Bases imaginarias de la discriminación contra las mujeres. La idea del no trabajo femenino

Las mujeres han trabajado en todas las sociedades conocidas a lo largo de toda la historia de la humanidad, tanto en labores de producción como de reproducción social. Entonces, ¿por qué tenemos la idea contraria?

Por: Estela Serret

Una de las muchas certezas infundadas o verdades ideológicas compartidas en nuestro entorno social acerca de las mujeres es que ellas no trabajan.

Es decir, casi ninguna realiza un trabajo real, serio, prestigioso, relevante, como parte central o definitoria de su vida. Aquellas que están empleadas, en todo caso, usurpan una identidad que no les corresponde.

Porque, pensamos, aunque la idea de trabajo alude a una actividad remunerada, su ejercicio compete por naturaleza a los varones.

La mayoría, en efecto, sigue considerando indiscutible la separación esencial de esferas de pertenencia social de los hombres y las mujeres y, en esta distinción, el trabajo juega un papel central.

Si los varones trabajan y las mujeres no, es porque aquellos son proveedores y estas madres, por naturaleza. En consecuencia, en la moderna sociedad de mercado, a ellos les corresponde ganar un salario y a ellas, al cuidar del hogar, ser esposas, madres y amas de casa.

Siguiendo el hilo de estas convicciones se concuerda generalmente en que, si bien hoy muchas mujeres tienen un empleo remunerado, lo ejercen solo de manera adjetiva, es decir, sin transformar el núcleo de su identidad.

Si una mujer trabaja lo hace porque no le queda otro remedio: bien porque el salario de su marido no es suficiente para sostener a la familia, en cuyo caso el ingreso de la esposa se entiende como un complemento, bien porque no ha podido casarse y carece así de un proveedor. O quizá concedamos, lo hace porque quiere procurarse un mejor nivel de vida. En todo caso, ni el trabajo ni el empleo desdibujan en nuestra mente a una mujer como esposa y madre.

Esta incompatibilidad entre las mujeres y el trabajo, pensamos, ha existido siempre. De hecho, solo en tiempos recientes habrían ellas salido de sus casas a ocupar inadecuadamente espacios masculinos.

Tales ideas no corresponden únicamente al imaginario colectivo, aquello que conocemos como la opinión común. Por el contrario, encontramos que entre muchos y muy diversos especialistas estos mismos razonamientos se repiten con demasiada frecuencia.

En el lenguaje experto se habla, por ejemplo, de que los movimientos por la liberación femenina se originaron gracias a la expulsión de las mujeres hacia el mercado de trabajo emprendida por la Revolución industrial.

Por primera vez en la historia, afirma este discurso, las mujeres han salido de sus casas para integrarse a las filas de los trabajadores, y la independencia económica que experimentan por primera vez las ha conducido a emanciparse.

Esta serie de convicciones socialmente aceptadas y ampliamente compartidas, carecen sin embargo de sustento histórico.

Lo primero que habremos de decir a este propósito, es que las mujeres han trabajado en todas las sociedades conocidas a lo largo de toda la historia de la humanidad, tanto en labores de producción como de reproducción social. Entonces, ¿por qué tenemos la idea contraria?

Uno de los principios estructurales que fundan la cultura, junto con el tabú del incesto, es la división sexual del trabajo. Es decir, toda sociedad funciona gracias a la aplicación de prohibiciones fundamentales que posibilitan la convivencia social, y entre las que se repiten en todas las sociedades, encontramos aquella que prohíbe el matrimonio entre determinado grupo de personas (denominada por la antropología tabú del incesto) y la que prohíbe que los hombres realicen el trabajo de las mujeres y viceversa (o división sexual del trabajo).

Lo curioso o más bien lo indicativo de que estas son normas culturales y no naturales, es que ambas prohibiciones varían infinitamente en su realización concreta según la sociedad que observemos.

Es decir: varían las actividades que se consideran propias de hombres o propias de mujeres, pero prevalece la distinción entre actividades sociales que debe realizar un grupo u otro.

Se mantiene también la valoración de esas actividades. La división sexual del trabajo valoriza siempre negativamente las tareas realizadas por mujeres, cualesquiera que estas labores sean. En este sentido, es incorrecto sostener que las mujeres desempeñan siempre las tareas que una sociedad define de antemano como carentes de prestigio.

La relación adecuada es la inversa: cualquier tarea socialmente asignada a las mujeres carecerá de prestigio por esa razón1 o, para ser más precisa, porque tanto las tareas como las mujeres se asocian con lo que puede llamarse la simbólica de la feminidad: un campo de significados muy generales, presentes en todas las sociedades.2

Lo femenino, en términos simbólicos, representa los complejos significados con los que los seres humanos identificamos lo otro de la cultura. Es decir aquello que nos resulta, a la vez, ininteligible, misterioso, caótico, subyugante y temido.

El campo de la feminidad niega imaginariamente la cultura y lo humano aún cuando está inscrito en la cultura misma. Todo aquello que designa (las mujeres, en primer lugar) lo percibimos a la vez deseable, temible y despreciable. Como la muerte, el amor o un continente desconocido.

Cuando las mujeres (como el África negra para los colonizadores del siglo XIX) son pensadas en abstracto, se conjuga toda una serie de significados sociales que nos impulsan a imaginarlas a la vez peligrosas, atractivas e inferiores. Lo masculino (categoría simbólica con la que nos representamos la actuación de la humanidad) en cambio, cobra cuerpo en quienes pensamos como varones, en especial en los que forman parte de grupos prestigiosos para la sociedad.

Ambas ideas se reproducen mediante rituales cotidianos que la mayoría considera naturales. La ritualización incluye de manera muy destacada prácticas de violencia y sometimiento ejercidas contra quienes encarnan significados de feminidad. Por esa vía se adquieren certezas sociales, porque aseguran que cada quién ocupa el lugar que le corresponde según lo que nos enseñan los códigos simbólicos tradicionales.

Cuando esto ocurre, retomando el hilo de nuestra reflexión, las ideas acerca de lo que son y lo que hacen las personas pertenecientes a los grupos que comprendemos como recipientes de lo femenino (mujeres, pobres, homosexuales, indígenas, etcétera) tienen más fuerza que los hechos y que las prácticas.

Es lo que ocurre con la relación imaginaria entre las mujeres y el trabajo. En tanto que la idea de trabajo añade prestigio a las personas en las sociedades modernas, pensamos que las mujeres, carentes de prestigio social, no trabajan. En cambio, se dice, son amas de casa. Son esposas, son madres.

Estos rasgos de identidad, aunque recientemente han sido sublimados (por el discurso de la iglesia católica, por ejemplo), implican la realización de labores menos prestigiosas que las atribuidas a los varones: el ejercicio de la ciudadanía y el trabajo entre ellas.

Por mucho que se pretenda endulzar la idea de la vida doméstica a las mujeres, queda claro que siempre se supone que ellas deben conformarse con limitarse a esas actividades porque su naturaleza las ha destinado a ellas y las ha hecho incapaces de realizar las trascendentes labores que están reservadas a los varones.

Ya lo decía el poeta Díaz Mirón cuando recordaba a su esposa (luego que ella hubiera realizado diversas gestiones para sacarlo de la cárcel, con la desaprobación de él): 

Confórmate mujer: hemos venido

a este Valle de Lágrimas que abate,

tú, como la paloma, para el nido;

yo, como el león, para el combate.

Estamos acostumbradas, incluso por muchos análisis feministas, a pensar esta asociación mujer-hogar, condensada en la figura de la mujer doméstica, como transhistórica y universal, lo que contribuye a generar una sensación de naturalidad en la asignación de ese sitio a las mujeres.

También, en consecuencia, parecen asumirse como naturales los diversos conceptos asociados con esta imagen, como la realización de un trabajo no pagado (considerado no-trabajo), el carácter dulce y abnegado de la mujer doméstica, que vive a través del instinto y la emotividad, por y para aquellos que integran su familia.

La idea de la mujer doméstica, según la entendemos hoy, es bastante nueva. Otras sociedades conciben que parte de la definición de ser mujer es realizar actividades tan diversas, como la pesca, la recolección o la caza. La constante en todos los casos es que las labores atribuidas a las mujeres carecen de prestigio.

Pero, ¿cómo se produce en la sociedad moderna la idea de que las mujeres no trabajan? ¿Por qué sostenemos que se trata de una creencia sin sustento en la realidad social? Veamos.

Trabajos de hombres realizados por mujeres

Para ilustrar nuestra tesis, echemos un vistazo a la situación no doméstica de las mujeres en la época que construye la propia noción de ama de casa. A comienzos del siglo XIX, tiempos del Romanticismo, según los registros parisinos, 25 por ciento del total de mujeres adultas percibía un salario, y se sabe que la situación era similar en otras urbes importantes de Europa (Cf. Scott, 1993, esp.: 409).

Esta cifra se refiere, desde luego, al trabajo formal y registrado oficialmente (que, por ejemplo, paga impuestos). No contempla, sin embargo la entonces creciente proporción de empleos no formales o clandestinos, realizados en fábricas o pequeñas empresas que laboraban al margen de la ley, en las peores condiciones de higiene y sin regulación de las horas de trabajo.

Ese era (y es) el tipo de empresa que bajaba sus costos contratando mujeres y niños como mano de obra barata. Por otra parte, miles de mujeres continuaban trabajando en los tradicionales empleos femeninos, como criadas, comerciantes callejeras, nodrizas, bordadoras, etcétera.

Todo esto sin contar con que en las áreas rurales ninguna mujer de cualquier edad estaba exenta de realizar labores diversas para incrementar el ingreso familiar y para reproducir la propia familia.

Las mujeres campesinas trabajaban de sol a sol; sí en labores de limpieza, cocina y cuidado de la familia, pero también en la siembra y cosecha, en la recolección, en la fabricación de ropa y calzado; en el cuidado de los animales, la obtención de leche, fabricación de quesos, esquila de ovejas, cardado de lana; acarreo de agua, cacería, etcétera.

Las cifras oficiales de la época son un mal reflejo de la situación laboral real de las mujeres, no solo porque los métodos estadísticos tenían muchas fallas, sino, sobre todo, porque también en ellos opera el efecto del imaginario femenino: como se supone que las mujeres no trabajan, su trabajo, aunque presente en todos lados, no se ve o no se considera digno de ser registrado.

En realidad, fuera del ejercicio del poder político ciudadano, o de las llamadas profesiones liberales, que requerían una formación universitaria que les era negada, las mujeres del siglo XIX participan activamente en todos los espacios extrafamiliares: su presencia masiva en la economía formal e informal así como su creciente incursión durante los siglos XIX y XX en las demás instancias de la vida colectiva, como el arte, la ciencia, la política, la educación, la salud, la literatura, etcétera, son llanamente ignoradas por el imaginario del Romanticismo que produce y reproduce una idea de Mujer sumamente esquemática.

Filósofos, literatos, economistas, políticos y revolucionarios, todos por igual, nos brindan un ejemplo más de lo que Celia Amorós llama el círculo Poulain: las opiniones del filósofo o el científico sobre las mujeres pretenden fundarse en la sabiduría popular, mientras que elvulgo acude a las lecciones del filósofo para apoyar sus propias opiniones respecto al mismo tema.

Como vemos, en realidad es solo con el nacimiento de la sociedad moderna que disociamos la noción de trabajo de nuestra idea compartida sobre las mujeres, y esto ocurre porque en el capitalismo el trabajo alcanza un valor social sin precedentes. El individuo moderno adquiere su identidad política en tanto ciudadano y su identidad social en tanto trabajador.

Esa figura masculina requirió una construcción social de la mujer como esclava doméstica, como ama de casa, ángel del hogar, que se imaginará en lo sucesivo apartada de la labor productiva.

En este sentido, la sociedad industrial, lejos de ser la responsable de expulsar a las mujeres al mercado de trabajo, es la primera que históricamente construye un espacio doméstico disociado de la producción económica y asocia imaginariamente al conjunto de las mujeres con él.

Por supuesto, el ama de casa como grupo social tiene una realidad objetiva que va concretándose hacia finales del siglo XVIII y cobra una fuerza definitiva en el siglo XIX. Pero es un grupo minoritario, privativo de las clases medias. Sin embargo, su imaginario es adoptado por todos los sectores sociales.

De hecho, la contrastación entre lo público y lo privado en la que éste tiene, ante todo, la significación de doméstico, encuentra sustento real en la configuración moderna de las clases medias.

No sólo porque, en este sector, las mujeres se veían realmente recluidas en la domesticidad al prohibírseles trabajar en (casi todos) los empleos accesibles a los hombres de su clase, sino porque también se vieron privadas de los derechos conquistados por los varones.

La tradicional invisibilidad del trabajo femenino se institucionaliza en este grupo que fuerza a sus mujeres a no realizar ningún tipo de trabajo asalariado y a no disponer de sus propiedades, a la vez que mantiene la concepción de que el trabajo doméstico es un no trabajo.

Es cierto, entonces, que la enorme brecha entre hombres y mujeres alcanza su máximo, en el siglo XIX, en las clases medias. También lo es que las mujeres de esta clase, aunque tuvieron un acceso restringido a la educación, éste les bastó para percatarse de la profunda desigualdad que marcaba sus relaciones con los varones. Ambos factores constituyeron un poderoso motor en el impulso de los movimientos por la igualdad de derechos.

No obstante, sostener que la demanda de igualdad de derechos se corresponde con una ideología burguesa o de clase media implicaignorar la importancia que tal demanda entraña para la propiadefinición social de las relaciones entre los géneros.

Esto se demuestrano solo por la constante vindicación de derechos igualesen las filas de los diversos feminismos socialistas; el discurso delpropio feminismo norteamericano de la segunda mitad del sigloXIX, en la figura de su dirigente Susan B. Anthony, combina reivindicacionesde tipo laboral y económico con la exigencia delsufragio femenino.

Ya antes mencionamos que el trabajo doméstico no es el único trabajo femenino ignorado por los esquemas sociales; de hecho, la invisibilidad es una característica que acompaña a cualquier trabajo desempeñado por mujeres.

Así, para el siglo XIX, en Europa, las mujeres del campo en su totalidad (y desde niñas) seguían desempeñando los trabajos más pesados, tanto remunerados (siempre subremunerados) como de autosubsistencia, y lo mismo sucedía con la población urbana: aunque el porcentaje de obreras industriales fuera significativamente menor que el de los varones en esas ramas, esto no significa que, en su mayoría, las mujeres de la clase trabajadora en las ciudades no tuvieran empleos remunerados (sirvientas, niñeras, obreras clandestinas) o bien trabajaran como prostitutas o comerciantes.

Sin embargo, a esto debemos agregar que el trabajo doméstico, único con el que están asociadas las mujeres de cualquier condición, es considerado un no trabajo porque, en la sociedad moderna, solo se considera trabajo lo que se realiza fuera de la domesticidad.

En México caracterizamos las labores femeninas, claramente carentes de prestigio, como el quehacer de las mujeres. Nunca como trabajo.

Esta división imaginaria (entre un trabajo y un simple quehacer) adquiere plena carta de identidad en el siglo XIX. Entonces, tanto en Europa como en los EUA, los trabajadores industriales muy pronto adoptaron el discurso misógino de sus enemigos de clase.

Desde que las mujeres comenzaron a constituir organizaciones y sindicatos, los varones, tanto dentro como fuera de las filas socialistas y comunistas, se pronunciaron en contra. En la medida que los empleadores contrataban mano de obra femenina por una fracción de lo que pagaban por la masculina, preferían contratar mujeres.

Esto despertaba la ira de los trabajadores varones, pese a que a ellas se les obligaba a trabajar en condiciones infrahumanas, con jornadas interminables y sin ningún tipo de prestación.

Lo curioso es que, en lugar de favorecer las iniciativas de las asociaciones femeninas para conseguir derechos laborales que obligaran a los patrones a pagar salarios justos, otorgar prestaciones y limitar las jornadas de trabajo de las mujeres, haciendo así que resultara igual para un empresario contratar mano de obra femenina que masculina, los sindicatos se opusieron tajantemente al trabajo femenino con argumentos misóginos y profundamente conservadores.

A partir de la década de 1830, las feministas socialistas hicieron notar su presencia dentro del movimiento promoviendo mejores salarios y condiciones laborales así como el acortamiento de jornada para las trabajadoras. Frente a esta posición, la respuesta del resto de los socialistas fluctuaba permanentemente entre la aceptación y el rechazo.

La primera, porque gracias a la acción feminista el socialismo ganaba para su causa grandes contingentes de obreras. El segundo, porque las feministas pedían salario igual para trabajo igual, y esto generaba un conflicto con muchos de los sindicatos de varones.

De hecho, los obreros, tanto europeos como estadounidenses, se opusieron frecuentemente al empleo de las mujeres en la industria, con el argumento de que abarataban el salario y/o expulsaban a muchos hombres al ejército industrial de reserva. Pero tampoco estaban de acuerdo en igualar salarios entre ambos sexos por razones básicamente ideológicas.

La mentalidad sexista prevalecía incluso entre los cuadros dirigentes de los movimientos socialistas, y su comportamiento resultaba en actitudes contra las que sus compañeras feministas tenían que librar una constante batalla.

Esta ambigüedad se revelaba en el propio pensamiento de Marx y Engels, quienes, si bien afirmaban que “la manumisión de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social”, antes habían declarado que “la disolución de los lazos familiares es terrible y repugnante” y que “el trabajo asalariado de una esposa le quita al marido virilidad y a la esposa sus cualidades femeninas” (Anderson y Zinsser, 1992: 422).

Estas ideas tradicionales sobre la división de roles en función de la naturaleza sexuada se revelan en múltiples declaraciones y escritos socialistas, como la proclama de la Asociación de Trabajadores Alemanes Lasallianos en 1866:

El trabajo adecuado de las mujeres y las madres está en el hogar y en la familia... Junto con los solemnes deberes del hombre y del padre en la vida pública y en la familia, la mujer y la madre deberían representar lo acogedor y poético de la vida doméstica, aportar gracia y belleza a las relaciones sociales, y ser una influencia ennoblecedora que aumente el disfrute de la humanidad en la vida social (Anderson y Zinsser, 1992: 422-423). 

El sindicalismo no logra superar una contradicción fundamental: la sociedad, por una parte, tiene necesidad del trabajo asalariado femenino, pero este todavía está fundado en un reparto sexuado de los papeles. ¿Cómo considerar en plano de igualdad a hombres y mujeres en el sindicalismo cuando los unos y las otras no obtienen de su trabajo el mismo beneficio?

El “nosotros” sindical está fundado en un arquetipo, aquel del obrero francés, cualificado y de sexo masculino. Él es el que da valor a la producción material, y a la vez, oculta el trabajo doméstico, mientras dedica elogios a las virtudes del ama de casa. Ese “nosotros” soporta mal la presencia de las mujeres (Loiseau, 2000).

La imagen alternativa de mujer que comenzara a gestarse en el seno del feminismo socialista resultó a tal punto amenazante para los camaradas que, en una retractación pública, Alejandra Kollontay escribe en 1948 que el gobierno de Stalin acierta al permitir a la mujer “realizar su deber natural: ser madre y educadora de sus hijos y señora de su casa” (Anderson y Zinsser, 1992: 448).

En la propuesta del socialismo feminista y en su posterior retractación vemos condensarse de una manera peculiarmente interesante los efectos contradictorios de la transformación racionalizadora sobre la simbólica y el imaginario femeninos.

