El arte de envolver pescado en la era de las redes sociales

Con el acceso a la información que nos dan las redes sociales, los medios se encuentran ante la impostergable necesidad de mutar: ¿cuál es su apuesta ahora?

Por: Vanesa Robles

Cuidado: están secuestrando niños, no salga a la calle sin ellos. Fíjese bien, en la casilla electoral de Santa Tere hay una droga volátil, deliciosa y poderosísima, que lo obliga a votar por el partido rojo. Aguas, porque en el supermercado de la cadena tal anda una víbora suelta, que hasta ahora ha mordido a cincuenta, de los cuales, 51 colgaron los tenis.

Estos mitos, igual que el del dedo humano que atragantó la garganta de una anciana que se echaba una coca para curar la artritis, se han reproducido con algunas variedades de contexto a lo largo de la historia del país e, igual que el conocimiento, las ideas libertarias y la democracia han encontrado un hábitat natural en el internet y las redes sociales.

Resulta que ahora los medios de comunicación masiva y, junto con ellos, los periodistas no somos los únicos poseedores de la verdad y el mito. Ahora, en la época en la que los medios parecen nadar a contracorriente de su propia extinción está más claro que nunca que la verdad, más que un concepto universal, unidireccional e infalible era apenas una amalgama de puntos de vista, como observa el teórico construccionista Kenneth Gergen (2007).

Así, la verdad –o más bien la pluralidad de verdades–, se esconde en la memoria de un teléfono celular, de una filmación casera, de una grabadora de sonidos; viaja de ida y vuelta a una velocidad inusitada hacia todas las direcciones del planeta; choca contra sí y se desmiente a un ritmo que hasta hace apenas un cuarto de siglo no habríamos podido imaginar.

Al mismo tiempo que esta maravilla ocurre, comienza a asomarse, todavía tímida, una pregunta de cuya respuesta depende la supervivencia de un oficio centenario: ¿cuál es el papel del periodista en la era de internet y las redes sociales?

Aunque hoy intentamos enseñar sus bases filosóficas y teóricas en las universidades, el periodismo es un oficio, igual que el de un zapatero, un herrero, un albañil: se hace haciéndolo.

En la práctica, más que en la teoría, es como los periodistas aprenden a seleccionar fragmentos de eso a lo que nombramos realidad y, en algunos casos, a darles un sentido narrativo coherente a través de la palabra escrita, el habla y las imágenes.

Aunque ahora las capacidades ciudadanas para comunicar se han potenciado, en principio porque la libertad y el acceso a las herramientas tecnológicas y a internet lo permiten, también es cierto que el oficio del periodista es más pertinente que nunca. Para empezar, el derecho a la libertad de expresión es apenas un boceto en algunos países y comunidades del mundo.

Cuando platico con el periodista Juan Carlos Núñez Bustillos, me fascina la manera en que expresa la pertinencia de nuestro quehacer. Decir que en estos tiempos cualquier persona puede ser periodista sólo porque tiene a la mano una cámara o una grabadora, dice Juan Carlos, es lo mismo que dejar que nuestro vecino, médico de profesión, nos construya una casa nada más porque tiene unos costales de cemento, arena de río, una pala y una cuchara.

O como dejarnos operar por un albañil al que nuestro vecino, el médico, le acaba de regalar una camilla de quirófano y un bisturí de última generación que el galeno ya no necesita.

También es cierto que las motivaciones de los periodistas deberían ser los ideales de la sociedad moderna; entre ellos la democracia, la igualdad de oportunidades, el conocimiento científico y el reconocimiento de los saberes populares, la justicia y la solidaridad, a través de la inclusión de una multiplicidad de voces que más o menos refleje la diversidad de los integrantes de una población, a través de la narración de “no sólo lo que sucede, sino lo que parece que no sucede”, como escribe el cronista y editor Julio Villanueva Chang (2005). Pero no siempre es así.

En todo el mundo, los medios de comunicación –y con ellos los reporteros–, son los voceros fieles de un número muy limitado de enunciaciones, que casi siempre dejan oír las cuerdas vocales del poder, en lo que el corresponsal de The Economist ha llamado “la declarocracia en la prensa” (2000).

Con estas voces hacemos un periodismo que resulta inapetente, soporífero, desabrido, ajeno a la vida y al sentido común de un público que cada día es más escaso.

