiada y eficiente para desahogar la competencia civilizada por el poder, carecemos de esa fortuna.
 
Por eso, lejos del fastidio, el debate actual de los partidos requiere de ese elemento pasional con el que las cosas suelen salir mejor. O eso, o parafraseando el cariño irónico de Borges por Buenos Aires, nuestro lazo con los partidos penderá del espanto. 
 
 
Citas
  1. De las obras que acabo de citar, aunque lamentablemente sin traducción al castellano, el capítulo 1 de LaPalombara y Weiner es el clásico más apropiado para conocer las teorías del origen de los partidos.
  2. Ningún autor mejor que Duverger (que publicó en 1951 su título Los partidos políticos) para obtener la respuesta clásica a esta pregunta.
  3. Desde la óptica ideológica de estudio, el libro recomendable por excelencia es el de Beyme (1986).
  4. Las funciones de articulación y agregación de intereses de los partidos son pertenencia de la literatura funcionalista concentrada en el tema. Un libro a la mano para empaparse de ese funcionalismo partidista es el de Almond y Powell (1972).
  5. Una visión radicalmente opuesta, que define a los partidos como equipos de personas únicamente interesadas en el poder, prestigio y renta de los cargos públicos, es ofrecida por la teoría de elección racional de los partidos. Para acercarse a ese vector conceptual el lector puede revisar a Downs (1973).
  6. Scarrow es la estudiosa actual más reputada en el tema de la militancia partidista. Contra la idea de que los militantes son ya inservibles para los partidos, ella demuestra en sus escritos la antítesis de esa idea.
  7. La aparición original del artículo de Kirchheimer fue recabada en el libro de LaPalombara y Weiner al que hice antes ya referencia. En 1980, un libro de Lenk y Neumann publicaría en castellano el análisis de Kirchheimer. Cito (como todos los títulos que me sean posibles) la versión en nuestro idioma.
  8. El libro de Lawson y Merkl sigue sin ser traducido al castellano. El lector puede, empero, encontrar muchos sucedáneos en nuestro idioma.
  9. Las fuentes del (anti)consenso, más allá del momento específico en que la literatura discutía la crisis partidaria, son imputables a un factor de fondo: la falta, ya no de una versión homogénea del sentido de la crisis de los partidos, sino incluso de un concepto unívoco de partido político, esto es, una teoría general de los partidos que, por ausente, permite las más variadas interpretaciones, matices y abordajes. Volveré sobre esto (no para agotar el tema cuanto para sólo aludirlo) en el segundo punto de mi artículo.
  10. En 1992 Katz y Mair (los estudiosos de la organización de los partidos actualmente más prestigiados) publicarían un manual sobre datos referidos a los procesos internos de los partidos. Sin tener ahí propiamente su comienzo, la tercera etapa de la literatura partidista posee, en el trabajo de Katz y Mair, uno de sus detonadores. Con ellos, se recuperaría una línea de análisis iniciada antes por Janda: recopilar, cuanto abrumadoramente fuera posible, datos empíricos de la organización interna de los partidos como materia prima de un trabajo inductivo y comparativo. Luego de 1992, Katz y Mair publicarían en 1994 el segundo volumen de su colección. Se espera hasta el momento el tercer volumen de estos autores.
  11. La publicación del concepto partido cártel es anterior a 1995. Katz y Mair habían difundido ese término al menos desde 1990 en foros y congresos. Cito su versión de 1995 porque ella aparece en el primer número de la revista Party Politics, seguramente la publicación periódica más especializada y consistente en esta última etapa de literatura partidista. En el primer número de Party Politics, con la aparición del texto de Katz y Mair, el lector puede hallar también refutaciones a esta tipología. En 2004, el doble número 108/109 de la revista Zona Abierta ha traducido el artículo de Katz y Mair y las críticas académicas al modelo conceptual del partido cártel.
  12. Recomiendo al lector particularmente tres textos post-clásicos: Gunther, Montero y Linz (2002), con próxima traducción al castellano por la editorial Trotta; Katz y Crotty (un manual portentoso publicado en 2006); y la caza de Wolinetz (2007, en prensa), un autor atrevido que pasa por cuchilla el conocimiento clásico de los partidos políticos.
  13. Panebianco es, sin duda, una excelente guía para familiarizarse con los contenidos de la escuela organizativa de los partidos. Discípulo y seguidor de Duverger, Panebianco es en muchos centros universitarios de México una referencia ineludible. Su conocimiento es obligado, pero también su trascendencia. Panebianco ha escrito en 1982, luego de lo cual mucha agua ha llovido ya sobre el campo académico de los partidos políticos.
Bibliografía

Almond, Gabriel y Bingham, Powell. Política comparada: una concepción evolutiva, Paidós, Buenos Aires 1992.

Beyme, Klaus von. Los partidos políticos en las democracias occidentales, cis, Madrid 1986.

Downs, Anthony. Teoría económica de la democracia, Aguilar, Madrid 1973.

Duverger, Maurice. Los partidos políticos, fce, México 1957.

Epstein, Leon. Political Parties in Western Democracies, Praeger, Nueva York 1967.

Gunther, Richard, Montero, José Ramón y Linz, Juan (eds.). Political Parties: Old Concepts and New Challenges, University Press, Oxford 2002.

Katz, Richard y Mair, Peter (eds.). Party Organizations. A Data Handbook, Sage, Londres 1992.

Katz, Richard y Mair, Peter (eds.). How Political Parties Organize: Change and Adaptation in Party Organization in Western Democracies, Sage, Londres 1994.

Katz, Richard y Mair, Peter. “Changing models of party organization and party democracy. The emergency of the cartel party”, en Party Politics 1, 1995 (1).

Katz, Richard y Crotty, William (eds.). Handbook of Party Politics, Sage, Londres 2006.

Kirchheimer, Otto. “El camino hacia el partido de todo el mundo”, en Lenk, Kurt y Franz Neumann (eds.), Teoría y sociología críticas de los partidos políticos, Anagrama, Barcelona 1980.

Lapalombara, Joseph y Weiner, Myron. Political Parties and Political Development, University Press, Princeton 1966.

Lawson, Kay y Merkl, Peter (eds.). When Parties Fail: Emerging Alternative Organizations, University Press, Princeton 1988.

Lipset, Martin y Rokkan, Stein. “Estructuras de división, sistemas de partidos y alineamientos electorales”, en Batlle, Albert (ed.), Diez textos básicos de ciencia política, Ariel, Barcelona 1992.

Michels, Robert. Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, Amorrortu, Buenos Aires 1962.

Neumann, Sigmund. Partidos políticos modernos. Iniciación al estudio comparativo de los sistemas políticos, Tecnos, Madrid 1965.

Ostrogorski, Moisei. Democracy and Organization of Political Parties, Anchor Books, Nueva York 1964.

Paniebianco, Angelo. Modelos de partido. Organización y poder en los partidos políticos, Alianza, Madrid 1990.

Sartori, Giovanni. Partidos y sistemas de partidos. Marco para un análisis, Alianza, Madrid 1980.

Scarrow, Susan. “Parties Without Members? Party organization in a changing electoral environment”, en Dalton, Russell y Wattenberg, Martin (eds.), Parties Without Partisans. Political Change in Advanced Industrial Democracies, University Press, Oxford 2000.

Weber, Max . El político y el científico, Alianza, Madrid 1967.