El concepto de lo político y las luchas democráticas

Tanto la desafección como la participación no convencional es la forma de enfrentarse a la debilidad de las instituciones democráticas

Por: María Antonia Muñoz

Introducción 

Se dice comúnmente que vivimos en una crisis de la política, de las instituciones y de la representación. Se dice, también, que este problema se debe a la extendida corrupción entre las clases políticas, a la distancia cada vez más pronunciada entre partidos políticos, sindicatos y otras instituciones de representación política y la ciudadanía general, a la impotencia de ciertos mecanismos de participación como el voto y la militancia partidaria.
 
Aquellos que suman este proceso al crecimiento de la ciudadanía desafectada y el comportamiento cínico, interpretan estos signos como la muerte de la comunidad, de los lazos solidarios, de la preocupación por un proyecto colectivo. Otros, en cambio, ven en el crecimiento de nuevas formas de participación no convencional los anuncios de nuevas tendencias, las demandas de transformación institucional, el espectro de las nuevas caras de la democracia.
 
Pero adoptar de lleno una u otra interpretación podría ser una actitud peligrosa puesto que se sucumbiría ante una realidad falsa. Ambos comportamientos ciudadanos pueden generar transformaciones futuras para uno u otro escenario; ambos son formas diversas de dominar la crisis de la política.
 
Tanto la desafección como la participación no convencional es la forma de enfrentarse a la debilidad de las instituciones democráticas. Ambas constituyen estrategias para dar sentido a la vida en sociedad y a la agonía 1 de una creencia que había sostenido las transiciones democráticas por lo menos en América Latina, a saber, que la competencia entre actores políticos, la participación electoral, los derechos políticos eran una vía efectiva por la cual el ciudadano podía influir sobre el conjunto social. 
 
Esta merma en la credibilidad de las instituciones tradicionales de la democracia representativa puede ser producto de la percepción de que, mientras antes se creía que este régimen garantizaba que nadie podría apropiarse del poder porque pertenecía a todos, ahora los ciudadanos se ven a sí mismos cautivos o rehenes de una clase política que les expropia la soberanía y la posibilidad de influir sobre las decisiones que impactan sobre el conjunto social.
 
Ahora bien, antes de abatirse frente a esta negativa lectura cabría poner en evidencia que, así como no puede garantizarse que las luchas democráticas se dispersen cada vez más por fuera de las vías tradicionales, tampoco se puede negar que la realidad es un cúmulo de tendencias contradictorias que impiden sentenciar un futuro.
 
En palabras más sencillas, la crisis es un contexto de posibilidad que abre las puertas a múltiples posibilidades, incluso patear el tablero de la actual forma institucional de la democracia sin renunciar a ella. Más bien al contrario buscando renovarla, reactivarla.
 
Frente a este argumento cabría recuperar algunos conceptos en torno a la apertura constitutiva de lo social, lo político y los antagonismos como mecanismos que no permiten generar un cierre definitivo de la historia, aunque, tampoco, garantizar un porvenir más libre, más justo y más equitativo, en conclusión, más “democrático”. 
 
Como herramientas que permitan reflexionar en torno a las luchas democráticas se desarrollarán algunos conceptos. En la primer sección se desarrollará la idea de lo político asociado sobre todo al cuerpo teórico que propone Ernesto Laclau.
 
En la sección que le seguirá se introducirán algunas ideas de Jacques Rancière. Ambos retoman el concepto de lo político como proceso ubicuo que desborda el encapsulamiento que la sociología positivista ha realizado acerca de la política. Ambos representan plataformas que permiten pensar a la democracia fuera de su formato liberal clásico. 
 
Lo político: dislocación, antagonismo y las luchas democráticas
 
Se puede partir la discusión en torno a lo político desde de una concepción ontológica, es decir, una reflexión en torno a cómo se estructura y comprende la realidad social. Un primer paso es señalar que sólo se puede acceder a ella indirectamente, a través de su simbolización.
 
