Crisis de la mediapolítica, declive de la partidocracia, y el (deseable, impostergable) ascenso de la hiperpolítica

En ningún caso, bajo ninguna circunstancia, ni por accidente, son los ciudadanos reales, comunes y corrientes, los verdaderos actores de lo político

Por: Martín Mora
 

Mediapolítica

En su librito del año 1993, el filósofo alemán Peter Sloterdijk presenta un breve y sustancioso repaso de tres regímenes de funcionamiento político: la palepolítica, el atletismo de estado, la hiperpolítica.
 
Desde el título del libro se apunta el tema principal y sus alcances prácticos: En el mismo barco. Ensayo de hiperpolítica. Porque este artículo no pretende ser una glosa ni una recensión de dicho trabajo, nos limitaremos a ubicarlo como el origen de nuestra reflexión en lo que corresponde al segundo régimen político allí descrito y que, por nuestra parte, denominaremos mediapolítica para caracterizar al modelo mexicano. 
 
El régimen de funcionamiento gubernamental mediapolítico se caracteriza por varios supuestos: 
  1. La política es una actividad exclusiva de profesionales (atletas megalopáticos, los llama Sloterdijk: “...si megalómano es el hombre que se mete en grandes cuestiones para conseguir algo que le quedará grande y le dejará en la estacada; ¿cómo debe denominarse a quienes, una vez que se han hecho cargo de las grandes cosas, ya no las abandonan nunca jamás? Propongo llamarlos megalópatas” (op.cit., pp. 39-40).
  2. Los órganos de representación son los únicos medios de acción política.
  3. Los partidos políticos son la única fórmula para la representación política.
  4. El gobierno es el aparato burocrático que surge de estas formas de representación. 
  5. La esfera política se divide en gobierno y sociedad civil o ciudadanía.
  6. Los actores políticos son, exclusivamente, los personajes designados por los partidos políticos para ocupar los puestos que el aparato gubernamental requiere (“Al homo politicus como mejor se le entiende es considerándolo como un atleta de decathlon del Estado” (p. 43).
  7. Las instituciones son el incólume centro del funcionamiento político.
  8. Los medios son la tribuna más alta para las diseminación, urbis et orbis, de las sabias consignas políticas.
  9. Los medios son el auténtico objeto de deseo para los atletas megalopáticos. 
  10. La opinión pública es la mejor unidad de asesores para el atleta megalopático. 
  11. La función completa de la política es mediar, aparecer en los medios, visibilizarse per se, sin necesidad de obras y actos concretos de mejora y bienestar público.
  12. Los pontífices del pensamiento único, de la propiedad intelectual para analizar el modelo son los analistas políticos, politólogos, especialistas, intelectuales, expertos. 
  13. La democracia es el modelo siempre inalcanzable de la utopía programada por el régimen mediapolítico. 
  14. La democracia es el santo y seña que permite el ejercicio de acciones encontradas, paradójicas, chocantes, contradictorias con su propio significado.
  15. El modelo retórico de la mediapolítica es de la mayor pobreza conceptual y simplicidad y se basa en la repetición de mantras, slogans y consignas: democracia, gobernabilidad, Estado, partidocracia, actores políticos, escenarios, calidad-de-la-democracia, manos-limpias, reforma-política, voto-por-voto, gobierno-del-cambio, cultura-política, cállate-chachalaca, transparencia, legitimidad... y, por lo mismo, la palabra democracia siempre tiene muletillas: transición, ejercicio, cambio, calidad...
  
En todos los casos, habría que poner comilla, puesto que dichas categorías son lugares comunes repetidos, tópicos mnemotécnicos, palabras muertas sin significado.
 
Podría seguir añadiendo características de lo que es la mediapolítica, pero es innecesario. Basta con que cualquiera de los lectores se tome el tiempo para hacer la descripción somera de lo que caracteriza a nuestra forma de pensar lo político en México.
 
Lo único que sí vale añadir al conjunto es una desoladora constatación: en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, ni por accidente, son los ciudadanos reales, comunes y corrientes, los verdaderos actores de lo político.

Retórica y banalización

“En las guerras, la primera baja es la verdad”. Esta clarísima afirmación, nos presenta el retrato de cuerpo entero de la mediapolítica.
 
Es decir, la mediapolítica en tanto que guerra de intereses espurios, produce desde el primer minuto la muerte de la verdad, a saber: la evaporación de los discursos que den cuenta de lo que ocurre, las explicaciones sensatas y sin letanías, los análisis puntuales y sin hojarasca politológica, las argumentaciones en lugar de las opiniones, las reflexiones que incluyan al ciudadano común como centro de lo político.
 
En efecto, el resorte del aparato mediapolítico está ubicado, por razones maliciosas, en la repetición, en la banalización de lo político para transmutarlo alquímicamente: de ser lo político el oro central de la vida colectiva, se convierte en las heces hediondas en que nadan, se mueven, salpican, engullen y vomitan los atletas megalopáticos (lo que los cursis y rancios analistas contemporáneos siguen llamando “actores políticos” o “clase política”).

Fascismo y sociedad del espectáculo

La repetición no añade nada: frivoliza. Y sirve para la instalación de un modelo fascista de lo político, añadiríamos. En efecto, el aparato fascista ha sido uno de los preclaros exponentes del uso de la publicidad, la propaganda, la consigna, los medios, como forma cotidiana de encarnar discursivamente las arideces de los hechos de violencia real y simbólica.
 
Los aparatos de propaganda al estilo de Goebbels, por citar al responsable nazi, son el modelo que la mediapolítica emplea cotidianamente. Nada más hay que recordar la cita del nazi para tener el catecismo mediapolítico al alcance de la mano: “Una mentira repetida mil veces, se convierte en una verdad”.
 
La propaganda radiofónica o el Ministerio de Propaganda, fueron sus dos bunkers para conducir retóricamente la estrategia nazi. Dicho al paso, cualquier parecido con programas como La hora nacional o Fox en vivo, Fox contigo, o El sendero del Peje, o La otra versión, etcétera, son meras casualidades.
 
Basta con enumerar los principios de la propaganda nazi para dejar perfectamente claras las estrategias retóricas que el régimen mediapolítico abraza para legitimar y encauzar su funcionamiento:
 
  • Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo. 
  • Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  • Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
  • Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  • Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.
  • Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
  • Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. 
  • Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias. 
  • Principio de la silenciación.Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario; también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  • Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  • Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”, creando una falsa impresión de unanimidad.
 
No es la intención de este artículo allanar el camino del lector ni de explicarle lo que puede hacer por su propia iniciativa. Simplemente, podemos sugerirle que contraste estos principios nazi-fascistas con la tónica general de los medios mexicanos, de sus voceros, de sus articulistas, de sus opinadores, de sus analistas políticos, de sus editorialistas, de sus expertos-en-mesas-redondas-y-coloquios. Las conclusiones serán abrumadoras y descorazonadoras.
 
El lector atento, tal vez, sacará la conclusión de que el ideal del ejercicio político, el de la confianza en sus actores e intelectuales orgánicos patrocinadores, el ideal de la política como materia de los atletas megalópatas, se derrumbará estrepitosamente.
 
Es evidente que el funcionamiento del régimen mexicano se acota perfectamente en los modelos de la mediapolítica afín a la retórica fascista. Entiéndase: no hablo exclusivamente del poder ejecutivo, sino de los órdenes de gobierno legislativo y judicial, del funcionamiento de los partidos políticos y sus burocracias, de los órganos de control de estas burocracias.
 
Y no sólo eso: lo que resulta peor es que una gran mayoría de la “masa crítica” (dicho marxistamente), de la intelligentsia mexicana, de los intelectuales y expertos en la política, de las voces periodísticas, han asumido este estilo de comportamiento megalópata y han capitulado intelectualmente ante la velocidad mediática y sus efectos, a saber: frivolización de los hechos, desmantelamiento de la razón, aplanamiento del juicio, precariedad de las explicaciones, disipación de las voces singulares, sustitución del argumento por la opinión, multiplicación del lugar común en los medios, subordinación del criterio intelectual ante la retórica facilona de los juicios predigeridos.
 
En suma, la mediapolítica mexicana ha producido el encumbramiento de santones, iluminados, analistas, intelectuales, caudillos, “líderes morales”, etcétera, que pontifican urbis et urbis en sus warholianos cinco minutos de fama mediática.
 
Algo más: la mediapolítica nacional ha significado el ascenso al poder, económico, moral y político, de nuevas elites: las cobijadas en los distintos medios y que asumen la doble moral de sus mecenas: es conveniente criticar la falta de transparencia, la inequidad, la ausencia de propuestas, la suciedad de las campañas políticas... pero recibiendo de los engolados “actores políticos” millonarias cantidades de dineros públicos a través de propaganda, difusión y anuncios en los medios.
 
La cima de la estupidez y de la incongruencia; el tope de la hipocresía y el servilismo torticero. Sin embargo, lo que salta a la vista es la negación de que los medios tienen intereses legítimos, económicos y políticos, y que no habría que negarlos.
 
En todo caso, lo que conviene para criticar el modelo mediapolítico es asumir claramente el juego de intereses, de no edificar retóricas de justificación moral: “la libertad de prensa”, “la integridad periodística y la imparcialidad”, “el cuarto poder”, y esas paparruchas que se vocinglean acompañadas de moralinos golpes de pecho.
 
La sociedad del espectáculo, a la manera del situacionista Guy Debord, emerge en todo su esplendor en el régimen mediapolítico que nos caracteriza.
 
Al parecer, el juego social consiste en ser todos espectadores de una mascarada (a lo Marcos); espectadores ante el “escenario que juegan los actores políticos”; espectadores frente al pan y circo que los medios proporcionan a la canalla despolitizada con sus complós, sus revelaciones, sus “videoescándalos”, sus “mesas de debate”, sus “zonas abiertas” y sus “conferencias mañaneras”.
 
Sociedad del espectáculo ridículo, pobre, de piernas flacas y barriga voluminosa, que presencian millones de paupérrimos, gente, mexicanos, desprovistos de agencia política. O casi desprovistos: lo que la mesa de la mediapolítica deja caer en este banquete de vividores, son migajas de democracia-convertida-en-voto. Nada más.
 
Como lo señalaba sabiamente un graffitti de excusados de bachillerato, memorable por su cruda puntería: “La política es un arte del carajo / que a mi modo de ver, tan sólo estriba / en ofrecerle las nalgas al de arriba / y darle por detrás a los de abajo”.

Consideraciones intempestivas para una política menor

En el régimen mediapolítico se produce, paradójicamente, la evaporación del Estado y de sus instituciones. Aparecen “nuevos actores políticos”, mediadores, cabildeadores, gestores, que no sólo duplican a la burocracia del Estado, sino que la utilizan a su favor para crear la ilusión mediática de una nueva visión de conjunto, de una agenda de problemas a resolver, de nuevas (!!) formas de acción colectiva, de luchas y resistencias de nombre, de explosión de temas, estilos, formas, maneras de lo político... pero de utilería.
 
En realidad, la burocracia mediadora engorda obscenamente con los medios, sus voceros, sus patrones y sus críticos. Parodiando un chiste fácil: el cielo de la mediapolítica a ti, Patria, “un opinador-analista-político, en cada hijo te dio”.
 
Todo mundo está de acuerdo en la crisis de la partidocracia. Sin embargo, como corresponde a este modelo de atletas megalópatas, la consigna no va acompañada de las acciones pertinentes para resolver la evidencia.
 
Se repite el dictum, se discute al respecto, se analiza sesudamente... pero nadie quiere asumir su papel en la impostergable tarea de construirnos formas distintas de lo político, de allanar el trasquilado camino de los partidos-como-únicos-representantes. Basta recordar el chacoteo, burlas y ausencia de crítica en los casos de audaces impulsores de las “candidaturas ciudadanas” (como si todas las candidaturas no lo fueran). Silencio ante el asunto.
 
No conviene desmontar una vergonzante plutocracia de políticos todo terreno, de partiditos y partidotes, de órganos de control (es un decir) de estos engendros burocráticos, de ganancias ilegítimas obtenidas de fondos públicos.
 
Sabemos que la velocidad y la política van de la mano, que los medios dictan el ritmo del pensamiento, el timing y rating de la reflexión, y que los comerciales son el equivalente del chascarrillo inteligente mientras se “va al corte” (como ocurre con algunos intelectuales omnipresentes y reverenciados por la feligresía intelectual mexicana).

Hiperpolítica 

En suma. Urge llevar a cabo una terapia de lenguaje, como quería Wittgenstein: dejar de preguntarse sobre el significado de las cosas (democracia, política, transparencia, valores, responsabilidad, gobernabilidad...) y dedicarse a explicar de qué manera, en qué sentido se emplean cotidianamente dichas palabras y cómo sirven para cambiar el mundo. En pocas palabras:
 
  • Hay que desmantelar el auge de discursos de los politólogos, analistas, expertos, opinadores. 
  • Hay que clausurar por inútiles a los partidos políticos, las sacrosantas e intocables instituciones (dicho sin ninguna filiación con la vulgata de amlo y sus grouppies). 
  • Hay que despedir a la odiosamente llamada “clase política”. Hay que acabar con la simulación hipócrita y vividora de los medios. 
  • Hay que pensar en nuevos temas y agendas que conecten íntimamente con los espectadores, gente, ciudadanía, o como se les haya llamado eufemísticamente. 
  • Hay que transitar de un modelo mediapolítico a uno hiperpolítico. Como afirma Sloterdijk, en el mismo librito comentado para abrir este artículo, la hiperpolítica es “la primera política para los últimos hombres [...] una sociedad de individuos que, en adelante, tomen sobre sí el ser mediadores...”. Agentes, ilustrados, animales políticos, cosmopolitas, mayores de edad, son algunos nombres para definir a los ciudadanos del modelo hiperpolítico.
  
“El hecho de que los políticos en activo estén tan raramente a la altura de nuevos retos –intelectualmente no lo están casi nunca, moralmente a veces, pragmáticamente más mal que bien– produce en parte un descontento masivo. y cada vez más agudizado, con la clase política” (pp. 70-71).
 
 
Para leer y profundizar: 
 
Peter Sloterdijk (1993). En el mismo barco. Ensayo sobre la hiperpolítica. Siruela, Madrid 2000.
Maurizio Lazzarato (2004). Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control. Traficantes de Sueños, Madrid 2006.
Guy Debord (1967). La sociedad del espectáculo. Pre Textos, Valencia 2003.
Michael Hardt y Antonio Negri (2000). Imperio. Paidós, Barcelona 2002.
Paolo Virno. Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Traficantes de Sueños, Madrid 2003.

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