¿Dónde estaban los poetas?*

Hoy la figura de Javier Sicilia nos permite reflexionar sobre la pertinencia de la exclusión que sufrieron los poetas en la mesa de la discusión pública en el pasado reciente, pero también sobre su propio alejamiento

Por: Malva Flores

El 31 de agosto de 2000, pasadas las elecciones que dieron lugar al triunfo de Vicente Fox, su equipo de transición dio a conocer el proyecto de una “Consulta Cultural Pública”, a cargo de Sari Bermúdez, quien a la postre resultaría designada para dirigir el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

La iniciativa de esa consulta, que se verificó en dos partes y cuyos resultados fueron analizados por el Grupo de Asesores Unidos (GAUSSC), llevaba firma: “La iniciativa de la Consulta fue de Letras Libres y tiene su origen, como explicamos en nuestra edición anterior, en la experiencia de la Agenda para un México Nuevo” (2002: 28).

No fue tan sorprendente el sonado fracaso de ese proyecto, cuya primera consecuencia fue el escaso interés del nuevo gobierno por considerar sus resultados.

Otras más sí fueron inesperadas: la palpable evidencia de la pérdida del control cultural de los antiguos grupos que lo detentaban y el desmantelamiento del edificio de la cultura en favor de una enorme burocracia analfabeta, pero con título.

En esta circunstancia, ¿sónde etaban los poetas? Una revisión de la encuesta nos permite reconocer el nulo interés que sus ideas suscitaban entre quienes conformaron la consulta. Dividida en dos (“una dirigida al público interesado en la cultura, y otra dirigida a expertos, profesionales y conocedores”), para su segunda parte se consultó a 490 “conocedores y especialistas en temas culturales” (GAUSSC, 2002: 10).

De acuerdo con la lista que la empresa GAUSSC hizo pública en el portal deLetras Libres en internet, sólo nueve poetas fueron convocados (1.2 por ciento del total). De ellos, sólo cinco pertenecían al grupo de poetas nacidos entre 1940 y 1955, que para ese momento eran ya dueños de una madurez expresiva.

Que de la generación cuyas primeras publicaciones aparecieron cerca de 1968 sólo figuraran en esa encuesta Alberto Blanco, Adolfo Castañón, David Huerta, Víctor Manuel Mendiola y Verónica Volkow, no era gratuito.

Todos ellos forman parte de una generación desencantada que abandonó, con pocas excepciones, la discusión pública de los asuntos nacionales en general y, consecuentemente, de la política cultural en particular.

Hoy la figura de Javier Sicilia, un año más joven que aquellos, nos permite reflexionar sobre la pertinencia de la exclusión que sufrieron los poetas en la mesa de la discusión pública en el pasado reciente, pero también sobre su propio alejamiento.

Amén de las evidentes razones expuestas en la reflexión de José Emilio Pacheco sobre el declive del verso –forma predilecta de los escritores e intelectuales hasta el siglo XIX– frente al posterior monopolio de la prosa, la revisión de la historia cultural del país nos permite también asegurar que esa razón formal (en su sentido literario) no fue la única que llevó a muchos poetas al abandono de su papel como intelectuales públicos.

La "generación del desencanto" –aquella que vivió los sucesos de 1968 y su réplica en 1971, que creyó en los ideales de la juventud rebelde, que elaboró en mimeógrafo sus primeros libros y asistió al derrumbe de la euforia petrolera– se enfrentó a un cambio histórico y social en cuyo vértigo no supo, o no quiso, redefinirse.

Tal vez ninguna de estas dos posibilidades sea cierta y en el mundo actual, caído no sólo el Muro de Berlín, sino también gran parte de los ideales que en su juventud tuvieron, no había ya un público interesado en sus reflexiones.

Refugiados en la poesía como una actividad al margen de los acontecimientos, los poetas de esta generación vieron cómo el peso específico de la literatura, eje de la vida artística y crítica del país, cedía su lugar a la creciente importancia de una opinión pública ávida de líderes de opinión, sus profesionales.

También fueron testigos de la irrupción y consolidación de los especialistas y académicos que ocuparon, en la discusión de toda clase de problemas ajenos a los estrictamente literarios, el lugar que antes tenían, entre otros, los poetas.

¿Para qué habrían de ser consultados sobre asuntos de economía, política o sobre cualquier otro aspecto, si ya existían especialistas graduados cuya opinión resultaba más pertinente, legitimada por el currículo, que la de los poetas, quienes opinaban, acaso, desde la autoridad moral de la poesía?

Los poetas mismos eran –a diferencia de sus predecesores– producto de la academización y de la especialización generalizada del conocimiento contemporáneo. Tenían frente a ellos el ejemplo de un intelectual que hasta sus últimos días, para bien o para mal, promovió la discusión pública en todo orden.

Aunque la figura omnipresente de Paz influyó en buena medida, no puede adjudicarse al enorme espacio que ocupó dentro de la cultura nacional la falta de otras figuras poéticas jóvenes que hicieran contrapeso a su actividad intelectual y que, salvo contadas excepciones, siguieran los pasos de poetas como Zaid o Pacheco. Tampoco se puede llamar, como razón, a la indolencia.

Por encima de estas probables explicaciones existe otra posibilidad para aclarar el fenómeno. Quizá entre nosotros, Paz podría ejemplificar a uno de los últimos intelectuales de estirpe romántica.

El ocaso de los poetas intelectuales, en este sentido, sería también el crepúsculo de aquella vertiente que veía al poeta como mantenedor de una verdad moral que lo convertía en una “conciencia” de su tiempo.

Como un crítico cuyos intereses rebasaban el margen de la poesía, Paz reflexionó toda su vida sobre la modernidad como “pasión crítica”; en Los hijos del limo lo hizo también sobre el arte moderno que “no sólo es el hijo de la edad crítica sino que también es el crítico de sí mismo”.

Porque la “modernidad” había cambiado de casa, o porque nunca habíamos llegado a esa otra “modernidad” –la oficial, en la que el Estado mexicano se ha empeñado desde su constitución–, la mayor parte de los poetas mexicanos de la “generación del desencanto” no se ocuparon durante mucho tiempo de esa discusión.

A partir de 1968, distintos momentos de la historia del país parecieron reunir a estos poetas (en años recientes, por ejemplo, alrededor o en contra de una figura no por carismática menos equívoca: Andrés Manuel López Obrador). Pero en lo general no abonaron a la crítica pública reflexiones considerables. Su trabajo, constreñido a la poesía, ha sido una forma de resistencia, desde el lenguaje poético, contra el lenguaje oficial.

De aquella poesía rebelde que,  mediante el uso de vocablos y formas que violentaban las convenciones sociales, políticas o culturales buscaba denunciar un mundo cuyos valores sólo despertaban escepticismo, se llegó a una poesía de la “experiencia”, cuyo interés central fue replantear, a partir de un “yo poético” íntimo y muchas veces melancólico, su relación con la realidad inmediata –la de las cosas menores–, transformando así su rebeldía escéptica en una comunión con la realidad más vasta del mundo, percibido, no obstante, desde nuestra realidad de todos los días. Su centro de irradiación fue la ciudad. Su palabra, cotidiana.

Pero al tiempo que la ciudad se convertía en horizonte de una poesía que buscaba la reconciliación del hombre con su entorno, ya ajenos a “la vida está en otra parte” de Rimbaud, algunos poetas iniciaron el camino de retorno al origen.

¿Cuál origen? A tal pregunta encontraron dos respuestas, dos caminos también que asumen la experiencia poética como una “experiencia interior” o como un regreso al origen concreto (la “tierra nativa”) o mítico-sentimental: la infancia.

La revelación última, el último reconocimiento, provendría del contacto con aquello que los trasciende –sea un orden natural o un ayer percibido como espacio privilegiado de lo sagrado– a través de los cuales fuera posible restaurar (y reinstaurar) nuestra confianza en el lenguaje. El retorno al mundo original proveería entonces los medios para, acaso, acceder a un mundo “real” más auténtico.

El mundo real tien, sin embargo, su contraparte: el poeta desencantado de su entorno, de lo real que observa, necesita recrear, reencontrarse, con el mundoideal. Para apropiarse de él existen otras vías cuya escritura confía en el poder de la reminiscencia como medio para crear ese otro sitio, alguna vez original.

Opera entonces un doble mecanismo en cuyo inicio, muchas veces anterior a la escritura del poema, se evoca aquel mundo ideal como una forma de la reminiscencia para dar paso, ya en el poema, a su invocación poética como una manera de propiciar la aparición de lo otro.

Poesía que evoca e invoca, la de algunos poetas mexicanos comparte también otras características: la creación de universos narrativos y, consecuentemente, la construcción de una poesía menos vertical (sintética y con base en la ilación de versos) en favor de una poesía más horizontal (de cuño prosaísta).

En el ideal aparecen también, nítidamente, los personajes ideales. Tal vez por ello, gran parte de esta poesía ha encontrado en la escritura de retratos –de personajes célebres, reales o ficticios– la manera de establecer una identificación entre el personaje retratado, el poeta y, finalmente, el lector.

Con ello, a su vez, se puede reactualizar la Historia. Al traerla de regreso, en sus mitos, en sus nombres más reconocibles, la historia se transforma finalmente en aquel ideal del que hablábamos. Si la historia es lo otro, la tentativa de los poetas es recuperarla.

En su intento, la voz poética se desdobla dando lugar a la existencia de voces y diálogos: dobles y máscaras poéticas que permiten asir lo real-ideal, y que conducen, finalmente, a un reconocimiento.

Este ideal puede ser visto asimisno como la tradición. Para varios de los poetas de esta hornada, tradición implica fidelidad a los maestros.

Fidelidad que deviene permanencia, en el trabajo de los poetas que resguardan la tradición por medio de la forma, sus “motivos poéticos” (el amor, la ciudad, lo cotidiano, el viaje, etcétera) se ven encauzados por aquella y la tradición es el lugar del homenaje.

Más tributo que búsqueda: una conversación de acompañamiento más que diálogo inquisitivo. Tal vez no se trata de una concepción particular sobre la tradición, sino de una actitud ante la autoridad del pasado, de modo que la función de la más tradicional de las palabras es preservar a la poesía del caos contemporáneo (algo que se percibe como la falta de un centro unificador).

La tarea de resguardar la tradición actúa bajo la premisa normativa del deber ser, de la fidelidad a las formas más tradicionales como necesaria licencia para el ejercicio poético.

El poeta hechizado por las formas tradicionales ya no las cuestiona: la forma es una herramienta de expresión poética, no su fundamento. Su deber es perfeccionarla mediante el ejercicio y la práctica constantes; su intención profunda: actualizar la tradición.

Otro tipo de hechizo ha seducido a los poetas que frente a la herencia formal aún se interrogan. En su camino, la formulación de lo poético propone transformarse en una realidad autosuficiente.

Si “la dulce, eterna, luminosa poesía”, se ha visto forzada a aplazar su cometido pues “nuestra época/ nos dejó hablando solos” –según dictan los versos de esa otra figura fundamental para esta generación, José Emilio Pacheco– estos poetas han hecho de la poesía su mejor interlocutor y, acaso, su refugio.

Poesía que reflexiona dese y sobre el lenguaje, la tentativa de su escritura está encaminada hacia la solución, o al menos el reconocimiento, de aquel problema que atañe a toda la poesía contemporánea y que no es otro que el de la tradición puesta en tela de juicio.

La tradición y su perpetuación son el origen de una escritura que busca para encontrarse y recuperarse al mismo tiempo, consciente de que entre el que dice y el lenguaje se levanta una barrera suspicaz hacia el poder de las palabras.

Esta poesía reflexiona sobre su propia tensión, acerca de sus mecanismos constitutivos y su función como productora de verdad: una verdad poética, autosuficiente y autogeneradora pero, sobre todo, crítica.

 

Citas

  1. *Versión actualizada para Folios extraída de FLORES, Malva (2010). Agradecemos a la autora y a la Dirección General Editorial de la Universidad Veracruzana por las facilidades otorgadas.

Bibliografía

FLORES, Malva (2010). “Epílogo”, en: El ocaso de los poetas y la “generación del desencanto”, México, Universidad Veracruzana, Col. Biblioteca, pp. 197-203.

GRUPO DE ASESORES UNIDOS (GAUSSC) (2000). "Letras Libres y la consulta cultural”, en: Letras Libres, núm. 22, octubre.


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