Conmemoración y turismo en el cincuentenario de la revolución

El contenido de la conmemoración, las formas, todo lo que se puede decir alrededor de una conmemoración, significa analizar un uso explícito de un pasado

Por: Daniel Badenes

La portada azul oscura, la palabra MERCOSUR, el escudo con el sol y la foto digital en la única página plastificada: los empleados de migraciones que trabajaron en el aeropuerto de Cuba en los últimos días de diciembre pasado podrían describir con los ojos cerrados un pasaporte argentino. Vieron centenares en muy pocos días. 

En Santiago, la “ciudad héroe”, que además de ser cuna de revoluciones se jacta de tener el pueblo más hospitalario de toda Cuba, las casas no daban abasto. Hoteles y hotelitos estaban llenos. Los hogares habilitados, que tributan mensualmente al Estado para poder recibir turistas, atendían decenas de consultas diarias que debían responder negativamente.

Las demás casas de familia, acostumbradas al alojamiento ilegal o iniciadas en él por la situación extraordinaria, juntaron varios CUC1 para sobrevivir mejor unos meses o comprar algún electrodoméstico. La comida se agotaba rápido algunas noches; hasta los turistas tuvieron que adaptarse a la escasez.

Había españoles, rusos, italianos. Había venezolanos, uruguayos… más sudamericanos que nunca. En la plaza de Marte se pasaban mates2 de mano en mano. En un bar, en la calle o en la puerta de algún alojamiento negado, los santiagueros preguntaban por qué tantos, si acaso habían brotado de la tierra.

–Venimos por el cincuentenario de la revolución.

–Por los cincuenta años del triunfo de la revolución, aclaró alguien, cerca del cuartel Moncada, ese que Fidel Castro intentó tomar el 26 de julio de 1953.

 

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LA EXPECTATIVA  CREADA  –especialmente fuera de las fronteras de Cuba– en torno al cincuentenario de la huída del dictador Fulgencio Batista, ratifica la idea de que los aniversarios, y en particular las “fechas redondas”, son momentos condensadores, coyunturas que activan procesos de elaboración, reelaboración y circulación de narrativas sobre el pasado.3 

La historia reciente y los estudios sociológicos sobre la memoria han hecho ya muchos aportes para pensar la dinámica de las conmemoraciones históricas.

Sabemos que las imágenes del pasado no se forjan sólo en los gabinetes de los historiadores, ni son fruto exclusivo de una silenciosa y larga tarea en los archivos, así como que tampoco son sus sostenes únicamente los libros y los artículos de historia con pretensiones de cientificidad, sino también los ritos y los emblemas de la liturgia escolar o militar y los que se juegan en fiestas más espontáneas, la toponimia urbana y rural, las estatuas, los calendarios y las efemérides, incluso algunos afortunados textos de ficción, entre otros.4

Para Henry Rousso, un referente del campo académico que él denomina historia de la memoria, la conmemoración es un proceso social cuyo objetivo a priori es simple: recordar juntos.

El contenido de la conmemoración, las formas, todo lo que se puede decir alrededor de una conmemoración, significa analizar un uso explícito de un pasado. Esto no quiere decir que la conmemoración no acarree representaciones implícitas.5 

Las formas de convocar,  representar y  poner en la escena pública ciertos sentidos sobre el pasado son diferentes. Varían según tradiciones, estilos y, si se quiere, estéticas políticas de las distintas “comunidades de memoria”. Esas formas de acción se construyen en el tiempo y distinguen a los diversos grupos.

Por lo general, los estudios que los han descrito se refieren a conmemoraciones nacionales o, de lo contrario, más localizadas. La escena del cincuentenario del triunfo de la revolución cubana despierta una pregunta por una celebración que trasciende lo nacional y lo hace de un modo particularmente interesante.

No se trata de un evento “global” –en torno a un significado con pretensiones de universalidad y que se conmemora de un modo específico en cada país– sino de la rememoración de un acontecimiento local que, en el transcurso de la historia, y sobre todo tras el declive de otras referencias del mundo socialista, se convirtió en un punto de atención –y culto– mundial; por otra parte, porque la multinacionalidad de los festejantes llegó a tener una expresión concentrada en un mismo territorio.

Estas líneas se proponen pensar esa escena y sus tensiones. No es un balance de los cincuenta años del proceso revolucionario cubano, sino una reflexión sobre el encuentro de diversas comunidades y estilos políticos en torno a la celebración de su aniversario.

Concretamente, nos interesa advertir el desencuentro entre la propuesta de celebración oficial y las expectativas, no tanto del pueblo cubano, sino de una multitud de “amigos de la revolución cubana” que destinaron sus vacaciones a visitar la isla socialista.

 

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Tanto el acto del 1 de enero, realizado en Santiago de Cuba con Raúl Castro como principal figura, como el realizado en La Habana tras la llegada de la ritual Caravana de la Libertad siete días después, que contó con la presencia del presidente de Ecuador, fueron actos cerrados al público en general; con más de mil asistentes en ambos casos, seleccionados según listados protocolares y “sorteos” que definieron la participación de la ciudadanía, la gran mayoría de los cubanos los siguió por la televisión abierta (en Cuba, es abierta), que transmitió en directo y luego repitió la grabación varias veces.

No hubo quejas de locales por perderse un “acto histórico”. El descontento se planteó, sobre todo el primer día del año, entre los visitantes extranjeros que habían llegado al país autoconvocados para participar de los festejos. Grupos de argentinos, principalmente, que llegaron a Santiago de Cuba en los últimos días de diciembre, se encolumnaron en la tarde del 1 de enero y marcharon para ejercer presión sobre la seguridad de un acto que se había anunciado restringido al público.

En alguna “barrera” hubo empujones y hasta pintorescas discusiones con la policía revolucionaria; hubo quienes esgrimieron ante los guardias la condición de coterráneos del Che Guevara, mientras otros tocaban el bombo y adaptaban canciones clásicas de los estadios de fútbol para, primero, declarar la amistad con la revolución  y, más tarde, expresar indignación por haber quedado afuera.

En un momento, a poco del inicio del acto oficial, durante esas discusiones en las cercanías del parque Céspedes, los “manifestantes” vieron pasar al secretario de Derechos Humanos del Estado argentino, y lo hicieron trasladarse hasta la “zona caliente” del stop, para hacer de mediador.

No tuvo éxito: “No hay lugar, el acto está organizado de esta forma. Nos dicen que nos vayamos retirando, que no quisieran tener un incidente con nosotros”, sintetizó Eduardo Luis Duhalde con un megáfono prestado.

Al final, todos vieron el acto por televisión, como la gran mayoría de los cubanos, en casas particulares o en televisores que sacaron a las calles. Luego, autogestionaron los festejos en otras plazas donde, con melodías típicas de los estadios, cantaron estrofas de adhesión a una historia liderada por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara. Muchas terminaban en chiste, y algún chiste terminó en burla:

–Cuba, Cuba, Cuba, la clase media te saluda.

 

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Pco tiempo antes del aniversario, la isla había sufrido tres fuertes huracanes que le provocaron pérdidas cercanas a los diez mil millones de dólares y que complicaron la situación económica, ya ahogada por el terrible bloqueo económico estadounidense. Cuando llegó la hora, los festejos por el cincuentenario de la huída de Batista fueron sumamente modestos, austeros y, por qué no decirlo, tuvieron la estética de un acto escolar.

Más allá de algunas propagandas oficiales callejeras (“cincuenta años en revolución”, decían algunos) y varios carteles artesanales exhibidos en las ventanas de las casas, que aludían al número redondo, es muy probable que la conmemoración no se haya diferenciado demasiado del cuarenta y nueve o el cuarenta y ocho aniversario de los hechos de 1959.

Quizá, el principal contraste con años anteriores fue la presencia de extranjeros, notoria desde los últimos días de diciembre y, a medida que se aproximaba la fecha conmemorada, concentrada en Santiago de Cuba, donde estaba anunciado el principal acto oficial.

Tal es así que la noche del 31, el tradicional acto con el que los santiagueros reciben el año nuevo, se vio claramente teñido por las visitas. La costumbre, previa a la revolución, evoca un episodio de las luchas por la independencia –que también tuvieron como epicentro a esa ciudad–, cuando por primera vez se arrió la bandera española.

Cada año nuevo los pobladores de Santiago se reúnen a la medianoche en el parque Céspedes para izar el pabellón cubano. En el pasaje de 2008 a 2009, al hacerlo no sólo saludarían a la bandera nacional, sino también al quincuagésimo aniversario del día en que, en esa misma ciudad, Fidel Castro proclamó la victoria de la revolución.

Centenares de latinoamericanos que “boca a boca” se enteraron de la convocatoria, se sumaron a un acto que suele ser simple, breve y bastante silencioso. La fervorosa presencia puso de manifiesto la diferencia entre las culturas y estéticas políticas de esas comitivas y las propias del pueblo cubano.

Los grupos autoconvocados para “acompañar” a los isleños rigieron por sí mismos los festejos y, quizás, hasta ahuyentaron al pueblo al que pretendían expresar  su  amistad.

Cuando  no había pasado más de una hora de la medianoche, era claro que la mayor parte de la multitud congregada en el parque Céspedes estaba constituida por los visitantes extranjeros. Los cubanos, desapercibidos en el festejo, habían regresado a sus casas.

“Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia...”. Coros improvisados cantaron hora tras hora las canciones más conocidas dedicadas al Che. Luego, con la práctica de una hinchada de fútbol, inventaron canciones de amistad con la revolución, referidas al cincuentenario. Se mezclaba la emoción de estar en un sitio histórico, la excitación del

Fin de año, la libertad de las vacaciones, los festejos por la efeméride revolucionaria. Entre la multitud, un brasileño y un argentino  se  distinguían  por  estar subidos sobre los hombros de algún compañero. Uno llevaba una camiseta del seleccionado de fútbol nacional; el otro estaba cubierto por la bandera de su país.

En medio del eufórico festejo se aproximaron y, cuando estuvieron lo suficientemente cerca, se abrazaron. Aunque tal unión de “hinchadas” rivales en el fútbol poco hablaba de Cuba y la revolución, la multitud ovacionó. La fraternidad no duró mucho. Pocos minutos más tarde, entre grupos de la comitiva argentina –la más extensa–, se escuchó un cántico improvisado que echaba todo atrás:

–Brasilero, brasilero/ qué amargado se te ve/ Maradona es amigo/ es amigo de Fidel.6

 

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Nada en común con esa escena  tuvo el acto oficial, al día siguiente, en el mismo parque. La concurrencia –que ingresó según una lista de invitados– estaba sentada y apenas en dos ocasiones algún aplauso interrumpió un acto que siguió su guión con la precisión de un reloj. Un discurso, una coreografía, otro discurso, otro discurso.

La lógica de un “acto escolar” indignó a los “amigos latinoamericanos” que vieron todo por televisión y esperaban otra cosa. No sólo no habían podido estar: además, no estaba Fidel, no había recital de Silvio Rodríguez, y pese a los rumores, tampoco estaban Hugo Chávez ni Evo Morales.

A la mañana, el diario había transmitido un mensaje de Fidel,  breve e insustancial: “Al cumplirse dentro de pocas horas el cincuenta aniversario del triunfo, felicito a nuestro pueblo heroico”. Luego, la estética del festejo se mostraba distante, y al discurso de Raúl Castro –el principal orador– le faltó potencia: no hubo grandes anuncios, ni críticas furibundas al gobierno estadounidense.

Hacia la noche volvieron los festejos autogestionados en las plazas, con otro ritmo y hasta con una murga argentina. Por lo bajo se hablaba de la decepción por los actos y algunos renovaban la esperanza con lo que pudiera ocurrir el 8 de enero, cuando el cincuenta aniversario fuera el de la llegada de la columna revolucionaria a La Habana.

La escena se repetiría, ya sin la columna argentina movilizada presionando para entrar: el acto en la Ciudad Escolar Libertad también tuvo ingreso restringido, y quienes fueron allí a intentarlo de todas formas, terminaron siguiéndolo en la pequeña televisión de un geriátrico cercano. El orador fue un presidente invitado, Rafael Correa (Ecuador), quien desplegó un discurso muy bueno… pero inmerso en la misma estética.

–Otro acto fallido, aunque no en el sentido freudiano, bromeó uno de los argentinos que quedó afuera. Más allá, otro que había empezado a mirar Cuba más allá del festejo, también se refugió en el humor:

–Acá  pasa al revés que en Argentina: hay alimentos para todos y actos para pocos.

 

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La tensión entre las expectativas extranjeras y la propuesta de la celebración cubana no se explica sólo por una diferencia de culturas políticas, más aún si uno recuerda imágenes de los actos masivos que Fidel Castro realizaba en la Plaza de la Revolución.

Por un lado, es evidente que la ausencia de Fidel tiene un impacto sobre los actos políticos; por otro, también cuenta la austeridad, habida cuenta de las pérdidas económicas provocadas por los huracanes que azotaron a la isla en 2008.

La semana anterior al aniversario, en la última sesión del año del Congreso, Raúl Castro había anunciado un difícil escenario para el 2009, por la suma de ese desastre natural, la continuidad del bloqueo comercial y el posible impacto de la crisis económica mundial.

En lo que se refiere a diferencias entre los cubanos y los visitantes “amigos de la revolución”, parece  haber también distintas cargas de sentido en las fechas festejadas. Se sabe que toda conmemoración es una construcción, que está preñada de política y define los sentidos del pasado desde el presente.

No es un dato irrelevante que, mientras los extranjeros hablaban de los “cincuenta años de la revolución”, la propaganda local enfatizara la palabra triunfo. Se hablaba de la “revolución triunfante”, de una “revolución pujante y victoriosa” y el aniversario era, en fin, de los “cincuenta años del triunfo de la revolución”.

Efectivamente, según la historia escrita en los últimos decenios, la revolución no comienza en 1959 sino, al menos, casi seis años antes. Eso es lo que relata –en La Habana– el Museo de la Revolución, y de allí la relevancia simbólica del ex cuartel Moncada, el principal museo en Santiago de Cuba.

El derrotado ataque en su contra, que provocó muchas muertes al movimiento y el encarcelamiento de Fidel Castro –cuando elaboró su mítico alegato: La historia me absolverá– se erige como acontecimiento fundacional de la revolución.

Se trata, por supuesto, de una construcción a posteriori, pero igualmente lo es condensar el sentido de la revolución en el 1 de enero. Ese día de 1959 huyó del país Batista, asediado por la guerrilla y por otros movimientos urbanos, y Fidel anunció desde Santiago el triunfo revolucionario.

No obstante, el gabinete de gobierno formado, integrado por una convergencia de partidos opositores al régimen batistiano, apenas integraba a Castro como titular de un Instituto de la Reforma Agraria, al tiempo que éste declaraba en la prensa que no era comunista.

Recién a mediados de marzo fue designado primer ministro; pasaron un par de años para que el nuevo gobierno se declarase socialista, y fue bastante después cuando el líder se hizo cargo de la presidencia de la República.

Toda esa historia está narrada en sitios oficiales –como el Museo de la Revolución–, en un país donde la conmemoración histórica tiene una fuertísima presencia: desde la formación de los grupos escolares de “pioneros” –una suerte de boy scouts comunistas–, hasta la constante evocación de acontecimientos en la prensa, pasando por la rotulación de calles y plazas, y la multiplicación de monumentos que homenajean a la revolución en las distintas ciudades.

El 26 se julio se celebra el Día de la Rebeldía Nacional, que refiere al “reinicio de la lucha armada de los cubanos en 1953 con Fidel Castro al frente, acción que condujo a la victoria de la revolución el  de enero de 1959”.

Todo indica que para el gobierno cubano, el aniversario del Moncada –previo al ciclo de huracanes– fue mucho más relevante que el cincuentenario del triunfo revolucionario, al menos más que para los miles de simpatizantes del proceso cubano en el mundo, que habían sacado sus pasajes aéreos para tal conmemoración.

El acto, realizado en Santiago el 26 de julio de 2008, contó con la participación de diez mil personas, más del triple de los que ingresaron al parque Céspedes el 1 de enero siguiente.

 

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El tenor de los actos de enero que ciertamente defraudaron las expectativas de las comitivas extranjeras autoconvocadas, tenía algunas explicaciones. Había mucha austeridad en la organización de los actos, y eso resultaba indiscutible: subyacía en eso una regla de prioridades del Estado socialista, admiradas por todos los que estaban allí.

Por otra parte, en la sociedad cubana hay una presencia tan fuerte de la conmemoración histórica, que es posible que cincuenta años no significaran algo muy diferente de  cuarenta y nueve o cuarenta y ocho, más allá del número redondo.

Sin embargo, muchos visitantes, en su mayoría sudamericanos y particularmente argentinos, habían llegado en busca de una celebración pomposa, un recital de Silvio Rodríguez y acaso la reaparición pública de Fidel, en un acto de masas compartido con los otros líderes latinos a los que saludaban banderas y remeras.

No hubo nada de eso. En un acto sin pompa, Raúl Castro hizo un discurso que no tuvo demasiada fuerza y que ni siquiera incluyó anuncios importantes, como sí había ocurrido el 26 de julio.

La interrogante que inspira estas páginas es si se justifica buscar allí los signos de una crisis de la revolución, o si, en todo caso, se trata más bien de un des- encuentro entre las lógicas de la celebración cubana y las búsquedas del “turismo político”.

No hay dudas de que Cuba tiene múltiples problemas económicos y políticos para enfrentar –apuntados en otros artículos de este  dossier–, pero el parámetro para medir sus dimensiones o su gravedad no debiera partir de la impresión del visitante convocado por una “fecha redonda”. No se trata de cargar a la noción de turismo político con un sentido peyorativo.

Con ella pensamos en una práctica, históricamente extendida, que suele habilitar intercambios culturales enriquecedores y el conocimiento de procesos políticos externos a la propia cotidianidad del turista. Implica un posicionamiento activo del “turista”, que en rigor nunca es un sujeto pasivo: en cualquiera de sus formas, la práctica del turismo modifica al sujeto y también al lugar que visita.

En cuanto a aquel tipo específico, corresponde advertir que asume múltiples formas. Hay un “turismo político encausado”, aprovechado conscientemente por el país “anfitrión”, que crea un circuito para satisfacer la demanda de quien al salir de su cotidianidad opta por esa búsqueda.

Esto no sólo ocurre en torno a procesos revolucionarios, sino también, por ejemplo, a sitios ligados con horrores del siglo XX, como Auschtwitz.

Un “turismo de la memoria” ha sido problematizado desde la investigación social, que observa cómo “los centros de investigación y las asociaciones de historia local son incorporados a los dispositivos de turismo e incluso a veces obtienen de ello sus propios recursos de subsistencia”.7 

Cuba también ha creado sitios para dar cauce a un turismo que no sólo busca el descanso en una isla caribeña, sino que llega con intereses sociales y políticos. Este movimiento ha existido desde los años sesenta y se acentuó en los últimos tiempos, desde que el Estado ha tenido que arreglárselas sin el padrinazgo soviético.

Así, la economía cubana se ha volcado al turismo –en todas sus formas– resultando, de hecho, en una de las principales causas de las brechas sociales asociadas a la existencia de un sistema monetario doble.

La promoción del turismoespecífico es una política extendida en otros países.8 No se trata, cabe insistir, de impugnar una práctica que favorece los intereses del país y, en buena medida y más allá de la parcialidad del conocimiento, enriquece al visitante. De lo que se trata, sí, es de cuestionar la factibilidad de convertir una decepción por la escasez de festejos en  un  comentario  argumentado sobre una crisis de la revolución.

 

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Se trate de tours estrictamente guiados o de visitas autogestionadas, difícilmente la mirada del turista pueda aportar más que juicios parciales que, por otra parte, debieran articular todo lo que Cuba tiene todavía hoy para asombrar al visitante extranjero.

La Habana es una ciudad fascinante que permite viajar en el tiempo. Sus calles son un museo del automóvil en movimiento: hay algunos coches nuevos, pero predominan los Chevrolets de los cincuenta, y autos rusos de antaño. Impecables, son un cabal alegato contra la cultura de lo descartable.

Las casas húmedas y derruidas transmiten la sensación de carestía, aunque no llegan a dar tristeza: el color de las prendas tendidas en la soga de un balcón, los chicos jugando con un barrilete y las charlas callejeras dejan otra sensación.

El cubano es un pueblo alegre. Una mirada más panorámica completa la lección cultural: son ciudades sin especulación inmobiliaria. Allí nadie derriba construcciones históricas para construir edificios inteligentes, centros comerciales o estacionamientos. Tampoco abruma la publicidad.

No hay mujeres semidesnudas vendiendo ropa interior ni estrellas de futbol explicando qué celular es la clave de su éxito. Una cartelería atípica para el ojo “occidentoxicado” evoca frases de Martí y emprende campañas contra el problema de la holganza.

Sorprende que la policía no porte armas de fuego –por supuesto, la población civil no tiene– y que tampoco haya alarmas o casas atestadas de cerrojos.

Así, no puede ser fácil que formulen un juicio acabado adultos nacidos y criados en sociedades donde la competencia y el éxito individual son valores centrales. Leída, ad- mirada y criticada de antemano, Cuba no se entiende en un mes y quizá tampoco en un año, porque el debate político ideal y a la distancia es distinto de la vida de todos los días y de la cultura que se hace carne.

Hubo visitantes que aguardaban encontrar tal cual la Cuba que idealizaron durante años, y otros a los que les costó superar la ausencia de la celebración esperada. Para el resto, no cabe duda alguna, Cuba dejó muchas de esas lecciones cotidianas.

 

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La continuidad de la revolución está llena de desafíos, a los que buena parte de la población asume y comprende, y que no se expresan ni se pueden juzgar por la intensidad de una conmemoración. El festejo que no fue dejó esa otra lección, contra los vicios del “efemeridismo”, y para tener presente en todo el 2009.

En lo que va del calendario, además del triunfo cubano, ya se celebraron años del gobierno bolivariano de Venezuela, del levantamiento del Ejército Zapatista y las bodas de plata de los Sin Tierra brasileños. La lista podría ser interminable.

También se cumplen de la revolución islámica  de Irán; de la revolución libia  del coronel Gadafi; de la revolución china... Pero mientras se escriben notas con fotos en blanco y negro, la América Latina con sus venas abiertas se llena de colores diversos.

También este verano, días antes de que entrara en plena vigencia, entre Perú y Estados Unidos, un oprobioso Tratado de Libre Comercio, Bolivia reformó su Constitución y demostró que también vive en revolución. No había bolivianos en las plazas autoconvocadas por la fecha cubana, pero acaso dieron su mejor homenaje.

 
Citas
  1. Se conoce como CUC (literalmente Cubanos Convertibles) al peso cubano convertible a divisa extranjera.
  2. A la vez nombre del recipiente, la yerba con que se prepara y la infusión bebible resultante. Popular en Sudamérica, especialmente en Argentina, Uruguay y Paraguay; en apariencia, de origen guaraní.
  3. Jelin, Elizabeth (2002). Las conmemoraciones. Las disputas en las fechas “in-felices”. Siglo XXI: Madrid, p.198.
  4. Cataruzza, Alejandro (2007). Los usos del pasado. Editorial Sudamericana: Buenos Aires, p. 18.
  5. Cataruzza, Alejandro (2007). Los usos del pasado. Editorial Sudamericana: Buenos Aires, p. 18.
  6. Rousso, Henry (2000). “El duelo es imposible y necesario”, entrevistado por Claudia Feld, en Puentes, año 1, número 2, diciembre, p. 34.
  7. Burla en referencia al conocido perfil conservador de Edson Arantes do Nascimento, “Pelé”, ídolo del futbol brasilero.
  8. Traverso, Enzo (2007). “Historia y memoria. Notas sobre un debate”, en Franco, Marina y Levin, Florencia. Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción. Paidós: Buenos Aires.
  9. Sin ir más lejos, en los últimos tiempos Venezuela ha creado también paquetes de reality tours en busca de dejar atrás el viejo lema de “sol, playa y naturaleza” que difundía su ente turístico. Ahora los planes incluyen visitas a la casa natal de Bolívar, encuentros con los médicos de la Misión Barrio Adentro y hasta la asistencia a alocuciones del presidente Chávez.
 
Bibliografía

CATARUZZA, Alejandro (2007). Los usos del pasado. Editorial Sudamericana: Buenos Aires.

JELIN, Elizabeth (2002). Las conmemoraciones. Las disputas en las fechas “infelices”, Siglo XXI: Madrid.

ROUSSO, Henry (2000). “El duelo es imposible y necesario”, entrevistado por Claudia Feld, en Puentes, año 1, diciembre, número 2: Buenos Aires.

TRAVERSO, Enzo (2007). “Historia y memoria. Notas sobre un debate”, en Franco, Marina y Levin, Florencia. Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción, Paidós: Buenos Aires.

 


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