Desilusionados ¿Con Dios?

Si Dios es bienestar, basta observar la pobreza, la pauperización, la marginalidad, la enfermedad, para que la desilusión se justifique frente a una divinidad que parece no haber vivido

Por: Mario Édgar López Ramírez

Fue Federico Nietzsche, en El ocaso de los ídolos, quien con una clarividente voluntad personal, se atrevió a mostrar la columna vertebral sobre la que se ha sostenido el desánimo con Dios, a lo largo de la historia humana, pero especialmente en esta última era del tiempo, a la que todavía llamamos modernidad.

Para Nietzsche, la clave de la desilusión antelo divino es que Dios siempre significa aquello que es razón, orden, ley, moral, verdad, pureza y control de los instintos.

El problema es que si revisamos a conciencia la experiencia humana, el hombre pertenece mucho más al mundo de los instintos que al mundo de la razón; en su cotidianidad se enfrenta mucho más al desorden que al orden, experimenta mucho más el caos que la ley, la contradicción que la congruencia y la impureza sobre la pureza; es así, deduce Nietzsche, que intentar controlar los instintos es ir en contra de la vida misma: Dios, entonces, es lo opuesto a la vida; por lo tanto es unídolo, es decir, algo vacío en sí mismo, porque no pertenece a aquella naturaleza a la que sí pertenece el hombre. Creer en Dios es no querer abrirse a la vida tal como es.

Ese Dios racional y por lo tanto único, único y totalitario, que representa lo púdico, es el Dios de los deberes: el deber ser. Pero ese deber se cae, se tambalea, cuando se enfrenta con el hecho de que en la vida, la realidad, las cosas no son como deberían ser.

Si Dios es justo, lo real es que el mundo está plagado de injusticia; si Dios es bueno, en cada paso se encuentra la maldad; si Dios es bienestar, basta observar la pobreza, la pauperización, la marginalidad, la enfermedad, para que la desilusión se justifique frente a una divinidad que parece no haber vivido, que parece hablar a una falsa experiencia humana.

Sí, es verdad: “los niños no deberían ser maltratados, pero lo son”, “las mujeres no deberían ser violadas, pero lo han sido”, “los hombres no deberían padecer hambre, pero están muriendo por hambre”.

Y la masa se agrupa en torno a tótems, a cascarones, hechos de palabras que se visten de eternidad inmutable, para buscar explicación o sentido, hasta el día que se descubre la figura con hueco y la decepción que se experimenta equivale a empezar a vivir.

La desilusión principal con Dios es que en realidad es un ídolo y no un creador vivo, según la reflexión de Nietzsche. Y si, como decía Goya, “el sueño de la razón produce monstruos”, Dios es la quimera que surge de la necesidad humana de autoengañarse con la razón, ante el miedo que le da a los hombres reconocer sus impulsos naturales.

En lugar de enfrentarse ante lo mucho o poco que sabe de sí mismo, el hombre prefiere hablar de cosas ideales que no existen y que por no existir lo desilusionan.

Todo por miedo. “Hasta el más valiente de nosotros –decía Nietzsche– pocas veces tiene el valor de enfrentarse con lo que realmente sabe” (Nietzsche, 1993: 39). Se prefiere la mentira (Dios) a la verdad (el hombre), aunque de hecho se ha enseñado que las cosas son exactamente al revés, la verdad es Dios y el hombre es la mentira.

Por eso se endiosa a la obra pura de las manos humanas, es decir, a la técnica idolatrada, por sobre la naturaleza: esta es la mentira moderna del progreso inevitable.

Es así, que para inventar a Dios, ha sido necesario anular la historia, la experiencia concreta y pensar en que existen cosas espiritualmente puras, que viven en un más allá de estado perfecto, sin ser sometidas al contexto, al devenir. Como dice Enrique López Castellón:

Si el mundo real se revela a los sentidos como espacial y temporal, como múltiple y móvil, la metafísica idealista ha desvalorizado esta manifestación de lo auténtico presentándolo como una apariencia engañosa, y, paralelamente ha elaborado y ofrecido como real un mundo imaginado y quimérico en el que reina la unidad y la inmutabilidad… los filósofos han considerado que honrar algo supone liberarlo del devenir histórico y del ciclo de la vida. Diagnostican, así, que el mundo que perciben los sentidos es falso, una apariencia o un reflejo degenerado de un más allá auténtico vislumbrado por la razón, que se sitúa por encima del tiempo y del espacio, un mundo de esencias puras. La confusión de lo último con lo primero es el camino que conduce a la concepción de la idea de Dios (Ibid. 17-19). 

De este modo, señala Niezsche, “lo último, lo más liviano, lo más vacío es situado como lo primero, como lo que se causa a sí mismo, como el ente realísimo” (Ibid. 19). Dios no requiere la historia, porque lo eternamente fijo, no necesita historia.

El principal vehículo del aurtoengaño de Dios es el lenguaje, porque hace parecer que la ficción del pensamiento tuviera realidad propia. Mundos de fantasía existen gracias al habla.

El lenguaje ayuda a anular, a eliminar la experiencia histórica y a crear los purismos, ya que en el lenguaje cabe toda verdad y toda falsedad, toda invención, sin tiempo ni espacio, tal cual cita Michel Foucault: “ya no estoy en ayuno –dice Eustenes–.

Por ello se encontrarán hoy en mi saliva: Áspides, Amfisbenas, Anerudutes, Abedesimones, Alcatraces, Amobates, Apinaos, Alatrabanes, Aractes, Asteriones, Alcatrates, Amobates, Apinaos, Alatrabanes, Aractes, Asteriones, Alcarates, Arges, Arañas, Ascalabes, Atelabes, Ascalabotes, Aemorroides…” (Foucault, 2001: 2).

Serpientes, quimeras, monstruos; pero también conceptos puros, teorías morales, teologías, ciencias que dicen, que hablan, que escriben, afirmando, argumentando, disertando tener la verdad. Esa verdad que es mentira por necesidad, ante el miedo a los instintos.

Desnudar lo endeble que es el lenguaje (la ley) como pilar de la verdad, es un paso fundamental para afrontar la complejidad humana. Dice Nietzsche: “cuando nos comunicamos con los demás, no nos estimamos a nosotros mismos lo suficiente. Nuestras auténticas vivencias no son de modo alguno parlanchinas.

No podríamos comunicarlas aunque quisiéramos. Les falta la palabra, y nosotros ya hemos dejado muy atrás las cosas que se pueden expresar con palabras” (Nietzsche, 1993: 32); y concluye López Castellón:

Necesitamos el error (es decir, una moral que va contra la naturaleza), y en defensa del mismo disponemos del lenguaje, ya que la gramática es una metafísica de la plebe, el lugar en donde la momificadora razón se encuentra a sus anchas en su tarea de inmovilizar y de estructurar lo fluyente; el punto de apoyo de la metafísica monoteísta. Librarnos de Dios implica dejar de creer en la gramática… hacer uso del lenguaje es en esencia falsear y falsearse; sucumbir ante el pánico provocado por lo inexpresable que constituye uno de los factores determinantes de la génesis y del mantenimiento del rebaño humano. El lenguaje es, en conclusión, la condición de la posibilidad de elaborar ídolos… hablar no puede ser otra cosa que moralizar (Ibid. 20, 32). 

En la concepción Nietscheana, idolatrar produce administradores del miedo: los sacerdotes, los pastores, los ministros, los profesionales de la religión; aquellos que tienen el monopolio legítimo de la ley, lo puro, la verdad, la razón. Estos son los que se encargan de volver al Dios-razón un tirano, a fin de proponer controles al desorden.

El mejor ejemplo lo encuentra Nietsche en la reacción del filósofo Sócrates y sus discípulos ante la decadencia de Atenas, de alguna manera un tipo de reacción que se convertirá en pilar de la posterior teología cristiana: 

Sócrates comprendió que todos tenían necesidad de él: de sus remedios, de sus cuidados, de su habilidad personal para autoconservarse… En todas partes los instintos presentaban un aspecto anárquico, en todas partes se estaba a un paso del exceso. El peligro era el monstrum in animo. Los instintos quieren erigirse en tiranos; hay que inventar un contratirano que sea más fuerte… cuando no hay más remedio que convertir la razón en tirano, como hizo Sócrates, se corre por fuerza el peligro no menor de que algo se erija en tirano. En ese momento se intuyó que la racionalidad tenía un carácter liberador, que Sócrates y sus enfermos no podían no ser racionales, que esto era de rigor, que era su último recurso. El fanatismo con que se lanzó todo el pensamiento griego en brazos de la racionalidad revela una situación angustiosa: se estaba en peligro, no había más que una elección: o perecer o ser absolutamente racional… el moralismo de los filósofos griegos que aparece a partir de Platón está condicionado patológicamente… los filósofos y moralistas se engañan a sí mismos cuando creen que combatir la decadencia es ya superarla. Pero superarla es algo que está por encima de su fuerza: el remedio y la salvación a la que recurren no es sino una manifestación más de decadencia: cambian la expresión de la decadencia pero no la eliminan. Sócrates fue la personificación de un malentendido: toda moral que predica el perfeccionamiento, incluida la cristiana, ha sido un malentendido… la luz del día más cruda, la racionalidad a toda costa, la vida lúcida, fría, previsora, consciente, sin instintos y en oposición a ellos, no era más que una enfermedad diferente; no era de ninguna manera un medio de retornar a la virtud, a la salud, a la felicidad… “hay que luchar contra los instintos” representa la fórmula de la decadencia. Cuando la vida es ascendente, la felicidad se identifica con el instinto (Ibid. 52-53).

La desilusión humana con Dios, es pues, la desilusión con un ídolo: la razón, que siempre es un juez inculpador, implacable, inflexible, intolerante.

