¿Antes que anochezca? Cinco decenios de revolución en Cuba

¿Se le ha venido la noche encima a la revolución cubana? ¿Habría que declararla, sin más, muerta o agonizante en términos del desgaste, pérdida de sentido, o traición a sus postulados, orígenes sociales y propósitos?

Por: Alfredo Echegollen Guzmán

El socialismo es triste, pero abriga.

HEBERTO PADILLA 

No es casual que el quincuagésimo aniversario de la revolución cubana despierte en mucha gente las más diversas e incluso contradictorias reacciones, y especialmente entre militantes, caminantes y suspirantes de esa variopinta y disfuncional familia político-ideológica llamada izquierda latinoamericana.

Más allá de las consabidas y acríticas loas y panegíricos ejecutados por el guiñol académico-literario y periodístico de los acólitos y secuaces del castrismo –dentro y fuera de la isla--; pero también del griterío rabioso y estridente de la contrarrevolución asentada en Miami y sus voceros pseudointelectuales, cabría intentar una genealogía –inspirada en buena parte en las perennes lecciones de Nietzsche y de Foucault-, necesariamente gris, triste y que no reniegue de lo siniestro, que nos aproximara sin miramientos ni aspavientos a la irreductible, pero inabarcable verdad histórica del socialismo real y tropical en tierras de José Martí.

Por supuesto que tal genealogía es imposible en unas cuantas páginas, aunque tal vez valga la pena el atrevimiento de un breve atisbo, en esa dirección, a un ejercicio “de bolsillo”, necesariamente fragmentario y muy provisional, pero que también es de autocrítica para quienes, desde la izquierda –whatever it still means– apostamos aún (inexplicablemente) por la emergencia en nuestra América de alternativas democráticas no sólo a la globalización neoliberal y al capitalismo salvaje, sino al nacional-autoritarismo socialista, ya sea en la versión “insular” del castrismo, o en la vertiente neopopulista y cesarista del chavismo venezolano.

Cabe entonces preguntar: ¿se le ha venido la noche encima a la revolución cubana? ¿Habría que declararla, sin más, muerta o agonizante en términos del desgaste, pérdida de sentido, o traición a sus postulados, orígenes sociales y propósitos?

Sobre todo, a partir del relevo formal en el mando del régimen castrista concretado el 24 de febrero de 2008, pero iniciado desde fines de julio de 2006 a raíz de la irreversible debacle de la salud del comandante en jefe de la revolución, no han faltado los sesudos análisis, diagnósticos y pronósticos que anuncian y festinan, la –ahora sí– inminente o incluso ya patente “transición a la democracia” en Cuba.

Para los optimistas, los signos inequívocos de un cambio político de envergadura en la isla se cifran no sólo en tal relevo “generacional” –si bien Raúl Castro es apenas cinco años menor que su octogenario hermano Fidel–, sino en las “reformas” impulsadas por el primero desde que asumió provisionalmente el cargo de presidente de los consejos de Estado y de Ministros, en sustitución de su hermano, entre las cuales, se destacan, en primer término, la eliminación de algunas de las restricciones al consumo tradicionalmente impuestas a la población cubana durante decenios, y que ahora permite a los isleños tener acceso a productos otrora “símbolos del consumismo capitalista”, tales como teléfonos celulares, computadoras, hornos de microondas, y reproductores de DVD, entre otros; además de que ahora pueden rentar auto- móviles y habitaciones en los hoteles, antes restringidos sólo a los turistas. Esta medida se instrumentó tras el anuncio hecho por el mismo Raúl Castro, en su discurso al asumir formalmente el cargo el 24 de febrero del año pasado, cuando afirmó:

“En diciembre hablé del exceso de prohibiciones y regulaciones, y en las próximas semanas comenzaremos a eliminar las más sencillas. Muchas de ellas tuvieron como único objetivo evitar el surgimiento de nuevas desigualdades, en un momento de escasez generalizada, incluso a costa de dejar de percibir ciertos ingresos”.1

Pero, ¿qué tan inmediatos o profundos pueden ser los cambios inducidos por dicha medida en los patrones de consumo de los cubanos? Según diversos testimonios recogidos en el terruño de Martí, se reconoce que si bien dichos artículos son caros –incluso a precios prohibitivos– en términos del ingreso promedio en la isla, “muchos tienen dinero guardado y podrán echar mano de él para comprar estos nuevos productos, pero no todos los cubanos podrían hacerlo”.2 

Lo anterior hace patente un contraste que, al parecer, pondría en evidencia de forma clara –si bien problemática– el hecho de que se ha iniciado ya la mencionada transición en la isla: “De esta forma, por primera vez se crearían diferencias sustanciales entre la población cubana, lo que también marcaría una diferencia entre el gobierno de Fidel Castro y el de su hermano Raúl. El primero […] nunca habría permitido la introducción de pro- ductos que no todo el mundo pudiera adquirirlos”.3

Más que un viraje en la orientación de la economía cubana creo que tales signos lo que muestran es una hábil lectura estratégica por parte del gobierno y la alta burocracia del Partido Comunista de Cuba, que ante el doble riesgo que representan tanto el patente declive y la eventual ausencia física del máximo líder de la Revolución, como el impacto de la crisis financiera global en la ya de por sí precaria economía de la isla, han optado claramente por una liberalización gradual y tutelada del consumo, manteniendo en el discurso la orientación “socialista” de la economía cubana, cuyo férreo control –otrora incuestionado–, parece sin embargo relajarse al calor de las realidades y las presiones emergentes.

Para algunos,4 el "argumento" a favor  de la supuesta transición cubana encontraría incluso apoyo en lo expresado por Raúl Castro en el discurso que pronunció el 26 de julio de 2007 –todavía como vicepresidente de los consejos de Estado y de Ministros, y provisionalmente en el lugar de Fidel– en conmemoración del quincuagésimo cuarto aniversario del asalto al cuartel Moncada, donde reconocía:

Somos conscientes igualmente de que en medio de las extremas dificultades objetivas que enfrentamos, el salario aún es claramente insuficiente para satisfacer todas las necesidades, por lo que prácticamente dejó de cumplir su papel de asegurar el principio socialista de que cada cual aporte según su capacidad y reciba según su trabajo.

Ello favoreció manifestaciones de indisciplina social y tolerancia que una vez entronizadas resulta difícil erradicar, incluso cuando desaparecen las causas objetivas que las engendran.5

En especial relevante y reveladora me parece precisamente la frase citada, en la que Raúl Castro pondera los efectos de la debacle salarial para los cubanos, en términos de “manifestaciones de in- disciplina social y tolerancia”, las cuales no se refieren a expresiones de descontento ni mucho menos de protesta social por las carencias que padece la gran mayoría de cubanos, sino que parecen ser tipificadas como vicios difíciles de erradicar, “incluso cuando desaparecen las causas objetivas que los engendran”.

¿A qué se refiere el mandatario cubano? Al parecer Raúl Castro apunta a una constelación de prácticas de supervivencia cotidiana que se han “entronizado” en la isla a partir del difícil “Período Especial” (de 1991 a la fecha) por el que la economía cubana ha transitado a partir del colapso de la Unión Soviética, y de la consecuente y abrupta interrupción de las subvenciones y sustanciosos apoyos –especialmente en materia de hidrocarburos– que el régimen castrista recibía de su poderoso aliado, así como la pérdida de las ventajas del intercambio comercial con los países miembros del desaparecido CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica), y que significó, en los primeros años de tal período, una contracción de casi el 35 por ciento en el PIB (1989-1993), una pérdida de más del 80 por ciento del comercio exterior de Cuba y una reducción de las importaciones en 78 por ciento, lo que, entre otras cosas, obligó al gobierno y al pueblo cubano a racionalizar estrictamente el consumo de combustibles reduciéndolo a menos de la mitad de lo que se empleaba en 1989; tras lo cual, se registró una lenta y penosa recuperación desde 1994, para retomar apenas en los inicios de la presente década el nivel de crecimiento del PIB anterior a 1990 (4.7 por ciento).6

Ante tal panorama, el gobierno cubano se vio obligado a instrumentar la constelación de medidas, cambios y reformas que signaron al Período Especial como una etapa “caracterizada por un fuerte proceso de rediseño de la política económica, de reconversión industrial y de transformación estructural de la gestión productiva”;7  y entre los cambios en el marco regulatorio de la actividad económica de la isla me interesa destacar, sobre todo, los Decretos-Ley 140, 141 (ambos de 1993) y 171 (1997), que despenalizaban la tenencia de divisas; autorizaban y ampliaban el “trabajo por cuenta propia”, y autorizaban el alquiler de viviendas particulares como hospedaje para turistas y visitantes, respectiva- mente. Sólo con estas tres medidas se sentaron las bases para la proliferación y consolidación de un tipo emergente de trabajado- res cubanos: los cuentapropistas(trabajadores por cuenta propia), que combinando precariamente –y en forma semiclandestina–, o de plano abandonando sus empleos oficiales en la estructura laboral del Estado, se lanzaron a la lucha cotidiana por la supervivencia en pequeños negocios, empresas e iniciativas de carácter privado, pero orgánicamente ligadas al crecimiento inevitable del sector informal y del mercado negro.8

No es extraño entonces que ante la prolongada precariedad de las condiciones de vida de los cubanos, condicionada tanto externamente–por el estrangulamiento a la economía de la isla debido al bloqueo impuesto desde principios de los años sesenta por Estados Unidos– y agudizada a partir del llamado “Período Especial”; como internamente, por la estructuración de un régimen político autoritario, fuertemente estatista, y proclive a medidas totalitarias, que emergieran y se consolidaran en Cuba amplias redes sociales informales orientadas estratégicamente a la procuración no sólo de la supervivencia, sino de márgenes de bienestar inalcanzables bajo las severas restricciones y prohibiciones establecidas por el régimen castrista.

Esa lucha cotidiana de cientos de miles  de cubanos por la supervivencia y el bienestar abarca tanto actividades lícitas, que van desde la elaboración y venta de comida en diversas vertientes –pequeños locales, “cafeterías”, o restaurantes privados llamados paladares–, la autoconstrucción y/o remodelación de viviendas, y una gran variedad de servicios y oficios –albañiles, pintores, carpinteros, electricistas, mecánicos, peluqueros, niñeras, y un largo etcétera–; como ilícitas, que, aparte del consabido comercio sexual y la prostitución, a la vez tolerados y negados por las autoridades cubanas, incluyen la fabricación y reparación de motores para bombas de agua y refrigeradores, así como la elaboración de bebidas alcohólicas y cigarros de exportación.

Lo característico de todas estas actividades de la economía subterránea de la isla –que según algunas estimaciones representó en el año 2000 hasta un 40 por ciento del PIB9–, es que en todos los casos, los insumos utilizados para la elaboración, producción, construcción y reparaciones “se obtienen robando bienes de propiedad del Estado”, incluyendo, además de esta sustracción de los suministros estatales, la operación de “redes clandestinas originadas en las zonas especiales de procesamiento de exportaciones.

Allí se encuentra de todo: robo, corrupción, especulación, entrega de productos por parte de las empresas extranjeras a sus empleados cubanos para que las vendan en el mercado negro, etcétera”.10

Ante tal entronizamiento de esa plétora de vicios privados, a los que el régimen castrista opone cotidianamente la retórica de las virtudes socialistas, y el asfixiante peso de regulaciones e inspecciones hostiles, no es de extrañar el tono incriminatorio con el que los hermanos Castro y la cúpula del gobierno cubano fustigan e imponen una severa sanción simbólica –y muchas veces sanciones materiales– a quienes en la isla se atreven a aspirar a algo más que la precariedad y el sacrificio “virtuoso” impuestos desde hace decenios.11 

Pero ese tono y ese hostigamiento es fatalmente contradictorio con lo expresado tanto por Fidel como por Raúl en lo más candente del Período Especial, cuando afirmaba el primero: “Es necesario aumentar el número de actividades del trabajo por cuenta propia, porque si no hay empleo en las fábricas hay que buscar la posibilidad de que la gente tenga algún tipo de empleo” (marzo 1995); y después:

“Hubo un momento en que aquí ocurrió tal lucha, que se nacionalizó todo; pero hay dentro de la sociedad, y habrá siempre, muchas tareas que son más propias de un individuo o varios haciendo esa tarea por su cuenta, que intentando el Estado realizarlas, realmente. Hemos llegado a esta convicción” (agosto 1995).

Mientras que, al inaugurar la apertura de los mercados agropecuarios en 1994, Raúl afirmó: “Hoy el problema político, militar e ideológico de este país es buscar comida [...], si hay comida para el pueblo no importan los riesgos”, indicando que en ese momento los frijoles valían más que los tanques.12 

¿O será que hoy día la alta burocracia castrista está realmente convencida de que las “causas objetivas” –Raúl dixit– que causaron la emergencia económica han desaparecido? ¿Se les ocultará permanente e irreversiblemente que entre tales causas objetivas están las medidas y regulaciones por ellos instrumentadas? ¿Son voluntariamente ciegos ante la dialéctica perversa desatada por ese juego de permisividades y castigos, de tolerancia e intolerancia en que está atrapada una sociedad cubana crónicamente tutelada por el Gran Hermano?

Al parecer, la existencia y operación de un doble rasero no es privativo de la elite política hegemónica en Cuba, y no sería tal vez aventurado afirmar que la cultura política predominante en la isla está atravesada por una discursividad y un imaginario duales, ambiguos, abigarrados, en los que aparecen en forma “desigual y combinada” los elementos doctrinarios de la revolución –socialismo, nacionalismo, excepcionalismo, antiimperialismo–, las representaciones míticas –el pathos de las figuras heroicas del Che, Camilo, y sobre todo de Fidel–, y las orientaciones pragmáticas, que les han enseñado a los cubanos que ante la prolongada experiencia de la crisis y la precariedad, los frijoles valen más que los tanques.

En esa ambigüedad se debate especialmente un amplio segmento de la población cubana, que hoy oscila entre los veinticinco y los cuarenta años –la llamada “Generación Y” de la isla–, para cuyos integrantes la revolución es más un evento mítico del pasado que una realidad viva, ya que las conquistas de ese proceso –algunas de ellas innegables–, especialmente aquellas apuntaladas por la subvención soviética, no produjeron en ellos un efecto de salvación mesiánica, por haber nacido en “su mejor momento”, pero sí por haber sido testigos de su decadencia. 

Muchos de los miembros de esta generación de cubanas y cubanos han desarrollado una actitud crecientemente crítica ante la gerontocracia gobernante, y alcanzaron, según el decir de Yoeni Sánchez, una conspicua representante de dicha generación, su “mayor dosis de insolencia” durante la crisis económica de los años noventa, “cuando presenciamos cómo nuestros padres pasaron –en tiempo récord– de ser militantes del partido, fieles vigilantes de cada cuadra y dispuestos a dar su vida, a blasfemar contra el gobierno, sumergirse en el mercado negro y cambiar sus seguros empleos por labores ilegales”.13 En un rápido pero penetrante perfil de este importante segmento social, la autora cubana remata:

El eclecticismo nos ha marcado, como rechazo al monocromático espectáculo que se nos dio de las generaciones anteriores. Lo mismo somos interrogadores de la Seguridad del Estado que balseros surcando el estrecho de la Florida.

Muy poco hay que nos una, como no sean la presencia de la penúltima letra del abecedario en nuestros nombres y la porción de descaro necesaria para sobrevivir al fin de la utopía.

Eclécticos e irreverentes, podemos asistir a una marcha dando vivas a la revolución y un rato después actuar como jineteros [sexoservidores] para sacarle unos dólares a un turista. El camaleón que aprendimos a ser siendo niños nos permite esas transmutaciones rápidas y creíbles.14 

Ante lo expresado, ¿hasta qué grado podría seguir negándose obcecadamente la tesis de que en la cultura política cubana predomina hoy la orientación pragmática sobre los elementos ideológicos e imaginarios?

Si bien no es posible ser categórico al respecto debido a la opacidad de principio que permea la experiencia de lo político en la isla, no cabe tampoco descartar lo expuesto como indicios de un desgaste, tal vez irreversible de laeficacia simbólica de la revolución cubana, cuyos cinco decenios arrojan, además, un saldo por demás ominoso en términos de la represión y la persecución contra cualquier expresión de disidencia política, contra cualquier atrevimiento de cuestionar la lógica unitaria y cohesiva de una sociedad que el discurso y las prácticas totalitarias del régimen castrista imaginaron un día como sociedad Una, indivisa y sin fisuras, regida férrea y certeramente por un egócrata omnipresente,15 y hoy declinante, cuya ausencia de la vida pública tiene que ser ahora gestionada por sus sucesores y por todos los cubanos.16

Quizá ya le ha anochecido a la revolución cubana. Deliberadamente elegí como título de este texto una imagen que rememora la desesperación con la que Reinaldo Arenas –escritor cuyo triple crimen consistió en ser cubano, disidente y homosexual– se apuraba en su exilio interior en el parque Lenin (a las afueras de La Habana) para dejar por escrito –aprovechando la luz natural, antes que cayese la noche–, sus memorias, su experiencia de la persecución, la cárcel y las torturas vividas en la célebre y siniestra prisión de El Morro a mediados del decenio de 1970.17 

Arenas, al igual que Heberto Padilla, de quien tomo el epígrafe al inicio, y cuyo vergonzoso expediente sigue siendo algo más que una “mancha” fortuita en el récord represivo de la revolución cubana, es el símbolo de una deuda política que quizás el régimen castrista nunca saldará. Mientras tanto, los inclementes vientos de la crisis y el cambio soplan dentro y fuera de la isla, y el socialismo real y tropical hasta hoy imperante, es, como dijera Padilla, un triste abrigo para una sociedad cubana que ya no quiere más noche, sino que le apuesta, contradictoria y esperanzada, a un amanecer distinto.

 

Citas
  1. En Granma: http://www.granma.cubaweb.cu/2008/02/24/nacional/artic35.html. Cursivas mías.
  2. Testimonio de un taxista de La Habana recogido en el reportaje de Soledad Jarquín, “Cuba en la era de Raúl”, en Proceso, 16 de junio 2008, en: http://www.proceso.com.mx/noticias_articulo.php?articulo=59969.
  3. Acotación de Soledad Jarquín en “Cuba en la era de Raúl”, loc. cit. Cursivas mías.
  4. Véase José R. Vidal, “La soledad del guerrero. Cuba a debate”, Metapolítica, vol. 12, núm. 59, mayo-junio 2008, pp. 61-64.
  5. En Granma: <http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/raul26/index.html>. Cursivas mías.
  6. Véanse Dirección de Estudios Económicos (DEE) del Banco Central de Cuba (BCC), La economía cubana en el periodo especial. 1990-2000, La Habana, BCC, 2000, pp. 6-10; y DEE del BCC, La economía cubana. 19962006, La Habana, BCC, 2006, pp. 4-7.
  7. La economía cubana en el periodo especial, op. cit., p. 1.
  8. Véanse al respecto: A. Portes y W. Haller (2004). La economía informal, Santiago de Chile, CEPAL, (Políticas Sociales, 100); S. Taylor, “La Lucha”, en Dissent, Invierno 2005: <http://www.dissentmagazine.org/article/?article=265>, y F. Rasverg, “Estudian sector informal en Cuba”, en BBC Mundo.com, 22 de marzo de 2008: <http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/latin_america/newsid_7309000/7309068.stm>.
  9. Henken, Ted A. (2002), Condemned to Informality: Cuba’s Experiment with Self-employment during the Special Period, tesis doctoral, Departmento de Sociología, Tulane University, Nueva Orleans.
  10. Portes, A. y Haller, W. La economía informal, op. cit., pp. 18-19.
  11. Cuentapropistas o free lancers tildados como “nuevos ricos”, “nuevos capitalistas”, e incluso “pirañas” por Fidel y Raúl Castro, por Ricardo Alarcón (presidente de la Asamblea Nacional) y por Raúl Valdés (director de la Escuela Ideológica del PCC). Véase Henken, T. y Sacchetti, H. “El sabor amargo del capitalismo. La experiencia incierta del Paladar cubano. 1993-2006”, 19 de agosto 2008, en Desde Cuba (portal de Internet: http://desdecuba.com/index.php?option=com_content&task=view&id=96&Itemid=40>.
  12. Discursos citados en Henken y Sacchetti, loc. cit.
  13. Sánchez, Yoeni. “Generación Y. El cinismo como escudo”, en Letras Libres, núm. 121, enero 2009, p. 29.
  14. Ídem.
  15. Véanse de Claude Lefort, La incertidumbre democrática. Ensayos sobre lo político, ed. de E. Molina, Barcelona, Anthropos, 2004, y Un hombre que sobra. Reflexiones sobre El Archipiélago Gulag, Barcelona, Tusquets, 1980.
  16. Véase Sánchez, Yoeni. “La ligera orfandad”, en Letras Libres, núm. 112, abril 2008, pp. 86-87.
  17. Arenas, Reynaldo (1992). Antes que anochezca. Autobiografía, Tusquets: Barcelona.
Bibliografía

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