Es también por esta limitación de voces que los políticos de todos los colores, tendencias y creencias están cada día más interesados en poseer medios de comunicación o invertir mucho dinero –público– en ellos.

Nunca, como ahora con la propaganda y contra-propaganda oficial, fue tan fácil callar, controlar o influir en los contenidos de los diarios, estaciones de radio y televisoras sin derramar sangre, salvo terribles ocasiones.

Un ejemplo: en agosto de 2014, los periodistas Gloria Reza y Alberto Osorio publicaron, en la revista Proceso Jalisco, con la información que habían obtenido tras realizar varias solicitudes de información en la oficina de Transparencia del Gobierno del Estado, que en los primeros catorce meses después de su llegada, la administración de Aristóteles Sandoval Díaz gastó, en publicidad, más de 360 millones de pesos, que distribuyó entre estaciones de radio, canales de televisión, diarios formales y pasquines añejos o coyunturales.

Un mes más tarde, Alberto Osorio fue despedido. No de Proceso, contra la cual el gobierno no pudo ejercer presión, sino de noticias mvs Jalisco, donde el periodista era conductor del noticiario matutino.

“No pago para que me peguen”, había sentenciado, hace años, el entonces presidente de México, José López Portillo. La diferencia ahora es que los ciudadanos de a pie se rebelan. Sus armas son los teléfonos celulares, las cámaras, las grabadoras y, por supuesto, las redes sociales, a las que el especialista en construcción de ciudadanía, el colombiano Carlos Yory, ha reconocido como el nuevo espacio público.

Pero quizás el defecto mayor de este territorio virtual es que no es de acceso universal. En México, apenas tres de cada diez hogares tienen servicio de internet (inegi, 2014) y, aunque es un instrumento vital para la libertad de expresión, la organización y la acción social, la red también difunde mitos, ideas y prácticas que contribuyen al statu quo de un grupo muy reducido de la sociedad.

Esa es la principal razón por la cual, en tiempos de redes sociales y posible extinción del oficio, el periodismo tiene una oportunidad magnífica ante sí: estar menos preocupado del reporte de hechos en tiempo real, a los que es inviable abarcar por completo, y mostrarse más al pendiente del análisis y la narración bien hecha, fresca y honesta de los hechos; no de una, sino de muchas realidades complejas que nos permitan conocernos y aspirar a entender (que no significa compartir) nuestras diversas razones para actuar de una u otra manera.

Este periodismo sería democratizador de veras y lograría dar cuenta de una diversidad de voces, sin erigirse como delegado del poder institucional ni pregonar una objetividad inexistente ni creerse con la posesión de una verdad irrebatible.

Por supuesto, tendría que enriquecerse con el internet, las redes sociales y el sentido común de las personas que no pueden acceder a la tecnología, en la construcción de un verdadero espacio en el que los ciudadanos no sólo sean consultados, sino deliberen y decidan sobre su futuro común.

Ahora, me suscribo de nuevo a las palabras de Julio Villanueva Chang (2005) para decir que, si lo único que queda es que el periodismo sea “el arte de envolver pescado, habría que empezar por respetar más a los pescados”.

 

Bibliografía y fuentes de información

Gergen, Kenneth (2007), Construccionismo social. Aportes para el debate y la práctica. Bogotá: Ediciones Uniandes. Disponible en: http://goo.gl/yxfB5o.

Inegi (15 de mayo de 2014). Estadísticas a propósito del día mundial de internet (17 de mayo). Datos nacionales. Disponible en: http://goo.gl/Mtf06U.

Lichfield, Gideon (julio, 2000). “La declarocracia en la prensa”. Revista Letras Libres (pp 54-58). Disponible en: http://goo.gl/BEazjI.

Osorio, Alberto y Reza, Gloria (9 de agosto de 2014), “La mesa de estrategia… sucia”. Revista Proceso Jalisco. Disponible en: http://goo.gl/dZL6O8.

Proyecto Diez, “Despiden a Alberto Osorio en mvs Jalisco, un periodista crítico del gobierno de Aristóteles Sandoval” (12 de septiembre de 2014). Disponible en: http://goo.gl/HXlr4a.

Villanueva, Julio (diciembre, 2005), “El que enciende la luz”. Revista Letras Libres (pp 14-18). Disponible en: http://goo.gl/M8GKOz.


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