¡Deben dejar de hacerlo!

Florencia González Guerra nos comparte una mirada crítica sobre la agresión sexual y el derecho de la mujer de apropiarse de la ciudad sin ser acosada. Su testimonio funje como cuestionamineto para abordar, desde una perspectiva feminista, la producción de

Por: Florencia González Guerra García

Estudiante de Periodismo por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (Iteso). Ganadora del premio a la trayectoria en el compromiso social de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México en 2017. Ha colaborado en los colectivos universitarios Clit, Movilidad Iteso e Hilando Pensamientos.

Noto la mirada del hombre que espera en el cruce peatonal cuando con malicia observa mi espalda. Cambia el enfoque como quien ajusta el objetivo de una cámara fotográfica. Disimula y me doy cuenta de su esfuerzo, de sus ganas de burlar mi perspicacia. Me ve las nalgas, y para mejorar su visión, se mueve hacia atrás como un depredador que sale sobre su presa. Lo hace con cautela. Cree que no me he dado cuenta.

Las mujeres que caminamos la ciudad nos hemos hecho de toda clase de mañas para advertir el acoso. Desde mirar a los hombres depredadores con ojos de “¡aquí no hay nada que ver!”, hasta obligarnos a abandonar los pantalones cortos para el caluroso verano. Algunas nos hemos armado de un temple duro, con cara de pocos amigos, en todo momento estamos a la defensiva. Miro al depredador y me le pongo detrás de su espalda así sabrá lo que siente ser presa. Ahora, yo no tengo miedo de enfrentar a mis acosadores en las calles, pero sé que otras mujeres optan por evitar la confrontación y toleran lo que para muchas es intolerable.

Cuando las mujeres ocupamos el espacio público, además de cumplir con las funciones ordinarias de intercambio comercial, de bienestar familiar o de recreación, se nos impone un papel en el que somos objeto del desfogue sexual masculino. Esto nos hace vulnerables, nos convierte en un eslabón por debajo de los hombres. No importa si somos morenas, rubias, altas, delgadas, culonas o como tablas, las mujeres en las calles somos objeto de comparación del deseo producido por la imaginación, de ellos. La mirada se prolonga y meticulosamente nos revisan de abajo hacia arriba. Si estamos gordas o flacas, si los leggings van ajustados o si el vestido es corto, no importa. ¡Deben dejar de hacerlo!

Cuando se pregunta por la finalidad del piropo encontramos el elogio como respuesta, pero ¿quién les ha pedido elogiarnos si nuestro cuerpo no quiere su opinión? Sus piropos no nos mejoran el día, solo nos hacen sentir como objetos a los que se califica sin importar nuestros sentimientos. La sociedad se ha acostumbrado a ver con buenos ojos que es más importante que en la calle se diga lo que el hombre siente, por encima de lo que su mirada y apetito sexual nos afecta a nosotras. Se menciona como otro de los absurdos argumentos que con el piropo se busca “comenzar una relación de amistad para después, no sé, tal vez pasar a lo amoroso” sin embargo, no conozco una sola historia de amor que haya comenzado por un acoso. Disimulado o explícito el acoso nos afecta, nos vulnera. ¡Deben dejar de hacerlo!

En consecuencia, nos resulta relevante destacar la relación entre acoso y el Derecho a la Ciudad, de entrada, porque apunta a que en este entramado de significados que representan las agresiones sexuales en sus diferentes matices, se demuestra la ausencia de políticas de atención eficaces ante esta problemática, tal y como lo testifican las dolorosas cifras que no dejan de acumularse y son muestra de la violencia que se ejerce en la ciudad contra las mujeres. Los temas que son difíciles de contar deben ser narrados muchas veces con diferentes voces, ángulos y perspectivas y para que esto cambie pronto ¡Deben dejar de hacerlo!