El mundo moderno, fundado en Europa Occidental hace unos quinientos años, es quizá una de las mayores expresiones de ese Dios falso, ya que por definición, la modernidad se define como hija directa de la razón. De hecho es la razón humana moderna la que se diosifica en la ciencia, en la tecnología, en la idea de progreso inevitable.

Todo lo verdadero ha de ser racional, desde el punto de vista moderno: la política, la economía, la administración, la teología, la medicina, la biología, la química, la física. Fuera de la razón no hay, no existe, aventura del conocimiento: todo conocimiento válido en el mundo moderno es racional, sistemático, bajo la medición de avances, progresivo, especializado.

En la modernidad el Dios-razón de Nietzsche alcanza su mayor expresión. Hasta la filosofía e incluso la interpretación teológica, debe transformarse en ciencia, en racionalidad, si quiere ser tomada en serio.

Si el mundo feudal europeo y también las sociedades premodernas de la Tierra tenían a lo divino como gran epistemología, como gran fuente de conocimiento; y si incluso el renacimiento italiano, que influye a Europa antes de la era moderna, tuvo a la observación filosófica de la naturaleza como base de su saber; es la modernidad la principal época en que el hombre toma el control de todo por medio de la razón; desplazando a lo divino y a lo natural e implantando la experimentación científica racional como único saber, como único Dios, ídolo.

No hay que olvidar que Nietzsche habló para la modernidad y para revelar las incongruencias del mundo moderno, al grado que muchos pensadores contemporáneos lo establecen como el precursor de lo que hoy se llama “posmodernidad”: la desilusión con el mundo moderno, con su razón, con su moral, con su ley, con su verdad.

¿Pero qué alternativa queda luego de la desilusión con Dios? Aquí es donde vemos resbalar al propio autor de El Anticristo. Para Nietzsche “Dios ha muerto”; así lo declara, así usa el filósofo –o psicólogo, como él se llamaba a sí mismo– sus palabras: ese lenguaje que tanto desacredita, por ser la puerta hacia lo falso.

Nietzsche también mata a Dios, por medio del lenguaje. No puede guardar el silencio filosófico que proclama. Y ahí, en la muerte de Dios, es que comienza la posibilidad de que, ya sin Dios, lo que sigue es desilusionarse del propio hombre, porque lo que queda después de Dios, por lo menos en la experiencia histórica concreta, no es el superhombre (esa quimera del lenguaje, ese invento de la razón, ese nuevo ídolo, quizá, que con voluntad de poder se asume totalmente instintivo) en el cual soñaba y ponía su esperanza Nietzsche: lo que queda sin Dios es el hombre responsable de todas las acusaciones, de todos los juicios, de todas la condenaciones, de todos los odios, de toda la vida; ya sin poder acusar a ningún otro de la desgracia que infringe y de la que es víctima por la injusticia de otro hombre más poderoso que él.

Cuando lo que nos decepciona es el hombre, Dios queda libre de todos los “deber ser” racionales que lo inculpan por el dolor del mundo; cuyo verdadero autor se llama hombre. Por lo tanto, no es con Dios la desilusión de la que se está hablando, en el fondo es la desilusión consigo mismo: con uno mismo.

Ya para concluir ¿es posible abrirse a otra posibilidad que no sea la desilusión con Dios y por lo tanto con el hombre?, ¿o todo ha sido dicho por Nietzsche, tal como él mismo propone?: “he de decirlo con toda seriedad: hasta que yo he llegado, nadie conocía el camino recto, el camino hacia arriba; solo a partir de mi existen otra vez esperanzas…” (Ibid. 18).

¿Qué tal si Dios, un Dios vivo, hubiera buscado, no el camino de la razón pura, sino el camino de lo que pareciera más irracional, como enfrentar la difícil vida de los instintos humanos?, ¿qué tal si existiera la historia de un Dios que se volviera hombre solo para poder hablar del dolor, no desde la razón, sino desde la experiencia propia; o del instinto, no desde la condenación, sino desde la pulsión personal que se transforma en identificación, en comprensión?, ¿qué pasaría si ese Dios-hombre eligiera irracionalmente, bajarse de la fenomenología, de los modelos puros, de los conceptos totales, que no tienen tiempo ni espacio, e integrarse a la historia humana: nacer, comer, trabajar, amistar, hablar y morir?, ¿qué tal si ese Dios en cuestión fuera presa de la injusticia, el descrédito, la intolerancia, el desamor, la persecución, el vituperio, la tortura, para dejar constancia de su entendimiento de aquello que necesita transformarse en la naturaleza humana? Y de existir tal historia, de haber sido contada por testigos presenciales: ¿qué haríamos con ella?, ¿cómo sería, entonces, el relato humano de la desilusión con Dios?

Bibliografía

NIETZSCHE, Federico (1993). El ocaso de los ídolos, M.E. Editores, S.L.: Madrid.

FOUCAULT, Michel (2001). Las palabras y las cosas, Siglo XXI Editores: México.