¿Cambio de régimen económico? Pagar por ver

El régimen económico predominante en el mundo, afirma con acierto Ricardo Becerra, compromete y disminuye las posibilidades y resultados de la institucionalidad democrática. ¿Podrá el nuevo gobierno cambiar los contenidos y objetivos del régimen económico?

Por: Ricardo Becerra

Que México sea un país exageradamente desigual no es novedad. Lo es (en cambio) el hecho de que está desigualdad se haya agudizado como nunca antes porque las fuerzas de divergencia actúan desde los dos polos: los ricos se han hecho mucho más ricos, y los pobres se han hecho más pobres.

El impacto de la crisis de 2008, en los últimos 10 años ha resultado desproporcionado, mucho mayor aquí que en casi cualquier otra nación comparable, por persistencia de políticas explícitas, por la propia estructura redistributiva histórica, sobre todo, por la obsesiva contención salarial. Lo peor es que los pocos instrumentos que han paliado o contenido la desigualdad, se están quedando sin fondos por la declinación de la producción y de los ingresos del petróleo. Todo lo cual anuncia nuestra entrada a una nueva fase de concentración del ingreso aún más recalcitrante, a un histórico momento de extrema desigualdad que no había conocido la modernidad mexicana. Algo de esto, se cultivó en la raíz del triunfo de Morena el pasado 1° de julio.

“El momento más desigual”, no es una licencia retórica. Uno tras otro, múltiples informes, balances de la segunda década del siglo XXI, dispuestos en conjunto, parecen dibujar un paisaje material extremadamente desigual en el México contemporáneo. Solo 25.1% de los hogares en México viven con 10 a 50 dólares al día, dice el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), por debajo de Uruguay (63.3%), Paraguay (49.2%) o Brasil (39.1%). Una clase media que constituye solo una cuarta parte de la población. 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) por su parte, señala que terminaremos este sexenio con 57% de la población ocupada en la informalidad, muy por encima de la tasa promedio de América Latina (47%).

Aquí, el apoyo a desempleados es prácticamente nulo (0.04 dólares por persona desempleada), atrás del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) (5.16 dólares), de Corea del Sur (5.86 dólares), de Chile (1.01 dólares) y aún ¡de Grecia! que gasta 0.59 dólares por desempleado, con todo y su catástrofe económica iniciada en la crisis de entre décadas.

Los trabajadores que ganan menos del salario mínimo son 8.6 millones (por debajo de la canasta alimentaria), según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, un ingreso inferior a 2,650 pesos al mes en la mitad del año 2018.

Y por contra, los bancos en México siguen cosechando ganancias históricas: en el primer trimestre del año registraron utilidades por 37 mil 834 millones de pesos, lo que supera en 7.2% el periodo comparable del 2017, informó la Comisión Nacional Bancaria y de Valores.

Y si acudimos a otras tantas comparaciones internacionales, hallamos que México se ha convertido en el país con la relación más regresiva entre ganancias de capital y salarios, comparado con cualquier otra economía de su tamaño, de su estadio productivo, de América Latina o de la OCDE, una relación casi inversa a la que exhiben los países desarrollados, en los cuáles la tercera parte del ingreso total le corresponde típicamente al capital y dos terceras a las remuneraciones de los trabajadores. En México no: 27% del ingreso total se lo lleva la enorme masa trabajadora, 73% restante, los propietarios del capital. Y como corolario de todo: en el siglo XXI (dice el Fondo Monetario Internacional) México exhibe uno de los avances más pequeños en su PIB per cápita (14.7%) en toda América Latina, muy por abajo de Panamá (110.3%), de Perú (83.5%), Colombia (58.4%), Brasil (23.7%) y aún, por debajo de Guatemala (22.3%). Esto quiere decir que al ritmo de los últimos diecisiete años, México duplicará su PIB per cápita dentro de ¡73 años!, o sea: hasta el año 2090, lograríamos el ingreso medio de los empobrecidos italianos de hoy.

La ceguera de las élites

Esta simple recolección de datos sueltos (todos actualizados para este año) llevan a otra pregunta: ¿cómo es que las élites biempensantes, los empresarios asustadizos, los economistas alineados y el gobierno del presidente Peña, hicieron tan poco para amortiguar esta situación, caldo de cultivo de lo que ahora llaman “populismo”?, ¿por qué en vez de demonizarlo, no bajaron al terreno para tomar el pulso de la población y desplegar otras decisiones de política económica y social?