De los seis feminicidios que ocurren cada día en México, según el INEGI, 63 de cada 100 mujeres de 15 años o más declaró haber vivido algún tipo de violencia realizada por su pareja u otra persona. Esto sin contar las cifras de la espiral de silencio que se anida en las mujeres porque desde pequeñas nos dijeron que “calladitas nos vemos más bonitas” y así, a lo largo de los años, hemos internalizado y aguantado dolorosamente las agresiones sexuales que los hombres cometen contra las mujeres. Si les parece que un piropo o una mirada de nalgas es inocente, la realidad es que muchas mujeres son testigo de cómo la escala del acoso está subiendo por un ascensor de máxima velocidad.

Como víctima de una agresión sexual realizada por un desconocido en las calles de esta ciudad, puedo decir que desde los nueve años aprendí a cuidarme de los hombres porque pueden hacerme daño. Y digo P-U-E-D-E-N porque la rampante impunidad se los permite en todo el país. Rampante, porque en muchos casos cuando las mujeres o sus familiares se atreven a denunciar, las respuestas giran en torno a minimizar las agresiones. Así fue el caso de una mujer que fue violentada por su esposo, policía judicial en el Estado de México, y al no tener con quién denunciarlo -¿qué iban a hacer los policías de menor rango o los de mayor rango colegas del agresor?- habló con su mamá, pero él la convenció de que todo era mentira, que “estaba loca”, si era su esposa, cómo podría agredirla. Días después la mató y nunca se hizo justicia porque, en lugar de tomar las evidencias, los peritos las borraron.

No sé por qué, de dónde viene o cómo crearon esta camaradería, pero entre hombres se encubren las agresiones sexuales, las normalizan y se autoconvencen recreando un imaginario en el que además pareciera que las mujeres estuviéramos ansiosas de que un perfecto desconocido toque nuestros cuerpos en las calles. Como sucede cuando un hombre decide mostrarnos el pene desde su coche mientras nos pide una dirección. ¿Cuántas mujeres conocen esta historia?

Pero, “¡si las mujeres también son violentas y también pueden ser agresivas!” me responden cuando sostengo conversaciones con amigos y trato de explicarles las agresiones que he vivido por individuos en las calles, por amigos o incluso algún familiar. Si bien es cierto que las mujeres pueden serlo las cifras muestran la realidad, y con esto no quiero decir que por recibir acoso o violencia, nosotras deberíamos hacer lo mismo. Todo lo contrario. Creo que para hacer una mejor ciudad, una sociedad afable con sus integrantes, el cuidado es uno de los componentes que no puede prescindirse del debate público. No obstante es uno de los ausentes incluso en las actuales discusiones feministas, el cuidado se abre como una de las posibilidades del Derecho a la Ciudad.

A finales de los sesenta, Lefebvre describió el Derecho a la Ciudad como “el derecho de los habitantes urbanos a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de ésta un espacio privilegiado de lucha anticapitalista”. Más adelante, David Harvey en Ciudades Rebeldes, del Derecho a la Ciudad a la Revolución Urbana, menciona que “el Derecho a la Ciudad no es simplemente el derecho de acceso a lo que ya existe, sino el derecho a cambiarlo a partir de nuestros anhelos más profundos”.

Tenemos la capacidad y la responsabilidad, si nuestros anhelos más profundos se circunscriben en la calidad de vida para todas y todos, de crear la buena vida, de crear convivencia y espacios justos. No solo tenemos que reformular los propósitos de las instituciones y ordenamientos territoriales, también tenemos que reformular nuestras dinámicas sociales.

En este sentido, lanzo algunas ideas sobre la necesidad de que las mujeres pasen de ser objetos de admiración pública a ser sujetos políticos. Cuando las mujeres son vistas como objetos o ellas mismas dan más valor a sus cualidades físicas más allá del desarrollo de sus subjetividades, habilidades técnicas, cognoscitivas o de empoderamiento social, no hay eficiencia política. Por eficiencia política me refiero a la idea de que su voz importa en las discusiones y toma de decisiones de lo político, en el Derecho a la Ciudad y en la posibilidad de mejorar su situación social de manera equitativa con sus pares.

En esta cuestión es imprescindible adoptar una mirada crítica hacia el papel de los medios de comunicación que no cesan de reforzar estereotipos de belleza femenina para la aprobación de los hombres y que la sociedad termina por aceptar como “normales”.  Al lanzar un piropo o hacer un “halago” sobre la apariencia física de los hombres y las mujeres se refuerza la idea de que su cuerpo sirve para satisfacer el gusto o apetito sexual de otro. Caroline Heldman, politóloga estadounidense, apunta a estudios en los que se demuestran cómo las mujeres gastan más en belleza que en su propia educación, lo que promueve un patrón de dependencia económica y anula la posibilidad de concebirse como personas de derecho. Esto no significa que al estudiar, las mujeres solucionan la dependencia económica pero sí aumentan sus posibilidades de emancipación.

Cuando los hombres refuerzan la idea de la belleza de las mujeres con “piropos” afirman simbólicamente que el lugar de las mujeres no es en el campo de la política. Es decir, el mensaje es intrínseco: “gasta tu tiempo y dinero en arreglarte” que la política no es para mujeres. Existen infinidad de ejemplos que corroboran esta creencia. Menciono el caso de Susana Ochoa, joven integrante de Wikipolítica Jalisco, quien al concluir su primera experiencia en un debate transmitido por la televisión pública local, mientras compartía con uno de sus compañeros de debate lo confiada que estaba de haber tenido una buena participación, un hombre se acercó a felicitarla: –el debate estuvo muy bueno –les dijo–, pero usted –dirigiéndose a Susana– está muy bonita para estar en la política–. Ella cuenta que le sonrió, pues pensó que era un halago, pero después en su reflexión concluyó que ese halago podría mermar la confianza de cualquier mujer para estar en la política, y fue a partir de ese hecho, que decidió no reírse ni sonreír más a los chistes sexistas. 

Las mujeres queremos de verdad salir de Machistlán, esa ciudad, ese pueblo que en su historia arrastra ríos de violencia y discriminación. Pero para salir se necesitan mucho más que silbatos. Como los llamados “pitos de Mancera” que fueron repartidos en la Ciudad de México para que las mujeres denunciaran a sus acosadores haciendo sonar un silbato cuando son violentadas. Si de imaginativa tiene poco la medida, de solución real al problema menos. Ya que en lugar de perseguir a quien acosa, este tipo de medidas arrojan sobre las potenciales víctimas toda la carga de la prevención, al tratar la violencia como algo innato, de acuerdo con Rebecca Solnit (Solnit, 2017).

Pensemos en cuánto tiempo y energía tendríamos las mujeres si no pasáramos los días sobreviviendo a los acosos machistas. Pensemos en los cuidados que podríamos ofrecer hombres y mujeres a una sociedad desgastada por la violencia. Pensemos si queremos seguir reproduciendo patrones de violencia que parecen inocentes. Micromachismos que escalan y repercuten en la poca participación de las mujeres en la construcción de una mejor ciudad. Pensemos si solo queremos leer a mujeres que escriben sobre las violencias que viven o también queremos leer a hombres que cuestionan cómo sus masculinidades y su representación en las esferas sociales repercuten en la ausencia de eficiencia política de las mujeres.

Antes de confrontar a un acosador como el que mira mi culo, sé que me quitará fuerza para enfocarme en lo que verdaderamente me importa, y muchas veces antes de enfrentarlo, me pregunto ¿cómo me siento de fuerzas para enfrentarlo?. Muchas veces no las tengo y termino por tolerar lo que para muchas es intolerable, en una espiral de silencio que reproduce relaciones violentas, que no me permiten ser quien puedo ser. ¡Deben dejar de hacerlo!

 

Bibliografía

 

Solnit, R. (2017). Los hombres me explican cosas. Haymarket Books.

Heldaman, Caroline en Jennifer Siebel (2011) Miss Representation. En: therepresentationproject.org

Harvey, David (2013). Ciudades rebeldes: del derecho de la ciudad a la revolución urbana. Ediciones Akal.

Lefebvre, Henri, trad. Gaviria, M. (1969). El Derecho a la Ciudad (Vol. 44). Barcelona: Península.