Y, como este siempre es un orden incompleto y condenado al fracaso, entonces lo social no puede ser más que una realidad “abierta”, esto es, que escapa a una interpretación transparente y verdadera, que no puede ser entendida como una la totalidad racional (Zizek; 2003). Derrida (1989) señala que desde las reflexiones de Nietzsche, Freud y Heidegger la idea de que existe un significado trascendental para comprender la realidad o una lógica racional que subyace a los procesos sociales se volvió inverosímil.
 
Desde este “descubrimiento”, el orden social comenzó a ser invadido por la lógica del discurso, en otras palabras, el juego de las diferencias y el desplazamiento de los significados invadió la lógica de la objetividad. 
 
El corolario sociológico que haría justicia a esta noción es que las sociedades se estructuran con base en un núcleo de imposibilidad que las hace ser siempre diferentes, conflictivas, cambiantes, unidas por aquello que las separa.
 
No obstante, no hay que concluir que es impracticable cierta coherencia, unidad o cierre “A diferencia de las totalidades fundantes del modelo esencialista, la unidad ya no puede ser constitutiva, sino más bien constituida o instituida como resultado de un esfuerzo por estructurar la diversidad fenoménica del mundo, imprimiéndole una forma o unidad específica” (Arditi, 1991, 112). Las totalidades no desaparecen, sólo que su unidad es histórica, transitoria y fugaz. 
 
Desde este punto de vista, el concepto de lo político se vuelve revelador para interrogarse acerca de la forma que asume lo social, acerca del modo de institución de la sociedad y, por supuesto, acerca de la crisis de la política. Lefort (1990) es un punto de referencia imposible de eludir en esta discusión.
 
Para él la política define a la esfera de instituciones separada de otras, como la economía y la jurídica. En democracia, ésta se identifica con el Estado y con la competencia entre partidos, con el locus donde se da forma y se renueva la instancia general del poder. 
 
Pero, aunque esta esfera hace visible y es una forma de “manejar” o administrar las divisiones sociales, a la vez oculta el mecanismo simbólico general que hace posible esa separación.
 
Lo político es, entonces, la puesta en marcha de un mecanismo simbólico por el cual la sociedad se unifica a pesar de las diferencias (Portier, 2005) Así, la democracia no solamente hace referencia a un régimen institucional sino a un tipo particular de sociedad: donde se hace visible el lugar vacío del poder. 
 
Con estos elementos teóricos, se puede ir verificando que la debatida crisis de “la política” puede suponer el debilitamiento de la efectividad de ciertos mecanismos institucionales para procesar los conflictos sociales o la pérdida de credibilidad de los partidos políticos como actores monopólicos en la competencia por los cargos de toma de decisiones vinculantes. Pero nunca la nombrada crisis puede suponer la desaparición de la política y de lo político. 
 
Para laclau, al igual que para lefort, lo político no está atado a un lugar en la estructura social, sino que está asociado al momento de subversión de lo instituido, la reactivación de los procesos sedimentados en el terreno de lo social. 2 Lo político consiste en redescubrir “a través de la emergencia de nuevos antagonismos, el carácter contingente de la pretendida objetividad” (2000, 51). 
 
Desde la perspectiva de laclau, una sociedad es una estructura precaria, “fallida”, impotente en su pretensión de determinar toda actitud, acción colectiva o proceso social. 3 Por esto mismo, la ideología es constitutiva de lo social, pero no como “falsa conciencia” sino como “aquellas formas discursivas a través de las cuales la sociedad trata de instituirse a sí misma sobre la base del cierre, de la fijación del sentido.” (2000, 106)
 
En otras palabras, si, por un lado, la sociedad se estructura alrededor de una imposibilidad, por otro, la ideología es necesaria para fijar cierto sentido, para “reprimir” u “olvidar” aquello que amenaza la identidad en cuestión. Por ello señala que “hay política cuando hay, de un lado, dislocación, y del otro lado, reinscripción, es decir, espacialización o hegemonización de esa dislocación” (Laclau, 1997, 140).
 
Para ello es necesario construir un discurso que se suponga “verdadero” y que construya la coherencia que el mundo social no tiene. 4 Así, la lucha por el poder, la toma de decisiones y las alternativas propuestas siempre son parciales e históricas, pero imposibles de erradicar. Para poder profundizar la reflexión sobre estas afirmaciones será necesario explicar los conceptos que las hacen posibles. 
 
La dislocación a la que está sometido todo orden social se define por el quiebre en la capacidad de dar sentido, “de dar explicaciones lógicas” dentro de la estructura. Es cuando una totalidad articulada de significados deja de tener capacidad de otorgarle un significado a la acción, a las prácticas que estructuran nuestras vidas y nuestras identidades (individuales y colectivas).
 
En otras palabras, cuando la “estructura” pierde su capacidad de “estructurar” y muestra o hace visible su imposibilidad. Pero esta interrupción del discurso, en general, no deriva en la suspensión total del mismo, sobre todo si se hace referencia al ámbito de lo político (en el ámbito individual podría interpretarse como un brote de locura).
 
Zizek (2005) aduce solo simbólicamente se puede aprehender la situación dislocada, puesto que, como se dijo anteriormente, la realidad únicamente es asequible a través del mundo de los significados. Esto reintroduce, en la interrupción del discurso, la aparición de otro, el cual reinterpreta la situación dislocada. Así, el antagonismo es una forma de señorío sobre esta situación. 
 
La noción de antagonismo no hace referencia a relaciones entre dos sujetos dentro de una estructura objetiva sino a experiencias en las que se manifiesta el límite de la objetividad de lo social.
 
El antagonismo se define por una relación de pura negatividad, esto es, la presencia de un “otro” que identifico como la negación de mi propia identidad, como el elemento que materializa o externaliza mi “falta” (Laclau, 1997). De esta manera la dislocación es dominada a través de su forma simbólica, la existencia de un terreno común unido sólo a través del conflicto. 
 
Esta relación por excelencia política representa dos objetividades o estructuras significativas que se enfrentan y que no comparten ningún sistema común de reglas entre la identidad de una y de otra (Laclau, 2000).
 
“Los antagonismos presuponen la total exterioridad entre la fuerza antagónica y la fuerza antagonizada; si no hubiera relación de total exterioridad entre las dos, habría algo en la objetividad social que explicaría el antagonismo como tal, y en este caso, el antagonismo podría ser reducido a una relación objetiva” (Laclau, 1997, 130). Lo único común a estas exterioridades es el terreno que se une por la disputa, por la división y el conflicto. 
 
Resumiendo, el antagonismo es la forma simbólica de la apertura a la que están sometidas las sociedades, es la existencia de dos proyectos radicalmente diferentes que constituyen un campo político solamente a través del conflicto. Pero en este punto se hace imprescindible distinguir dos niveles de análisis. 
 
Una cosa es decir que el antagonismo impide a la realidad social objetiva constituirse como una totalidad encerrada en sí misma (Zizek, 2005). Pero otra muy distinta es el antagonismo entendido como luchas contra la opresión, la desigualdad y que ponen en cuestión la subordinación. Éstas serían las luchas exclusivamente democráticas porque su soporte simbólico necesario es la idea de que todos somos iguales. 
 
Para Laclau y Mouffe, la subordinación se define como aquella relación donde un sujeto está atado a las decisiones de otros, mientras que las relaciones de opresión son “aquellas relaciones de subordinación que se han transformado en sedes de antagonismos” (1985, 196).
 
Para ellos sólo el discurso democrático, donde se sostiene que todos los hombres son iguales, puede funcionar de exterior constitutivo, de momento de interrupción del discurso que sustenta la subordinación y abrir paso a la formación de una relación de opresión. De esto se deduce que pueden existir antagonismos que no se deban a las relaciones de subordinación y que, por tanto, lo político no garantiza la lucha democrática. 
 
Ahora bien, también dice Laclau que el capitalismo desorganizado potencia las condiciones de posibilidad de la democracia radical porque extiende la dislocación a múltiples ámbitos de la vida.
 
“Para nosotros, por el contrario, la posibilidad de una transformación socialista y democrática de la sociedad depende de la proliferación de nuevos sujetos de cambio, lo cual sólo es posible si hay algo realmente en el capitalismo contemporáneo que tiende a multiplicar las dislocaciones y a crear, en consecuencia, una pluralidad de nuevos antagonismos” (Laclau, 2000a, 57).
 
La lógica de la argumentación sería que el capitalismo contemporáneo genera mayores espacios de visibilidad de la contingencia y precariedad de toda objetividad, sumado a los efectos dislocatorios a él ligados. Estos últimos, a su vez, abren la posibilidad de una política radicalizada porque se adquiere una nueva libertad frente a la objetividad, viendo el carácter construido de lo social. 
 
Pero la dislocación puede ser dominada de varias maneras. Una de las lógicas es la típica emprendida por el Estado, frente a una demanda que muestra la presencia de una falta, las instituciones la integran administrativamente. Otra lógica es la constitución de fuerzas antagónicas, pero que, además, no necesariamente suponen la confrontación en base a una relación de opresión.
 
Se puede poner como ejemplo la existencia de dos elites que se disputan la forma hegemónica que asumirá la economía nacional. 5 Finalmente, otra forma de dominar las dislocaciones del capitalismo son las luchas democráticas. 
 
En otras palabras, si bien, por un lado, es cierto que las dislocaciones abren la posibilidad al antagonismo, lo que tiene más peso para explicar las luchas contra la subordinación es la existencia de un espacio público trazado con significados relacionados con el orden simbólico democrático.
 
Más específicamente, una política democrática depende de la existencia de ciertos sentidos acerca de la igualdad de cualquiera con cualquiera, de su dispersión a campos más amplios de la vida social, de los recursos que existan para organizar colectivos en torno a estos sentidos, de los soportes que divulguen este discurso, etcétera. Pero, sobre todo, de la percepción de los propios subordinados de su desigualdad y el procesamiento público de ésta como injusticia. 
 
Lo político: reconocimiento de una injusticia y demostración de la igualdad 
 
Si no hay necesidad de una secuencia entre la multiplicación de las dislocaciones y la pluralidad de los antagonismos no es suficiente nombrar a los cambios del capitalismo contemporáneo como causa de la mayor “conciencia de la historicidad del ser”, ni a ésta como responsable de una maximización en las posibilidades de la democracia radical. Más bien, no son las dislocaciones en sí mismas, sino los significantes que quedan circulando en el espacio simbólico “quebrado” o “discontinuo” los que permiten la aparición de los antagonismos. 6
 
En otras palabras, no es el capitalismo desorganizado el que debe ser la fuente de optimismo político, porque en realidad así como han proliferado los antagonismos también lo que se ha visto es el aumento de las conductas cínicas y desesperanzadas al respecto del cambio social.
 
La dislocación no es suficiente para entender las posibilidades de una política radicalizada sino la extensión de los significantes nacidos de las experiencias democráticas o simplemente de las ideas de igualdad/libertad dispersas en la trama social y la creencia en la posibilidad de éxito ganada en las experiencias de lucha de los colectivos.
 
Para continuar con esta reflexión será interesante desarrollar otro cuerpo teórico que no parte de un punto de vista ontológico para definir a “lo político”. 
 
Para rancière lo político “es el encuentro de dos procesos heterogéneos. El primer proceso es el de gobernar y entraña crear el asentimiento de la comunidad, cosa que descansa en la distribución de participaciones y la jerarquía de lugares y funciones.” (2000, p. 145).
 
El segundo proceso consiste “en un conjunto de prácticas guiadas por la suposición de que todos somos iguales y por el intento de verificar esta suposición” (2000, p. 145). Al primer proceso lo llama policy o policía y al segundo emancipación o política. 
 
Este encuentro existe gracias a dispositivos específicos de subjetivación. “Por subjetivación se entenderá la producción mediante una serie de actos de una instancia y una capacidad de enunciación que no eran identificables en un campo de experiencia dado, cuya identificación, por lo tanto, corre pareja con la nueva representación del campo de la experiencia” (Rancière, 1996, p. 52).
 
Como se puede deducir de esta afirmación, la política no consiste en lograr la justicia ni el bien común, sino que se trata de una demostración de un error. “La política no está hecha de socios que representan grupos efectivos sino que se refiere a la cuenta en sí de un sujeto excedente respecto a toda distribución social. Y pasa así por un proceso de subjetivación de aquél que toma la palabra y adopta un nombre para designarse” (Rancière, 1999, p. 251).
 
Si bien rancière sostiene que no se apoya en una ontología, 7 parte de la hipótesis de que la policía siempre genera un daño a la igualdad.
 
No existe un desarrollo en torno a cuáles son las instituciones específicas que permiten crear un “conjunto de procesos mediante los cuales se efectúan la agregación y el consentimiento de las colectividades, las organizaciones de los poderes, la distribución de los lugares y funciones y los sistemas de legitimación de esa distribución” (1996, p. 43).
 
La policy puede existir en un contexto institucional democrático o totalitario, pero lo fundamental es que si ésta daña a la igualdad a la vez está rodeada o se desarrolla en un contexto donde la igualdad es, al menos, un sentido o un significado compartido por unos pocos.
 
El sujeto político que pretende describir Rancière no se ciñe a los tradicionales, como los partidos políticos, los sindicatos. La importancia no es la forma institucional que asumen los colectivos emancipadores sino el mecanismo que insertan en el espacio público.
 
Un sujeto político, de hecho, no es una identidad definida, atada a un lugar específico del espacio social, como, por ejemplo, el aparato productivo o el origen geográfico de un individuo.
 
Aquél se instituye cuando una sumatoria de personas que se unen a partir de una identidad que está “entremedio”, que une “un ser con un no-ser o con un ser que no-lo-es todavía” (2000, p. 149). Un ejemplo lo podría constituir el movimiento obrero.
 
El proletario es aquel “que mide la distancia entre la parte del trabajo como función social y la ausencia de parte de quienes lo ejecutan en la definición de lo común de la comunidad” (Rancière, 1996, p. 53). 
 
Pero cualquiera puede ser un sujeto político. Cualquiera puede ser la temática que permita que un colectivo genere una universalización del daño, un encadenamiento entre aquellos que se reconocen como oprimidos, siempre y cuando opera una desclasificación, se cuestione el nombre que le otorga la policía y se maniobre una demostración acerca de la igualdad (Rancière, 2001b). La pregunta que podría ordenar esta identidad es ¿somos o no somos iguales?, ¿somos o no somos ciudadanos?
 
Hay que notar que el daño generado a la igualdad no opera como un disparador de la política. Pero este daño solamente es visible cuando se intenta verificar la igualdad. Sólo hasta que un colectivo genera determinados mecanismos de subjetivación aparece el momento de lo político.
 
Este supone, en primer lugar, el intento de verificación de la lógica de la igualdad entendido bajo la pregunta anteriormente hecha. En segundo lugar, la construcción de un escenario polémico compartido con un otro (aún cuando el otro rechaza la evidencia o argumento) y, finalmente, la condena a la desaparición de la identidad política (porque se trata de una identificación imposible, como ya se dijo). Por ello, otra característica de lo político, es su condición efímera.
 
La idea de que el orden se constituya sin una categoría como un exterior constitutivo (aún con todos sus límites) puede derivar en que pueda existir un orden social en donde no exista el momento político.
 
La policy se funda sobre una ignorancia u olvido acerca de esa exclusión, de esos invisibles. ‘La parte de los que no tienen parte’ es un supuesto que no tiene lugar en la configuración sensible del orden policial (Rancière, 1996).
 
Pero con la aparición de la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789, el significante “igualdad” se ha dispersado y funciona como ese operador lógico que permite introducir la lucha emancipatoria o democrática. 
 
Por eso hay un antecedente simbólico, antes que institucional, para comprender la democracia. Tal vez la crisis de las instituciones y la representación tenga que ver con ello. La democracia no es tal si se reduce al voto, a la competencia partidaria y a la ciudadanía definida por la representación territorial.
 
Aquel régimen no existe si no se instalan los mecanismos que permiten generar dispositivos verificadores de la igualdad. Si los individuos no pueden desclasificarse de su lugar de ciudadanos solo como ciudadanos votantes, si no pueden cuestionar que ellos también pueden tomar decisiones vinculantes, si no se crean espacios para demostrar que un “ciudadano” vale lo mismo que un “dirigente político”. 
 
¿Pero de esto se deduce que no importan las instituciones, la ley o el tipo de sistema político? La respuesta por supuesto es que sí importan. Lo político introduce el dispositivo de la verificación de la igualdad el cual subvierte la división de los lugares y las funciones. Esto quiere decir que si bien lo político es un momento efímero, deja un rastro en el orden policial. 
 
Estas huellas son las que hay que estimular puesto que son las marcas de la igualdad en las instituciones. ¿Cuál es la vía para superar la crisis de la política y la crisis de la representación? La contingencia rige nuestro futuro y las conductas desesperanzadas, individualistas o cínicas pueden seguir consolidándose.
 
No obstante, alguna intuición puede resultar de este repaso teórico en torno a lo político. Obsesionarse por la transparencia institucional o por los mecanismos electorales es válido solamente si detrás le sigue un objetivo, la creación de procedimientos que permitan la aparición de la polémica social, el manejo del daño y la verificación de la igualdad. 
 
 
 
Citas
  1. Se hace referencia a agonía y no muerte porque no se puede referir a una tendencia universal. Todavía existen ciudadanos que creen en la participación convencional como mecanismo de influir sobre la toma de decisiones vinculantes. 
  2. Laclau no distingue entre lo político y la política como otros autores, entre ellos Claude Lefort que distinguen entre el momento de cuestionamiento y puesta en marcha del orden y el subsistema donde los conflictos políticos están domesticados. Para Laclau, la diferencia se marca entre institucionalización y reactivación, es decir, “lo social” y “lo político”.
  3. Esto no quiere decir que la estructura social es una categoría inútil, aunque no puede determinar exhaustivamente las identidades que contiene debido a esa “fuga” de sentidos, lugar vacío o dislocación que condena a la sutura al fracaso inevitable. La consecuencia de anunciar esta falla o dislocación es la declaración de la “plenitud inalcanzable”, es decir, renunciar a la posibilidad de una sociedad enteramente transparente y enteramente emancipada.
  4. La discusión acerca del orden social ha sido ampliamente desarrollada. ¿Son las sociedades complejas, sin un centro que les dé coherencia? ¿Es la estructura social explicada a partir de una lógica fundamental como las relaciones de producción? Las tradiciones sociológicas han respondido por la positiva a ambas preguntas, tal vez de manera incorrecta. Pero lo que queda detrás es la aserción de que si el orden es necesario explicarlo, entonces este sólo es el resultado de una artificialidad y, yendo aún más allá, como tal no hay un cimiento último para dicha construcción. Tal vez sea más útil asumir una respuesta no positiva y decir que las sociedades son, entonces, organizadas en torno a un núcleo traumático y “[...] la presencia de la negatividad inherente a un exterior constitutivo significa que lo social nunca logra constituirse plenamente como orden objetivo” (Laclau, 2000, 35).
  5. Para profundizar sobre este tipo de ejemplo ver la idea de “empate hegemónico” en Portantiero, Juan Carlos Los usos de Gramsci, Folios, 1984.
  6. Para Laclau “este carácter finalmente incompleto de lo social es la fuente principal de nuestra esperanza política en el mundo contemporáneo: es solo él el que asegura las condiciones de una democracia radical” (Laclau, 2000, 97).
  7. Para Rancière (2003) la política no está basada en una teoría del lenguaje, ni en un fundamento lingüístico comunitario o en una disposición antropológica hacia lo común. Por una vía que no describe una ontología acerca del orden [...] trato de mantener la conceptualización de la excepción, daño o exceso separado de cualquier tipo de ontología. Hay una tendencia común de que no se puede pensar política, a menos que uno conecte sus principios con un principio ontológico; la diferencia heideggeriana, la infinitud espinoziana del ser en la concepción de Negri, la polaridad del ser y el evento en el pensamiento de Badiu, la rearticulación de la relación entre potencia y acto en la teoría de Agamben” (Rancière; 2003; 8).
 
Bibliografía

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