Antes de 2017, todas las condiciones estaban listas para emprender una política de recuperación salarial, comenzando por los mínimos. No se hizo. Se pudo emprender una política masiva de formalización de las trabajadoras domésticas. Ni siquiera se ratificó el Convenio 189 para el trabajo decente con la OIT. Ante la insistencia de CONEVAL (avanzar hacia la universalización de la asistencia, menos programas sociales pero más potentes y mejor coordinados), la inercia persistió bajo la forma de más fragmentación, redundancia y desperdicio entre los diferentes niveles de gobierno. Ninguna medida de importancia para corregir o atemperar la desigualdad ni el empobrecimiento.

Ni siquiera la iniciativa emblema del sexenio pudo alcanzar un impacto de consideración: los comedores dispuestos para atender a los más pobres alcanzaron a 600 mil personas. Esto significa que la cruzada contra el hambre, atendió a solo uno, de cada dieciséis personas en pobreza extrema.

Varios estudiosos auguran que esta tendencia hacia más pobreza y desigualdad persistirá. Desde el Institute for New Economic Thinking at the Oxford Martin School, Max Roser, adelantó una mayor desigualación en México durante esta década (medido a través del Índice de Gini). Lo mismo parecen confirmar los estudios de Fernando Cortés[1] según los cuales, a partir de la segunda década del siglo XXI, nuestro país habría entrado a un nuevo ciclo de más concentración e inequidad, a contrapelo de casi todos los países grandes de América Latina. Y desde una amplia perspectiva histórica, en el King´s College de Londres, el profesor Paul Segal también calcula que nuestro país se encuentra en su “momento más desigual”, el más desigual en los últimos dos siglos. 

Este panorama (estancamiento secular, desigualdad extrema, salarios estructuralmente deprimidos y una democracia gobernada por un “cártel” transversal, ideológico e institucional), se matizó con el efecto de los miles de programas sociales, asistenciales y las transferencias que se instrumentan desde los gobiernos de todo tipo y nivel. Algo más de un billón de pesos de gasto anual en programas sociales.

Sin embargo, el problema capital es que la economía misma, la economía formal (ya no digamos el océano de informalidad que le acompaña) con sus muy bajos salarios, reproduce todos los días a los distintos tipos de pobreza, especialmente a la pobreza extrema. No es ninguna casualidad que el “humor social” ese caldo de cultivo donde se conforma la opinión pública y la decisión electoral, tenga como uno de sus nutrientes más poderosos, la situación laboral, salarial y la ansiedad por el porvenir. Todo ese océano de descontento que las élites mexicanas no quisieron ni pudieron ver, antes del 10 de julio del 2018.

 

¿Cambiará el régimen económico?

Hemos oído estas grandes directivas económicas de Andrés Manuel López Obrador (confirmadas por sus voceros especializados): no se recurrirá a más deuda, no crecerá el gasto, se reordenará para atender otras prioridades que tomarán una nueva orientación hacia nuevos programas sociales y la inversión productiva. Y no habrá reforma hacendaria en el futuro previsible.

Este es el acertijo mayor para los siguientes meses, no años: la desigualdad ha tomado un nuevo impulso porque el país ya no dispone de recursos líquidos petroleros para sostener el único dique eficiente contra los tirones de “divergencia” (el gasto social, público, en salud, educación, pensiones, etcétera); la reforma tributaria de 2014, no será ya suficiente ante la presión demográfica y no obstante, el presidente electo ha decidido no realizar ninguna otra reforma tributaria.

En tales condiciones, ¿es posible crear otro arreglo económico, menos desigual, sin esa reforma fiscal de la que tanto ha insistido el Grupo Nuevo Curso del Desarrollo, o el economista Jaime Ros, por ejemplo?

Si esas son las decisiones, lo que queda son medidas redistributivas en el mercado, especialmente en el mercado laboral, motor principal que genera pobreza y pobreza extrema por sus salarios tan deprimidos.

Por eso, y a pesar de todo, incrementar el salario mínimo en todo el país, como punta de lanza de un sostenido plan de recuperación salarial de los trabajadores mexicanos, empezando por las escalas más bajas, se constituiría en una rectificación sustantiva del modelo.

¿Y las servidoras domésticas? ¿Es posible imaginar una ingeniería financiera para que todas ellas puedan aportar al IMSS con nosotros, sus patrones, formalizarlas y de paso darles seguridad social a quienes producen alrededor de 20% del PIB nacional?

La dirección es diferente, pero no necesariamente contrapuesta: bajar altos salarios en el gobierno, sí, pero subir los salarios y la protección laboral en el mercado de millones de mexicanos. No solo achaparrar ingresos en la cúspide, sino ascender percepciones en la base más necesitada.

Y por supuesto, desplegar una corrección ordenada en los miles y miles de programas sociales desperdigados por todo el país, ¿no merecerían una revisión imparcial, no clientelar, dirigida por el CONEVAL, para compactarlos, hacerlos universales, dar paso al seguro de desempleo igual para todos, incondicionado y de paso destruir las condicionantes que someten a millones a los vaivenes del gobierno en turno?

La desigualdad es la premisa del modelo, no su consecuencia, y el cambio debería empezar allí. Nuestro nivel salarial (en el sótano mundial) no es producto del “estadio productivo” ni de las condiciones “naturales” del mercado, sino de una política económica que vive de la competitividad espuria y de un nivel de precios controlado a costa de la masa salarial.

No fue Keynes, ni el desarrollismo, las escuelas que plantearon por primera vez el “principio de simpatía”, o sea, la idea de inyectar en las decisiones económicas la variable de inclusión y bienestar de los que han perdido (en nuestro caso, ha perdido ya una generación). Como recuerdan Antón Costas y Xosé Carlos Arias, fue Adam Smith quien invocó a la “simpatía” como el cemento que cohesiona a la sociedad de mercado.

En ausencia de una transformación que lance una urgente onda de cohesión social no podemos hablar de cambio en el régimen económico porqué la desigualdad es la precondición misma del modelo.

No me desentiendo de las dificultades. No tengo duda que pocas cosas son más complejas en el mundo de hoy, que modificar los componentes de inserción a la globalización, pero creo que el triunfo de Morena nos coloca ante una paradoja que exige una solución: el lenguaje de la Cuarta Transformación dice querer desterrar el neoliberalismo, pero sus medidas anunciadas, al cabo, lo sostienen (recortes, una cierta noción de austeridad, programas sociales focalizados en el centro, nada de estímulos vía endeudamiento, ortodoxia monetaria), en suma: hacer otra cosa con los mismos instrumentos, encontrando dinero para la inversión de la misma bolsa disminuida.

Ojalá esa paradoja se disuelva y los hechos se empaten con el lenguaje. Hay que introducir correcciones puntuales, precisas, viables dentro del andamiaje atado durante tres décadas. Y creo que los hechos nos informan con certeza que la absoluta prioridad, en este momento histórico es detener el agravamiento de la desigualdad. Allí está la oportunidad estratégica para el cambio del régimen económico que ha ensombrecido por décadas, la vida democrática mexicana.

Es un acertijo de muy difícil solución. Ha llegado la hora de pagar por ver.

 

Bibliografía

Arias, Carlos y Costas, Antón. (2012). La Torre de la Arrogancia: Políticas y mercados después de la crisis. España. Planeta.

Bleynat, Ingrid and Challú, Amiclar (2017). “Inequality, Living Standards and Growth: Two Centuries of Economic Development in Mexico”. Department of International Development, Working Paper. Disponible en: www.wid.world/wp-content/uploads/2017/11/001-Segal-Inequality-in-Mexico-2017-05-01.pdf

Cordera, Rolando y Provencio, Enrique. (2018). Reforma hacendaria: para aprovechar el espacio fiscal y mejorar la gestión del gasto público. Propuestas estratégicas para el desarrollo 2019-2024. México. PUED-UNAM.

Cortés, Fernando (2013). Medio siglo de desigualdad en el ingreso en México. México. MPUED, UNAM/PEI, COLMEX.

Datos del Sistema de Cuentas Nacionales, INEGI. Disponible en: www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/scn/

Economía Informal en América Latina y el Caribe. Disponible en: www.ilo.org/americas/temas/econom%C3%ADa-informal/lang--es/index.htm

Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), población de 15 años y más de edad. Disponible en: www.beta.inegi.org.mx/proyectos/enchogares/regulares/enoe/?init=3

Esquivel Hernández, Gerardo. Concentración del Poder Económico y Político. Disponible en: www.oxfammexico.org/sites/default/files/desigualdadextrema_informe.pdf

Estadísticas de Pobreza y Desigualdad de Ingresos en ALC (18 Países). Disponible en: www.iadb.org/es/investigacion-y-datos/pobreza%2C7526.html

GDP per capita, current prices U.S. dollars per capita. Disponible en: www.imf.org/external/datamapper/NGDPDPC@WEO/OEMDC/ADVEC/WEOWORLD

Presidencia de la República. VI Informe de Gobierno. Septiembre de 2018. Disponible en: www.gob.mx/presidencia/articulos/sexto-informe-de-gobierno-173378?idiom=es

Perspectivas económicas de América Latina 2017 Juventud, Competencias y Emprendimiento. Disponible en: www.oecd.org/dev/americas/E-book_LEO2017_SP.pdf

Ros, Jaime. (2013). Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México. México. COLMEX.

Roser, Max. "Is income inequality rising or falling?" march 14, 2015. Disponible en: www.maxroser.com

 

[1]1  Ponencia presentada en el Seminario “Las desigualdades y el progreso en México: enfoques, dimensiones y medición”, México D.F.

 


Publicado por: