Anatomía de la cultura en México

La euforia por el pasado indígena se escurre por el ancho ducto de la ignorancia de las diversas culturas que habitaron el territorio antes de la llegada de los españoles

Por: Frank Lozano

I. ¿Qué es eso que se llama cultura?

Umberto Eco nos invita a llamar las cosas por su nombre, y afirma que lo políticamente correcto ha venido a ocultar el nombre de las cosas como son, para dar cabida a sustitutos que no levanten sospechas, que mantengan el gallinero en orden y en paz.

En el caso de la cultura, la definición vigente tiende a eso, a no buscarle tres pies al gato, de ahí que la UNESCO determinara que la cultura es algo así como “el conjunto de todas las formas y expresiones de una sociedad determinada”.

Esta definición la sitúa en el frío témpano de lo que llamaríamos una racionalidad exangüe: es más una solución  post mortem que una previsión de futuro que encare la realidad de la mundialización y, por tanto, la necesidad del reconocimiento tácito de la diversidad y la exigencia de una forma de convivencia mundial basada en la aceptación del otro en su diferencia.

Extrae el carácter humano que la cultura comporta, por uno robótico en el que, de manera salomónica, pero ingenua, pretende ignorar los desencuentros entre culturas y el impacto que ello produce: xenofobia, exclusión, segregación, discriminación y otro tipo de prácticas culturales que suceden al amparo de la ambigüedad. 

II. Lo que nos caracteriza

Para el caso de México, el conjunto de formas y expresiones pasaría inevitablemente por la contradicción y la informalidad como signos fundacionales de nuestras prácticas culturales. La euforia por el pasado indígena se escurre por el ancho ducto de la ignorancia de las diversas culturas que habitaron el territorio antes de la llegada de los españoles.

El lugar común del mexicano es denostar otras culturas, especialmente la de nuestros vecinos del norte, enfundados en la bandera de los mayas o los aztecas. “Ellos, los estadounidenses, no construyeron pirámides, ni códices, ni calcularon el tiempo con mediciones propias”;  simpática posición para un país que produce migrantes y poca ciencia.

Pero tenemos derecho a esa nostalgia, porque en ella encontramos un autoconsuelo, una especie de sueño a partir del cual, lo que ya no tenemos nos otorga una virtud especial por gracia de la antigüedad.

Gran contradicción, ufanarse de lo que se desconoce y, peor aún, discriminar a quienes son los verdaderos herederos de dichas tradiciones milenarias: ¿o no, pinche indio?

De la conquista a la modernidad, la historia de nuestra identidad cultural se teje en lo mimético: ocultar para sobrevivir, instrumentalizar lo poco que sabemos para atenuar lo poco que somos.

La informalidad, ese otro distintivo de la cultura nacional, tiene su ejemplo glorioso en el uso de la goma de mascar, como la herramienta suprema para solucionar problemas cotidianos.

Nos ufanamos de nuestro "ingenio" para apagar incendios con coca cola; arreglar la antena del televisor con un gancho; reparar con esos procedimientos casi cualquier cosa, en una acción que Marcel Duchamp debió documentar antes de marcar el antes y después del arte moderno. Sin embargo, fue fácil dar el salto del ingenio a la trampa, al embuste y al chanchullo como prácticas sociales aceptadas.

Ser un socarrón que se cuela en la fila o buscar a toda costa sacar ventaja del otro, parecen ser trofeos derivados de la informalidad: “¿pa’ qué?, si así se puede”. Las reglas atentan contra la figura del genio, también los manuales, el mantenimiento.

El último peldaño de la informalidad se verifica en formas más graves: corrupción, evasión fiscal, desprecio por los bienes públicos y a veces también por los privados. Nuestras virtudes son nuestros principales vicios porque preferimos quedarnos con el aplauso y la sonrisa de un cómplice, que la mueca inexpresiva del deber ser.

Pues bien, sobre la definición de qué es cultura, nos queda la contradicción y la informalidad como características generales de la nuestra; claro, rebozadas con un discurso nacionalista épico del cual no tenemos la mínima idea de cómo fue. 

III. La gestión cultural

En un ámbito distinto al de la identidad cultural se desarrolla la gestión cultural, entendida ésta como un sistema de producción, distribución y consumo de bienes y servicios tangibles e intangibles, por medio de técnicas y discursos simbólicos y estéticos.

Se estructura en dos dimensiones, la institucional y la privada. En el caso de la primera responde a los niveles de gobierno e instituciones educativas que reciben presupuesto público. En el caso de la privada, por promotores y artistas autodenominados independientes.

La gestión cultural en México es un camino directo a la santidad para quienes han decidido equivocarse deliberadamente de vocación. Se sabe que hay contadores públicos más felices que cualquier promotor cultural. Las deficiencias de la gestión cultural se presentan por igual en la burocracia que en los promotores independientes.

El punto de partida de la gestión cultural es el desprecio –por parte del Estado mexicano y de las burocracias– hacia el tema. El tema de la cultura, junto con el deporte, representa el último eslabón de la visión gubernamental. Las oficinas dedicadas al ramo son un vertedero caprichoso de acomodados de última hora.

Los compromisos políticos se pagan con cargos en cultura. Con excepción del nivel federal, y honrosas excepciones en el plano estatal, no existen criterios adecuados para la selección de personal. De los municipios ni hablar.

Existe un glosario copioso de frases que dibujan la concepción de los políticos respecto a la cultura. Pero no sólo se acredita en el plano verbal (recuerden la frase aquella de cierto gobernador de Nayarit que, al preguntarle a quién nombraría de secretario de cultura, respondió “pos ahí, cualquier jotito”) la evidencia manifiesta está documentada en el presupuesto que se destina a la operación de dichas dependencias.

Por el lado de los promotores independientes, la situación es igualmente preocupante. Además de un entusiasmo y un estoicismo ejemplares, los promotores culturales mexicanos están desprovistos de una visión fundamentada en metodologías que propicien un verdadero desarrollo para la creación de industrias culturales.

La improvisación y la pepena de recursos del Estado marcan el ritmo de las actividades de los promotores. Su visión no va más allá de la obra que deben montar el siguiente fin de semana, del catálogo de la próxima exposición o de la solicitud de recursos que sufraguen el futuro viaje, o del patrocinio de un cartel.

La falta de profesionalismo en la cuestión cultural ha propiciado, también, un vacío de mecenazgo. Las pocas empresas que destinan recursos para patrocinar actividades culturales deben lidiar con una gran demanda y eligen con base en la rentabilidad, en el número de audiencia al que su marca será expuesta.

A las empresas les resulta más atractivo apoyar actos masivos con bajo contenido cultural, por el simple hecho de que les serán más rentables, que un proyecto artístico de alto contenido cultural, pero pésimamente presentado y con un impacto dudoso.

Más todavía, la ausencia de compromiso por parte de los medios masivos de comunicación, que ven en la responsabilidad social un contratiempo; y en su rol de difusores culturales un estorbo para su lógica comercial, complican el escenario.

En la era de la información y la mundialización, el rol de los medios es fundamental. No sólo son vitrinas de exposición de modos de ser de otras culturas, sino que son productores y formadores de tendencias, y coadyuvan a normalizar discursos estéticos y prácticas.

Los números no mienten. En un país de más de 100 millones de habitantes, existen 7 mil 211 bibliotecas públicas, 534 teatros, 1 mil 874 centros culturales, 1 mil 524 librerías registradas, 530 galerías, 857 auditorios, 134 fototecas, 332 revistas, 78 ferias del libro y 96 casas de artesanías.

Estos datos contrastan con la afirmación de que, como sector, la cultura ocupa un tercer lugar en generación de ingresos para el país, sólo debajo del petróleo y las remesas, con una aportación al PIB de 6.7 por ciento que emplea una fuerza laboral correspondiente al 4.8 por ciento del total de la fuerza de trabajo en el país1.

Si  un respaldo ordenado y estratégico por parte del Estado mexicano, y sin los recursos organizacionales y metodológicos para plantear proyectos culturales de largo aliento, la norma es la muerte por inanición de las incipientes empresas culturales, y el martirio de promotores y burócratas. 

IV. Las políticas culturales

El problema con las políticas culturales en México es precisamente, que no existe una política cultural de Estado, que funja como faro luminoso en el sempiterno naufragio de la gestión cultural. Esto favorece la dispersión, los proyectos a corto plazo, la errática aplicación de los recursos.

En síntesis, favorece el bajo desarrollo cultural del pueblo mexicano, la mediocridad de su oferta cultural, el descuido del patrimonio histórico y la fugacidad de la difusión cultural.

Hasta hace poco tiempo, la cultura no era como un derecho constitucional. Esa simple señal bastaba para comprender que era un tema que se daba por sentado, casi tanto como que el peral da peras y los manzanos, manzanas.

Imaginemos el caos: un gobierno federal dividido en tres instancias INBA, CONACULTA e INAH, multiplicadas por treinta y dos delegaciones en los gobiernos estatales, con sus respectivas áreas de cultura; y si a esto le añadimos la existencia de más de 2 mil 200 municipios con sus respectivas direcciones.

La pregunta es, ¿qué le toca a cada quién? ¿Cómo definir una política cultural que evite la uniformidad; que atienda el desnivel en cuanto a capacidades administrativas; que reconozca la desigualdad en infraestructura cultural; que estudie y analice las características propias de un pueblo dinámico y diverso? ¿Con base en qué definir prioridades y orientar los presupuestos? ¿Qué tipo de investigaciones deben hacerse para sustentar una política pública; y cómo consensuarla entre los actores y cómo implementarla? ¿Qué metas deben plantearse y por qué? ¿Cómo se medirá el avance de la gestión? ¿Cómo ser un factor decisivo para que la clase creativa del país encuentre en la gestión cultural un modo de solventar sus necesidades y, en consecuencia, viva de ello? 

V. Colofón

La anatomía de la cutura en México es preocupante. Más allá de una definición cultural ambigua y cómoda, que no se compromete a nada y que pretende reflejarlo todo, padecemos la contradicción de las heridas abiertas del pasado, la infección de prácticas ciudadanas que, a su vez, reflejan prácticas culturales nefastas; un gestión cultural desarticulada e improvisada, anémica; la ausencia de recursos, la proliferación de micropolíticas públicas sin criterios rectores que solamente producen un amontonamiento de acciones destinadas a olvidarse.

No obstante, ¡viva México, cabrones! Ei.

 

Citas
  1. Datos obtenidos del Sistema de Información Cultural, http://sic.conaculta.gob.mx/

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