Alternancia 2018: la calidad de la democracia mexicana

Para Ángel Sermeño el tema de la democracia mexicana es confrontado, frente al vértigo de que la concentración de poder en torno a López Obrador pueda, eventualmente, significarse en un dilema para la vida política liberal y republicana..

Por: Ángel Sermeño Quezada

Con relación al fortalecimiento de la dimensión institucional de la democracia mexicana, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), constituiría un sorpresivo hecho paradójico. Esa arrolladora e inimpugnable victoria, siendo la prueba contundente de la solidez y madurez de la satisfactoria calidad de las instituciones electorales mexicanas, ha establecido, al mismo tiempo el más frontal y claro desafío para el deseable buen funcionamiento, en el futuro inmediato del conjunto de las instituciones representativas que sostienen al sistema político del país. La gran incógnita gira alrededor de la manera en la que AMLO ejercerá el poder presidencial. Es decir, si lo hará con un estilo autocontenido e institucional respetando los ideales democráticos de la división de poderes o si cederá a la tentación de gobernar de manera cesarista, apuntalándose en la ausencia u ostensible debilidad de la oposición y sus inclinaciones hacia un estilo populista de legitimación. Quienes abrigan estos temores incluso advierten del riesgo de involución del sistema político hacia una reedición en nuestros tiempos de un régimen presidencialista hegemónico de dominación (Silva-Herzog Márquez, 2018a; Aguilar Camín, 2018b; Basave, 2018; Olvera, 2018).

En efecto, desde el punto de vista de la dimensión institucional de la representación política, el triunfo de AMLO ha provocado un impacto de gran calado en los indicadores esenciales desde los que se evalúa la relación y la “calidad” que se establece entre democracia y representación: por supuesto el Poder Ejecutivo (un incuestionable 53% de la votación), pero también la conformación del Congreso (ambas Cámaras: senadores 54%, diputados 61%); las gubernaturas (5 de 6), los congresos locales (mayoría en 19 de 32), los ayuntamientos (252), la representación paritaria (49% en el Senado, 48% en la Cámara de Diputados serán mujeres quienes ocupen las curules respectivas), el sistema de partidos, etcétera (Casar, 2018a).[1] Estos resultados, si bien alcanzados de manera absolutamente democrática como desenlace de la manifestación de la voluntad del electorado mexicano, conducen hacia una estructural concentración del poder que, como arriba se apunta, conlleva el peligro de desembocar en una regresión al presidencialismo absoluto del siglo pasado. Por supuesto, nada está escrito aún. En los meses venideros se confirmarán o desecharán estas ambivalentes expectativas. Lo curioso es cómo la larguísima y controvertida evolución de la transición a la democracia en México, ha conducido a este contrastante escenario: el de un potencial “adiós democrático a la democracia” (Aguilar Camín, 2018b).[2]

Ahora bien, ¿cómo se explica el arribo a este inédito desenlace de nuestro proceso de cambio político? Veamos: el proceso de transición democrática en México fue el último dentro de la ola de cambio político en clave democrática, experimentado en América Latina en la recta final del siglo XX (si aceptamos convencionalmente que la transición a la democracia culmina con el triunfo de Vicente Fox y la derrota del PRI en el año 2000). Sin embargo, casi dos décadas después, los especialistas en ciencia política nunca terminaron de ponerse de acuerdo para evaluar el alcance de la instauración y, consolidación de la democracia conquistada. Hemos permanecido agriamente estancados, en una discusión que ha oscilado entre dos posturas que aún no encuentran un punto de genuina reconciliación.

Por un lado, todos estos años (con sus altibajos) se ha mantenido constante el profundo malestar ciudadano con la calidad de la vida política, y del desempeño de sus principales instituciones, especialmente las representativas. Por el otro, siempre han reaccionado frente a dicho malestar respetables voces que estoica y cansinamente enumeraron y reenumeraron los logros conquistados durante la consolidación democrática. El guion de este tozudo discurso lo conocemos de memoria y ha sido un relato que ha remarcado variables como: la existencia de partidos políticos equilibrados, elecciones competitivas, auténtica representación plural, un poder ejecutivo acotado por otros poderes constitucionales, un Congreso en el que ninguna fuerza política podía hacer su voluntad (Woldenberg, 2014).

No obstante, los objetores de esa germinal democracia construida resultaron ser igualmente tenaces. Su lista de críticas se concentró en variables evidentes e ineludibles, aquellas de naturaleza económica como la persistencia de la pobreza, desigualdad y frágil cohesión social y al estancamiento económico y sus secuelas; mientras, en la dimensión política, la crítica franca se fue enfilando invariablemente hacia el comportamiento de los partidos políticos, es decir, a su lenguaje, a su encapsulamiento onanista respecto de la sociedad, además de la frustrante sensación de ingobernabilidad que, con razón o no, generaron la persistencia de gobierno divididos. Si a ello agregamos los endémicos índices de impunidad y corrupción que secularmente han caracterizado al régimen político mexicano, y la epidemia de violencia e inseguridad ciudadana que se enquistó con particular virulencia los dos últimos sexenios, resultaba razonablemente que este debate se decantara a favor de los pesimistas y críticos de la democracia mexicana.

De esta suerte, advertencias sensatas que buscaban atemperar el escepticismo de los críticos ante la democracia, tales como las que enfatizan que las democracias poseen complejidades genéticas inherentes (toda democracia moderna que se precie de ser tal, establece una estructura laberíntica de poder) u otras más simples de expresar como las que pedían a los críticos mesura, bajo el argumento de que su excesivo pesimismo constituía una injusta valoración del tránsito democrático (Krauze, 2012)[3] fueron con el paso del tiempo perdiendo fuerza y capacidad de persuasión.

La ciudadanía, el votante mexicano por supuesto no tomó parte de este debate intelectual. Sin embargo, los resultados del 1° de julio claramente muestran que los argumentos de los académicos pesimistas fueron los que predominaron en el ejercicio del voto. La desigualdad, la inseguridad y la corrupción hicieron valer su implacable peso en la subjetividad del votante, pues, como es sabido las elecciones suelen ganarlas los sentimientos más que las ideas, y si en el pasado el miedo al cambio había dirigido el sentido de los resultados electorales (a lo largo de tres sexenios las elecciones habían sido un instrumento tímido de cambio al apostar al contrapeso de poderes), en esta elección predominó el más que comprensible hartazgo y enojo ciudadano.

Esto no significa que la dimensión electoral del diseño representativo no haya desempeñado un incuestionable rol democrático. Como al respecto sostiene María Amparo Casar (2018b) “López Obrador ganó en primerísimo lugar porque en México hay democracia electoral. Porque hubo equidad razonable, porque los votos se emitieron en libertad y porque, como en las tres últimas elecciones, se contaron y se contaron bien”. Sin embargo, otras dimensiones del diseño institucional de la representación no mostraron la misma consistencia y solidez. Factores como el colapso del sistema de partidos, algo inminente que ya se advertía como un hecho antes del mismo día de la elección,[4] ha sido decisivo para que las bases institucionales de la representación no ofrezcan en este caso el soporte que impida la concentración del poder en un solo hombre (El PRI está en la lona, el PAN está gravemente dividido y, el PRD es un muerto viviente).

Refuerza este hecho la propia naturaleza de Morena, el “partido-movimiento” que llevó al poder a López Obrador, este aún debe dar muestras de que es capaz de institucionalizarse democráticamente y que no se volverá lo que sus críticos temen: un instrumento de control hegemónico que obstruya la expresión de la pluralidad social y política del país.[5] Por supuesto, los contrapesos del poder no solo emanan del sistema de partidos. La sociedad también desempeña un importante papel al respecto: los empresarios, la prensa, la sociedad civil, entre otros actores. Sin embargo, es poco alentador que este imprescindible complemento se requiera para una realidad institucional de la representación caracterizada por su propia debilidad, además de por una cultura de la legalidad muy precaria y, nuestros bajos índices de organización y participación social. Tampoco ayuda al optimismo respecto de la evolución inmediata futura de la institucionalidad de la representación política en México, si atendemos a los conocidos rasgos de personalidad de López Obrador. No es ningún secreto que el presidente electo tiene una concepción corporativa y plebiscitaria de la democracia. Su mirada dualista y maniquea que contrapone democracia representativa con democracia participativa no es muy alentadora al respecto y solo es ligeramente relativizada con algunos gestos, a veces sorpresivos, de pragmatismo en su carácter (Aguilar Camín, 2018c).

Como siempre, será a posteriori cuando contemos con elementos objetivos para evaluar y medir el desenlace de los escenarios y desafíos que esta inédita coyuntura nos presenta. Por lo pronto, en medio de la agitación, miedos, expectativas y esperanzas de cambio que el nuevo gobierno y su incierto y ambicioso proyecto de cuarta transformación plantea, la inquietud que me invade es si las bases institucionales de nuestro sistema representativo estarán a la altura de este desafío extraordinario, excepcional pero necesario. Por cierto, la inquietud asociada a la anterior también es válida y se pregunta si el personaje Andrés Manuel, estará a la altura de su ambición…. trascender la historia y ocupar un lugar en el panteón de los héroes patrios.[6]

 

Bibliografía

Aguilar Camín, Héctor. (11 de abril de 2018a). “AMLO en Milenio 3. Las dos democracias”. Milenio Diario.

___(30 de julio de 2018b). “Un adiós democrático a la democracia”. Milenio Diario.

___(31 de julio de 2018c). “¿País de un solo hombre?”. Milenio Diario.

Arroyo, Ivabelle. (Junio de 2018). “Morena y el camino hacia la hegemonía”. Nexos núm. 487.

Basave, Agustín. (12 de julio de 2018). “El espejo de López Obrador”. El País.

Becerra, Ricardo (coord.). (2018). Informe sobre la democracia mexicana en una época de expectativas rotas. México. Siglo XXI / Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

Bravo Regidor, Carlos. (12 de julio de 2018). “¿Por qué López Obrador necesita oposición?”. New York Times en español. Disponible en: https://www.nytimes.com/es/2018/08/08/opinion-mexico-lopez-obrador-oposicion/

Casar, María Amparo. (04 de julio de 2018a). “¿Voto de castigo o voto afirmativo?”. Excélsior.

___(Agosto de 2018b) “Morena toma todo”. Nexos, núm. 488, pp. 28-34.

Crespo, José Antonio. (10 de julio de 2018). “El descongelamiento del sistema de partidos”. El Universal.

Delgado, René. (18 de agosto de 2018). “Sacudir sin cimbrar”.  Reforma.

Krauze, Enrique. (13 de agosto de 2018). “Contra el olvido”. Reforma.

___ y Sicilia, Javier. (2012). “Diálogo sobre la democracia”. Letras Libres núm. 158, pp. 14-21.

Meyer, Lorenzo. (12 de julio de 2018). “La ‘descompresión’ como meta”. Reforma.

Olvera, Alberto. (16 de julio de 2018). “Atisbos del futuro”. El País.

Rubio, Luis. (19 de agosto de 2018). “La disputa del paradigma”. Reforma.

Silva-Herzog Márquez, Jesús. (Junio de 2018a). “Sobre un volcán”. Nexos núm. 486.

___(09 de julio de 2018b). “Nuevo presidencialismo”. Reforma.

Ugalde, Luis Carlos. (31 de julio de 2018).El silencio de la oposición”. El Financiero.

Woldenberg, José. (2014). “Democracia y desesperanza”. Letras Libres, núm. 192, pp. 21-24.

Villoro, Juan. (06 de julio de 2018). “El caudillo ante su gente”. Reforma.

Zepeda Patterson, Jorge. (16 de agosto de 2018). “Los funerales de López Obrador”. El País.

 

 

[1]    El análisis panorámico más completo sobre los resultados de la elección del 1° de julio, escrito desde la urgencia de proporcionar explicaciones a las principales interrogantes abiertas y, disponible en el momento en el que se redactan estas líneas es el de María Amparo Casar.

[2]    “Si existe algo como la voluntad general, la expresada en los comicios mexicanos de julio fue una especie de adiós democrático a la democracia, un salto de las redes completas de la pluralidad y los contrapesos, a la cesión del mayor poder posible a un político carismático y a un partido dominante, cuasi único”. En este mismo tenor, cabe no dejar pasar por alto la reedición en este año en plena campaña electoral del informe sobre la democracia mexicana de Ricardo Becerra (2018).

[3]    De acuerdo con quienes califican de injustas las críticas que infravaloran la construcción de un régimen político democrático sostienen, que no debe de olvidarse que las genuinas conquistas democráticas nunca son el producto azaroso de ninguna generación milagrosa y espontánea, sino que por el contrario, siempre son el resultado de procesos largos y complicados de deconstrucción y construcción de reglas e instituciones. En todo caso, en esta tónica de defensores y adversarios del proceso de cambio democrático vivido en México podemos citar como uno de los episodios de ese debate el sostenido por Javier Sicilia y Enrique Krauze. Una lacónica defensa de la importancia del proceso gradualista de construcción democrática en el contexto presente es: Enrique Krauze. En este mismo tenor, se recomienda la lectura del informe sobre la democracia mexicana de Ricardo Becerra (2018).

[4]    Al respecto véase el clarividente y anticipatorio ensayo de Jesús Silva-Herzog Márquez (2018b) en él, este autor sin necesidad de esperar el resultado de la elección certificaba la muerte del sistema de partidos que desde 1988 hasta la fecha había establecido las coordenadas de acción de los actores políticos nacionales. Para Silva-Herzog Márquez es perfectamente comprensible “la antipatía que generan nuestros partidos, pero no me puedo unir al festejo funerario”. En cambio, un analista como Lorenzo Meyer sí anticipa la ventaja del desmoronamiento del sistema de partidos pues permite acabar con el acuerdo entre PRI y PAN para “gestionar la exclusión social”. Otro balance ponderado es el de José Antonio Crespo (2018).

[5]    Un buen punto de partida para intentar descifrar las variables que definen a Morena se encuentran en el reciente trabajo de la periodista Ivabelle Arroyo (2018).

[6]    Sobre los dilemas de AMLO como estadista véase: Jorge Zepeda Patterson (2018), René Delgado (2018) y Luis Rubio (2018).

 


Publicado por: