El centenario de andar de la historiografía revolucionaria

La connotación que se le ha dado al vocablo revolución ha variado en función del contexto en el que se enuncie

Por: Karla Planter

El presente artículo busca registrar el recorrido y cambio que ha tenido la interpretación que se ha hecho de uno de los dos mitos fundantes de la nación mexicana: la Revolución Mexicana, por ello se le aborda desde la historia oficial y desde la visión crítica conocida como “revisionismo”.

Se parte de la idea de que el discurso histórico y, particularmente el oficial, juegan un papel crucial en la formación de lo que se considera una “nación”, entendida como una comunidad imaginada, cuya “razón de ser se encuentra en la memoria, el mito y la historia: en el recuerdo organizado y en el olvido deliberado” (Benjamín, 2005: 33).

Historia oficial y re-escritura histórica

La historia oficial es aquella que es producida por los ideólogos del Estado o la que es sancionada por éste como una interpretación válida del pasado.

Más allá de los señalamientos que se le hacen a este tipo de discurso, al que se suele calificar como acrítico, la historia oficial cumple ciertos objetivos: mantenimiento del orden establecido y, por tanto, del grupo en el poder, así como la continuación de la relación mando-obediencia existente.

En este sentido, ha sido amplia la discusión en torno a que la recuperación del pasado, antes que científica, ha sido política. La clara selección de lo que se recuerda y se silencia está condicionada al presente desde el cual se enuncia, y a la lógica dominadores-dominados que se impone.

Así, “cada vez que un movimiento social triunfa e impone su dominio político sobre el resto de la sociedad, su triunfo se vuelve la medida de lo histórico: domina el presente, comienza a determinar el futuro y reordena el pasado” (Florescano, 2004b: 93).

Luis Villoro (2004) recuerda que después del mito, la historia ha sido una de las formas culturales que más se han utilizado para justificar instituciones, creencias y propósitos comunitarios que prestan cohesión a grupos, clases, nacionalidades e imperios. De esta forma, se adentra al terreno de la utilidad y eficacia de la historia, que no necesariamente a su legitimidad.

La connotación que se le ha dado al vocablo revolución ha variado en función del contexto en el que se enuncie. A pesar de que aún es terreno fértil en la investigación académica el estudio de las interpretaciones que se han hecho de la idea de revolución en México, hay algunos trabajos que dejan constancia de ello. Destaca el de Guillermo Palacios y Enrique Florescano.

Este último aborda el itinerario de dicho vocablo y señala cómo la connotación que se le ha dado ha estado marcada por los ejes tiempo y espacio. Así, durante el siglo XIX, se le cargó de un valor negativo hasta el triunfo de los liberales en la Revolución de Ayutla (1854-1856), cuando se abrió a un enfoque diferente.

Sin embargo, sería hasta el movimiento que lidereó Francisco I. Madero en 1910 cuando el término revolución se asociara a conceptos que en sí mismos entrañan una connotación positiva: progreso, democracia, crecimiento, nacionalismo.

En la asociación de estos conceptos jugaron un papel determinante la historia, las artes, la escuela y el periodismo.

Con el transcurrir de los años, en lo que fue la “institucionalización” de la revolución, el término adquirió vida propia y se constituyó en un proceso autónomo, de carácter teleológico que, desde el discurso político que se produjo antes de la primera mitad del siglo XX, trascendía a grupos de poder o a cualquier otro movimiento que no se inscribiera en el “proyecto revolucionario”.

Para el decenio de los cuarenta, la idea de revolución en México había adquirido su significación ideológica definitiva. Krauze (1998) señala que se había convertido en un movimiento único y envolvente, al que se le concebía como sinónimo de progreso social. La revolución había llegado para quedarse y se convirtió, al menos discursivamente, en un proceso permanente y unificador.

En esta tarea, la historia oficial jugó un papel crucial. Thomas Benjamín (2005) da cuenta de cómo, frente a la variedad de grupos y proyectos revolucionarios existentes, fue necesario encontrar (en algunos casos crear) los puntos de encuentro entre los diferentes planes y líderes de la revolución para integrarlos en lo que se denominó “la familia revolucionaria”.

Antes de iniciar con esta obra unificadora, 1 protagonistas directos y/o indirectos del movimiento iniciado en 1910 escribieron testimonios en los que se exalta y justifica la corriente en la que participaron o, al menos, se identificaron.

Al respecto, Benjamín apunta (2005: 14): “Con su conducta, los revolucionarios hicieron una revolución al tiempo que inventaron otra revolución con su discurso”.

La revolución convertida en historia oficial

Los primeros esfuerzos por aglutinar en un discurso unificador a las diferentes corrientes revolucionarias, así como a sus líderes, se remontan a los albores de los años treinta.

Luego de la creación del partido Nacional Revolucionario (PNR) en 1929, se llegó a la conclusión de la necesidad de construir el gran relato, a través de una historia conciliadora.

Hasta antes de este primer esfuerzo, existía una amplia producción bibliográfica entre libros, panfletos, planes revolucionarios, etcétera, que reflejaban la pluralidad y fragmentación del movimiento iniciado en 1910.

Para ilustrar lo anterior se encuentra la Bibliografía de la Revolución Mexicana 1910-1916, de Ignacio B. del Castillo, que la Secretaría de Comunicaciones editó en 1918. En este catálogo se registran 8 mil libros.

En 1931 también se hizo un recuento de esta naturaleza y Roberto Ramos registró más de18 mil textos sobre la Revolución Mexicana.

Es historia de la revolución mexicana, de Alberto Jiménez Morales, profesor y periodista de El Nacional, la que es considerada por los estudiosos como el prototipo de la historia oficial, su máximo exponente, pues “sacraliza al movimiento revolucionario, exalta sus héroes, borra las contradicciones internas y convierte los lemas y banderas de los conflictivos grupos revolucionarios en metas paradigmáticas de los gobiernos emanados de ese proceso (Florescano, 2004a: 421).

El 29 de agosto de 1953 se publicó en el Diario Oficial de la Federación la creación del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INHERM),2 que formaría parte de la Secretaría de Gobernación.

Entre sus funciones, se encontraba la de “planear, reproducir, y publicar trabajos de investigación histórica y actualización ideológico de la Revolución Mexicana promoviendo las medidas necesarias para ampliar, fortalecer y difundir su conocimiento”.

Pero a la par de la producción de historia oficial se desarrolló historia crítica, la cual calificaba a la Revolución Mexicana como una revolución traicionada por la corrupción, por la ignorancia, por la inmoralidad y la barbarie y por la falta de grandeza de sus dirigentes (Aguilar Camín, 2004).

Esta visión era compartida por algunos intelectuales que, durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés (1946-1952), llegaron a declarar la muerte de la Revolución. Estos críticos, señala Benjamín (2005), no negaban la revolución histórica, sino la idea de una revolución continua.

De cualquier forma, como bien lo señala Monsiváis (2004), las visiones históricas mayoritarias se deciden en otros lados,3 pero el Estado está siempre seguro de su control en lo fundamental.

El revisionismo: la mirada crítica, la otra voz

Los cuestionamientos a la Revolución Mexicana y a sus líderes empezaron poco después de que iniciara el movimiento armado. Entre las primeras voces importantes que se hicieron escuchar al respecto fueron las de Luis Cabrera, José Vasconcelos y Gómez Morín, quienes en diferentes momentos habían participado de forma activa desde distintas trincheras.

De cualquier forma, es en la década de los cuarenta, cuando la crítica se oye más fuerte y se cuestiona no sólo la legitimidad de los gobiernos revolucionarios, sino el proyecto mismo.

Es ahora cuando se eleva por primera vez la sentencia de muerte: “la revolución ha muerto”. Los cuestionamientos que se hicieron en ese tiempo están directamente ligados con un hecho que cambió por completo la forma no sólo de mirar el pasado, sino el sentido de hacerlo.

Florescano (1991: 11) registra que justo en los cuarenta y cincuenta se fundaron los “institutos, los centros de investigación, las escuelas que convirtieron el estudio, la enseñanza y la difusión de la historia en actividades profesionales, en un quehacer regido por instituciones académicas que se sentían abocadas a cumplir una tarea de utilidad pública y de interés nacional”.

Si bien los cuestionamientos al proyecto de la Revolución Mexicana y a sus líderes se formularon desde los años veinte del siglo XX y toma mayor fuerza en los cuarenta, es hasta los sesenta que se produce una amplia obra historiográfica que cuestiona la idea de la Revolución como movimiento uniforme, homogéneo y en continua construcción.

Se trata de lo que se ha denominado “revisionismo” historiográfico, nombre acuñado por el historiador estadounidense David Bailey.

Sin duda, uno de los textos obligados en este debate político intelectual es el de Cosío Villegas, “La crisis en México”, en el que de forma clara y contundente, sentenciaba:

“México viene padeciendo hace ya algunos años una crisis que se agrava día con día; pero como en los casos de enfermedad mortal en una familia, nadie habla del asunto, o lo hace con un optimismo trágicamente irreal. La crisis proviene de que las metas de la Revolución se han agotado, al grado de que el término mismo de revolución carece ya de sentido (…) La Revolución Mexicana nunca tuvo un programa claro, ni lo ha intentado formular, ahora in articulo mortis, aun cuando el día de mañana, post mortem, habrá muchos programas, sobre todo los expuestos e interpretados por escritores conservadores” (Cosío Villegas, 1947: 29).

En lo que se ha denominado el proceso “revisionista” de la historia, profesionales de ésta han publicado una serie de trabajos que cuestionaron lo que llegó a convertirse en arraigado dogma.

Fue el caso, entre muchos otros, de Aguilar Camín (1994: 11), quien definió a la Revolución Mexicana como un “poderoso instrumento ideológico de dominación, un fetiche aglutinador de significados y adaptaciones retóricas, un fantasma continuamente catalogado y continuamente inexacto, que genera su propia confusión y su inagotable hermenéutica”.

La revisión a la considerada como “mayor hazaña ideológica de la historia de México” ha dejado una amplia obra encabezada por nombres como Héctor Aguilar Camín, Jean Meyer, Alan Knight, Francois-Xavier Guerra, Arturo Warman, Javier Garcíadiego, John Womcak, Adolfo Gilly, Luis González, Arnaldo Córdova, Carlos Monsiváis y Carlos Martínez Assad, por mencionar tan sólo algunos.

Benjamín (2005: 202) apunta que a diferencia de sus antecesores, la generación de historiadores “educados durante el milagro mexicano resultaron menos impresionados por los beneficios de la Revolución y revisaron su historia.

Entre las obras más importantes del revisionismo se encuentran Historia de la Revolución Mexicana, coordinada por Luis González y González; México, del antiguo régimen a la Revolución (2 vols.), de Francois Xavier Guerra,4 Zapata, de John Womack, y La Revolución Mexicana, de Jean Meyer, entre otras.

Desde la mirada crítica, propia del revisionismo historiográfico, los adjetivos tradicionales oficiales de la Revolución cedían frente a otros.

Inconclusa, interrumpida, burguesa fueron algunos de los nuevos nombres. Se cuestionaba la historia oficial y la visión predominante hasta entonces de Tannenbaum, reflejada en su libro La paz por la Revolución, escrito originalmente en inglés en 1933 y traducido al castellano cinco años después.

Sin duda, los estudios de historia regional ayudaron a erosionar la visión homogénea de la Revolución Mexicana. La expansión después de la II Guerra Mundial de este tipo de estudios impactaron en México y su producción fue fundamental para el enfoque revisionista, pues el estudio del movimiento desde lo micro, lo local, evidenció su heterogeneidad.

Luis Barrón (2004) señala que los estudios regionales se convirtieron en una fuente inagotable de evidencia para sustentar la tesis del fracaso de la Revolución: en las distintas regiones se descubrieron distintas revoluciones (con minúsculas) y se hallaron múltiples contradicciones y a veces terribles consecuencias de la Revolución (con mayúsculas).

Entre las obras más importantes están Pueblo en vilo, de Luis González; El henriquismo, una piedra en el camino, de Carlos Martínez Assad.

La historia regional jugó un papel fundamental tanto en el revisionismo como en lo que se conoce como la "revisión del revisionismo", que se presenta a partir de los años ochenta.

El revisionismo de la historia de la Revolución Mexicana si bien está relacionado, con la existencia de institutos y centros de investigación profesionales y con la apertura de archivos y centros de documentación tanto institucionales como particulares, su producción tiene que ver directamente con el hecho de que los historiadores empezaron a formular otro tipo de preguntas.

Su presente les planteaba nuevos cuestionamientos, surgían nuevas dudas y les generaba inquietudes que les obligó a preguntar diferente, a mirar desde otro lado.

La mirada de ese momento se vio influenciada por dos hechos trascendentales: desde fuera, desde la realidad internacional, la Revolución Cubana, y desde dentro, el movimiento estudiantil de 1968 y su represión.

El primero obligó a la comparación entre un movimiento y otro. En el balance, la mexicana aparecía con números rojos y en clara desventaja sobre la cubana.

El segundo abonó la tesis del fracaso del proyecto revolucionario, fracaso del cual se habló desde los años cuarenta. Pero ahora, el cuestionamiento y la evidencia del agotamiento de un discurso que se empeñaba en hacer aparecer a la Revolución como un movimiento homogéneo, exitoso y en constante construcción, democrático y nacionalista, entre otros adjetivos, vendría desde un sector clave: los estudiantes.

Más allá de las críticas que el propio revisionismo ha sufrido, su gran aportación estriba en haber “inducido una reflexión sobre la revolución, una reflexión que separándose de la conciencia que los actores de ese acontecimiento tuvieron de él, lo contempla desde fuera, lo examina con mirada extranjera, y percibe en él otros hechos que intervinieron en su configuración y que fatalmente escaparon a la atención de los protagonistas de la revolución” (Florescano, 1991:

147). Aunado a ello, otro de los resultados positivos que arroja el revisionismo es el reconocimiento de las distintas imágenes míticas e ideológicas que se han superpuesto a los hechos, los personajes y las ideas generados por la propia revolución, y la revisión de su significado.

El revisionismo historiográfico iniciado en la década de los sesenta tiene entre otras características la producción de una diversidad de enfoques y temas desde los cuales se rescataba el pasado, dando como resultado una tipología bien definida.

Así, se ha estudiado la revolución desde la historia militar, económica, regional, internacional, cultural, social, de las ideas y, por supuesto, política.

También, aparecieron una serie de cortes temporales para hablar de su duración: 1910-1914, 1910-1917, 1910-1920, 1910-1929, entre las más significativas. Los adjetivos también aparecieron: inconclusa, interrumpida, y burguesa.

Revisión del revisionismo

Una segunda ola revisionista se presentó en los años ochenta, la cual ha sido nombrada por Luis Barrón como la “revisión del revisionismo”. Se trataba de una especie de vuelta al inicio, aunque con matices propios.

Ciertamente, tampoco coincidía con la interpretación oficial de la Revolución Mexicana, pero sí partiría del hecho de que lo ocurrido a partir de los veinte fue una verdadera revolución social.

Entre las obras más representativas de esta corriente se encuentran las de John Hart, Werner Tobler y Alan Knight. Luis Barrón señala que “fue la monumental obra de Alan Knight la que en la década de los ochenta retó con más fuerza a los revisionistas (…) De hecho, Knight se considera a sí mismo como un anti-revisionista, y argumenta que Tannenbaum y su generación entendieron bien el carácter básico de la Revolución de 1910: popular, agrarista, el precursor necesario de la revolución estatista posterior a 1929 (…) Para Knight, el cambio social informal, sin planear y sin legislar fue mucho más significativo que los cambios formales, discutidos y codificados en las leyes” (Barrón, 2004: 38).

Se pueden encontrar tres grandes tendencias por las que ha pasado la escritura e interpretación de la Revolución Mexicana: la primera en la que participan los involucrados y en donde hacen una defensa del proyecto o facción revolucionaria a la que pertenecían y en la que referenciaban a la Revolución como una “épica” (Plascencia, 2007).

De manera paralela, se escribe la versión oficial del Estado de los acontecimientos y se le empieza a dotar de una uniformidad y homogeneidad al movimiento hasta consolidarse y convertirse en La Historia de la Revolución Mexicana.

La segunda gran tendencia fue el revisionismo donde se rompe con la idea monolítica de la Revolución y se le cuestiona fuertemente en todas sus áreas. En tanto, la tercera hace una revisión del revisionismo y plantea la existencia de una verdadera revolución social que tiene lugar a partir de los veinte.

De esta forma y como sucede en otras partes del mundo, el discurso histórico oficial y el contradiscurso han estado permanentemente en tensión. Por un lado, el primero busca la unificación en la forma de mirar al pasado y con ello, pugna por la mitificación y conversión del pasado revolucionario en fundamento político de sus herederos.

En México esto ha sido complejo e intenso porque en el proceso de ideologización y mitificación se ha tendido una estrategia de consolidación y ejercicio del poder en la que han participado prácticamente todos los sectores sociales y todas las corrientes de opinión (Florescano, 1991).

En este sentido, Friedrich Katz (1989: 87) señaló que desde 1914 cada gobierno mexicano se ha presentado como el heredero legítimo de la Revolución y, en consecuencia, la historia de la Revolución Mexicana se ha convertido en buena medida en parte de la ideología oficial, en tanto que los gobiernos han invertido enormes cantidades de dinero y comisionado ideólogos oficiales para que escriban la historia.

Por otro lado, el segundo se presenta justo como una mirada que busca matizar, acotar, desde un enfoque crítico, esa visión claramente utilitarista y al servicio de grupos de poder.

El contradiscurso cuestiona, critica, señala y deja de lado esa mirada complaciente evidenciando la pluralidad, fragmentación, riquezas y carencias, voces y silencios.

En todo hecho trascendental para la vida social, política, cultural y económica de un país, la historia oficial y su contraparte coexisten para cumplir cada una con su cometido.

La Revolución Mexicana, en tanto uno de los dos mitos unificantes a través de los cuales se ha construido la nacionalidad mexicana, es objeto de ambos discursos. Si bien la intensidad de su estudio ha disminuido con relación a otros momentos, no deja de ser uno de los principales referentes para entender el siglo XX y los albores del XXI. 

Citas

  1. No era la primera vez que en el México independiente se iniciaba una obra de esta naturaleza, es decir, un proyecto histórico unificador. Aunque de dimensiones y temporalidades diferentes, México a través de los siglos, considerada la primera historia oficial de este país, tenía entre otros objetivos el de "integrar en una historia nacional conciliatoria, una serie de pasados distintos, olvidados y, con frecuencia, opuestos" (Benjamín, 2005: 38).
  2. Desde el 19 de mayo de 2006 cambió su nombre a Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.
  3. Los espacios a los que se hace referencia son las artes, el periodismo y la escuela, por mencionar las más representativas, pero es preciso aclarar que no todas las manifestaciones artísticas y periodísticas eran una adulación a la Revolución. También desde estos espacios se formularon diversas críticas respecto a los logros reales de la Revolución.
  4. Alan Knight arremetió contra el estudio de Guerra en 1988, durante un congreso de Historia y publica su crítica un año después en la revista Secuencia, no. 13. En ella señala que “Guerra combina un montón de datos, sacados de fuentes secundarias, con una metodología de alta tecnología, para imponer sobre México porfiriano y revolucionario un esquema eurocéntrico –y aún más francocéntrico– que concibe la Revolución como el triunfo político supremo de élites modernizadoras, enemigas de la tradición, del catolicismo y de las comunidades contentas y holísticas del viejo México. Condena la Revolución, embellece el antiguo régimen y descarta el concepto de clase. Uno puede decir que la Revolución fue todo eso y hasta cierto punto sí lo fue. Pero necesita equilibrio. Una teoría de la modernización vulgar no supera un marxismo vulgar” (Citado por Plascencia, 2007).

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