Con la idea de colectivizar las labores domésticas y la crianza y el cuidado de los hijos, hacen evidente que no existe una relación indiscernible entre domesticidad y mujer, con lo que, en principio, se abre la posibilidad de volver legítima la consideración de la participación pública y laboral de las mujeres.

La feroz resistencia que encontraron las feministas, dentro y fuera de las filas del socialismo, a la aceptación de estas ideas, se pone de manifiesto del modo más sorprendente en la recuperación parcial que de ellas hace el régimen stalinista que, si bien conserva la socialización de las tareas domésticas como una fórmula adecuada para el pleno aprovechamiento de la fuerza de trabajo femenina, acompaña la medida con un discurso profundamente conservador sobre el papel de las mujeres en la sociedad, que debe ser, ante todo, de madres y esposas.

Esta tendencia regresiva afectó las posiciones de prácticamente todo el feminismo socialista mientras duró la influencia del régimen soviético, es decir, hasta antes de la crítica emprendida por la llamada nueva izquierda al socialismo real, y se hizo evidente tanto en los discursos públicos como en los escritos políticos y en el perfil de las organizaciones.

Así, en los años de entreguerras el periódico de las socialistas alemanas comenzó a llevar un suplemento regular titulado La mujer y su casa (Anderson y Zinsser, 1992: 450).

La falta de lógica que entraña este proceder no es óbice para su eficacia que, en última instancia, responde a dos poderosas fuerzas sociales: una que demanda (en ciertos periodos más que en otros) la incorporación de las mujeres al trabajo industrial, y otra que se opone a la desaparición de una relación de poder que, además de sus efectos de dominación, estructura identidades y sitios basados en una de las pocas certezas que permiten a muchas personas (hombres y mujeres), frente a la desestabilizadora modernidad, encontrar un sentido y un orden para su universo.

En la actualidad, pese a que la gran mayoría de las mujeres trabaja a cambio de alguna remuneración, seguimos asociándolas imaginariamente con la figura del ama de casa. Y esto no compete solo al imaginario social. Tal idea se nutre y refuerza por las propias cifras que las instituciones públicas nos brindan sobre el empleo femenino.

Se nos ha dicho, por ejemplo, que la población económicamente activa (PEA) es abrumadoramente masculina. Para fines del siglo XX se reportaba que la PEA en México estaba constituida por 33 por ciento de mujeres. La realidad sin embargo, es muy distinta.

Por su ceguera ante el problema de la desigualdad social entre los géneros, la información pública sobre el empleo femenino ha resultado sesgada y en consecuencia, falsa e ineficiente.

Se ignora el hecho de que la mayoría de las mujeres realiza los peores trabajos, con la peor remuneración y que carecen de registro. Por ejemplo, las empleadas domésticas conforman 30 por ciento de la población femenina que tiene un empleo.

Esto nos habla de millones de mujeres cuyo trabajo no aparece en los registros, por no hablar de que carecen de toda prestación y seguridad laboral. Pero además están quienes participan en el trabajo informal y eventual. El trabajo de las mujeres en el sector rural en México, que comienza antes y termina después que el de los varones, no se reconoce como tal.

Esta percepción social es, desde luego, compartida por las propias mujeres. Quienes se consideran a sí mismas amas de casa, al ser cuestionadas sobre qué trabajo desempeñan, casi siempre responden: “no trabajo, me dedico al hogar”, aunque su jornada sea la más extensa y peor reconocida en su familia.

El trabajo de las mujeres carece de reconocimiento aún si genera un ingreso. Por ejemplo, aquellas que, en el campo o las ciudades, producen artesanalmente artículos que luego venden (bordados, artesanías, bisutería, alimentos, etcétera), o quienes ofrecen algún servicio a tiempo parcial en su casa (peinadoras, masajistas, vendedoras y similares), conciben en su mayoría esta labor como una ayuda, marginal y prácticamente sin valor, al ingreso del marido.

Se ha encontrado que la participación femenina en las actividades agropecuarias es fundamental; la contribución de esta mano de obra a la producción es, de nuevo, mucho mayor que la registrada por las cifras oficiales.

Las mujeres participan en la mayor parte de las actividades agrícolas: deshierbe, barbecho, siembra, aplicación de fertilizantes, selección de semillas, cosecha; además se encargan del cuidado de los animales de traspatio. En cambio, en la mayor parte de las comunidades, las tareas domésticas son responsabilidad exclusiva de las mujeres.

Estas tareas no se limitan a la limpieza de la casa, la preparación de alimentos y el cuidado de los hijos, los enfermos y los ancianos, sino que también incluyen almacenamiento, conservación de productos agrícolas, acarreo de alimentos para los que trabajan en el campo, entre otras. Todas estas actividades se realizan en condiciones precarias en comunidades donde no hay electricidad, agua entubada o caminos

Por otra parte, a medida que crece la migración masculina, crece el número de jefas de familia. A pesar de ello, incluso en estos casos es frecuente que las propias mujeres que encabezan una familia atribuyan ese papel al varón ausente.

La mujer trabajadora va a enfrentarse a un mercado altamente competitivo, segregado y selectivo que responde a la economía moderna y, por otra parte, a un mercado inestable que incorpora la mano de obra femenina poco calificada y en condiciones desfavorables.

Los demandantes de este tipo de mano de obra están en el sector servicios y en la economía informal. Por lo general, las mujeres participan en mayor medida en los mercados de trabajo diversificados que absorben mano de obra de distintas edades y con diferentes calificaciones.

Tomando en cuenta estos datos, se comprueba que los imaginarios son más poderosos que los hechos sociales en la conformación de identidades. El concepto de trabajo, tan valorado en las sociedades modernas, se disocia imaginariamente de las mujeres.

Esto sucede porque una de las características medulares de la modernidad es la separación que sufre la producción económica del espacio doméstico.

Si en las sociedades tradicionales la familia es la unidad productiva básica, en la modernidad la economía de mercado presupone la separación entre el productor directo y los medios de producción y en consecuencia, acaba con la idea misma de la comunidad doméstica.

A la vez, la ética que acompaña preferentemente a la sociedad capitalista atribuye un alto valor a la riqueza obtenida mediante el esfuerzo individual, y considera al concepto de propiedad, alcanzada mediante el trabajo, el núcleo mismo de su concepción de hombre.

Tal imagen requiere de la percepción de ese hombre singularizado, en tanto individuo autoconciente, es decir, en tanto integrante de la sociedad civil y no miembro de la comunidad doméstica. Esta transformación en las percepciones afecta de modo decisivo la idea canónica de mujer y su relación con el trabajo.

Mientras la producción económica estuvo vinculada a la unidad doméstica, la división sexual del trabajo distinguió, en el conjunto de labores necesarias para la reproducción del colectivo, entre labores prestigiosas, las realizadas por varones, y carentes de prestigio, las realizadas por mujeres.

Sin embargo, el extraordinario valor que las sociedades modernas asignan al trabajo productivo, provoca que las propias nociones de mujer y trabajo queden imaginariamente disociadas.

El ama de casa, esposa y madre, prototipo de la imagen que configura las identidades femeninas en la modernidad, se concibe en esencia como no trabajadora. La simplificación de la familia racionalizada (nuclear, terreno de los afectos y ajena a la producción económica) se acompaña de la simplificación extrema del imaginario femenino.

 

Citas

  1. Esta asociación es circular: también todas aquellas labores que, por una u otra causa desempeñen las mujeres (aunque previamente hayan sido desempeñadas por hombres) resultan inmediatamente desprestigiadas. María José Guerra ha llamado atinadamente a este efecto el "anti Rey Midas": cualquier cosa tocada por manos femeninas queda, por este hecho, desvalorizada. Debo a la amabilidad de Celia Amorós el conocimiento de esta justa etiqueta.
  2. Hemos trabajado ampliamente el tema de la simbólica de género, construida por la relación abstracta entre referentes de masculinidad y de feminidad en el orden simbólico, en todas las sociedades conocidas (Serret, 2006; Serret, 2011). Sobre este tema véase también: Ortner (1979) y Butler (2008).

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