Consolidación democrática en México

Tal parece que para hacer buena política es necesario distanciarse de los partidos actuales, que están despersonalizados, sin una clara plataforma de principios, sin una ideología que los destaque y los distinga

Por: Othón Villela Larralde

En este momento coyuntural de la democracia en México, no es posible desarrollar un análisis acertado si no se toman en cuenta diversos factores externos que impactan en la vida nacional, además de los internos que presentan una seria complejidad tanto en los ciudadanos con derecho a votar y ser votados, como en los promotores de la acción política en todas sus dimensiones.

Aun cuando se trata de asuntos de la exclusiva competencia de México, como nación libre y soberana, nadie podrá negar que el peso de la circunstancia “extranjera” se hace sentir en la mayor parte de los sucesos político-electorales en que estamos inmersos; por ello, nuestro escrito considera necesario tomar en cuenta algunos aspectos generales de la vida internacional, que forma parte de esa coyuntura de la democracia con sus efectos en México.

Se afirmó hace algunos años, en la segunda mitad del siglo XX, que la humanidad se acerca «al fin de la historia»; que en breve las sociedades tendrán el común denominador de la globalización no sólo en el aspecto económico, sino en el de la conciencia y la conducta, en que desaparecerán los paradigmas que dan sentido y carácter a las nacionalidades con sus herencias y particularidades étnicas y cívicas, valores y tradiciones y, en esta vorágine destructiva, hasta el derecho a formar los gobiernos que las mayorías decidan, esto es, el ejercicio pleno de la democracia.

Esta perspectiva, que debe preocuparnos por sus impactos en el presente y que son insoslayables para el futuro inmediato, es verdaderamente aterradora, pues plantea el peligro de tener que sujetarnos a los dictados de los hombres-consorcios-empresas-gobiernos en los aspectos básicos de la existencia, a cambio del dudoso beneficio de una supervivencia más o menos digna y tal vez bonancible, pero sin el derecho a tomar nuestras propias decisiones.

Vendría a ser, en un plazo más o menos corto, la muerte absoluta de los derechos cívicos, sociales, políticos y económicos de las mayorías, ante los férreos y deshumanizados dictados de los poderosos. También será el fin de las libertades fundamentales y de la herramienta más eficiente de la sociedad, hasta ahora: la democracia, en un aparente «mundo feliz».

Es lamentable el hecho de que nosotros mismos estamos, consciente o inconscientemente, alentando este proceso de descomposición social y política por nuestra indiferencia, con la justificación mínima de que «a nadie importa la actividad política, que es sinónimo de intereses espurios, de ambiciones desatadas y compromisos a los que el pueblo es ajeno y está ausente». Estamos vencidos antes que se produzca la verdadera e inexorable batalla. 

El avance globalizador 

La globalización avanza de modo acelerado, el mundo comprime sus fronteras y el poder económico busca y establece mecanismos cada vez más férreos y eficaces, manejados por los siete u ocho países más poderosos del mundo, entre los que destaca el dragón oriental: China y Japón, que está listo para devorar a los tigrillos y leoncitos occidentales.

La amenaza, sin embargo, parece respetar hasta ahora a los sistemas de gobierno, no importa el acomodamiento insulso de izquierdas o derechas, nuevas o tradicionales, socialistas o convergentes; lo que interesa a los poderosos es que sean gobiernos dóciles, complacientes, facilitadores y sumisos, como lo han logrado en apariencia, hasta ahora, en México y otras naciones.

Dicen los catastrofistas que los nacionalismos están condenados a desaparecer, según algunos, pero este proceso se presenta complejo, pues la realidad es que en algunas regiones del planeta se consolidan, como en México, Centro, Sudamérica, África, el Medio Oriente y el sudeste de Asia, es decir, las más importantes zonas deprimidas del mundo. 

El nacionalismo sobrevive

Cuando desapareció la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas surgieron las naciones que la integraron en el rescate de sus propios nacionalismos, que ahora tremolan y promueven para consolidarse y tomar sus posiciones en el mundo.

La organización de las naciones unidas acepta hoy a un mayor número de países “nuevos”, pero que presumen de una historia singular y, en algunos casos, hasta milenaria, en el afianzamiento de sus propias nacionalidades.

Esto puede ocurrir, y tal vez ya ocurre con manifestaciones diversas. Por ejemplo, cuando cada uno de los estados que integran la nación mexicana presume sus propios estilos, su propia manera de expresarse: los dejos, arcaísmos y manejos prosódicos de la misma lengua, producto de los dialectos propios de sus etnias; cuando surgen los orgullos gastronómicos que también dan identidad a las naciones y a los países, dentro de una sola gran nación, y hasta cuando pretenden manejar las leyes y sus asuntos jurídicos, sociales y económicos de manera directa.

También nos separan los paisajes geohumanos. No es igual el peninsular yucateco al chihuahuense, o el hombre del desierto de Sonora al veracruzano bullanguero o bien, más cerca, el valentón michoacano al reservado oaxaqueño.

La conclusión, en la perspectiva de la sociedad misma, es que es mucho lo que nos separa y poco lo que nos une: el Himno Nacional, la bandera que pretenden vapulear algunos irresponsables que abusan de la libertad de expresión pero que no podrán con las leyes; la Virgencita de Guadalupe, la Sub 17, Ana Cecilia Guevara, Chente Fernández y uno que otro valor popular-sentimental-vernáculo pero auténtico. 

Estos nacionalismos se defienden y para ello buscan el perfeccionamiento democrático, sólo que estos anhelos o propósitos están dispersos y no encuentra el camino adecuado, pues se vive una etapa en que todos se ignoran a todos, se desconocen valores y se descalifican aciertos, se ponen de moda las traiciones y los golpes bajos, con lo que se provoca un verdadero caos en conciencias y aspiraciones, aumentan las dudas y crece el desconcierto ciudadano que al final se refleja en el natural rechazo a la política, y ésta se convierte en sinónimo de mentira, ambición desatada y latrocinio físico y moral, mientras se aleja cada vez más el viejo ideal de alcanzar el perfeccionamiento de la democracia.

Hace falta que se conozca a las mayorías, definir qué quieren y cómo lo quieren, en lo político y lo social, concretamente ahondar en la psicología ciudadana, de la que poco se ocupan los miembros de la clase intelectual, especialmente la científica, la responsable de establecer parámetros que permitan medir causas y efectos, pues este fenómeno no es puramente político, no se reduce al simple ejercicio del voto.

Deseo citar completa una frase escrita hace casi 90 años por un gran mexicano nacido en Jalisco, el profesor Basilio Vadillo Ortega, y que tiene vigencia plena: “A México le falta un examen de conciencia para evaluar, nosotros mismos, nuestras virtudes, todos nuestros grandes defectos, las fuerzas de que disponemos y nuestros deberes para el porvenir… ¡Una revolución espiritual¡… Estrujarnos el alma para imponernos nuevas reglas de vida… buscarnos más hermanos todos para agrandar la república dentro de nuestras propias fronteras... ¡Hacer más profunda e íntima la nacionalidad dando un gran corazón a la patria…¡ “

La buena política sin partidos 

Por otra parte, los partidos políticos se alejan cada vez más del corazón y la razón del pueblo.

Tal parece que para hacer buena política es necesario distanciarse de los partidos actuales, que están despersonalizados, sin una clara plataforma de principios, sin una ideología que los destaque y los distinga y, más grave todavía, en una traición ascendente a sus principios originales, los que les dieron vida, independientemente de los años que tenga en la lucha.

Es oportuno reflexionar en la teoría y la práctica de los partidos políticos en sus orígenes, sus propuestas, sus dimensiones, sus plataformas y sus características, frente al reto de posicionarse y ser respetados para integrar a sus filas a las grandes mayorías de votantes.

Es oportuno recordar las bases o los requisitos que se deben llenar para la organización de partidos políticos en México.

Se entiende, según el artículo 41o. de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que un partido político es una organización de ciudadanos unidos por una causa común, para acceder y permanecer en el poder y desarrollar los programas y propuestas que de acuerdo a su ideología expone a la sociedad en su conjunto.

Entre los muchos requisitos es fundamental contar con declaración de principios, o sea, su ideología, un programa de acción que describa los propósitos que lo impulsan y los estatutos que rijan su vida interna, además de que en la plataforma electoral le digan a la sociedad, con claridad y firmeza, lo que le proponen en los aspectos sociales, económicos y los propiamente políticos, o sean los compromisos a cumplir.

En esto han fallado todos los partidos actuales. 

No es de ninguna manera ocioso el hacer un somero pero constructivo recuento de cuando menos los tres partidos que están, todavía, en la atención de una parte de la ciudadanía con su antes, el ahora y el probable mañana, si es que no se auto destruyen. 

El PAN

El Partido Acción Nacional parece haber perdido su oportunidad histórica de mantenerse en el poder y aplicar sus tesis originales.

Independientemente de los testimonios positivos que se pretenden buscar en la actual gestión administrativa, es irremediable el hecho de que el saldo es negativo a todas luces y en los más importantes rubros de la actividad nacional, especialmente en lo que se refiere a la credibilidad.

Es posible que se pudiera levantar un esfuerzo de acciones constructivas y congruentes en una futura gestión administrativa del partido azul, pero eso está por verse y primero deberá ganar el actual candidato la voluntad de las mayorías, lo que se contempla difícil.

En el PAN moderno ha existido más oportunismo que congruencia doctrinaria y más audacia que amor a la verdad y al cumplimiento de los compromisos, además de que se han distorsionado principios básicos, históricos y profundamente característicos de la vida nacional, en el injusto y desproporcionado intento de crear una nueva forma, un nuevos estilo de gobernar y manejar al espíritu nacional, en un ridículo despliegue de poder, que resultó incongruente y deforme.

Esta fue la causa de que los viejos y auténticos panistas se “divorciaran” del actual gobernante, pues todo lo que hizo, en los momentos de lucidez agradecida en que recordaba que era miembro del PAN, fue contrario a los postulados originales del Partido fundado en 1939.

Se preguntan todavía los analistas: ¿qué tanto corresponde el gobierno actual a las tesis originales de los fundadores como Gómez Morín, Rafael Preciado, Efraín González Luna y el mismo Clouthier, entre otros?

La respuesta es que es otro mundo, otro tiempo, otro partido y otra doctrina, pero no por efectos de una propia evolución constructiva, sino por una absoluta falta de respeto a los principios, con lo que el PAN auténtico se ha visto deformado y casi anulado.

El Partido Acción Nacional surge como respuesta vigorosa de empresarios, banqueros, filósofos y pensadores de derecha, con el apoyo del clero político entonces más o menos discreto pero activo, a las acciones nacionalistas y de orientación socialista del gobierno del general Lázaro Cárdenas.

Su doctrina original fue clara y contundente, no se identificaba y hasta rechazaba las aspiraciones de los proletarios y la mayoría ciudadana de México, pero daban su lucha con decisión, valor y prestancia.

Los fundadores sabían que no era el tiempo propicio para alcanzar el poder, sin embargo, así dieron su lucha durante más de 60 años hasta lograrlo, sólo que cuando llega el escogido panista a la Presidencia de la República, lo hace sin doctrina y sin principios coincidentes, en lo mínimo, con los antiguos postulados irreversibles y respetables del PAN original.

Aún más, llegó por una votación mínima superior a su oponente del PRI, no alcanzó mayoría absoluta, por lo que debió cuidar sus actitudes, pensamientos y palabras que, con el paso de los hechos y las realidades nacionales e internacionales, han decepcionado a todos los mexicanos y han puesto en ridículo al mandatario en el extranjero, como lo demuestran los testimonios periodísticos recientes. 

Lo real es que esto no enardece ni molesta a los mexicanos, pues no es problema del país, sino de quien dice representarlo. De ese tamaño está el divorcio entre los gobernados y el gobernante.

Esto presenta un cuadro fuerte pero no muy positivo ante el electorado, simple y llanamente, porque no se supo aprovechar la oportunidad de haber llegado al poder y las mayorías mexicanas no podemos volver a equivocarnos. 

El PRI

El vapuleado y avejentado pri da muestras de una decadencia deplorable. Los candidatos demuestran su bajo nivel político en cada declaración o encuentro. También han olvidado su plataforma original de principios, y nos referimos a la del 19 de enero de 1945, cuando cambió de Partido de la Revolución Mexicana (PRM) a Partido Revolucionario Institucional.

En este contexto, el PRI es 6 años más joven que el PAN.

Nació el 4 de marzo de 1929 como Partido Nacional Revolucionario, en que tuvo participación relevante el ilustre jalisciense Basilio Vadillo Ortega, con una proyección integradora de todas las corrientes revolucionarias del proceso iniciado en 1910, que permanecieron firmes durante diez años, hasta que el general Lázaro Cárdenas creó el PRM y gobernó con el Plan Sexenal que lo hizo célebre.

Se consideró que el pri debió haber realizado cambio de siglas, estructuras, propuestas y programas de acción en 1970. No lo hizo y comenzó su declive aunque se mantuvo en el poder por el poder mismo, cada vez más mediatizado y cuestionado ante la opinión pública, aunque se le debe reconocer que sostuvo firmes los principios básicos de la economía mixta y de la política internacional, orgullo de las más puras tradiciones democráticas mexicanas.

Actualmente, en un momento coyuntural difícil, el PRI se dispone a jugar las que pudieran ser sus últimas cartas por su permanencia política. 

El PRD 

El Partido de la Revolución Democrática nació hace 16 años por la acción de dos fuerzas fundamentales: la Corriente Democrática, que es un grupo emanado del PRI, y el Partido Mexicano Socialista, representante de la izquierda mexicana y heredero de viejas luchas, pero también víctima de las tradicionales divisiones y enfrentamientos que distinguen a sus dirigentes, en que cada uno quiere ser el líder máximo. 

Esta situación, que fue criticable y sirvió de arma para golpear al PRD, se estrelló ante el razonamiento simple de que: “Por un lado, ideológica y políticamente representa a fuerzas nacionalistas, liberales y progresistas que en su momento militaron en el partido oficial, hasta que consideraron que ya no representaba sus intereses y a los postulados fundamentales de la Revolución Mexicana…”, y por el otro, “representó a fuerzas políticas que han gravitado en núcleos comunistas y socialistas que ahora coinciden en, acaso, el proyecto masivo y democrático más sólido que se haya construido con militantes de esas corrientes.”

Es indiscutible que a pesar de los ataques, golpes bajos y altos, amenazas y divisiones inevitables, el PRD “es resultado innegable de la nueva cultura política que arraiga en el país”, cuyo líder indiscutible, con todo el respeto a su creador, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien ya cumplió su destino político, y candidato a la Presidencia de la República, es uno de los fundadores del PRD precisamente, Andrés Manuel López Obrador. 

El derecho al cambio 

Puede afirmarse que todos los partidos tienen derecho al cambio, pero no se debe actuar irresponsablemente. El cambio debe ser acertado, positivo, oportuno y realizado con esfuerzo para que su acción permanezca, y no el cambio efímero, mágico y desnaturalizado.

México aprendió la lección de que no se debe engañar o ilusionar con las promesas del cambio, cuando no hay bases firmes para ello.

El cambio es el mayor símbolo de la libertad. Los partidos tienen el derecho y la obligación también de cambiar para adecuar sus dinámicas a las nuevas realidades, pero jamás para traicionar y retroceder, debe existir una línea de congruencia con el origen y las aspiraciones mediatas o inmediatas. 

El partido mayoritario: PNA 

En méxico existe un partido que puede ser el mayoritario, que funciona sin credenciales, sin dinero, sin estatutos, sin reglamento interno, pero cada vez más efectivo.

Este es el partido de los descontentos, de los decepcionados, de los que ya no creen, de los que han perdido la fe, de los que no quieren ser borregos y no se dejan manejar por los medios de comunicación asalariados y muchos menos por las falsas promesas que son más dañinas que el no tenerlas: el Partido Nacional Abstencionista.

No se debe culpar a estas mayorías divorciadas de la política, pues han sido traicionadas desde siempre y les causa repulsión formar parte de las mentiras.

El reto está en convencer a esas crecientes corrientes ciudadanas a que participen en los procesos democráticos, que acudan a las urnas a votar en tiempo y forma, pero mediante el aseguramiento de dos causas fundamentales: 

  1. Que su voto será respetado;y
  2. Que los candidatos triunfadores van a cumplir sus promesas bajo pena de cárcel, cuando menos, si fallan, y que les quiten el fuero.

La amenaza está latente sobre nuestra vida cívica y nuestra democracia. La presentan los enemigos de fuera, los globalizadores, a los que no interesa otra cosa que el dominio de personas y recursos materiales a través de políticos corruptos y administradores con precio, y los de dentro con sus mentiras y ofrecimientos vanos que se burlan del pueblo, de sus altos valores y de sus anhelos de superación moral, cívica y económica mediante gobiernos justos, leales y honrados.

Ese es el sueño y esa es la realidad. Ojalá los políticos se despierten un día con amor a México y respeto a sus semejantes, con un claro concepto de patria chica y grande y una firme decisión de servir a su comunidad.

De otra manera, el que puede despertar furioso y rebelde es el partido sin credenciales, pero con muchos rostros y brazos, el de los que ya están cansados de la traición y la mentira, el partido que no tiene nombres, siglas y colores, pero que ahí está, vigilante, despierto en espera de su hora.

México desea el avance democrático y su perfeccionamiento total, como lo estableció Benito Pablo Juárez García hace siglo y medio, en las terribles horas de una invasión extranjera tan directa como la actual.

México debe voltear la cara hacia su historia, que bastantes lecciones positivas tiene en esta lucha extraordinaria, sin engañarse con los fuegos fatuos de los espejismos ajenos. Debemos buscar la interdependencia productiva con libertad social, y la independencia económica y política, en el ejercicio pleno de la democracia.

Debe aprender la lección de que no se debe jugar con el cambio cuando no se sabe ejercer y no se entienden sus valores, pues se presenta el riesgo de hipotecar la libertad tan legítimamente ganada y vender el futuro hasta que lleguen tres o cuatro generaciones a rescatarlos.

Estamos a tiempo de rescatar y fortalecer nuestra democracia.


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