El coto urbano, contra la democracia

Nadie, ninguna otra figura existe en el mundo conocido hasta hoy que defina mejor a la democracia como lo hace la ciudad

Por: Cuauhtémoc De Regil

La ciudad, espacio que gozamos y sufrimos cotidianamente hecho a lo largo de siglos, valga decir de milenios, incluso antes que nuestras modernas ciudades existieran siquiera, era ya la cristalización de una idea a la que aspiraba la sociedad humana que había descubierto que el mundo es más fácil de configurar, de definir y de actuar en él cuando se hace de manera gregaria, es decir, socialmente construido, como lo son todas las ciudades creadas... hasta ahora.

De Teotihuacan a Roma, de Micenas a La Quemada, la colectividad creó la ciudad y la ciudad cobijó sus sueños y esperanzas. Más allá de las ideas de Rosseau, que suponían ingenuamente a la sociedad unida en un contrato social, nuestro mundo actual depende para sobrevivir, sobre todo, de una profunda vida social basada en lo urbano.

Nada, nadie, ninguna otra figura existe en el mundo conocido hasta hoy que defina mejor a la democracia como lo hace la ciudad: ente colectivo, construcción social, espacio lúdico, participativo, aglutinante de la rica diversidad humana, lleno de significados, plagado de historias, el espacio urbano es construcción social por excelencia; ríos de imágenes, de textos literarios, de notas rojas, de luchas y de conquistas sociales, de expresiones de minorías, de libertades y libertinajes, de espectáculos masivos, de comunicación e intercambio han tenido y siguen teniendo como escenario a la ciudad.

A esto parece temerle una pretendidamente nueva visión mercantil de lo urbano; a ello le teme el neoliberalismo y la vieja forma de hacer política.

Estamos llegando en este inicio de siglo a la perversión de la ciudad. Otra vía, otros caminos que conducen a nuestras urbes hacia una especie de suicidio colectivo, a un verdadero retroceso a formaciones sociales medievales como resultado de políticas irresponsables y tendencias antisociales que sólo responden a intereses inmediatos del mercado y a políticos corruptos que benefician lo privado por encima de lo social: los cotos privados contra la ciudad. 

¿Lograrán salvarse las ciudades, como Guadalajara, de esta grave enfermedad? No lo sabemos. Lo cierto es que por ahora no se ha caído en cuenta, en sociedades subalternas como la nuestra, del costo a mediano y largo plazo de esta práctica irresponsable del fraccionamiento cerrado, imitación fácil (y de mala calidad) del esquema de la suburbia norteamericana de los años 50, cuyo origen viciado se encuentra precisamente en el Medioevo y amenaza la supervivencia de la idea humana de la ciudad. Sin la ciudad, ¿logrará sobrevivir la democracia?

Parece que es ésa la idea en el fondo de la gran reproducción a la que asistimos hoy de esas modalidades egoístas de desarrollo urbano de los cotos: para nada sirve la democracia en esos espacios autárquicos en apariencia, porque se sobreponen a la idea de lo urbano por excelencia, es decir, a lo colectivo, concepto con el que está peleada toda la ideología moderna del privado. 

Dentro de este proceso de urbanización hay un proceso ideológico. El concepto de lo colectivo está puesto en crisis ya que es lo privado (guetos amurallados de ricos o de pobres también, porque el mercado no mira el diente), lo que se exalta como panacea ante la amenaza de la inseguridad que se vive.

Lo colectivo es denostado; el colectivo es amenaza hasta como término; de ahí a considerar aspectos colectivos o plurales con cierta reserva y desde ahí, sin duda, a temer a la democracia, la participación social como base del desarrollo de la sociedad humana en donde los temas sociales son vestidos de diablos: a lo colectivo se le llama ahora populista, es decir, se construye una imagen falsa de la pluralidad, de lo colectivo, de lo social, para denominarlo populista, ese gran demonio al que tanto teme Vargas Llosa quien, como consejero político, sigue siendo un buen escritor. 1

¿Es verdad que la aspiración de todo ciudadano de Guadalajara actual es vivir encerrado en un coto? Tal vez sí, porque esta modalidad opuesta a muchas leyes, a contracorriente de muchos reglamentos y normas, ha ganado terreno y se ha adueñado, además de los corazones de los nuevos propietarios, del mercado inmobiliario de manera incomprensible, antidemocráticamente, solapados por gobernantes que no ejercen el poder por razones muchas veces explicables.

El consumo está pautado por la oferta irreflexiva del mercado inmobiliario y el consumidor no tiene alternativas... ni educación. Pero además, legisladores y administradores, políticos y gran parte de la sociedad no nos hemos colocado en la perspectiva de las consecuencias sociales de lo que se está produciendo actualmente en el territorio urbano nacional.

Hace más de una década, quienes promovieron y desarrollaron el concepto de suburbia hoy lo cuestionan debido a su inoperancia; en Estados Unidos de Norteamérica se evita, en México se promueve con retraso de veinte años.

Bajo los actuales esquemas de desarrollo urbano, es urgente la aplicación de la ley y los reglamentos para detener el desarrollo privado de la ciudad antes que el proceso de restar sociabilidad y democracia a lo urbano, confluya en el peor caos de la sociedad actual.

Y no se trata sólo de un problema urbano, sino también de un problema de la forma de hacer el espacio urbano y social en las proporciones depresivas en las que se está convirtiendo.

Sorprende la pésima forma y el mal gusto con los que los nuevos espacios urbanos se van llenando, las interminables bardas que encierran a los cotos y la inseguridad que ese mismo escenario produce ahora y que será una pesadilla en el futuro. Del total de la producción actual de esos espacios destinados al egoísmo, un noventa por ciento es de pésima calidad constructiva, ambiental y además de mal gusto estético.

No hay en este producto otra cosa que chatarra, es decir, sólo es ganancia para los que hacen el negocio; nunca dan nada a cambio, como ocurre en el mercado actual. Se trata de productos urbanos que no lograrán trascender o convertirse en espacios dignos ni memorables porque son los espacios del fracaso de la democracia.

El problema de los cotos o fraccionamientos privados no es sólo su impacto en el desarrollo urbano y su carácter parásito de las infraestructuras urbanas sociales, sino además, su carencia de ética y su contraposición a los principios de legalidad y democracia declarados en nuestro país.

Su problema es que son resultado de la simulación, de la omisión en la aplicación de la ley y son, al fin y al cabo, beneficiarios de una fugaz ilusión de seguridad que será rota cuando la crisis que esta visión del desarrollo urbano produce lentamente, estalle.

La discusión en torno a la democracia deberá de partir de nuevos planteamientos para el desarrollo urbano; y ni siquiera nuevos, simplemente la aplicación de las leyes que ya existen sobre la materia y la firme decisión de imponer, como bien lo dice la propia Constitución Política de México, el interés público sobre el privado. 

Los espacios para la democracia se crean, se forman a partir de prácticas sociales. Son un desarrollo cultural que va propiciando espacios necesarios para ello. Y justamente hoy, cuando creemos que se inicia la democracia en México, se está forjando un futuro que no apuesta por ella, al menos en el espacio urbano. Ojalá en la democracia, si existe, haya un coto para ilegales cotos.

 

Citas
  1. Las recientes declaraciones del escritor en Guadalajara han sido recomendar a los mexicanos no votar por el populismo en las elecciones 2006. Diario Público, 27 de noviembre de 2005.

 


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